viernes, 22 de mayo de 2009

La España agónica.

Durante muchos dias mantuve la certeza de que Giulio Bramante, el políglota, vidriero y coleccionista de libros veneciano, al que tuve la prodigiosa suerte de conocer en 2005, pertenecía a la logia masónica de la Serenísima. La verdad es que nunca gocé de razones objetivas para tal consideración y ni siquiera su comportamiento u opiniones alentaban tales conjeturas. Si hubiese llegado a reparar siquiera por un instante en la esencia fundacional que siempre ha movido a esta
sociedad secreta, lo hubiese descartado en el acto. Giulio es un hombre centauro, mitad sabio y mitad bestia, pero desde su inconmensurable sabiduría jamás estuvo en su mente cambiar el mundo o el curso atropellado o no de las cosas. A pesar de su condición inequívoca de hombre apasionado, siempre supo dotar las disyuntivas de su vida de un pragmatismo no exento de dolor que ha sido a la postre su principal estandarte para la supervivencia.
Ahora, un puñado de kilómetros más acá de la laguna de Venecia, se baraja la posibilidad de que Zapatero -en el otro extremo de la cadena de los personajes imposibles- pueda pertenecer a la masonería. Dicen que su nuevo Ministro de Justicia es uno de sus más distinguidos representantes, pero claro eso no parece ser una razón suficiente de peso o mérito para asignarle a él tan alta consideración esotérica.
Cuesta trabajo, sobretodo por simple honestidad, meterse en la piel de un personaje de la calaña de Zapatero -no digo buena ni mala- para lucubrar sobre una condición, la de masón, que yo a estas alturas de siglo y años no sé bien si es una especie de credo, de filosofía existencialista, de clase social, gremial, o de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Dias. Mi maestro Bramante arrojó alguna luz sobre esto cuando me dijo que tanto la masonería como otras sociedades secretas, bajo la máscara profesional y filantrópica, buscan sobretodo un afán de crecimiento a través del proselitismo de todos sus miembros con el objetivo final de intentar darle la vuelta al mundo y no en un sentido geográfico. Apuntó a los Illuminatti como el paradigma de ese movimiento, una secta de masones disidentes que propugnan un nuevo orden para el mundo y la llegada inminente de un nuevo Salvador, una vez ocurra el caos, tras el derrumbe de la moral y de la ética históricamente entendidas como tales. Esa misma luz es la que me hace pensar si acaso Zapatero, al que se le asignan por unas y otras vías limitados estadios de intelectualidad, no estará si no intentando cambiar el curso de las aguas en una sociedad y en un país que no está hecho para nadar contracorriente, y todo ello al grito siempre complaciente de ¡Viva la tolerancia y la modernidad! Es ciertamente sospechoso que un tipo frío y duro como él, poco o nada dado a la generosidad y a la entrega al prójimo, le preste tanta atención al intento de voltear los sistemas y los preceptos y pase tan de puntillas por una crisis que parece importarle menos que un cojón de pava.
No es necesario gozar de sobrada conciencia para darse cuenta de que España moralmente se desmorona y de que una nueva ética se intenta imponer desde los más altos estrados del poder, y no hablo de las trasnochadas y obsoletas consignas de la Iglesia. Zapatero está a la cabeza de esa cúpula y no parece ocultar demasiado sus intenciones cuando blande una y otra vez con una prepotencia más propia de un idiota que de su condición vinculante de presidente del país, la espada que lleva ya cercenados un puñado de viejos principios con sus llantos respectivos y que nada tienen que ver con darle respuesta a esa manida recurrencia de la modernidad y del progresismo. Algunos de sus acólitos le rien la gracia y otros callan. Su Ministra Aido, desde luego no ha sido uno de estos últimos. Su famosa frase ha volteado, por muchos siglos creo, el paradigma de la vergüenza académica y moral. Pero a Zapatero poco le importa que los parados superen en número a todo el Imperio Romano, los españoles se vuelvan locos pensando en como pagar sus hipotecas, y los banqueros se junten en las mazmorras de sus mansiones para follar y reir sobre un colchón de billetes. Lo importante, la polar como decían en la OJE, es un nuevo orden mundial. Que venga y que venga pronto. La España agónica ya es un feliz presagio. Los Illuminatti se frotan las manos.

martes, 19 de mayo de 2009

Las viejas glorias.















