viernes, 19 de junio de 2009

A tientas.




El espejismo de Dios es un libro escrito por el etólogo británico Richard Dawkins. Me lo recomendó, no hace mucho, un pariente avezado en los análisis y en las discrepancias, y por eso mismo, tomé debida nota. Sabía que la obrita tendría perendengues -mi pariente no lee cualquier cosa ni se acuesta con cualquier mujer-, así que en la línea y la pasión de su consejo, agarré el señuelo y decidí comprar la obra. Antes de hacerlo, ese mismo día, hurgué en las socorridas fuentes de internet intentando saciar la repentina y morbosa curiosidad que nos asalta cuando te pellizcan con uno de estos temas. Busqué y rebusqué en las muchas páginas que hablaban sobre el libro y, finalmente, tras contrastar decenas de opiniones, llegué a la absurda conclusión de que ya no necesitaba comprarlo para saber de él. Entiendo ahora que fue algo así como una especie de rentabilidad retrospectiva del tiempo, un burdo manejo de la jerarquía de lo esencial considerando a lo propuesto ya sabido. Jamás había caído en tal pecado, atreverme a hablar de un libro que no ha pasado por mis manos y , sin embargo, parezco haber bebido ya de todas sus fuentes, riachuelos y manantiales. No digo que no lo vaya a hacer, pero de momento no necesito tenerlo en mi librería. Dawkins, según quién le conoce, es un ateo convulso y además es inteligente, buen analista, oportuno provocador y un excelente escritor, pero parece que todo eso no basta para erigirse en el dios de los ateos o en el azote de los creyentes. Con El espejismo de Dios -The God delusion, en inglés- Dawkins ha pretendido -está en su derecho- descifrar lo indescifrable y desarmar a los desarmados. Lo 1º ya sabía él que iba a ser una tarea imposible, lo 2º, en cambio, le ha permitido regodearse con las voces de referencia en la cuestión a uno y otro lado del río e inquietar, a partir del manto oscuro de la medianoche, a millares de lectores a los que hace pensar negándoles, al tiempo, cualquier atisbo de referencia. Mi pariente ha sido uno de ellos aunque he de confesar que a él solo le puede la inquietud cuando los dioses tabernáculos de la bolsa le dan la espalda a los inversores -ahora mismo, por ejemplo.
A pesar de los beneficios y de la satisfacción, imagino que a Dawkins le ha divertido sobretodo la contestación a las diversas críticas de El espejismo... Robert Pirsig dijo: "Cuando una persona sufre delirio lo llamamos locura. Cuando muchas personas sufren el mismo delirio lo llamamos religión". Dawkins se parapeta tras esa frase cuando dice que la creencia en un creador supernatural se puede calificar como un delirio. A partir de ahí, desarrolla todo el libro, basa la existencia del hombre en la selección natural y concluye diciendo que los ateos pueden ser felices, equilibrados, morales e intelectualmente satisfechos. ¿Quién es capaz de negarlo salvo las altas y bajas voces del clero?
A comienzos del capítulo 2, Dawkins describe a Yahvéh como "posiblemente el personaje más desagradable de toda la ficción. Celoso y orgulloso de ello, un mezquino, injusto e implacable enloquecido fuera de control, un vengativo limpiador étnico sediento de sangre, un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista, caprichoso y malévolo matón". Este comentario de Dawkins sobre Dios refrenda la mencionada convulsión de su ateísmo y ha suscitado -como no podía ser de otra forma- enormes críticas de los más grandes teístas. Dawkins las contesta argumentando que aunque no se puede refutar la existencia de Dios, el deber de la prueba está por encima de la defensa de su existencia. Sin embargo, algunos de los críticos de la obra, intentando más que nada no rebatir sino aplacar la contundencia de sus argumentos, le han devuelto la pelota haciéndole pensar a él y a algunos parias como yo. Por ejemplo, el escritor cristiano británico Fred Hoyle(1915-2001) dijo que " la probabilidad de que se originara vida en la Tierra no es mayor que la de que un huracán pasando por un desguace consiga ensamblar un Boeing 747". Dawkins objetó este argumento diciendo que está hecho por alguién que no entiende lo que es la selección natural. Richard Kirk en The American Spectator afirma que Dawkins evade la auténtica cuestión de si la explicación de una persona da lugar a un cosmos sin sentido o si da lugar a un ser que provee una razón para las cosas. Ésta es una puntualización interesante, o al menos, a mi me lo pareció tras las consultas. Michael Skapinker, analista del Financial Times, derrama sobre las teorías del Espejismo, algunas consideraciones también interesantes, por ejemplo, admite que el ataque de Dawkins contra los creacionistas es devastadoramente efectivo pero enloquecedoramente incoherente. Argumenta que desde que Dawkins acepta las actuales teorías acerca del Universo (como la teoría cuántica), debería ya estar llamando a la puerta de lo insondable ya que el Universo debería ser no solo más extraño de lo que suponemos sino más extraño aún de lo que podemos suponer, en definitiva, añade Skapinker, pensar en cómo está limitada nuestra comprensión debería introducir una cierta modestia en nuestras frustradas refutaciones de aquellos que piensan que tienen la respuesta.
Casi todos los comentarios que he tenido la oportunidad de leer sobre la obra de Dawkins alaban su intelectualidad, pero también concluyen que su aborrecimiento hacia la religión es tan grande que muchas veces sus argumentos y razonamientos se ven abrumados. Más de uno también ha mencionado que el origen de esta postura crítica de Dawkins con la religión proviene de los atentados terroristas de corte fundamentalista.
No hace mucho, a un director de cine norteamericano le preguntaron si creía en Dios, y entonces, alzando torpemente las manos a modo de espiral dijo: "Bueno, yo creo que hay algo por ahí".
Mi buen amigo Giulio Bramante, el sabio invisible como le llaman en Venecia, me contestó con la misma ambigüedad cuando de forma irreverente y desagradecida le formulé la misma pregunta. Unos meses más tarde el padre Óscar, un monje benedictino ladino y peculiar del monasterio de San Salvador de Leyre y no menos amigo que el vidriero veneciano, en una suculenta conversación en la biblioteca de la abadía cuando el resto de la comunidad dormía plácidamente, me dijo con su especial sabiduría: "Mira Juan, cuando el hombre no es consciente de la condición sobrehumana de su pensamiento se pierden todas las referencias. No tiene ningún sentido considerar que el ser humano es el mero resultado de la evolución de la naturaleza. Es verdad que ha cambiado la forma de los cráneos y que andamos más erguidos que hace miles de años, pero la conciencia del bien y del mal, de la alegría o la tristeza, no ha experimentado evolución alguna, nació con nosotros infundida por un Ser Superior que no puede estar hecho a base de trozos de naturaleza. El Universo solo puede cambiar las cosas de sitio y modificar el color de los paisajes, pero no puede penetrar en la conciencia de los hombres. ¡Es tan sencillo darse cuenta de estas cosas! Los ateos intelectuales niegan el origen metafísico de su existencia sin reparar en que es su propia condición divina la que les permite conducirles hasta esa reflexión. Si estamos inteligentemente dotados para pulsar todo tipo de sentimientos negativos y de desesperación, hemos de estarlo también para ver la luz al final del túnel. El túnel es cosa de nosotros, la luz es siempre cosa de Dios. Me gustaría que entendieses que mis palabras no se deben a una cuestión de Fé inculcada por la educación y las enseñanzas. Es algo ganado al tiempo y aprendido de la reflexión profunda de todo lo que tenemos a nuestro alrededor. Por eso estoy aquí y no siento ninguna necesidad de cambiar, a pesar de que tú y otros no lo entendáis. Y aún te voy a decir más. Aquí somos hombres felices. ¿Sabes sobretodo por qué? Porque no tenemos miedo. La felicidad aquí y ahí afuera no es ni más ni menos que la ausencia de miedo. Son los miedos diversos los que hacen infelices a la gente. Piensa siempre en esto".
Recordando ahora esa extraña paz de los monjes de Leyre, y aunque ya digo que aún no lo he leído, Dawkins revela en su libro que tiene miedo, todos sus críticos, alineados o no con él, también lo tienen, mi querido y admirado pariente tampoco escapa de él a pesar de sus bravatas elocuentes, y yo, finalmente, lo vengo arrastrando desde el principio de mis días. Puede que solo estemos hablando de una escatológica y aliviadora conclusión, pero el monje de Leyre se encuentra, según eso, en un estadio superior.
La pelota está en el tejado. Yo no niego ni afirmo nada, pero lo del argumentum ad ignorantiam, esa falacia lógica consistente en afirmar la veracidad de una proposición solo porque no se ha probado su falsedad o bien afirmar su falsedad por no haberse podido probar como verdadera, es solo eso, una falacia inútil. Nuestra existencia parece moverse en los mismos cienos, pero algunos parece que han dejado de tener miedo. De una cosa si estoy seguro: la pelota permanecerá muy quieta en el tejado mientras que abajo, muchos de nosotros, seguimos a tientas. Es otra forma de caminar.

