miércoles, 22 de abril de 2009

Colectivos, grupos y grupúsculos.



El marxismo genealógico que encontró el final de su cadena ribonucleica cuando se topó con los genes de Groucho Marx y que éste refrendó con aquella frase: "Nunca perteneceré a ningún club que esté dispuesto a admitirme como socio" merece un llanto o al menos un hondo suspiro como corresponde a toda teoría que desaparece sin efecto alguno de evolución o a todo recuerdo con forma de persona que vivió su tiempo encapsulada entre signos de admiración. ¡Cómo sabía tanto de ellos acabó comiéndoselos! Pierna, prepucio, oreja, coscusilla o cerebelo, más o menos, es lo que acabó merendándose Groucho un dia sí y otro también de toda la estúpida sociedad que le rodeaba y a la que él también se sentía lastimosamente engranado. Sus instintos canívales y las ansias de venganza por verse parido y no deseado en tan insípido escenario conformaron una obsesión que la mantuvo inútilmente vigente durante toda su vida: darse un bocado a sí mismo en la V cavernosa del trigémino. Como no lo consiguió, de tanto esfuerzo, acabó muriendo de cansancio y por eso escribió sobre su tumba: "Perdonen que no me levante".
A estas alturas de vuelo rasante sobre el discurso resulta evidente que a Groucho no le gustaban los colectivos. Si ya sospechaba de la cordura individual, imaginemos el espanto que debía producirle la colectividad, los asociados, ese amontonamiento de cuerpos y pretensiones, ese ruído infame de abrirse paso a codazos, escupitajos o carantoñas, según quién sea el contrincante de al lado o se intuya la dirección de la amenaza. Son solo cosas de la memez humana que oculta su condición bajo la máscara del grupo y saca de vez en cuando la cabeza como los pollos para que la sombra se proyecte sobre los pasmados , los aduladores o los tontos, buscando entre la confusión y el revuelo un lugar de privilegio.
Yo, que de Groucho no tengo ni siquiera el bigote, no puedo evitar sentirme como él en estas cosas de los clubes, los asociados, y el colectivismo, aunque con algo más de frustración y un mucho menos de pragmatismo. Mi angel de la guarda y exterminador dirá que hablo así porque cada vez que he metido las narices en esas aguas he salido escaldado. Sí, escaldado y con un pegote de mierda estampado certeramente sobre la frente como fiel recordatorio de lo que yo siempre he sabido: los colectivos son lugares de oportunidad con la cara lavada donde se refugian muchos pasmados que no aspiran a otra cosa, algunas personas decentes animadas aún por un sobrante de romanticismo, y finalmente los tribunos, es decir los que se asignan la facultad de poner el veto a todas las propuestas de la plebe y de proponer plebiscitos sin opción a consulta alguna. Son los manipuladores sin carné ni credenciales, los verdaderos artífices del clamor del colectivo, los vitoreados desde tiempo inmemorial por esa gran masa de los pasmados mencionados sin los cuales les sería imposible alcanzar esa sonrisa con mueca de orgasmo multitudinario. No es dificil detectarlos porque nada más traspasar la puerta ellos se presentan como tales, primero amablemente, ansiosos por saber si perteneces al rebaño, y luego pertrechados de toda beligerancia cuando descubren que no eres un plegado más a sus justísimas voluntades.
Querido Groucho, ya ves que yo también, siendo un don nadie y no como tú, me he dado cuenta de estas cosas, pero como no escarmiento sigo metiendo de vez en cuando la nariz en la ponzoña, la última en un grupo que dice llamarse de narrativa, ¡qué falacia! Estos tribunos de la gran mierda están por todas partes y no respetan ni a Dios. ¡Cuánto asco Señor hasta de uno mismo! He de confesarte una vez más querido Groucho que a mi también me han asaltado esos instintos del canivalismo y la venganza, pero al contrario que tú, en vez de en el trigémino, el otro día intenté darme un bocado en la punta de la polla, pero al ver tan lejos y tan utópico el alcance, he desistido de volver a intentarlo para no morir de la obsesión. Al menos en esto te he ganado en pragmatismo. Espero que no me lo tomes a mal.