Cuesta creer que haya pasado tanto tiempo. Un yuyu de vértigo y de nostalgia me recorre todo el cuerpo al contemplar esas fotos. La Salle de los 60, ¡vaya acuartelamiento de temerosos enanos y falsos clérigos! Aquellos frailes no eran otra cosa que eso mismo: falsos clérigos plenamente conscientes del arsenal intimidatorio que les confería su espeluznante aspecto de negro inmenso y blanco escueto en los cuellos. Sobretodo, cuando asomaban caminando de improviso desde el fondo de los largos pasillos entre la penumbra y la tristeza de aquellas tardes de invierno. Pululaban en todo momento por los rincones del colegio, en los pasillos, en la puerta de las aulas, por los patios, atravesándolos siempre en diagonal, imagino ahora que por conseguir una mejor perspectiva de los incautos, subiendo o bajando las escaleras de caracol que desde el patio central conducían hasta la capilla, y finalmente, apoltronados en las aulas encima de la tarima, observando con paranoico placer los ojos temerosos de los alumnos que, como yo, andábamos siempre maquinando en el furgón de cola. El maremagnum emocional se escenificaba teatralmente todos los fines de semana con la entrega de los boletines a manos de "el zorro", el director, el jefe supremo de la cuadrilla, con todos los alumnos de pie ocupando la periferia del aula en una fila ordenada desde el primero hasta el último según los méritos obtenidos. Bolitas multicolores anisadas para los primeros y tirones breves e intensos de las orejas para los últimos en un ejercicio de humillación pública cuya única ventaja, al menos para mí, era que solo se producía una vez a la semana.
Sin embargo, jamás me he sentido perjudicado por aquella etapa tan prolija en las hostias -tomadas y recibidas- y en los miedos. Es posible, sí, que el paso por La Salle lograse imbuírme de cierta rebeldía, pero concluyo que la docencia entre sus muros supo alentar innumerables inquietudes que, indolencias al margen, supieron conformar también un interés por la intelectualidad y la Cultura que en otro tipo de Centros no hubiese conseguido alcanzar. Así que, cuando observo la foto, ya no me acuerdo de los reglazos ni de las hostias, me miro a mí mismo y digo ¿pero qué has hecho con todo ese tiempo?
Algunos aspectos se han negado a cambiar: la mirada tensa de aquella foto del 65 es la misma que tengo ahora. Hay ciertas amarras de las que es muy dificil soltarse. Sonrío al verme, no obstante, con ese gesto de inocencia en la cara que aún era capaz de ocultar las tribulaciones de un niño que soñaba con ser mayor al día siguiente. ¿A qué esperar varios años? ¡Pobre ignorante! Nunca podría imaginar que cuarenta años después seguiría sin conseguirlo. Algo que ha sido bueno para las emociones y no tanto para la cordura. Mi madre me lo dice una y otra vez. Por eso he pasado de puntillas sobre muchos lodos, sin preocuparme demasiado de las salpicaduras y procurando disfrutar, ea, brincar en medio del barro, chuparme los dedos para limpiarme, y comerme las uñas histéricamente con cada abstracción de lo que no podía plegarse a mis deseos.
Es curioso, con la mala memoria que tengo, y ahora , viendo la foto, soy capaz de recordar casi todos los nombres de aquellos enanos. Algunos han alcanzado la celebridad, otros, como buenos hijos de papá, han vivido siempre sobrados a la sombra alargada del clan familiar, de otros nunca llegué a saber lo que fue de ellos, alguno habrá dejado de pisar sobre la Tierra, y algún otro también quizás haya sido capaz de maldecir a su existencia. Uno de ellos, el más inequívocamente chulillo en la imagen, me robaba las tortas de manteca en los recreos. Una tragedia mientras duró el anonimato porque aquellas tortas eran más importantes que la cartera. Hasta que un dia lo cacé tumbándome debajo de un pupitre. Cuando le iba a dar de hostias pensé: ¿tendrá hambre esta criatura? Fue uno de los pocos momentos de mi vida en que hice de mayor y, sin demora, se las ofrecí para que se las comiera. Llorando las rechazó. No me sentaron bien aquel dia.
Así, fue pasando el tiempo y me fui viendo crecer, al menos en años. Dejé atrás aquellos frailes, el olor a tarimas y pupitres de rancias maderas, las confesiones semanales del mismo pecado, las risas y los llantos de mis queridos correligionarios -compañeros enanos siempre en guerra de guerillas- y la emoción táctil de los nuevos libros del curso.
Y así también llegué a la Universidad y héme ahí en la otra foto. El mismo niño con más pelo y más piernas y poco más. Ese fue el primer equipo de fútbol sala de la Universidad de Almería, con caras conocidas, ¡quién lo diría por aquellos entonces! el Chipy -el futuro rector-, Diego Cervantes, Emilio Molina, y el resto que no dejábamos de ser menos importantes que los nombrados, especialmente yo que metía más goles que ninguno de ellos con esa zurda palomera de escasos esfuerzos pero de precisa y oportuna ubicación. ¡Qué tiempos de viejas glorias! Quince años es nada entre ambas fotos y aún menos los cuarenta desde la primera. El tiempo solo ha podido pintar surcos en las caras y adornarnos la cabeza con un bonete alopécico en el lugar de la coronilla. Hablo por mí. ¡Qué sé yo de los otros ni me importa!.
En lo demás sigo siendo cómplice del niño tenso que no sonríe en el centro de los sentados. Es la tensión del expectante, del niño curioso que se pregunta miles de cosas y pretende averiguarlas, la tensión del que maquina sin siquiera saber lo que eso significa, la tensión del coleccionista de emociones, también la del que teme y duda de sí mismo, la del recolector de fiestas de Reyes Magos y abrazos paternales, la tensión del soñador, del que ya comienza a dibujar románticos amores que nunca llegarán, la tensión, en definitiva, del niño que intuye amargamente que nunca va a dejar de serlo por mucho que una multitud de juguetes intenten distraerle y allanarle los caminos.
O tal vez yo ahora ande equivocado y aquel gesto casi de disgusto, tensionado y falaz, tan solo se debiera a la impaciencia por llegar de nuevo hasta el pupitre y desliar aquellas tortas de manteca embadurnadas de azúcar que se diluyeron, como tantas cosas, en la estúpida vorágine de una existencia que ha ido perdiendo su sabor y su sentido precisamente con el paso de los años.
Nota del autor: Dedicado al centenario del colegio La Salle de Almería recientemente commemorado.

jueves, 14 de mayo de 2009

Final de copa: la España light.


Instantes después del pitido final chocaba observar a las dos aficiones despendoladas sobre idénticos pináculos de euforia. Viéndoles las caras y oyendo sus gritos nadie sabría decir cual de los dos equipos acababa de alzarse con la victoria. Un partido perfecto con un resultado políticamente adecuado, donde en los medios y en el fin, la condición de perdedor había sido ya, desde dias previos, oportuna y sospechosamente eliminada. Y así lo refrendaron. ¡Sí, señor! ¡Con dos cojones! O para ser más exactos ¡con 40.000 pares de cojones, incluídos también los de ellas! Los mismos pares que al final se cimbrearon al ritmo pululante de las banderolas y los mismos que al principio se encogieron para transmitir algo de más fuerza a los pitidos. Todos en consonancia, todos en armonía, todos en comandita, la fiesta total del fútbol orquestada exclusivamente para el refrendo de una causa común: el común desprecio a una identidad nacional y a sus representantes, y a la que sin embargo se encaraman día tras día para chupar de una teta cuyo gusto no parece disgustar.

"Ante la duda, la más peluda" decía un viejo amigo mío. Ayer en el partido, el chocolate en un lado y las tajás en el otro, y para el pueblo, las "chocotajas" que es como decir migajas salpimentadas de necio desprecio. No hay cosa que exaspere más a la raza humana que tragarse la mierda de otros en la casa de uno. Estos nacionalismos de ahora de voceo y paso atrás que encumbran sus mensajes anacrónicos bajo el bastión que posibilita una muchedumbre de exaltados, abanderados unos y otros por una más que risible ostentación de apátridas, produce un cierto asco, una cojonera y hasta gratificante persistencia de alejarse cada vez más de esa parte de la raza humana que nunca supo ubicarse ni establecer referencias. Son la marabunta del impedimento, de las barreras infranqueables, de las fronteras fraudulentas y si los dejan, del exterminio de todo aquello que intenta moverse por diferentes caminos.

En medio de tal ensoñación, evocan a un pasado de generaciones ancestrales reclamando unos derechos que jamás gozaron de memoria histórica alguna. Cuando las familias formaban una tribu, varias tribus formaban un clan, y un puñado de estos edificaban finalmente un reino. No fue si no hasta después del Renacimiento cuando comenzó a tomar algún sentido la palabra nación en las colectividades que ya se consideraban patria o país, y todo ello merced a un sentimiento endogámico propiciado por la burguesía y el liberalismo.