martes, 16 de junio de 2009

Soledad compartida, sostenida soledad.


De la obra Entre la oscuridad y el cielo, pag. 353 y 354:
Si analizo ahora esa paz ganada al tiempo, poco ha contribuído a ella mi relación con las mujeres. Y no sería justo achacar al azar o a la mala suerte la nefandad de ciertas experiencias. Alguien dijo una vez que allí donde esté el fracaso está también la salvación. Quizás la clave del fracaso con una mujer, o de una mujer con un hombre, esté basado en que solo se ha puesto en juego entre ambos una mera transmisión de información en vez de una comunicación profunda. Hablo de ese sentimiento de plenitud que a veces surge en el encuentro con otra persona, o escuchando música, o cuando te aplasta el peso de la soledad y te preguntas si hay alguien por ahí sabiéndote tú mismo al otro lado. Seguramente es un problema intentar ser demasiado introspectivo con los demás. Es algo que he puesto siempre en juego con las mujeres. Introspectivo, sí, pero razonablemente honesto con los principios básicos de la relación, y me refiero sobretodo al lenguaje y no a la conciencia de si hemos alcanzado un estadio superior porque la ropa interior de ambos está colgando sobre la lámpara. Pero uno no es infalible y sus jerarquías están construídas en base a los miedos, los remordimientos, los escarmientos, y a su propio canon de vanidad, y en esa niebla, a veces, se pierden excelentes oportunidades. ¡Qué cosa más grandiosa y más extraña esta del amor! ¡La gran e inocente mentira de la condición humana! ¿Donde se encuentra la línea divisoria capaz de separar esa pulsión traumática de otras inequívocas afecciones? Recuerdo una tarde de invierno de hace ya algunos años, en una de esas playas idílicas de Almería, la Cala de los Muertos, que caminábamos abrazados por la arena una amiga y yo hablando de esas cosas intrascendentes de la vida. Con cada paso nos fuimos sintiendo solidarios con las palabras y la soledad de cada uno, esa misma que apoyada en el hombro del otro parecía alejarse por momentos al ritmo del vaivén de las olas. Así, recorrimos los 900 metros de playa, y al llegar al final, eché la vista atrás y contemplé las huellas de ambos, zigzagueantes en la arena pero acopladas en la distancia de la una con la otra. Cogí la máquina y fotografié aquella cicatriz que borraría pronto el agua. Mirando esa noche la fotografía, y azarado aún por la confrontación, tuve la osadía de componer un sencillo poema en homenaje al momento y a todos los que pasean su soledad por el mundo. Dice así:
Soledad compartida, sostenida soledad
Huellas que borrará el agua con su aliento
Vaivén de olas, ruído de sorda esperanza
Corazón aún no vencido
Gemido, viento
Viento que sube, viento que atrapa
Que rasga, que serpentea
Como la huella, vacilante y áspera
Soledad que envuelve tus cabellos
Soledad que traquetea el alma
Monstruo inmortal de inexistente cara
Aparta tu denostada certeza
Y mira esas huellas fugaces
Que corretean por la arena
Abriéndote las entrañas
Viento, arena, sal y agua
Entrad en sus llagas
Saciadla de pena
Llenadla de nada
Y que proclame su aullido
Que soledad compartida
Es soledad derrotada

miércoles, 10 de junio de 2009

El cumpleaños. Microrrelato de media tarde.