viernes, 17 de abril de 2009

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Es el 2º microrrelato más corto de la historia de la literatura universal. Lo escribió el escritor hondureño Augusto Monterroso en un momento, supongo, de traspaso inesperado y repentino de poderes desde el más allá, y tal vez tan solo por eso le fue concedida la gloria en el más acá. Consiguió con esa historia al menos dos cosas: que no le reventaran las neuronas como a otros escritores cuando se ven inmersos en el callejón sin salida de la página 424, y que millones de críticos llevasen a cabo después millones de conjeturas. No fue si no con ese mal sueño cuando me di cuenta del poder onírico, que no oneroso, que tiene la literatura.
Pero ¿quién despertó? ¿Quién era el dinosaurio y a qué familia o especie pertenecía? ¿Donde estaban cuando despertó? ¿Donde estaban antes del sueño? ¿Qué sintió cuando vio que aún estaba allí? ¿Qué pensó el dinosaurio? Confieso que no he llegado a leer ni una sola conjetura de todos esos críticos y por eso mismo me siento virgen para vomitar yo también sobre la escena, una escena que se me antoja animosamente entroncada con la cotidianeidad antes que con lo fantástico. Después de ese texto de siete palabras cualquier historia es posible, pero el protagonista y el dinosaurio son insustituibles, y ese vínculo de los personajes a su cortísima historia es lo que la hace única y al mismo tiempo la unta de un inquietante carácter taumatúrgico. La cuestión es que si tuviéramos que vestirnos con la piel de ese texto, ¿a quién nos gustaría representar? ¿Al que duerme o al dinosaurio? suponiendo, claro está, que éste último anduviese despierto. Es sin duda un relato dramático que narra una tragedia anónima no tanto por la falta de identidad de los protagonistas sino más bien por la incertidumbre de lo que sucede antes y después del momento narrado. Son dos seres atrapados en un momento intemporal que carece de pasado y de futuro y por tanto están condenados a verse morir en un presente sin sentido fuera de todo alcance y ajeno a las viejas reminiscencias. En consecuencia deja de ser doloroso desde el punto de vista de lo ganado o perdido por ambos en ese momento ingrato de los balances cuando se está al borde del precipicio, y aún así, el lenguaje y la conciencia trágica alcanzada por cada uno ante la presencia del otro resulta literariamente demoledora. Es dificil imaginar los sentimientos del que despierta y aún más los del dinosaurio, pero esa no es la cuestión que ha perseguido el autor porque desde el mismo momento en que uno se pone a leer el relato ya forma parte de él, y esa es la trampa que nos ha tendido su autor que sin duda sintió también esa claustrofóbica sensación cuando acabó de escribirlo.
Ahora, yo también cuando despierto veo un dinosaurio a mi lado y en voz baja le pregunto -¿por qué sigues ahí?-, y él mira levemente hacia otro lado sin decir nada y entonces yo vuelvo a dormirme sabiendo que cuando despierte de nuevo él seguirá estando ahí, y cuando yo le vuelva a preguntar moverá levemente la cabeza, ésta vez hacia otro lado, y entonces me acercaré y le miraré a los ojos y él sin ningún gesto de compasión corresponderá con una sonrisa. Será el instante en el que recordaré aquel otro relato que tuvo la osadía de ser más corto que el de Monterroso: "¿Olvida usted algo?-¡Ojalá!". Y entonces sabré que ese ¡Ojalá! está referido a uno mismo. Es la historia invariable de la humanidad prodigiosamente contada y estructurada en ambos relatos con tan solo la nimia diferencia de tres palabras.

viernes, 27 de marzo de 2009

La metamorfosis del paisaje


Muchas veces cuando paso por delante me resulta inadvertido. Otras, en cambio, vuelvo a sentir ese pellizco en el estómago que rescata del recuerdo placenteras tardes y oportunidades que no volverán. Fue durante cuatro años un Olimpo de 1400 m2 para un dios disfrazado con los hábitos de un paria y despojado de toda divinidad. Mientras duró la ocupación, solo fui consciente de dos mundos: el de muros hacia dentro y el de muros hacia fuera. Aquella línea perimetral casi cuadrada indicaba los límites legítimos de una demarcación, el espacio de culto para desenvolver en la clandestinidad los miedos, las pesadumbres, las pasiones y el aburrimiento. El paisaje multivegetal de cipreses, palmeras, cactus y pinos sexagenarios cohabitando en un espacio tan reducido acababa siempre incitándome a poner en armonía mis otros paisajes interiores. Debió ser el alma de aquellas plantas,verdeantes compañeras sin voz, la esencia invisible de un estado de ánimo que siempre logró mantenerse cercano a los efluvios de la felicidad. Fué a la sombra de aquellos árboles donde dibujé coloridos y alcanzables horizontes ajeno todavía a una vecindaria e inminente soledad. Mi perro debió augurarlo con ese instinto olfatorio que los condena a ser perros porque brincaba y corría como un animal -nunca pensé que lo fuese- cada vez que traspasábamos la verja. Una tarde nos echamos una apuesta. Nos situamos cada uno en una esquina del jardín a modo de diagonal y corrimos hacia el centro a ver quién llegaba antes. En el fatídico punto se unieron las dos carreras. Yo intenté saltar por encima y a él, olvidando nuestras viejas jerarquías, se le ocurrió hacer lo mismo. ¡Qué ostión, por todos los Señores de las bestias! Nunca he sentido un abrazo perruno con tanta intensidad. Caímos ambos desparramados y moribundos. El perro ni se movía ni rechistaba, se quedó como sumido en un trance, supongo que más aturdido por la incomprensión que por el hostiazo. Tras el incidente estuvo varios días mirándome con recelo al tiempo que iniciaba sus locas carreras tan solo cuando me veía recostado en el sillón o farfullando sobre el vuelo de las moscas.