¿Qué les enseñan en las escuelas a los hijos de los nacionalistas en España? La Historia manipulada, y ni tan siquiera sutilmente tergiversada para que no se note demasiado. "El nacionalismo es una enfermedad infantil" decía Einstein, supongo que porque el virus comienza incubándose en las escuelas. En cualquier caso, creo que es un proceso imbecilizador, que atonta al individuo y, que cuando se extiende a toda una comunidad, acaba convirtiéndose en una catástrofe. El otro día la mafia italiana calificó a la gente de ETA como la más imbécil del mundo, pero se juegan su vida y su libertad enajenados por un odio que les debe resultar insoportable. ¿Cómo habríamos de calificar a quienes les aplauden o silencian sus fechorías al tiempo que se enorgullecen de navegar con ellos por las mismas aguas reivindicativas?
Patriotismo y nacionalismo son dos conceptos creados en su día para la exaltación de unos valores que fuesen capaces de unir y de mejorar a la sociedad en cuestión. El primero ha permanecido fiel a sus raíces: amar una tierra, amar a sus habitantes; el segundo, en cambio, se ha perdido en la niebla de la razón acomplejada de todos sus partidarios: odiar al resto de las tierras, odiar a todos sus habitantes. Es tal la sinrazón de este feto ideológico y trasnochado del fundamentalismo vasco-catalán que llegan a convertir un estadio en la panacea de la condición de unos seres estúpidos que son capaces de vomitar su propia mierda sobre una patria que nunca va a dejar de ser la suya porque ni ellos ni sus antepasados jamás gozaron de otra. Y así se olvidan de lo más esencial: disfrutar de su propia identidad, la que suelen poner tan a menudo, como la otra noche en Mestalla, al servicio de una actuación esperpéntica que les recuerda un futuro de continuas amarguras e inútil rechinar de dientes.

¡Señores pitadores vascos y catalanes: en la próxima ocasión compraos un pito más grande, así podremos complacernos de que el auténtico sentido de la existencia, en vuestro caso, se escapa por la boca y no precisamente en forma de palabras, si no de estéril y estúpido ruido.

lunes, 11 de mayo de 2009

Flores erectas, hombres marchitos.








Quisiera conducirme yo a mí mismo igual que se manejan las abejas con las flores: libando cuidadosamente el néctar, procurando no agotar el diminuto manantial de cada una, prometiendo volver con ruido de frágiles alas y un nuevo beso de aire, susurrando bucólicos mensajes que se extienden lozanos entre los pétalos, agradeciendo ser acunadas por un instante que presagia vidas completas, y felices, finalmente, por haber culminado tan amorosamente su delicada misión. ¿Por qué las flores mueren tan pronto y nosotros somos tan distintos a las abejas? ¿Hay algo más dulce que la miel o más frágil que una flor? Debiéramos suplicar el retorno a la profunda intrascendencia, y una vez allí, volver a ser creados, gozar de una conciencia diferente, caminar por una nueva ruta sobre el mapa, olvidados de las ridículas competencias, alejados de engañosas e inútiles grandezas, enajenados del dolor y de la muerte, sosegados ante la misión de cada uno, respetando cada átomo que se cruce en el camino, contribuyendo al bienestar de todo aquello que tenga nuestra forma, pasando de largo por los caminos que no están hechos para nosotros, impregnándonos jubilosos con los olores de cada mañana, fascinándonos con los colores rojo y púrpura de los atardeceres, regresando siempre felices a casa, y manteniendo intactas, como en aquella otra vida, la condición de seres apasionados. ¿Pero a quién debemos suplicar ese nuevo soplo de esperanza? ¿Es posible que el Dios de las abejas y las flores sea también el mismo Dios que hizo a los hombres?

- Hay algo que no me cuadra, Sancho. Veo molinos donde debiera ver gigantes, y eso no habrá de ser bueno para nuestra digna integridad. ¡Anda, apriétale al rucio, que ya lo hago yo con Rocinante antes de que nos desollen como a San Bartolomé!
-¿Por plebeyos, mi señor?
- No, Sancho. ¡Por ignorantes!
- Corra yo entonces, señor. Vuestra merced nada habrá de temer de molinos ni gigantes, más no deberá olvidar cuidarse de las ovejas, esas siempre son lo que parecen.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Los bancos: el nuevo paraíso.


Cuando no hace mucho leí con inusitado entusiasmo el artículo de Arturo Pérez Reverte en el que describía a los dirigentes de este país como "cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros", no pude evitar, al margen de las obligadas reverencias por su descarnada valentía, acordarme también de todos los banqueros del mundo y más especialmente de esos otros de aquí al lado y la cojonera sombra de portazo y paso atrás que acaban de vomitar sobre nosotros.
Algunos desubicados se han echado las manos a la cabeza, pero yo siempre supe lo que escondían tras el pellejo y la sonrisa. ¡Los demonios del destino! Eso es exactamente lo que son, por su propia condición y por el manejo aventajado e irritantemente avaro de las ilusiones de esa enorme masa de "pedigüeños" a los que ellos les han salvado la vida a base de inyecciones de préstamos. Y muchas veces hasta te lo han llegado a recordar injuriosamente momentos antes de ponerte la trampa en la mano.
¿Seremos capaces de despertar alguna vez en esta zarabanda de país con ruído de alpargatas y maratones de aspirantes a reyes del pelotazo? Me temo que no, pero algunas bocas, por nauseabundo que a muchos les resulte su aliento, no van a poder ser calladas. Y eso es lo que más les jode, a los unos y a los otros, como dice Reverte, a todos esos que son culpables de que España figure entre los paises más incultos de Europa y, tragicómicamente, también aparezcan algunos de nuestros bancos a la cabeza del mundo.
Recuerdo allá por los setenta cuando mi padre, el hombre más honesto del planeta en igualdad de otros porque jamás he llegado a conocer a otro más honesto que él, se acercaba temeroso hasta el despacho de aquellos directores sucursarios endiosados, y luego salía con una breve palmadita en las espaldas que certificaba que la gozosa cuenta rediticia del 18% comenzaba su propia cuenta atrás, y por cuyo favor había que quedarles eternamente agradecidos. Después, durante muchos años, hemos tenido que atragantarnos una y otra vez con las ruidosas noticias de los miles de millones de beneficios que cada entidad voceaba desde los más alto merced a los sudores y a los insomnios de tantos rescatados de la mierda para contribuir a la gran causa del capitalismo de unos pocos. A pesar de mi alocada juventud en aquellos tiempos y del estricto y silencioso cumplimiento de mi padre, siempre recelé de la palmada y la sonrisa. Más tarde yo mismo hube de traspasar parecidos despachos en más de una ocasión, pero siempre procuré mantener la distancia justa para que no me alcanzasen las espaldas con una de sus típicas palmadas de beneplácito y ponte de rodillas. Cumplir lo justo, no olvidar nunca su condición y joder todo lo que fuera menester, es lo que he hecho yo siempre con los bancos, y aún así llevo más de media vida trabajando para ellos, engordando, como todos los prestatarios, su cuenta de explotación.
Pero el tiempo de las máscaras ha tocado a su fin. Ahora en estos días interminables de crisis amasada, consentida, diseñada y merecida, se ha revelado el demonio con todo su refulgente esplendor. El purgatorio bancario de otros tiempos se ha transmutado instantáneamente en un infierno que cierra sus puertas a cal y canto para que no entren los intrusos y no puedan escapar los beneficios exorbitantes de muchos años atrás. Y en medio de toda esa cerrazón ya poco importa que recele el cliente poderoso, se ahoguen los don nadies, se mueran los necesitados, se hundan las grandes empresas, desaparezcan todas las pequeñas, le den por el culo a la economía, al producto interior bruto, y revienten todas las listas del paro. El infierno ha cerrado sus puertas y el Gobierno calla y agacha sus sucias orejas no vaya a ser utilizado como un nuevo combustible que avive aún más la llama. Y todo ello será tan solo hasta que se atisben nuevos horizontes, nuevas e inmensas montañas de beneficios a costa de los ilusos dispuestos a caer de nuevo, como las moscas, presos de patas en el pastel del consumismo y las necesidades absurdas.
!Cuán gilipollas somos capaces de llegar a ser los españoles! La ausencia de autocrítica y la cateta contumacia de la que habla Reverte es muy propia de nosotros, los hacendosos engordadores de la olla de los banqueros durante tantos ejercicios de pingües cuentas para que ahora lleguen ellos y nos escupan a la cara con su prepotencia habitual, mientras la nave del Gobierno nos conduce hacia la Arcadia feliz y definitiva y la oposición se distingue distinguidamente por ser una oposición de la gran mierda.
¡Ay padre, si pudieras desde tu gran atalaya fulminarlos a todos!