A mediodía he soplado las velas con un entusiasmo insignificante y con cierta dificultad. Distraído con la vecindaria melancolía, los de siempre han estado allí. El origen va quedando lejos y el destino sigue sin aparecer confundido en esa nube evanescente del deseo. Todo sigue en orden menos yo. Proclamo la libertad del otro. La mía ya la conozco y está casi agotada. La línea del horizonte ha quedado atrás y ahora parece esconderse avergonzada entre los recuerdos. He de mirar hacia otro lado. Ya no me ciega y ni siquiera me adormece la luz soñada. Escucho un eco y presto atención, pero debo ser yo mismo. Los años ya no son tiempo y el mundo apenas nos sirve como caldo de cultivo. Nosotros somos ambas cosas, tiempo y mundo mezclados en una frágil vasija que se tambalea con el estrépito de cada cumpleaños. ¡Feliz equilibrio siempre al borde de la prescripción!

Cumplir años es una cuestión de responsabilidad, vivirlos es como estar siempre llamando a la puerta blindada de lo insondable. La transgresión, entre las pautas, parece un camino adecuado, otra forma para ir cogiendo aire.

martes, 9 de junio de 2009

El circo.


¡Qué palabra más entrañable! La lejana visión de aquella lona a rayas blancas y azules que inesperadamente irrumpía entre las copas de las moreras de la rambla, al cruzar por el puente de la calle Paco Aquino, hacía latir con denuedo mi ajetreado corazón. Entonces imaginaba a leones de larga melena rugiendo y saltando entre aros de colores, a los jinetes haciendo piruetas a lomos de caballos al galope, a los trapecistas temerarios haciendo un triple salto mortal desde las alturas y sin red, y sobretodo, imaginaba a los payasos, el listo y el tonto que siempre me parecieron que habían trucado su verdadera identidad. Tras el feliz hallazgo, arrancaba a correr y no paraba hasta llegar a casa emocionado con la noticia. Después, sentado en aquellas tablas a la vera de mis padres, mientras gozaba del espectáculo, me preguntaba por qué aquella divertida representación se circunscribía tan solo al tiempo de la función y al espacio circular delimitado por una mugrienta lona.

Algunos años más tarde, hoy mismo sin ir más lejos, he comprendido que aquel pequeño circo que remendaba el agujero de las carencias a base de montañas de risas y de sonrisas, se ha hecho monumental, abarcando con una enorme lona de indefinidos colores a todo el planeta Tierra y convirtiendo en payasos a todos sus habitantes. Sin embargo, algunas de sus fieras han logrado escapar de la planetaria función y todavía disfrutan -por poco tiempo ya- de su salvaje retiro.

¡Miles de millones de payasos sobre la Tierra! ¡Una barbaridad! pensando en aquellos tiempos de la escasez en que tan solo eran dos y una o dos veces al año. ¡Menuda cosecha la de las últimas décadas! Hemos sabido multiplicarnos y sobretodo crecernos y recrecernos en la esencia dual de una condición que extiende sus brazos como los polos de un imán y sin posibilidad de campos magnéticos intermedios, la condición de los payasos tontos y la de los payasos listos, los que hacen llorar y los que hacen reír, a los unos y a los otros y a todas sus viceversas, la confrontación simultánea de dos estados de ánimo que proclaman con parecida música diferentes himnos: el de la supervivencia y el del exterminio.

¡Que nadie se eche las manos a la cabeza! ¡Que nadie se tire al suelo ni se hinque de rodillas! ¡Que nadie cante victoria tarareando una nana! Todo está escrito en el lenguaje cibernético de Hawking y profetizado en el lenguaje relativo de Einstein. ¿Qué más hipótesis necesitaríamos? La sombra de la duda, felizmente, ha dejado de planear sobre nuestras cabezas.

Los payasos del mundo, buenos y malos, listos y tontos, harapientos y enfundados en arlequinados batines de ridículos brocados, están prestos para el combate, la farsa circense de una lucha abrumadoramente desigual.

A donde mires los ves. Unas veces bien delimitados por fronteras y delgadas líneas rojas, y otras, revueltos pero bien diferenciados. Circunstancial y convenientemente confundidos también en alguna ocasión propicia. Pero resulta muy sencillo adivinar su identidad cuando se observa desde el pequeño balcón de los salidos de madre, el balcón de los señalados con el dedo por independientes, una palabra maldita que los payasos listos detestan y los payasos tontos no entienden. Tales seres dotados de independencia son la última esperanza, una rara especie cuya androginia desespera a los arlequinados por no doblegarse al embrujo dominador de sus señuelos romboidales. Pero se frotan las manos porque saben que se hallan en peligro de extinción. Cada vez resulta más dificil tenerse en pie, unos por la carga de los regalos y las lisonjas, y otros por el peso de los cojones de los que intentan saltar encima.

El payaso listo no crea nada, utiliza los deshechos y deshecha todo aquello que utiliza, abarca con sus brazos y con la mirada, amontona y acapara, destruye en clave de natural y construye en clave de artificial, conmina al pueblo, vocifera y susurra según a cuantos vaya dirigido el discurso, inventa miedos, enfermedades y calamidades con su particular solución en el fondo de un bolsillo, programa crisis con sus máximos y mínimos en precisos y preciosos lugares y tiempos, diseña guerras generalmente a muchas leguas de sus hogares, envía continuos mensajes de calma a la población, es decir, a grandes grupos de payasos tontos, niega la realidad acusando al maestro armero, defiende su realidad evocando con una sonrisa a los clásicos, aplasta como Atila a todo el que se pone por delante, habla continuamente de progreso y de cultura sin haber leído jamás El Quijote o los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, exige el derecho de pernada a todos sus payasos subalternos, adorna todas sus actuaciones con un bonito envoltorio, sonríe a los de su clase, ignora a los intermedios y escupe sobre los de abajo, saca de la chistera conejos momificados a los que hace hablar a través de un ventrílocuo que se pone a sus espaldas, van seguidos a todas partes de un séquito entremezclado de payasos tontos y listos, hacen gala de mesiánicos príncipes salvadores de todo tipo de patrias o autonomías, y jamás son alcanzados por el fantasma de una crisis doméstica, local, global o universal. Y una vez muertos, exigen ser santificados desde el más allá a través de la voz de todos sus allegados.