Pero llegando el verano, con el bochorno, la flora dejaba paso a la fauna. Hasta ocho salamanquesas, esos diminutos y asquerosos dinosaurios, llegué a contar una noche en las paredes y en el techo del salón. Algunas veces el perro y yo salíamos de caza con la escopeta de plomos. A cada plomazo saltaba el bicho despanzurrado y Sultán se volvía loco por apresar la pieza. Una de ellas se le agarró al hocico y estuvo toda la noche estornudando y sacudiendo la cabeza. Supongo que fue por el asco. Tan noble animal -mi perro digo- estaba más acostumbrado a la seda del plumaje perdicero que a la textura escamosa de un lagarto verde.
Aún en verano dejaba cerrada la puerta de corredera que daba al inmenso porche para evitar los intrusos alados y algunos otros de cuatro patas; salvo en las fiestas, que pasaban inadvertidos por el deambular de la muchedumbre. Al final acabé acostumbrándome a la biodiversidad, a excepción de la última noche que pasé en la casa y que, como un maléfico y premonitorio tributo, cuando me levanté del sofá para irme a la cama, el suelo estaba inundado de cortapichas que corrían en todas direcciones. Nunca supe de donde habían salido ni porqué estaban allí, la venganza de los seres al filo del abandono, pensé.
Sin embargo, bichos aparte, mi relación con aquella casa estuvo siempre untada por una mutua irreverencia, la misma que me permitía subir hasta la locura los decibelios de la música a las cuatro de la mañana, bailar conmigo mismo como una marioneta abandonada a su suerte, o mirar con recelo a la desvencijada escalera de caracol que daba a los dormitorios de arriba esperando que alguna noche bajase por ella el mismísimo Frankestein. Más tarde me di cuenta de que tal personaje u otros de parecida calaña siempre habían estado abajo. Cuando uno anda entretenido con las cosas que emocionan los monstruos reprimen su condición.
Algunas visitas ciertamente merecieron también la pena, sobretodo en esos momentos que uno no espera tan alto grado de generosidad...o de comicidad. Qué decir si no de hacer el amor al ritmo atropellado de los ladridos del perro o de ser sorprendido por el jardinero en medio del frenesí.
En esos meses del largo verano, la piscina se convertía en el acuoso cobijo que aliviaba la calima de las tardes. En ella solía zambullirme como Dios me trajo al mundo y nadaba sin parar hasta que las fuerzas se rindiesen o alguna rata apareciera brincando entre las copas de los cipreses. Después del ejercicio me servía un ricard con mucho hielo, ponía un CD de Manolo García y me tumbaba en una de aquellas hamacas a rayas blancas y amarillas dejando correr la vista y el pensamiento a través de las frondosas copas de los pinos. Así, espatarrado, despreocupado y ajeno a los trajines al otro lado del muro, como Cósimo Piovasco, era capaz de construir momentos en cuyo fragmento temporal lograba sentir esa conciencia transgresora de la felicidad. Tal vez fuese también porque la vida que llevaba al otro lado de la verja transcurría con la conciencia del deber cumplido, las emociones precisas y sin grandes sobresaltos. Ahora que lo pienso debí agarrar aquel estado y no soltarlo nunca más. La nostalgia no es el mero recuerdo de las cosas pasadas o perdidas, es un conato de tragedia que reivindica y vuelve a traer a la existencia los frutos de un daño causado por nuestra propia estupidez, el cambio de rumbo cuando ningún otro rumbo se intuye mejorable. Los llantos y las nostalgias siempre han ido de la mano. Todo de aquella casa me incita a lo uno y a lo otro. Sobretodo cuando ahora paso delante y contemplo exánime la ruína: las plantas secas, los árboles semicaídos, los muros echados abajo, la casa inexistente, la piscina cubierta de escombros y salpicada de excrementos de perros callejeros, los genuínos ocupas que constatan una destrucción, el advenimiento de la catástrofe del abandono al que nos conduce la insatisfacción por el ansia de llegar más lejos. ¿Adónde habrán ido a parar las aguas azul turquesa de la piscina, el cuidado césped, las plantas enhiestas, el garaje, el enorme porche, las grandes fiestas, las tardes de fotos, alcohol y susurros, las salamanquesas, los proyectos desde la hamaca, las baladas a todo volumen de Bruce Springteen y Manolo García, los besos, las risas, la derrotada soledad, las ansias de amor, y aquel sentido tan dulce y profiláctico de la existencia?
No sé en qué estación aguarda la felicidad de otros tiempos, pero cuando paso delante de aquella casa y luego me miro a mí mismo me doy cuenta de que algunas veces los paisajes y las personas también vamos cogidos de la mano, de una férrea, misteriosa e inconmovible mano.