martes, 5 de mayo de 2009

"La noche de los poetas" Microrrelato presentado en la Delegación de Cultura de Almería presuntamente censurado por represalias.

Las aguas se habían encendido en el muelle con la luz de las antorchas. Todos los kuttab bajaron a la orilla a recibirles.
- ¡Veamos qué cargamento nos traéis! –gritó con voz severa Al-Nusayr, el secretario mayor.
- Lo que traemos viaja con nosotros en lo más profundo del pensamiento. Vuestro gran rey Al-Mutasim será fielmente honrado con nuestra humilde sabiduría -contestó Habib Jaldún, el poeta de Qayrawan.
Los eruditos, venidos desde el otro lado del mar, atravesaron la Puerta de los Negros escoltados por los kuttab y ascendieron hasta la Alcazaba. Cuando finalmente se presentaron ante Al-Mutasim, fueron embargados por una enorme tristeza.
- ¡Cuidad vuestras lágrimas y no las malgastéis pues tendréis que llorar largo tiempo! –atinó a decir con la dificultad del que agoniza el rey poeta Al-Mutasim, bajo cuyo reinado vivía la taifa de Almería sus mayores momentos de esplendor.
Habib Jaldún subió esa misma noche hasta la Torre del Mihrab y contempló la bahía. Un penetrante olor a mar y el reflejo anaranjado de las fogatas en el agua, parecía alejar su condición de forastero. De repente sintió un espasmo, un rictus agónico que le hizo perder la visión y la conciencia. Fue entonces cuando comenzó a escuchar lamentos y gritos desgarradores. Abrió de nuevo los ojos y, en la lejanía, observó figuras humanas que se apiñaban en una barcaza y otras que flotaban sobre las aguas. Prestó atención y pudo entender algunas de aquellas súplicas. La aterradora visión duró tan solo unos segundos, el instante necesario para hacerle comprender que había avanzado 918 años en el tiempo. Entonces recordó las recientes palabras de Al-Mutasim y se echó a llorar rompiendo el silencio de una noche espléndida.
El Mihrab, testigo mudo de tan dispares espectáculos, aún se esfuerza por seguir en pie.
Nota del autor: La siguiente carta dirigida y envíada a la Consejera de Cultura de la Junta de Andalucía explica y relata con suficiente precisión los hechos acaecidos en relación con los intentos del autor de que alguién confirmase en la Delegación de Cultura de Almería la recepción vía e-mail del microrrelato para el concurso "Centenario del puerto de Almería".
Dª Rosario Torres Ruiz
Consejera de Cultura Junta de Andalucía
Palacio de Altamira
41004 Sevilla