El payaso tonto no sale de su tontez por muchos siglos que vengan, crea cosas y luego las esconde, se avergüenza de sí mismo, lamenta su situación, trabaja como un negro y cobra en blanco, se carga de hijos y pesadumbres, apenas tiene tiempo para follar, sonríe en los cumpleaños, llora cuando ve pasar al payaso listo, tiene miedo, carece de influencias, piensa toda la vida en la lotería, cree casi todo lo que le cuentan, hace posible con su ignorancia los proyectos de los otros, contribuye al cambio climático por connivencia sin saber lo que es ninguna de ambas cosas, tiene frecuentes dolores de espalda debido a las reverencias, jamás discute -salvo en los bares-, encaja igual las consignas que los golpes bajos, no cree en Dios pero cree fervorosamente en todos los santos de la tierra y el cielo, huye de sí mismo, acude como las moscas al pastel, se erige en trabajador perpetuo de la banca sin derecho a salario alguno, le chilla a su mujer, su mujer le pone los cuernos por una cuestión de estricto mantenimiento de la unidad familiar, rechina los dientes por la noche y nunca es capaz de coger su fusil. Una vez muerto, tan solo desaparece.

¡Un mundo feliz! prometió Aldous Huxley. Aquí lo tenemos. El circo universal en todo su esplendor. Desde el Polo Norte al Polo Sur. Desde Hispania hasta las Indias Orientales pasando por la Tesalia y el circo magnánimo de la gran Constantinopla. Desde el Cantábrico al Mediterráneo con todos sus payasos de por medio.

Siempre lograron emocionarme, pero aquellos de la rambla tenían más gracia que éstos.

domingo, 7 de junio de 2009

Padrenuestro


Padrenuestro que estás en todas las partes y pareces no estar en ninguna,
en los cielos y en los infiernos, en las montañas y en los desiertos,
en las aguas, en el aire, en el llanto y en la risa,
en las ciénagas, en los cuentos, en las sombras sospechosas y el ocaso de los días.
Que estás sin haber estado, en el todo y en la nada con todas sus naderías.
Santifícanos Señor como tu propio nombre indica.
Santifícanos a todos, primero a los mas impíos, después a los asesinos,
los corruptos, los ladrones, los bufones, los estúpidos y a nuestros santos políticos.
Santifícales también por la graciosa gracia que tienen. No los dejes respirar,
cólmalos de parabienes, de prebendas y de bienes.
Pero no les des la espalda para que no murmuren con saña
de ti que los has colmado. Todos son así de ingratos.
Venga a nosotros tu reino, o al menos venga un reino para mi y otro para mi mujer,
y véngale para el notario, el alcalde, los concejales, los diputados y todos los delegados.
Venga también para el médico, el boticario, el general y el vicario. Y ya puestos a venir,
véngale para los curas, los beatos, los mafiosos, el abogado famoso y el empresario endiosado.
Y si queda algún otro reino más, debemos dárselo al gato, que también es gente de Dios.
Hágase tu voluntad de una vez y ya por todas. Amarra a los hombres libres,
suelta a los encadenados, destruye todos los puentes, inventa nuevos caminos,
apaga todas las luces, y brilla tú por ti mismo como le corresponde a un buen Dios.
Y que se haga justicia con tu férrea voluntad, así en la tierra como en el cielo,
en las casas, en los plenos, en las guerras, los parlamentos y en todo tipo de infiernos.
El pan nuestro que no es nuestro de cada día y cada noche,
el que nunca hemos sudado, ni ganado o merecido,
el que alimenta a la envidia, llama al enardecimiento, oscurece las virtudes
y nos prepara para el combate de amigos y de enemigos, y hasta de hijos y padres.
No nos lo des hoy, Señor. Tennos hoy sin pan ni agua,
enséñanos a sufrir, jódenos en lo posible, ahóganos de abundancia,
vuélvenos locos de angustia, aléjanos el sustento, sumérgenos en la crisis,
patéanos las entrañas, arrímanos al abismo y una vez todos allí, salva tan solo a los parias.
Y si asoma tu misericordia por cumplido y fiel consejo de la Santa Trinidad
entonces perdónanos nuestras deudas, y también nuestras ofensas, y nuestras gulas y orgías,
y los cantos de sirena, las lágrimas de cocodrilo, las lisonjas, las mentiras,
los mil y un adulterios, los maltratos, las usuras y tantas y tantas lindezas.
Y cundidos con el ejemplo, enséñanos a perdonar a los que nos deben y ofenden.
Menos a uno, Señor, para hacernos recordar que perpetuamos la especie.
Y ya para terminar, no nos dejes caer en la tentación, ni encima de la mujer del amigo,
ni en la cuenta del vecino, ni en la panza del político, ni en la lista del inspector.
Y más líbranos del mal, despacio, Señor, despacio, para que vayamos acostumbrándonos
y dentro de un millón de años soñemos que somos Dios.
Amén.

jueves, 4 de junio de 2009

La dualidad: el espejo humano.


Hace ya algunos años, Esopo nos contaba que un día muy frío entraron un sátiro y un campesino en la casa de éste para comer. El campesino acercó sus frias manos a la boca y sopló en ellas. Le dijo al sátiro que lo hacía para calentarlas. Después sirvió dos platos de sopa. El campesino acercó su plato a la boca y sopló en la sopa diciéndole al sátiro que lo hacía para enfriarla. Éste, sintiéndose burlado, se levantó de la mesa y dijo: "No puedo considerarte un amigo nunca más, un hombre que con la misma respiración sopla caliente y frío".