viernes, 20 de marzo de 2009

Sin referencias: sombras en el plano inclinado.






Paul Krugman, reciente Premio Nobel de Economía, acaba de decir en España que lo peor de la crisis es que pueda eternizarse. El niñato que insultó, humilló y golpeó repetidamente a una chica en el metro de Barcelona ha sido multado con trescientos euros y no va a pasar ni un solo día en la cárcel. Los otros niñatos que abusaron, torturaron y asesinaron a Marta del Castillo están chuleando una y otra vez a todo el país y riyéndose sobre las lágrimas de su familia. Y los políticos y los banqueros no paran de comprarnos caramelos para hacer algo más dulce la penetración anal y virtual a la que nos tienen sometidos. ¡Cornudos, apaleados, y como fiel producto de nuestra asombrosa modernidad, también exquisitamente acojonados! Las palabras más atroces siempre han merecido los adjetivos más sublimes. Son tiempos para hacer gozar al léxico, porque las palabras y no las cucarachas serán los últimos supervivientes.
¿Hacia donde hemos de correr? Tal vez necesitaríamos mejor unas alas porque mientras tengamos los pies sobre la tierra nunca estaremos a salvo. ¿Ha fallecido el sentido común? ¿Donde habrán ido a parar nuestras viejas referencias? La inteligencia humana es un mal chiste, una pesadilla desarbolada por otra que irrumpe con más fuerza mientras nos esforzamos inútilmente en despertar. ¿Quién nos inculcó esa idea de seres superiores? El patrón de medida debía encontrarse desprogramado...y resentido. ¡Qué gran falacia! ¿Imagináis cuántos quedarian sobre el planeta si con un simple botón pudiéramos borrar a los que no nos gustan? Aquel otro holocausto sería como una celebración de cumpleaños sin tarta. Los primeros en desaparecer serían los más molestos, como las moscas en los convites, o los honestos en los Ayuntamientos. Los pobres, los sidosos, los que dicen la verdad, los que señalan con el dedo y con la boca, los que no se doblegan, los que no participan del festín, los marginados...me refiero a todos esos, los que molestan a los que se sienten ilícitamente molestados. ¿Sabéis de alguién que pueda estar aún contento? Salvo los tontos, los ilusos, los deshonestos y los delicuentes, el resto no estamos -perdón por incluirme yo también aquí- para tirar salvas y serpentinas de colores.
Los filósofos llevan más de dos mil años hablando del bien y del mal y los clérigos otros tantos recordando las bondades del cielo y los tormentos del infierno. El resto, nos hemos perdido en esa frágil línea que separa tan abyectos - por irreales- escenarios. Tal vez por eso, hayamos penetrado en el mundo de las posibilidades infinitas. Todo es posible, según donde, quién, o en qué momento o coyuntura. Y siempre aparece alguién con un código en la mano mientras esconde la otra que lo legitima. Aquella vieja frase que nunca se me fue de la cabeza de que en este mundo de mierda nada es verdad ni es mentira sino todo es del color del cristal con que se mira, ha alcanzado ahora su máximo parangón. Solo hay que prestar atención: el Gobierno dice blanco y la oposición negro, un juez ordena excarcelar y otro al mismo tiempo condenar, un país descarga cientos de bombas sobre el vecino mientras envía un cargamento humanitario a aquel otro que todos señalan con el dedo intentando abanderar la caridad.
La conciencia, esa sombra que nunca te puedes quitar de encima, comienza a cabalgar sin referencias convirtiendo la existencia en una simple casuística cuyo destino parece solo dar fé a una caótica y perversa individualidad. El ser humano necesita a otros a su lado para poder maltratarlos o aprovecharse de ellos. Si Dios lo hubiese sabido, habría dejado a un solo hombre sobre la Tierra, y hoy esto sería un vergel, el paraíso perdido y hallado por los que nunca oyeron nada acerca de la maldad. ¡Qué tremendo desatino el de los arquitectos sin escrúpulos del tiempo! Si el Fausto de Goethe levantara la cabeza y San juan de la Cruz hiciera lo mismo con la suya, me temo que ambos se irían de putas para legitimar, a través del gusto, sus respectivas derrotas.
Últimamente recibo muchos correos sobre la vie en rose y todas esas inmundicias de la bondad y felicidad humanas que caminan por una inmensa playa cogidas de la mano. ¿Qué lado oscuro pretendemos enmascarar? La realidad es inmascarable e indiscutible por mucho que acudamos a las palabras y a la benevolencia para hacernos creer que los tiranos son mesiánicos príncipes, y los aprovechados, coyunturales individuos que han de allanar el camino a los demás, como aquellos emisarios en las guerras que siempre volvían con la cabeza cortada. Los emisarios de ahora siempre vuelven con la cabeza en su sitio, los bolsillos prietos y la sonrisa amplia.
Sin noticias de Dios, la sugerente película de Agustín Díaz Yanes, bien podría haberse titulado también Sin referencias. Quizás las tuvimos algún día, lo mismo que algún Dios alguna vez osó poner los pies sobre la Tierra, pero hace tanto tiempo...
Un día de aquellos inolvidables que pasé junto a mi amigo y maestro Bramante, el vidriero veneciano, le pregunté si acaso la obsesiva preocupación de no parecer tonto ante los demás no sería sino la prueba fehaciente que confirma lo contrario. Me contestó con otra pregunta: "¿Crees que estoy loco? Solo lo justo para que no me alcance la verdadera locura". Entonces comprendí que no andábamos muy lejos en la percepción de lo que estaba y está cayendo. Tal vez también sea esa la razón de que tantos voceen ahora sobre la felicidad, el amor, la amistad, la belleza del amanecer y el sentido rosáceo de la vida. ¡Que les aproveche! Y no hablo de una cuestión de frustración -yo, como mi maestro, también sé disfrutar de algunos instantes de la vida-, es una cuestión de obligado y conculcado pragmatismo, de parcelaria conveniencia si se quiere ver así, y que, finalmente, le den por el culo a la bicicleta (Jaimito fue el más grande filósofo del colectivo universal de los hombres-niño al que yo me siento orgullosamente vinculado).

miércoles, 25 de febrero de 2009

La blanca Aurora
















Aurora y su pequeño hijo acaban de recorrer cinco mil quinientos kilómetros. A pie. La caminata les ha llevado cinco meses. Poco tiempo para tan larga distancia. Nunca supo ni sabrá por qué lo hizo, tan solo emprendió el viaje una mañana de intenso frío y viento aullador que golpeaba con pequeñas esquirlas en sus ojos tratando de borrar del horizonte el camino a seguir. Y desde ese día ya no echó la vista atrás. Borró de su memoria las geografías de otros tiempos y el pasado, las viejas reminiscencias, los fugaces amoríos, los grandes festines, los días de hambre, el espanto inmenso de una soledad sostenida por su propia condición, y se entregó expectante a los avatares de la nueva ruta, mirando al suelo y al cielo tras cada paso y sintiendo el cercano aliento de su hijo como una tenue y candorosa llama que ponía algo de luz en la existencia y el paisaje. Así, siempre pendientes el uno del otro y amontonando los cuerpos como si fuera uno solo en cada descanso, fueron pasando las noches y los días, días que parecían noches y noches con alma de día. Cruzaron ríos impetuosos, orillaron inmensos lagos, bordearon montañas, inventaron caminos, imaginaron gigantes en la lejanía, cambiaron, como los vientos, miles de veces de dirección, intuyeron el alimento a decenas de kilómetros, durmieron a la intemperie, soñaron en blanco y sin sobresaltos, contemplaron extrañas luces que encendían los cielos sin alterar el silencio, ignoraron los intensos rojos del amanecer o atardecer sin importarles quién era quién, jugaron sin venir a cuento en medio de la ventisca, evitaron cruzarse con otros viajeros, compartieron el alimento, asumieron desde el primer paso la misión de cada uno, hicieron suyas todos los paisajes y las tierras que pisaron, despreciaron la distancia recorrida, ignoraron la muerte, y jamás sintieron el más mínimo atisbo de melancolía.
En el último día del quinto mes, tras alcanzar la increíble cifra de cinco mil quinientos kilómetros recorridos, Aurora y su hijo decidieron no dar un paso más. Se recostaron el uno sobre el otro en uno de los huecos del camino imaginario y ya no se olió más a vida.
Veinte días después, alguién venido desde muy lejos, se acercó hasta ellos con el mal augurio rondándole en la cabeza. Al presentir la cercanía, Aurora y su hijo se levantaron como si nada y se fueron alejando poco a poco de tan osado visitante, iniciando, una vez más, otra de sus nuevas travesías. Mientras se desvanecía la figura de ambos en la distancia, el observador dejó caer dos lágrimas que se congelaron inmediatamente sobre sus mejillas.
Aurora es una osa polar provista de un collar de seguimiento. Su hijo, evidentemente, aún no tiene necesidad de llevarlo.

viernes, 20 de febrero de 2009

Amor electromagnético.