Excma. Sra:
El pasado día 17 de Marzo del año en curso, me dirigí telefónicamente a la Delegación de Cultura de Almería a través del nº 950011722 para que me confirmasen el recibo de un e-mail a través del cual envié un relato al concurso de microrrelatos”Centenario Puerto de Almería” convocado por esa Consejería de Cultura. El funcionario que atendió el teléfono me dijo que ese asunto lo llevaba una tal Paqui y que, en esos momentos, estaba reunida, que llamase más tarde. Durante esa misma mañana realicé dos llamadas más obteniendo idéntica respuesta. Al día siguiente, volví a llamar, identificándome como la persona del día anterior, y el mismo funcionario contestó que la tal Paqui había salido a la calle, que llamara más tarde. Una hora después lo intenté de nuevo, y entonces el funcionario separándose el teléfono dijo: “Paqui, ¿puedes coger el teléfono?, es para el concurso de microrrelatos”, y al cabo de unos segundos me dijo: “Lo siento pero está reunida, tendrá que llamar más tarde”. Al día siguiente volví a llamar, y, como siempre, diciendo que era el del concurso de los microrrelatos. El funcionario de marras me dijo entonces: “Mire, es que ese tema no lo lleva Paqui, lo lleva la jefa del departamento y ahora está hablando por teléfono. Llame dentro de quince minutos”. A los quince minutos volví a llamar y me dijo que seguía hablando por teléfono. Ante mi desesperación e insistencia en advertirle que yo solo pretendía que alguien me dijese si se había recibido el correo, contestó que él mismo estaría pendiente de decírselo cuando acabase de hablar y que llamase otra vez a los quince minutos. Veinte minutos después volví a llamar y me dijo, como si fuese la primera vez que llamaba, que la jefa había salido a la calle y que no me podía decir nada más, que llamase de nuevo más tarde, ante lo cual, y como usted ya debe suponer, EXPLOTÉ. Le pedí el nombre al funcionario y después de muchos segundos de silencio me dijo que se llamaba Eudaldo Furter -o algo así- y que si iba a poner alguna reclamación contra él, a lo que contesté que contra él, sus jefes o jefas y toda la ineptitud manifiesta durante tres días de absoluta frustración.
Sra. Consejera: ¿Son estas las directrices de actuación de unos funcionarios que cobran su salario para atender las necesidades en esa materia de los ciudadanos? La escena es rotundamente kafkiana. Tres días toreando a un ciudadano que cada vez que colgaba el teléfono se le ponía más cara de gilipollas-con perdón-.
Fíjese, con todos mis respetos, Sra. Consejera, cómo las decenas de funcionarios de la Delegación de Cultura de Almería multiplicadas por todos sus salarios no han servido para dar respuesta durante tres días a la pregunta simple de una cuestión diseñada y convocada por ustedes mismos. Estoy seguro que se estará llevando las manos a la cabeza, pero no se preocupe que si toma cartas en el asunto, ya se encargarán los mismos del desaguisado de darle la vuelta a la tortilla y lavarse las manos en las aguas ponzoñosas de la desvergüenza y así ¡todos tan panchos!
“El Gobierno andaluz concibe la Cultura como una fuente de riqueza y de disfrute que debe ponerse al alcance de todos…es un derecho constitucional”. ¿Recuerda esto? Es una frase suya. ¡Pero cuán cerca, a veces, caminan la Cultura y el puntapié!
Espero no haberla cansado demasiado. Estoy seguro que intentará poner algo de orden en el cortijo almeriense. Y lo peor de todo es que muchos de estos papanatas funcionarios han llegado desde otras partes para mirarnos siempre desde lo alto. ¡Qué tiempos tan genuinos aquellos de las legañas!

Desde el máximo respeto, reciba mi más cordial saludo.

jueves, 30 de abril de 2009

¡Válgame Dios!


- Amigo, ¿sabe usted lo que pasó con aquella negra?
- ¿La que servía en la casa del fabricante de perfumes?
- No, esa no. La que confundió los orines del burro con el mejor vino del palacio y se lo dio a beber a Cleopatra.
- ¡Reostias! Después de tantos años lo había echado en el olvido.
- ¡Claro! ¿Y lo del pozo y el péndulo?
- Pero, ¿qué tiene que ver eso con la negra? ¡Ah, ya! lo dice por la negrura de Poe...
-¿Cómo?
- ¿No recuerda lo que dicen los alquimistas venecianos?
- ¡Bah! ¿Esos putos ladrones de inventos?
- Sí, esos mismos...que todo está relacionado en una parte o en el todo de todas las partes.
- ¿Y por eso le ha venido Poe a la cabeza?
- Por eso y por lo del pozo. En cambio no creo que debamos hablar de péndulo alguno.
- ¡Ya! A veces olvido que hay cosas innombrables.
- ¿Usted es un innombrable?
- ¡Claro! yo también. Por eso no debemos hablar de nosotros mismos. Solo debemos tener conciencia, pero una conciencia carente de afectación alguna.
- Pero usted siempre fue alguien infectado de afectaciones y sentimientos.
- ¡Calle! ¡Calle inmediatamente! Resulta peligroso traer a colación esas miserias.
- ¿De qué tiene miedo?
- De la ausencia de miedo y de eso mismo, del terrible recordatorio de las debilidades.
- ¿Acaso no fué aquella negra otra debilidad?
- ¡Ja! Tomaba todas las mañanas un baño de brea con miel y luego se paseaba desnuda por el jardín hablándole a los pájaros y aleteando con los brazos. Su coño fue el más hermoso de ese siglo. El soldado aquel medio hermafrodita la confundió un dia con una fiera salvaje y salió despavorido dando gritos calle abajo.
- ¿Está permitido reirse?
- Por esta vez sí.
- Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja ja...
- ¡Ya basta! Debemos ser respetuosos con esa negra.
- ¡Claro! Con la negra y con Cleopatra y con Napoleón, y con Poe, y hasta con Vasily el fabricante de perfumes.
- ¡No! ¡Con ese infame no! Yo mismo le cortaría la cabeza después de hacerle tragar sus venenos como hizo él con todas las mujeres que le rechazaron.
- Dicen que se reencarnó después en Versace...
- ¿Quién, el fabricante de perfumes? No. Fue un hijo de Marco Bruto para intentar redimir el justísimo crimen de su padre.
- ¿Y por eso Versace murió de esa forma?
- Murió muriéndose y punto. No debes ir más allá de los idus de Marzo. La gran tragedia del hombre ha sido siempre querer llegar más allá. Nunca hemos comprendido lo suficientemente lejos que siempre hemos estado.
- ¿Cómo cuánto de lejos?
- ¡Qúe preguntas más estúpidas! Pitágoras respondería que una cuadratura circular del arco imaginario de la bóveda celeste, pero me dan ganas de contestarle como lo hizo aquella mujer de los Filabres cuando respondió que a su cornudo marido le habían tocado en la lotería 200.000 reales y el doble más.
- Bueno, le preguntaré a Leonardo da Vinci.
- Eso, eso, vaya y pregúntele a él y de paso que le cuente también lo que es la incertidumbre. Le liará un pañuelo a la cabeza tapándole los ojos y le hará dar varias vueltas sobre sí mismo. Después le dirá que se vaya a su casa o a donde le salga de las esencias inútiles. Y usted le dirá: "Pero Leonardo, si no puedo ver y además estoy desorientado". Y él le responderá: "Pues eso mismo es la incertidumbre". Y si no corre lo suficiente le arrojará a las pestosas aguas del Arno.
- ¿Por uno de sus puentes?
- No. Por idiota.
- ¿Me está tomando por tonto?
- Yo no. Él.
- ¿Quién? ¿Leonardo?
- No. Leonardo no se detendría en esas disquisiciones tan evidentes. Me refiero a Casto Wilson de Balboa.
- ¿El navegante?
- No. El que mató a Jhon Fitgerald Kennedy y luego se refugió en un pueblo blanco gaditano. Fue durante muchos años el único negro en un pueblo blanco.
- ¿Y no le preocupó tanta sobresalencia de color?
- Pues claro. Por eso le ocurrió lo que al comendador. Fue ajusticiado una luminosa mañana por una multitud al ser la única mancha oscura en todo el pueblo.
- Es que yo me hubiese refugiado en un pueblo de negros.
- Pero eso hubiese resultado demasiado elemental para un tipo que mató nada menos que a Kennedy.
- Creo que tiene razón.
- ¡No! ¡De creo nada. Yo siempre tengo razón.
- Habla usted como un Dios. ¿Acaso es uno de ellos?
- ¿Qué me impide serlo?
- Tal vez su aspecto. Su aspecto le delata a pesar de esas riquísimas telas que lleva encima. ¿Quién es usted? ¿Quién es usted realmente?
- Si se lo digo se volverá completamente loco.
- No le temo a la locura, solo al regreso.
- Pues dispóngase a viajar. Yo soy usted antes de que llegara hasta aquí, y aunque nunca he sido nada, yo soy el que siempre ha sido.
- ¡Válgame Dios!
- ¿Por qué válgame Dios?
- Por haberle preguntado. Debería haber estado en silencio como hice en el juicio contra el nazareno y más tarde con el de Giordano Bruno y Saddam Hussein. Al italiano le condenaron a la hoguera por decir que los intelectuales no debieran tener patria. Y yo guardé silencio. Ahora me siento un correligionario de todos ellos, una dicotómica situación que arrastro desde que las primeras luces comenzaron a iluminar los fragmentos absurdos de esta vida mía. O tal vez los de la suya, que ya no sé bien...
- ¡Válgame Dios!