Más tarde, en la primera mitad del siglo XVII, el pintor flamenco Jacob Jordaens inmortalizó esa escena en un cuadro que se expone en la Alta Pinacoteca de Munich.
Algo más tarde aún, en los primeros años del siglo XXI, en la página 16 de un furtivo libro aún sin editar, podía leerse: " Una vez más, lo contrapuesto y la dualidad, se enfrentaban en mi mente con aquellas lecturas casi simultáneas que, como los turnos, uno de mañana y otro de tarde, parecían ser capaces de coexistir sin denostación alguna. Por la noche, cuando intentaba agarrar el sueño, inevitablemente sacaba a escena, sin orden ni jerarquías, los episodios de aquel monje envuelto por la aureola del fervor y el olor a incienso, café y pan reciente, y aquellos otros de la lectura de las tardes en los que soezmente se daba cobijo a la exaltación del onanismo, la pornografía y la pederastia. Así era yo por aquellos años: capaz de convivir con lo místico, con la admiración por los libros y con el respeto al sentido de la religiosidad, pero también capaz de exaltarme con lo obsceno y con la vulgaridad sin importarme los formatos o la expresión abominable de aquella literatura de subterfugio. Sin embargo, confieso que esa simultaneidad de conceptos tan opuestos en tantos órdenes del sentimiento humano, ha caracterizado una forma de ser, los ángeles y los demonios compartiendo los mismos espacios de la conciencia en cuya catarsis, a veces, también se logra despejar el horizonte".

Los tres momentos hablan de lo mismo. Nada ha logrado perturbar esa condición a pesar de los más de veinte siglos transcurridos. La dualidad de la naturaleza humana viaja con nosotros desde el principio de los tiempos. Esopo la refrendó en un acto fisiológico, Jordaens la retrató en un lienzo, y el anónimo del libro yació concupiscentemente con ella en un lecho de simultáneo cielo e infierno.

Debiéramos sentirnos contentos con esta multiplicación. Nosotros, los recolectores de prebendas y de grandezas, los acaparadores de todo aquello que se nos antoja servible o no, los despojadores de los bienes del prójimo, resulta que no hemos sabido mirar hacia el interior de nosotros mismos para darnos cuenta de que somos dos y no uno. Ese férreo y narcisista sentido de la individualidad no nos deja ver al otro y a la vez impide el reflejo, como en un espejo opaco, de la otra cara del yo que sigue siendo tú mismo. Bramante me habló una vez de ello: " ¿Sabías que se necesita siempre a otro para conocerse a sí mismo? ¿Y que solo reconoceremos en los demás aquellos rasgos buenos o malos de los que tengamos una representación dentro de nosotros mismos? La imagen negativa, reflejada de nosotros en los demás, es el único mecanismo que desvela nuestros defectos porque el Universo no nos ofrece un instrumento de iluminación para poder autoatacarnos, y de esta manera es como cada uno de nosotros crea su propia realidad. La capacidad de transparencia y de reflexión del cristal puro es como el espíritu humano: todo trasciende reflejado hacia el exterior. Así que cuando hagas elucubraciones sobre los demás procura observarlos siempre con la mejor de tus miradas".

Esa gente que siempre se cree en estado de gracia, o esos otros que solo se ven en la perversión y la desgracia, no deben ser de este mundo, del mundo de los humanos que son capaces de soplar caliente y frío a la vez, porque el auténtico humano es así: capaz de lo mejor y lo peor, sin denostación y sin servidumbre, legitimado para navegar en ambos mundos por la propia esencia de su doble condición.

Al sátiro de Esopo el acto de soplar caliente y frío por una misma boca le pareció utópico en sí mismo y, en cambio, es un hecho posible y demostrable. Seguro que muchos, dos mil seiscientos años después, aún siguen pensando que es imposible. La utopía, en su sentido cosmogónico, ha ido perdiendo fuerza con los años y algunas veces, perseverando entre los dos de un mismo yo, puede llegar a cumplirse, aunque el incrédulo invitado se levante intempestivamente del banquete.

La dualidad no es cosa de sátiros, ni de ángeles o demonios. Ella es nuestro mayor salvoconducto para la supervivencia.

domingo, 31 de mayo de 2009

Piedras que hablan, Irina Shutova.