Esta es la mujer más guapa del mundo. Y probablemente la más sensual también. Lo digo yo, no las revistas ni los cánones estereotipados sobre la belleza. Tampoco aparece -me temo- en el último mamotreto que Umberto Eco ha vomitado sobre la esencia de las cosas bellas. Pude verla durante veinte minutos, un lapso más que suficiente para no errar en los cálculos ni entonces ni ahora que ya ha pasado más de un año. La observé desde todos los ángulos posibles con la complicidad juguetona del enfoque de las cámaras. Ellas y yo parecíamos confabulados en la recreación del juego geométrico de las perspectivas. Y todos los ángulos parecían el adecuado. Ni lado malo ni oscuro, solo la luz de la belleza tranquila, sosegada y plena, como un inmenso mar detenido entre los naranjas del atardecer. De sus enormes ojos, irritantemente negros, brotaba una mirada cargada de mirada, un rayo denso de luz oscura capaz de trastornar lo imperturbable. Su boca, bien delimitada y carnosa, me remitió enseguida a las ensoñaciones de Picasso cuando decía que la boca de una mujer guarda siempre una estrecha relación con la forma de su vulva. Y no era esta última forma la que, por obviamente innecesaria, merecía la pena imaginar ahora. Bastaba con su sonrisa, entre la inquietud y el sosiego, la timidez y el pudor, así, como Dios manda, una y otra vez, sin veleidades, ostentaciones o tapirujos, enamorando a diestro y siniestro sin ninguna voluntad puesta en juego, dejándose llevar tan solo por la corriente arrebatadora de tanto encanto interior y belleza que brotaba impetuosa desde sus propias entrañas. Cuando habló me pareció igual de bella: las palabras precisas, el timbre de voz dulce y firme, de persona con principios, el gesto siempre comedido y adecuado y una rotunda feminidad en cada pronunciamiento. ¡Una maravillosa calamitá! pensé al ver alli, a tanta distancia, todos los pedazos de ella unidos en un todo espléndido, glorioso e inalcanzable.
De vez en cuando la veo y siempre vuelvo a sentir esta loca fascinación. Yo sé que, como las brujas, haberlas haylas, y parecerá risible y gilipollesco, pero al cabo de cincuenta años, me he vuelto a enamorar. La primera vez fue al tocar la puerta de la vecina cuando yo tenía seis años, y ahora, la segunda, ha sido con el vodka en una mano, el chocolate en la otra, la mirada fija en el televisor y una extraña felicidad en lo más profundo de la conciencia.
Se llama Mari Gracie Cuccinotta. Ex modelo y actriz italiana.

martes, 17 de febrero de 2009

"How can you mend a broken heart"