domingo, 26 de abril de 2009

Juan Sin Tierra y el librero, un cuento robado a la realidad.




De los dos ejemplares que le quedaban eligió el que no tuviese seña alguna de haber sido manoseado. Pasó de nuevo las páginas y se detuvo leyendo algunos párrafos buscando en ellos esa manida acreditación de la que tantas veces había dudado. Esta vez todo parecía estar en orden, hacía ya algún tiempo que su insidiosa vanidad le dejaba ver las cosas como mandaban los cánones, esos absurdos parámetros diseñados a menudo por los menos indicados. Confió en ello, cerró el libro y salió de la casa cargando a cuestas con el trabajo irrepetible de tres años y el peso ligero de las escasas ilusiones que aún era capaz de mantener en la reserva.
Por el camino fué pensando en la personalidad del librero y, sobretodo, en ese cambio de rumbo repentino que le llevó a dejar de ser un político afamado para convertirse en coleccionista de libros, en esa especie de juez de autores en que se transforma un editor. Sabía que el librero también había escrito algunos libros y precisamente la razón de su presencia en aquel centro educativo era la presentación del último de ellos. ¡Una ocasión propicia y providencial! se iba repitiendo una y otra vez por el camino intuyendo que aquel posible encuentro había surgido del cajón de los milagros olvidados en los que nunca dejó de creer.
A las diez en punto de la mañana los profesores y alumnos del centro comenzaron a llenar el salón de actos. En la mesa presidencial se sostenían varios ejemplares del libro objeto de la presentación y algunas flores colocadas sin mucho orden. El librero, con una inequívoca mueca de tensión en el rostro, ocupó su lugar en el centro de la mesa flanqueado por la directora del centro y la profesora de literatura. Tras la breve presentación, el juez de autores tomó la palabra. En primer lugar expuso una breve reseña de su biografía haciendo alardes del supuesto "asco" que en su día sintió al ocupar una posición política de privilegio, cosa que a Juan Sin Tierra le produjo un silencioso descojono al recordar que esa confesada incomodidad fue la causante de la obtención posterior de una pensión vitalicia bastante más alta que el sueldo de muchos ejecutivos. Después, alejado ya de las tensiones y con claro gesto de satisfacción, comenzó a hablar del libro. Se trataba de un tocho de más de quinientas páginas que Juan Sin Tierra miraba con ingobernable envidia desde la segunda fila de asientos. No pudo entonces evitar deslizar los dedos por el suyo que se conformaba con tan solo la mitad de las páginas. El librero fue subiendo descuidadamente el tono emocional al describir la historia narrada en la obra hasta llegar a decir, absorbido por esa espiral narcisista e iconoclástica que envuelve a los reverenciados, que la trama daría para más de una superproducción cinematográfica. Llegado a este punto, Juan Sin Tierra sintió los primeros síntomas de terror. Pero al poco, cuando el librero comenzó a exponer la labor humanitaria, de prospección de nuevos autores, y tan altruistamente entroncada con la cultura que llevan a cabo los editores como él, aparcó definitivamente los terrores infundados. Fué el momento álgido del discurso, el momento también en el que Juan Sin Tierra se vio señalado por el milagro que pretendía y que tan proverbialmente los había conducido a él y al librero hasta allí.
Cuando se abrió el ciclo de preguntas los alumnos iniciaron la sesión con todas las que llevaban anotadas en sus libretas. El editor las iba contestando con manifiesta suficiencia, sin titubeos, con el poder de la verdad y las circunstancias de su lado, henchido como los dioses, acicalado del conveniente narcisismo ganado a las ovaciones y el beneplácito e intentando vocear perifrásticamente a toda la sala que del nombre del autor que aparecía en la parte de arriba de la portada del libro él estaba profundamente enamorado.
La última pregunta se la hizo Juan Sin Tierra mientras le sudaban las manos que las había apartado del libro para no mancharlo con el sello del nerviosismo. Creyó que estaba obligado a hacerlo, por cortesía, y porque ésta sería la manera anónima de darse a conocer ante la inminente presentacion que ya estaba programada por el "influyente" de turno. La pregunta obligaba al autor-editor a definir en una sola frase el mensaje que encerraba su libro. "La vida es un camino..." es lo primero que atinó a contestar y luego se perdió con algunos balbuceos sobre lo mismo. Tras esto se levantó la sesión. Los alumnos fueron saliendo de la sala entre el rotundo murmullo que saben poner en el aire cuando finalizan las clases y los protocolos, y el librero fue rodeado por un puñado de profesores a los que les firmaba algunos libros en medio de los agasajos y las palmaditas en la espalda. Juan Sin Tierra aparcó su fusil, cogió su libro, se acercó un poco más a la mesa y esperó pacientemente su momento. Recordó aquello de que cuando alguien desea algo fervientemente todas las fuerzas del Universo se confabulan para que eso suceda, y entonces contempló al Universo entero dentro de aquella sala en un momento que pensó se había creado exclusivamente para él.