El paseo marítimo de Aguadulce es un lugar monótono, casi insulso, donde siempre te cruzas con la misma gente y la mirada se te vuelca de vez en cuando hacia la playa observando a esa bañista cuyas curvas se anteponen alevosas sobre la línea del horizonte. Sobretodo ahora que el verano está a punto de caer.
No iba precisamente pendiente de esas cosas cuando la otra mañana, Eileen y yo, nos disponíamos a entrar en un chiringuito. Frente a él, en la acera, en un pequeño puesto ambulante, una mujer de mediana edad se afanaba pintando con un pincel diminuto sobre unas piedras. Nos acercamos y ella siguió pintando en su lienzo de piedra, un chinorro de playa de 3 o 4 cm. donde ya se perfilaban con meridiana claridad un árbol, un camino y una cerca. Comencé a mirar una a una todas las piedras pintadas que se exponían en la mesa sobre un mantel blanco. Se trataba de esas piedras grises chapadas que salpican las arenas y que solo sirven para molestar a los bañistas. La mayor no tendría más de 10 cm. y en una gran parte de ellas se representaban escenas de campo con árboles. El resto lo componían algunas marinas con barcos perdidos en una confusa inmensidad de olas y cielo. Fueron estas últimas las que centraron mi atención, especialmente una -la de la imagen izquierda de arriba- a la que asocié de inmediato con el estilo de algunas obras de William Turner. Puse ese trozo de mar y misterio en mis manos y fué entonces cuando la mujer levantó la cabeza. La mirada que brotó desde sus vivos ojos, de un verde indeterminado, delataba un cierto agradecimiento y un mucho de indagación. Esto último logró turbarme unos instantes consciente de que esa mirada pudiera estar traspasando los resortes que dejan desnudos lo que se lleva por dentro, lo que camina con uno a cuestas y que los demás no ven, las cargas del orgullo y la vergüenza ganadas en cada escollo del camino.
- Dígame, señor, qué piedra le gusta y le diré algunas cosas más -preguntó sin dejar de mirarme en un acento que enseguida relacioné con las gentes del Volga.
- ¿Es usted rusa?
- Sí, señor. Soy de las montañas del Altai. Allí nací, muy cerca de la frontera con Mongolia. El Tibet ruso que nosotros le llamamos.
- ¡Vaya! Un lugar exótico, lo conozco por algunos documentales - contesté intentando indagar yo también movido por una extraña sensación de bienestar.
Le di la piedra elegida y Eileen escogió otra con una casita y un árbol para que las envolviese. El precio no merecía regateo: 15 euros las dos. Aún así recurrí a él de forma innecesaria y chabacana para que todo se quedara en diez euros. Antes de introducir cada una en un sobre de papel naranja, la mujer se levantó de la silla, se acercó hasta nosotros, y mirándome, con la misma fijeza de antes, dijo en un tono ceremonioso:
- Usted es un hombre valiente y todo lo que se proponga lo conseguirá.
- Ja, ja, ja -Eileen se descojonaba-. Se ha equivocado usted en todo. Él no es así -concluyó sin parar de reírse.
- No, no...Usted cree que él no es así y él también lo cree, pero están equivocados. Este hombre tiene una fuerza interior de la que él no suele hacer mucho uso. Al contrario, a veces la utiliza para castigarse a sí mismo. Vuelvo a repetirle, usted conseguirá todo lo que se proponga pero ha de proponérselo de verdad - acabó dirigiéndose de nuevo a mí. Yo correspondí sonriendo torpemente.
- Y usted ...¿de donde es usted? -le preguntó a Eileen.
- Soy inglesa, de Londres.
- Pues mire, usted es una persona...¿como se dice?...¿del alma, del espírito?
- ¡Espiritual!
- Eso es, espiritual. Usted es una persona inteligente, pero muy espiritual.
- ¿Todo esto lo dice por las piedras que hemos escogido? -pregunté.
- Por las piedras y por lo que veo en sus ojos. No en los ojos. En la mirada.
- Pero,¡bueno! ¿Usted qué es, una pintora o una adivinadora? Inquirí en tono conciliador.
- Soy un poquito bruja...ja, ja, ja. Pero, no, no se asusten. Solo soy una mujer de las montañas rusas del Altai que ha recorrido muchos mundos y conocido a mucha gente y siempre he intentado mirarlos con buenos ojos. Yo también soy muy espiritual. Me llamo Irina Shutova. Ese hombre del sombrero que está sentado en el muro es un gaucho argentino que fué cantaor de tangos y ahora es mi marido, el padre de mis tres hijos. Si quieren saber algo más de mi, en la parte de atrás de las piedras está escrita mi página web.
La escueta historia de Irina y su mirada penetrante me habían conmovido. Algo en ella me estaba incitando a poner yo también, como sus piedras, algunos de mis problemas sobre la mesa.
- Irina, resulta gratificante escucharla decir eso de la valentía y del logro de las cosas, pero he de confesarle que llevo algún tiempo, más del que yo podría esperar, en el que no me salen esas cosas como a mí me gustaría.
- Mire, Juan. ¿Usted sabe que hay noche, verdad? Pues entonces también sabrá que después de cada noche llega el día, ¿verdad? Al menos habrá aprendido eso a lo largo de su vida. Usted está ahora en la noche. Tenga paciencia, Juan, Espere a que llegue el día y el día llegará. Es así de sencillo. Mire todos esos árboles que hay pintados en las piedras. El árbol no es solo fruto. Otras veces solo tiene hojas y ramas, y algunas ni siquiera tiene hojas. Solo hay que esperar a que lleguen de nuevo los frutos. Pero usted tiene que sembrar. Hay que sembrar siempre. No puede estarse quieto. A veces se siembra en el sitio adecuado y otras no, pero el fruto llegará antes o después. tenga paciencia, Juan, con lo que busca y con lo que desea.
- Muchas gracias Irina. Creo que es usted una mujer especial. Al menos hoy tengo la certeza de que es una gran pintora.
Eileen y yo nos despedimos de ella y nos fuimos al chiringuito con nuestras piedras. Mientras mirábamos al mar, y entre trago y trago a los mojitos que nos habían puesto de postre, le dije que iba a escribir un artículo sobre la rusa de las montañas del Altai.
- ¿Tú crees que es ella la autora de las pinturas? - me preguntó.
- ¿Y qué más da? Cuando mires la piedra, la identidad de su autora será una cuestión intrascendente que no puede robarle nada al arte que lleva estampada. En cambio, esa mirada suya y sus palabras conciliadoras, llenas de generosidad, no es una cosa con la que yo me encuentre todos los días o todos los años. Por eso voy a escribir el artículo.
Esa misma noche puse el nombre de Irina Shutova en el buscador de Google. Irina Shutova de Parra nació en Barnaul (Siberia) junto a las montañas del macizo del Altai. Allí se graduó en ingeniería matemática y creó su propia empresa en una zona de producción de plutonio y uranio altamente contaminada, lo que le acarreó algunos problemas de salud. Acabó dejándolo todo por el mundo del Arte y por una búsqueda espiritual que siempre ha viajado con ella. Perdió por ello todos sus bienes terrenales y finalmente, y después de otros tránsitos, recaló en Buenos Aires. Allí creó dos grupos artísticos: "Alma de artistas" y "Fuente de Arte" colaborando en labores de docencia sobre la pintura y ayudando en centros de discapacitados. Llevó a cabo varias exposiciones en ciudades argentinas donando algunos cuadros a iglesias y centros educativos. Desde hace tres años vive en Roquetas de Mar con su marido y el menor de sus hijos y recientemente se ha trasladado a vivir a Almería. Vive exclusivamente a merced de la venta de sus cuadros y sus piedras y su búsqueda espiritual continúa plenamente vigente. La poetisa de origen alemán Norma Gomes de Schmit le dedicó en Buenos Aires un poema titulado "Peregrina", cuya primera estrofa dice así:
Bienvenida a la Argentina
te recibimos a vos
gran artista peregrina
del afecto y del color.

lunes, 25 de mayo de 2009

Estambul, una patria en la palma de la mano.