La vida y discografía de Bee Gees, magníficamente resumida en un programa televisivo que pude ver no hace mucho, me fue remitiendo con cada canción desde sus primeros pasos, a esos otros de mi vida cuyos recuerdos cabalgan siempre a lomos de alguna música.
Fue en la cafetería del hotel Indálico, en aquellas tardes ventosas de invierno a principios de los 70, donde solíamos refugiarnos Luis L. y yo con las novietas del momento y el sonido tristón de "I´ve gotta get a message to you" o "Massachussetts". Luis había leído días antes La naúsea de Sartre, y había sufrido en sus entrañas el poderoso influjo del vacío existencialista. Llegó a confesarme, con emoción y una mirada extraña, que tal vez fuese el suicidio la única puerta a la liberación integral del individuo. Yo estaba aterrado. Días más tarde leí algunas partes del libro buscando argumentos para contrarrestar su opinión, pero entonces me sentí razonablemente solidario. Cerré el libro y no lo volví a coger nunca más. Dos años más tarde nos fuimos a la Universidad.
Aquella Granada del año 72 aún rezumaba misterio y aventura para un pasmado estudiante llegado desde el barrio de las cien casas de la calle Paco Aquino. Fue el año del desamparo y de la responsabilidad, el de las añoranzas y las nuevas melancolías, pero también el año de los nuevos horizontes y las primeras putas. Uno de mis años heroicos. Como en aquellas otras tardes del hotel Indálico de Almería, me refugiaba ahora, una y otra vez, en una cafetería de cuyo nombre quisiera acordarme que se encontraba enfrente de la Residencia Universitaria Carmelitana, y allí intentaba enjuagar la distancia y el recuerdo de maltrechos amoríos escuchando en la máquina de discos "How can you mend a broken heart". Aún hoy, me pone los pelos de punta. ¡Cuánto puede hacer la música por uno! Tras escucharla dos, tres, o cuatro veces, regresaba a mi celda en aquella Residencia de esbozo de carmelitas y, junto a la ventana, abria los libros y los apuntes aparentando estudiar. Y así, un día tras otro, entre los Bee Gees y el resto de las canciones que brotaban sin cesar del radiocasette Panasonic comprado a la sombra del Gurugú. Un arma providencial para la supervivencia de aquel año. Eran los tiempos agónicos de la dictadura y había que estar atentos. Los estudiantes siempre fuimos un foco de resistencia y por eso nos esperaban muchas veces, a la puerta de la Facultad, aquellas manadas de grises para pedirnos autógrafos. Siempre disfruté con las carreras. Aquellos payasos blandiendo las porras intentando golpear la sinrazón, me hacían reir a la par que corría más que ellos. Luego lo comentábamos en pequeño comité a las dos de la madrugada en una de las habitaciones. Era la hora de las tortas, las de comer, las que sacaban ardiendo en la panadería de la esquina y que comprábamos con la complicidad de algún transeúnte al que le echábamos el dinero y un cubo con una cuerda desde la terraza de un primero. Entre las grandes añoranzas de mi vida se encuentran el aroma y el sabor de aquellas tortas, el goloso contrapunto a cada jornada salpicada de miedos y desajustes.
Con los años, fui moderando las emociones. Al final de la carrera, bailaba en la discoteca Streissis al son de "Stayin alive" y "Saturday Nigth Fever", alejado de aquellas primeras pesadumbres y con la vista muy fija en algún culo que destacara sobre los demás. Pero sobretodo feliz por la inminente culminación de una etapa que, finalmente, rendía fiel tributo a un esfuerzo impagable: el de unos padres que fueron los verdaderos artífices de aquella travesía por el desierto, siempre al filo del abandono.
Más tarde, con el olor a azahar del Albaicin y los trasnochos sacromonteños del Camborio ya en la frontera del olvido, irrumpían de nuevo aquellos músicos incombustibles afanados, como siempre, en proveernos de emociones musicales: "Tragedy" y "Wish you were here" estuvieron sonando en los tiempos del acomodo al desacomodo familiar, los tiempos de la inopia y del caminante moleriano imaginario, el de las muchas vueltas sin abandonar el círculo por temor a lo que pudiese haber fuera. Los tiempos del soñador clandestino. O viceversa.
El programa sobre los Bee Gees finalizó con "I surrender", un precioso y oportuno tema, pensé, para entroncarlo con los tiempos actuales. Estamos en la era de la supervivencia, del desplome indiscriminado, ya sea de un rascacielos, o de las Bolsas, o de un puñado de corazones hambrientos o solitarios. ¡El milagro de la modernidad! Martin Luther King supo definirlo y augurarlo: "Nuestro poder científico ha sobrepasado nuestro poder espiritual. Hoy tenemos misiles dirigidos y hombres desviados". "I surrender" sonaba la otra noche y yo me refugiaba en sus acordes premonitorios curiosamente igual que lo hacía con "How can you mend a broken heart" treinta y tantos años antes. Entonces, sumido en esa intemporalidad, volví a pensar: ¿Para qué sirve el tiempo sino para hacer desaparecer a todos los que no formamos parte de él?
Ahora los Bee Gees ya no son tres sino dos. Maurice murió en 2003. Y es que los músicos, como sus guitarras, jamás envejecen. Tan solo llega un momento en que, de repente, nos abandonan dejando huérfanas una parte de nuestras emociones, esa parte que tantas veces nos ha ayudado a sobrevivir.




jueves, 5 de febrero de 2009

Dios, Chesterton y Educación para la Ciudadanía.