El arduo trabajo de tres años, las muchas noches de insomnio, los callejones sin salida cada 40 o 50 páginas, el trabajo impagable de investigación, los múltiples borradores, los momentos de desesperación, la traumática falta de ideas, las reflexiones, el encaje de bolillos, el hilo conductor del argumento, las confesiones inconfesables, la tremenda soledad del escritor, los tributos a pagar después, las recriminaciones familiares, la inacabable corrección ortográfica, la valentía puesta en juego por quien carece de esa condición, el descubrimiento inquietante de uno mismo, el mensaje final, y la sensación, en definitiva, de ser parido por unos padres desconocidos en un medio hostil, se iban a ver finalmente recompensados con aquel encuentro que una inesperada e inmerecida señal del cielo había puesto en el camino desolado de un hombre que acertaba a llamarse Juan Sin Tierra. El "influyente" se acercó al librero en un momento de desahogo y enseguida le hizo un gesto a Juan Sin Tierra para que se acercase. Los presentó y se perdió en medio de uno de los corrillos. El aspirante, portando su libro entre las manos y medio atenazado aún por la emoción y el nerviosismo, comenzó a hablar.
- Sr. librero, mire, su presencia aquí hoy es para mi como un milagro. Le explico: en primer lugar por la oportunidad extraordinaria de conocerle personalmente, y en segundo lugar por que hace unos dos meses envié a su editorial un ejemplar de mi libro del que he traído otro para usted. Quiero que sepa que es la primera y única editorial a la que ha sido enviado hasta el momento por ser primeramente una editorial de la Región, porque he analizado en profundidad todo su catálogo y porque conozco la atención que le dedica a autores noveles y a temas directamente entroncados de alguna forma con la cultura andaluza.
El librero había ido cambiando ostensiblemente la expresión del rostro conforme avanzaba Juan Sin Tierra en su discurso. El gesto de amabilidad, satisfacción y felicidad de toda la charla anterior habían desaparecido dejando paso a una mueca de confusión, molestia y desagrado. Este cambio no le había pasado desapercibido a Juan Sin Tierra que esperaba con cierta ansiedad la respuesta.
- ¿Es una novela histórica? -preguntó el librero con severidad deseando que fuese afirmativa la respuesta. Juan Sin Tierra le ofreció el libro y el editor lo tomó en sus manos como si fuera una mortaja.
- ¡No! No es una novela histórica. Es una obra de introspección en el pensamiento humano que a partir de una experiencia real mezcla el ensayo con el mundo del Arte y de la Historia en un contexto general autobiográfico-. Respondió Juan Sin Tierra con toda la calma de la que aún era capaz.
- Ya. Pero yo veo aquí un componente histórico muy importante- añadió dejando pasar muy rapidamente las páginas a través de su dedo pulgar- y no, no vamos a editar ninguna novela histórica- concluyó devolviéndole el libro a su autor.
- Perdone, pero no es en absoluto una novela histórica, comenzando porque narra una historia real y además ésta sucede en el pasado año de 2005...
- No, no...ya le digo que en estos momentos no vamos a editar nada que tenga que ver con la novela histórica - interrumpió con patente desagrado el librero que parecía comenzar a sentirse axfisiado con el encuentro. Juan SinTierra echó mano de la soga de los ahogados en un último intento de al menos conseguir razones para intentar escapar de la locura del instante.
- Bueno, no le voy a molestar más. Como he traído este libro para usted me gustaría que cuando pueda le eche un vistazo y así comprobará mejor de qué trata. La ilusión más grande de mi vida sería verlo editado y...
El librero no dejó acabar la frase.
- ¡No! ¡No le voy a echar ningún vistazo! Así que quedéselo usted. Pruebe con la Diputación Provincial que está editando algunas obras o también con...
Juan Sin Tierra tampoco le dejó acabar la frase.
- ¡No! No se preocupe. Ya conozco a los que editan libros por aquí. Perdone las molestias y encantado de conocerle.
El librero no contestó, chocó su mano con la del aspirante y pareció respirar de nuevo. Juan Sin Tierra salio en silencio con su libro bajo el brazo, fue acelerando el paso y, sin mirar atrás, llegó hasta el coche. De vuelta a casa miró hacia el libro y entonces comprendió que aquel parto, como muchos hijos, le daría muchos disgustos y una sola satisfacción. En este caso, la de haber tenido los sufridos y santísimos cojones de haber sido capaz de parirlo. Luego pensó en el librero y se sintió satisfecho por haber llegado a conocerle en toda su inmensidad. Después recordó aquello de Groucho Marx: "Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota". Lo de la educación ya es harina de otro costal.
Nota del narrador: El librero obedece a la identidad de Manuel Pimentel Siles, ex Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y actual Presidente de la editorial Almuzara de Córdoba. Se ha considerado más oportuno referirse a él como librero -el que vende libros- en la narración porque esa era su intención principal en el acto en cuestión. El libro que presentaba se titula El arquitecto de Tombuctú, una obra de 509 páginas referenciada en el lomo expresamente como novela histórica. La presentación mencionada se llevó a cabo en el Instituto de Educación Secundaria Abdera de Adra(Almería) un día cualquiera de pasado mes de Febrero de 2009. Juan Sin Tierra fue presentado al editor por una de las profesoras y secretaria del Centro educativo. La conversación llevada a cabo entre ambos obedece fiel y exactamente, palabra por palabra, a lo expresado arriba. Juan Sin Tierra es un escritor- como su apellido- aún también sin credenciales. Su libro sigue sin ser editado pero él espera pacientemente a que un día, como ya ha vaticinado Eduardo Galeano y algún otro, el mundo pueda estar patas arriba para que él y otros muchos vean sus trabajos editados o al menos reconocidos. Mientras tanto las gentes como Pimentel seguirán siendo inmensamente felices a excepción de esos momentos en que un libro se confunde con un cinturón de explosivos amarrado a la cintura. ¡Que Dios nos asista y Alá nos guíe!

miércoles, 22 de abril de 2009

Colectivos, grupos y grupúsculos.