Quién no haya estado allí no puede gozar de una concepción global sobre la historia del hombre. Estambul no es solo una encrucijada, es sobretodo una referencia, un horizonte irritantemente anaranjado en el ocaso de los dias, salpicado de alminares, cúpulas, y cuentos donde caben todos los amores y se afanan todas las tragedias. No existe ninguna otra ciudad sobre la Tierra que abrace al viajero de forma tan natural y a la vez sepa envolverlo en una trama que traspasa siglos y culturas con cada uno de sus pequeños pasos sobre las calles o con cada fugaz mirada hacia su paisaje. Es la ciudad del mundo porque todos los mundos caben en ella. Oriente y Occidente confluyen en un espacio cuyo auténtico prodigio resulta ser un mutuo enamoramiento entre sus Culturas antes que cualquier atisbo de confrontación, algo así como un espacio neutral ganado a los tiempos y a las guerras por la propia magia de su historia y el encanto de su fascinante enclave. Sus habitantes lo saben, los viajeros lo descubren nada más llegar y los poetas llevan siglos bebiendo en las fuentes de una ciudad que se basta ella sola para dibujar al mundo.
Estambul es un sentimiento se mire donde se mire. Da lo mismo estar en un punto o en otro, todos los paisajes rebosan de paisaje. Desde Asia se ve toda Europa, y desde Europa se desea llegar con prontitud a ese principio de Oriente a través de cuya puerta se supo que había mucho más. En el puente Gálata uno se transita a sí mismo perdido en la vorágine de otros millares de tránsitos. En algunas de las estancias del Palacio de Topkapi el viajero quisiera volver siempre atrás, darle un puntapié a su caótico siglo XXI, especialmente en las cocinas y en los harenes, dos grandes pasiones que la modernidad no ha sido capaz de atenuar. Con Santa Sofía no han podido ni los vientos, ni las guerras, ni todos los temblores juntos de la madre Tierra. El tiempo ha quedado detenido en su interior permitiendo que el viajero se atontezca absorto ante la dimensión y la irreverencia de dos credos que cohabitan sin apenas denostación y regurgitan por las paredes, solapados y enfrentados, los iconos de cada uno. La Mezquita Azul, la de Soleimán el Magnífico y otras muchas, nos recuerdan la historia imperialista de sus últimos siglos y una monumentalidad que, mucho más hacia Occidente, también ha sabido dejar sus señas de identidad.
Pero, ¿y el alma? ¿Donde se esconde el alma de esta ciudad? Su alma es un sentimiento impúdico y sonoro que nunca ha intentado ocultarse, se levanta con cada día y se desvanece silenciosamente al caer la noche. Son los mercados, el latido que arrancó en la noche de los tiempos y que nunca ha cesado testificando la herencia ganada a una condición: la de la fiesta ancestral del trueque, del engaño, de la convivencia, la palabrería y el tributo a una forma de vida que no necesita de ninguna otra. El Gran Bazar es un laberinto de los sueños donde lo imposible deja de serlo. Cambistas y mercaderes de leyenda ponen en juego todas sus artes malabares en un espacio que siempre parece estar a punto de estallar, y en algunos rincones alejados del tumulto, también los filósofos, sin aspavientos, con el estoicismo de los sabios, se apresuran a poner en tu mano un manual ligero para la supervivencia compendiado en 4 o 5 frases esenciales.
La antigua Constantinopla es así de prolija en las emociones y en los espectáculos. Para escapar momentáneamente de ella, el Bósforo, una de sus azuladas calles de agua, ofrece un corredor de apenas cuarenta kilómetros cuyas dos orillas ponen la nota de un verde frondoso salpicado de palacios y mansiones que desde lo alto parecen rendir un cansino tributo al paso incesante de gigantescos mercantes. La ciudad y el Bósforo son un nudo de idas y venidas que como los amantes jamás se pierden de vista del todo.
El abrazo de Estambul es como una caricia en el oído y un tacto en los ojos, el susurro de un lugar lejano que te dice sin pudor alguno que estás de nuevo en casa. Es entonces cuando haces tuya toda la ciudad con la emoción del que supo disfrutarla en otros tiempos u otras vidas. No es ella la que permanece, es el viajero el que se siente detenido y casi casi inmortal.
Estambul es una patria que, como la propia eternidad, también cabe en la palma de la mano.

viernes, 22 de mayo de 2009

La España agónica.

Durante muchos dias mantuve la certeza de que Giulio Bramante, el políglota, vidriero y coleccionista de libros veneciano, al que tuve la prodigiosa suerte de conocer en 2005, pertenecía a la logia masónica de la Serenísima. La verdad es que nunca gocé de razones objetivas para tal consideración y ni siquiera su comportamiento u opiniones alentaban tales conjeturas. Si hubiese llegado a reparar siquiera por un instante en la esencia fundacional que siempre ha movido a esta
sociedad secreta, lo hubiese descartado en el acto. Giulio es un hombre centauro, mitad sabio y mitad bestia, pero desde su inconmensurable sabiduría jamás estuvo en su mente cambiar el mundo o el curso atropellado o no de las cosas. A pesar de su condición inequívoca de hombre apasionado, siempre supo dotar las disyuntivas de su vida de un pragmatismo no exento de dolor que ha sido a la postre su principal estandarte para la supervivencia.
Ahora, un puñado de kilómetros más acá de la laguna de Venecia, se baraja la posibilidad de que Zapatero -en el otro extremo de la cadena de los personajes imposibles- pueda pertenecer a la masonería. Dicen que su nuevo Ministro de Justicia es uno de sus más distinguidos representantes, pero claro eso no parece ser una razón suficiente de peso o mérito para asignarle a él tan alta consideración esotérica.
Cuesta trabajo, sobretodo por simple honestidad, meterse en la piel de un personaje de la calaña de Zapatero -no digo buena ni mala- para lucubrar sobre una condición, la de masón, que yo a estas alturas de siglo y años no sé bien si es una especie de credo, de filosofía existencialista, de clase social, gremial, o de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Dias. Mi maestro Bramante arrojó alguna luz sobre esto cuando me dijo que tanto la masonería como otras sociedades secretas, bajo la máscara profesional y filantrópica, buscan sobretodo un afán de crecimiento a través del proselitismo de todos sus miembros con el objetivo final de intentar darle la vuelta al mundo y no en un sentido geográfico. Apuntó a los Illuminatti como el paradigma de ese movimiento, una secta de masones disidentes que propugnan un nuevo orden para el mundo y la llegada inminente de un nuevo Salvador, una vez ocurra el caos, tras el derrumbe de la moral y de la ética históricamente entendidas como tales. Esa misma luz es la que me hace pensar si acaso Zapatero, al que se le asignan por unas y otras vías limitados estadios de intelectualidad, no estará si no intentando cambiar el curso de las aguas en una sociedad y en un país que no está hecho para nadar contracorriente, y todo ello al grito siempre complaciente de ¡Viva la tolerancia y la modernidad! Es ciertamente sospechoso que un tipo frío y duro como él, poco o nada dado a la generosidad y a la entrega al prójimo, le preste tanta atención al intento de voltear los sistemas y los preceptos y pase tan de puntillas por una crisis que parece importarle menos que un cojón de pava.
No es necesario gozar de sobrada conciencia para darse cuenta de que España moralmente se desmorona y de que una nueva ética se intenta imponer desde los más altos estrados del poder, y no hablo de las trasnochadas y obsoletas consignas de la Iglesia. Zapatero está a la cabeza de esa cúpula y no parece ocultar demasiado sus intenciones cuando blande una y otra vez con una prepotencia más propia de un idiota que de su condición vinculante de presidente del país, la espada que lleva ya cercenados un puñado de viejos principios con sus llantos respectivos y que nada tienen que ver con darle respuesta a esa manida recurrencia de la modernidad y del progresismo. Algunos de sus acólitos le rien la gracia y otros callan. Su Ministra Aido, desde luego no ha sido uno de estos últimos. Su famosa frase ha volteado, por muchos siglos creo, el paradigma de la vergüenza académica y moral. Pero a Zapatero poco le importa que los parados superen en número a todo el Imperio Romano, los españoles se vuelvan locos pensando en como pagar sus hipotecas, y los banqueros se junten en las mazmorras de sus mansiones para follar y reir sobre un colchón de billetes. Lo importante, la polar como decían en la OJE, es un nuevo orden mundial. Que venga y que venga pronto. La España agónica ya es un feliz presagio. Los Illuminatti se frotan las manos.