Umberto Eco comentó en uno de sus artículos en La Repubblica en 2003 que "la exhibición de símbolos sagrados en las escuelas no determina la evolución espiritual de los alumnos", y a uno que anda ya con la mosca tras la oreja por los años, los desencantos, y la estructura maniquea de nuestra nueva sociedad, le ha venido a la cabeza el folklore suscitado por la asignatura Educación para la Ciudadanía.
Desde luego este País nuestro es algo peculiar. España siempre ha sido diferente: tan beata y carca como transgresora, tan inculta como soleada, conspiradora y sumisa, llevando a la par el orgullo y la vergüenza a las espaldas tantas veces como guerras ha sufrido o ha buscado. Pero ahora, en plena y sospechosa Modernidad, se ha vuelto también maniquea, el bien y el mal enfrentados a lomos de una cuchilla, sin otros escenarios intermedios. Tal es el planteamiento que unos y otros propugnan ante la nueva puesta en escena de Educación para la Ciudadanía. Confieso que yo nunca lo habría sospechado. A mi me educaron mis padres y el colegio de La Salle en las proporciones y estamentos que a cada cual les correspondía, a pesar de los deslindes y las intromisiones que ambas escuelas -conniventes y adecuadamente entroncadas entonces a juzgar por los resultados actuales-pudieran establecer en momentos puntuales.
La palabra adoctrinar, cuyas dos acepciones más extendidas son enseñar una doctrina y aleccionar a alguién sobre la forma en la que ha de comportarse, está siendo convertida en un tendencioso y ya casi aburrido grito de guerra en los medios. Todos los que están en contra de la asignatura se la han adjudicado con usura convirtiendo a los que la han puesto en marcha en algo así como una secta, un poder maligno y tendencioso que pretende ignorar a los padres y "adoctrinar" sospechosamente a los hijos. En verdad que los muchos años transcurridos desde que dejé de ser niño pensaba que nos conducirían a despejar el horizonte en estas y otras cosas, pero al final voy a terminar creyendo en ese viejo Principio de la Tradición a través del cual con el transcurso de la Historia no nos acercamos más a la verdad sino todo lo contrario, y de ahí la fascinación de los grandes pensadores por los Clásicos. La culpa es del mensajero que pensarán los escépticos, y yo digo que la culpa es de las máscaras. Si nos despojáramos de ellas, las aguas vendrían a su cauce. Partiendo de esto, toda la lucha dialéctica suscitada es una simpleza inútil. Educación para la Ciudadanía es el enfrentamiento de la Iglesia con el laicismo, de la Oposición con el Gobierno, del PP contra el PSOE, de los conservadores contra los progresistas, de Saenz de Santamaría contra Fernández de la Vega, de los beatos contra los ateos, de los creyentes contra los no creyentes, en definitiva es la propia esencia de la cultura maniquea: el bien contra el mal sin otra posibilidad de lenguaje. O viceversa. Y mientras, los hijos siguen jugando a la Gamen Boy o como se llame y comiendo hamburguesas con patatas fritas al tiempo que se apertrechan de desprecio y rebeldía ante la Institución intentando emular una vez más la actitud chulesca de unos padres que aconsejan más el puntapié que la cordura. Son todos esos que van gritando por las calles que el Estado está intentando adoctrinar a sus hijos, y ellos, como padres responsables y fervientes defensores de los principios fundamentales de otros tiempos y colores, pretenden evitar el tremendo desatino. Es verdad que unos padres tienen derecho a educar a sus hijos, pero si no están de acuerdo con los Planes de Enseñanza, que no los lleven a la escuela. Es así de fácil por molesto que parezca. Los españoles sabemos mucho de derechos y algo menos de obligaciones. El derecho a objetar es como tantos otros uno más en las sociedades democráticas, pero poner algunos puntos sobre las íes o no estar de acuerdo con algunos planteamientos, no da derecho a interrumpir, a enardecer, a proferir insultos y acusaciones y finalmente a hacerle ver a nuestros hijos que Educación para la Ciudadanía y por extensión toda la Enseñanza -porque así es como esos hijos lo van a tentender- se encuentran bajo sospecha. ¿Qué tendran que ver nuestras viejas reminiscencias y nostalgias ideológicas con la Universidad y los Institutos de Enseñanza de estos tiempos? Me apunto a la idea de que la Enseñanza en este País arrastra desde hace tiempo una cadena de fracasos y que todos sabemos que andamos en el furgón de cola del continente, pero si en medio de esa marea nos asusta que se les hable de educación a los hijos, de normas de comportamiento, de solidaridad, de los riesgos en las relaciones sexuales, y de la aceptacion de una sociedad multiracial y multicultural, ¡apaga y vámonos!
El poder de unos padres jamás se podrá comparar al discurso de un profesor o al contenido de una asignatura, pero si a éstos los sentamos en el banquillo de los acusados, pobre futuro nos espera. La realidad es que todos los que están haciendo ruido llevan la máscara puesta para ocultar otras intenciones: el desmembramiento de la sociedad, los virtuosos a un lado y los miserables al otro, los nuevos cruzados contra lo imposible, el pataleo en definitiva para joder de alguna forma al que no nos gusta como piensa y como actúa. Y todo en nombre de Dios y de los niños, porque detrás de todo ello se esconde el resentimiento por ver a la religión descabalgada de su lugar de privilegio.
Yo soy católico, y por lo tanto, no me molesta ni la religión ni los símbolos cristianos en las escuelas o en las casas, pero algunos padres, alineados también con cierta ideología, están equivocando los papeles y, contra su propia acusación y medio cegados por la máscara, aún parecen no haberse dado cuenta de que los auténticos adoctrinadores son ellos mismos olvidando también que cuando se escupe hacia arriba te cae siempre en la cara. Tal vez, todo sea una cuestión de interpretación. Ya lo decía Nietszche, que no hay hechos sino solo interpretaciones, aunque en este caso, el momento no sea propicio, el escenario esté lleno de conflictos, y el sujeto, el actor, sea a la postre el que va a pagar los platos rotos. Y es que como decía también Chesterton, cuando la gente ya no cree en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que cree en todo. Incluso en los medios de comunicación.

domingo, 1 de febrero de 2009

Me voy a la escuela

Repentinamente, se levantó y echó a andar dirigiéndose con pequeños pasos acelerados y tambaleantes hacia la calle. "¡Joaquin, Joaquin! ¿Donde vas?" gritaron alarmados todos los presentes que corrían hacia él para sostenerle. "Me voy a la escuela" contestó con la misma urgencia del que llega tarde. Instantes después le detuvieron y le llevaron cogido por los brazos hasta el sillón donde literalmente había pasado los últimos seis o siete años, entre tosidos y recuerdos de juventud, tarareando sin parar atonados e indescifrables cánticos de remotos recuerdos cuya melodía incesante parecía tributar un requiem a la constatación de su dilatada vida. El día anterior, cuando le conducían hacia el dormitorio, pasó delante del espejo de la puerta de un armario y entonces giró la cabeza torpemente intuyendo una nueva presencia. Cuando se vio al otro lado, abrió exageradamente los ojos y dijo " ¡Cucha! ¡Ese es mi padre!" y ya no dijo nada más hasta el día siguiente. ¡La imagen del progenitor reflejada en uno mismo! ¡Qué extraños ingredientes afectivos! ¿Qué habría pensado él viéndose tan cerca del que le había dicho adiós cincuenta años antes? Cuesta creer que los viejos ya no sienten ni consienten cuando se ven enfrentados a la resurrección instantánea de personas queridas y de recuerdos en medio de los flases punzantes de su dramática realidad, ésa de la que nunca logran despegarse a pesar de las ensoñaciones y los desvaríos. Y cuesta creer también que la sensiblería y la capacidad para sufrir se haya ido apagando y encorvando como sus cuerpos, esos objetos deformes que como las cosas que estorban, a veces no sabemos donde ponerlos, y así pululan de aquí para allá, ahora te toca aquí y mañana te toca allí, y casi siempre, como el arpa, deslucen en el rincón más olvidado.
No es el caso de Joaquín. Él brilla por sí mismo en el rincon más luminoso de la estancia mientras su mujer cose y los demás leen el periódico. Por eso también canturrea, porque sabe que hay oyentes a su alrededor, aunque ya se muestren confusas y rebeldes todas las identidades ¡Qué más da si éste es este o es aquel! "Lo que importa es la Polar"como decía una de aquellas consignas trasnochadas de la OJE, y eso mismo es lo que él sabe y se sabe, querido, arropado, y resignado junto a los que le rodean con su inminente final. Por eso mismo pretendió la otra mañana propinarle un puntapié a su destino levantándose él solito y diciendo "Me voy a la escuela", la escuela, supongo ya del retorno, la herencia lícita y amarga de lo trascendente a punto de ser desvelado.
Algunas veces, Joaquín no conoce ni a sus hijos, pero a mí, a Juanico, como él me llama, siempre me conoce. Por eso y por otras cosas, he querido recordarle ahora que aún le podemos palpar las arrugas y escuchar con cara de aburridos sus continuos tarareos.
Joaquín es mi tio y tiene 97 años.