El marxismo genealógico que encontró el final de su cadena ribonucleica cuando se topó con los genes de Groucho Marx y que éste refrendó con aquella frase: "Nunca perteneceré a ningún club que esté dispuesto a admitirme como socio" merece un llanto o al menos un hondo suspiro como corresponde a toda teoría que desaparece sin efecto alguno de evolución o a todo recuerdo con forma de persona que vivió su tiempo encapsulada entre signos de admiración. ¡Cómo sabía tanto de ellos acabó comiéndoselos! Pierna, prepucio, oreja, coscusilla o cerebelo, más o menos, es lo que acabó merendándose Groucho un dia sí y otro también de toda la estúpida sociedad que le rodeaba y a la que él también se sentía lastimosamente engranado. Sus instintos canívales y las ansias de venganza por verse parido y no deseado en tan insípido escenario conformaron una obsesión que la mantuvo inútilmente vigente durante toda su vida: darse un bocado a sí mismo en la V cavernosa del trigémino. Como no lo consiguió, de tanto esfuerzo, acabó muriendo de cansancio y por eso escribió sobre su tumba: "Perdonen que no me levante".
A estas alturas de vuelo rasante sobre el discurso resulta evidente que a Groucho no le gustaban los colectivos. Si ya sospechaba de la cordura individual, imaginemos el espanto que debía producirle la colectividad, los asociados, ese amontonamiento de cuerpos y pretensiones, ese ruído infame de abrirse paso a codazos, escupitajos o carantoñas, según quién sea el contrincante de al lado o se intuya la dirección de la amenaza. Son solo cosas de la memez humana que oculta su condición bajo la máscara del grupo y saca de vez en cuando la cabeza como los pollos para que la sombra se proyecte sobre los pasmados , los aduladores o los tontos, buscando entre la confusión y el revuelo un lugar de privilegio.
Yo, que de Groucho no tengo ni siquiera el bigote, no puedo evitar sentirme como él en estas cosas de los clubes, los asociados, y el colectivismo, aunque con algo más de frustración y un mucho menos de pragmatismo. Mi angel de la guarda y exterminador dirá que hablo así porque cada vez que he metido las narices en esas aguas he salido escaldado. Sí, escaldado y con un pegote de mierda estampado certeramente sobre la frente como fiel recordatorio de lo que yo siempre he sabido: los colectivos son lugares de oportunidad con la cara lavada donde se refugian muchos pasmados que no aspiran a otra cosa, algunas personas decentes animadas aún por un sobrante de romanticismo, y finalmente los tribunos, es decir los que se asignan la facultad de poner el veto a todas las propuestas de la plebe y de proponer plebiscitos sin opción a consulta alguna. Son los manipuladores sin carné ni credenciales, los verdaderos artífices del clamor del colectivo, los vitoreados desde tiempo inmemorial por esa gran masa de los pasmados mencionados sin los cuales les sería imposible alcanzar esa sonrisa con mueca de orgasmo multitudinario. No es dificil detectarlos porque nada más traspasar la puerta ellos se presentan como tales, primero amablemente, ansiosos por saber si perteneces al rebaño, y luego pertrechados de toda beligerancia cuando descubren que no eres un plegado más a sus justísimas voluntades.
Querido Groucho, ya ves que yo también, siendo un don nadie y no como tú, me he dado cuenta de estas cosas, pero como no escarmiento sigo metiendo de vez en cuando la nariz en la ponzoña, la última en un grupo que dice llamarse de narrativa, ¡qué falacia! Estos tribunos de la gran mierda están por todas partes y no respetan ni a Dios. ¡Cuánto asco Señor hasta de uno mismo! He de confesarte una vez más querido Groucho que a mi también me han asaltado esos instintos del canivalismo y la venganza, pero al contrario que tú, en vez de en el trigémino, el otro día intenté darme un bocado en la punta de la polla, pero al ver tan lejos y tan utópico el alcance, he desistido de volver a intentarlo para no morir de la obsesión. Al menos en esto te he ganado en pragmatismo. Espero que no me lo tomes a mal.

viernes, 17 de abril de 2009

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Es el 2º microrrelato más corto de la historia de la literatura universal. Lo escribió el escritor hondureño Augusto Monterroso en un momento, supongo, de traspaso inesperado y repentino de poderes desde el más allá, y tal vez tan solo por eso le fue concedida la gloria en el más acá. Consiguió con esa historia al menos dos cosas: que no le reventaran las neuronas como a otros escritores cuando se ven inmersos en el callejón sin salida de la página 424, y que millones de críticos llevasen a cabo después millones de conjeturas. No fue si no con ese mal sueño cuando me di cuenta del poder onírico, que no oneroso, que tiene la literatura.
Pero ¿quién despertó? ¿Quién era el dinosaurio y a qué familia o especie pertenecía? ¿Donde estaban cuando despertó? ¿Donde estaban antes del sueño? ¿Qué sintió cuando vio que aún estaba allí? ¿Qué pensó el dinosaurio? Confieso que no he llegado a leer ni una sola conjetura de todos esos críticos y por eso mismo me siento virgen para vomitar yo también sobre la escena, una escena que se me antoja animosamente entroncada con la cotidianeidad antes que con lo fantástico. Después de ese texto de siete palabras cualquier historia es posible, pero el protagonista y el dinosaurio son insustituibles, y ese vínculo de los personajes a su cortísima historia es lo que la hace única y al mismo tiempo la unta de un inquietante carácter taumatúrgico. La cuestión es que si tuviéramos que vestirnos con la piel de ese texto, ¿a quién nos gustaría representar? ¿Al que duerme o al dinosaurio? suponiendo, claro está, que éste último anduviese despierto. Es sin duda un relato dramático que narra una tragedia anónima no tanto por la falta de identidad de los protagonistas sino más bien por la incertidumbre de lo que sucede antes y después del momento narrado. Son dos seres atrapados en un momento intemporal que carece de pasado y de futuro y por tanto están condenados a verse morir en un presente sin sentido fuera de todo alcance y ajeno a las viejas reminiscencias. En consecuencia deja de ser doloroso desde el punto de vista de lo ganado o perdido por ambos en ese momento ingrato de los balances cuando se está al borde del precipicio, y aún así, el lenguaje y la conciencia trágica alcanzada por cada uno ante la presencia del otro resulta literariamente demoledora. Es dificil imaginar los sentimientos del que despierta y aún más los del dinosaurio, pero esa no es la cuestión que ha perseguido el autor porque desde el mismo momento en que uno se pone a leer el relato ya forma parte de él, y esa es la trampa que nos ha tendido su autor que sin duda sintió también esa claustrofóbica sensación cuando acabó de escribirlo.
Ahora, yo también cuando despierto veo un dinosaurio a mi lado y en voz baja le pregunto -¿por qué sigues ahí?-, y él mira levemente hacia otro lado sin decir nada y entonces yo vuelvo a dormirme sabiendo que cuando despierte de nuevo él seguirá estando ahí, y cuando yo le vuelva a preguntar moverá levemente la cabeza, ésta vez hacia otro lado, y entonces me acercaré y le miraré a los ojos y él sin ningún gesto de compasión corresponderá con una sonrisa. Será el instante en el que recordaré aquel otro relato que tuvo la osadía de ser más corto que el de Monterroso: "¿Olvida usted algo?-¡Ojalá!". Y entonces sabré que ese ¡Ojalá! está referido a uno mismo. Es la historia invariable de la humanidad prodigiosamente contada y estructurada en ambos relatos con tan solo la nimia diferencia de tres palabras.