lunes, 26 de enero de 2009

Héroes a la vuelta de la esquina


Dicen que los nuevos héroes son aquellos que consiguen vivir en un mundo donde las cosas suceden por primera vez. El trasnochado estereotipo de la figura heroica siempre nos ha remitido a los estigmas grandilocuentes del celuloide recordando a Espartaco crucificado o a Rodrigo Díaz de Vivar dándole de beber a un leproso. La Historia, los cuentos y el cine han ido componiendo una interminable guía de héroes, el club de los elegidos por la propia voluntad de los menos indicados. Si algunos de aquellos levantaran la cabeza no dudarian en aplastarles la suya a estos otros por una intromisión tan ilícita como extemporánea, más propia de la obsesiva imaginería humana que de la concesión a las tres formas posibles de una realidad: que haya sucedido, que no haya sucedido, o que el suceso aconteciera de una forma radicalmente diferente. Todos nos hemos vestido, mirándonos al espejo de algunos sueños, de Capitán Trueno, de Alicia en el País de las Maravillas, de Huckeleberry Finn, o de Agustina de Aragón, entre otros miles. El hombre mira al hombre ignorándose a sí mismo, recelando de sí mismo, y olvidando la condición más esencial que posee: el sentido de la individualidad. Nuestra propia razón de ser ha sido voluntariamente despojada de su esencia en pro de un continuo e histórico deseo hacia el enardecimiento de los héroes intentando arrebatarles algo de su condición, como esa estampa que se lleva en la cartera haciéndonos creer que su cercanía va a proveernos de alguna santidad. Bien es cierto que la admiración es un sentimiento muy humano y muy útil para la supervivencia, pero las fuentes no siempre son fidedignas y las intenciones, cuando se untan de componentes ideológicos, están siempre bajo sospecha. ¿Imagináis a alguién que duerma con una foto de Hitler o de George Bush en el cabecero de la cama? Pues haberlos haylos y seguramente dormirán con placidez toda la noche pensando que todos los demonios andan fuera. Felipe II también colgó en su dormitorio El jardín de las delicias de El Bosco, creyendo sin duda que recluía a todos los satanases dentro del cuadro, y luego se jactaba contemplándolos menesterosos, lascivos y desvergonzados por la valiente ocurrencia del pintor de S´Hertogensbosh, ¡un héroe! que debió pensar el monarca cuando acabó comprando casi toda su obra.
Pero los tiempos cambian y con ellos el corazón de los hombres y las hechuras de los héroes. Ahora ya no aparecen en los libros de Historia, ni en los cuentos, están ahí, a la vuelta de la esquina, disfrazados de gente corriente e ignorados por casi toda la humanidad. El mundo está lleno de ellos y a muchos los conocemos sin saberlo. Se apertrechan cada día para el combate sin apenas armas ni herramientas mientras, enfrente, los demonios conspiran y maniquean para inclinar la balanza a su favor. Corren tiempos de abundancia en uno y otro bando y por eso la lucha está servida. Estamos en la era de la confrontación silenciosa. Se ha minimizado el discurso, la licitud intemporal de la palabra, para dar paso a la conspiración sonriente, a sacarle aún más punta a las ojivas de los proyectiles y a volver la vista hacia otro lado. Pero ahí estan los nuevos héroes, los auténticos, camuflados por su propia voluntad y, sin embargo, molestando y dejando por todas partes sus señas de identidad, como la mosca cojonera. ¿No los imagináis? Esas mujeres desesperadas sufriendo en sus carnes y en sus casas la permanente amenaza del maltratador, o los que llevan meses y años tocando timbres y puertas para encontrar un salario, o los que luchan en un hospital contra la muerte y la enfermedad sin perder ni siquiera la sonrisa, o los que enjuagan en silencio todas sus penas animando a otros que las padecen, o los que ponen en riesgo sus vidas para denunciar el exterminio y salvar la dignidad de los demás, o todos aquellos que cuidan enfermos y enseñan en las escuelas a miles de kilómetros de sus hogares, o los que viven solos sin amor y sin familia, o los que investigan para la salud y el bienestar sin preocuparse ni de horas ni de dias, o los que lloran a escondidas para que no cunda el ejemplo, o los que sonrien ante todas las clases de adversidad, o los que mueren por falta de agua y alimento y miran suplicantes hacia el cielo en el último estertor, y tantos y tantos que aún logran mantenerse erguidos sin perder ni la postura ni la calma.
Hay muchos y están cerca, a veces muy cerca, ahí a la vuelta de la esquina. Los héroes de los libros no pueden salir de ellos, pero los otros, los nuevos héroes, los que consiguen vivir en un mundo donde las cosas suceden por primera vez, están al alcance de la mano, a lo mejor hasta tú o yo...¡Quién sabe!