martes, 19 de mayo de 2009

Las viejas glorias.















Cuesta creer que haya pasado tanto tiempo. Un yuyu de vértigo y de nostalgia me recorre todo el cuerpo al contemplar esas fotos. La Salle de los 60, ¡vaya acuartelamiento de temerosos enanos y falsos clérigos! Aquellos frailes no eran otra cosa que eso mismo: falsos clérigos plenamente conscientes del arsenal intimidatorio que les confería su espeluznante aspecto de negro inmenso y blanco escueto en los cuellos. Sobretodo, cuando asomaban caminando de improviso desde el fondo de los largos pasillos entre la penumbra y la tristeza de aquellas tardes de invierno. Pululaban en todo momento por los rincones del colegio, en los pasillos, en la puerta de las aulas, por los patios, atravesándolos siempre en diagonal, imagino ahora que por conseguir una mejor perspectiva de los incautos, subiendo o bajando las escaleras de caracol que desde el patio central conducían hasta la capilla, y finalmente, apoltronados en las aulas encima de la tarima, observando con paranoico placer los ojos temerosos de los alumnos que, como yo, andábamos siempre maquinando en el furgón de cola. El maremagnum emocional se escenificaba teatralmente todos los fines de semana con la entrega de los boletines a manos de "el zorro", el director, el jefe supremo de la cuadrilla, con todos los alumnos de pie ocupando la periferia del aula en una fila ordenada desde el primero hasta el último según los méritos obtenidos. Bolitas multicolores anisadas para los primeros y tirones breves e intensos de las orejas para los últimos en un ejercicio de humillación pública cuya única ventaja, al menos para mí, era que solo se producía una vez a la semana.
Sin embargo, jamás me he sentido perjudicado por aquella etapa tan prolija en las hostias -tomadas y recibidas- y en los miedos. Es posible, sí, que el paso por La Salle lograse imbuírme de cierta rebeldía, pero concluyo que la docencia entre sus muros supo alentar innumerables inquietudes que, indolencias al margen, supieron conformar también un interés por la intelectualidad y la Cultura que en otro tipo de Centros no hubiese conseguido alcanzar. Así que, cuando observo la foto, ya no me acuerdo de los reglazos ni de las hostias, me miro a mí mismo y digo ¿pero qué has hecho con todo ese tiempo?
Algunos aspectos se han negado a cambiar: la mirada tensa de aquella foto del 65 es la misma que tengo ahora. Hay ciertas amarras de las que es muy dificil soltarse. Sonrío al verme, no obstante, con ese gesto de inocencia en la cara que aún era capaz de ocultar las tribulaciones de un niño que soñaba con ser mayor al día siguiente. ¿A qué esperar varios años? ¡Pobre ignorante! Nunca podría imaginar que cuarenta años después seguiría sin conseguirlo. Algo que ha sido bueno para las emociones y no tanto para la cordura. Mi madre me lo dice una y otra vez. Por eso he pasado de puntillas sobre muchos lodos, sin preocuparme demasiado de las salpicaduras y procurando disfrutar, ea, brincar en medio del barro, chuparme los dedos para limpiarme, y comerme las uñas histéricamente con cada abstracción de lo que no podía plegarse a mis deseos.
Es curioso, con la mala memoria que tengo, y ahora , viendo la foto, soy capaz de recordar casi todos los nombres de aquellos enanos. Algunos han alcanzado la celebridad, otros, como buenos hijos de papá, han vivido siempre sobrados a la sombra alargada del clan familiar, de otros nunca llegué a saber lo que fue de ellos, alguno habrá dejado de pisar sobre la Tierra, y algún otro también quizás haya sido capaz de maldecir a su existencia. Uno de ellos, el más inequívocamente chulillo en la imagen, me robaba las tortas de manteca en los recreos. Una tragedia mientras duró el anonimato porque aquellas tortas eran más importantes que la cartera. Hasta que un dia lo cacé tumbándome debajo de un pupitre. Cuando le iba a dar de hostias pensé: ¿tendrá hambre esta criatura? Fue uno de los pocos momentos de mi vida en que hice de mayor y, sin demora, se las ofrecí para que se las comiera. Llorando las rechazó. No me sentaron bien aquel dia.
Así, fue pasando el tiempo y me fui viendo crecer, al menos en años. Dejé atrás aquellos frailes, el olor a tarimas y pupitres de rancias maderas, las confesiones semanales del mismo pecado, las risas y los llantos de mis queridos correligionarios -compañeros enanos siempre en guerra de guerillas- y la emoción táctil de los nuevos libros del curso.
Y así también llegué a la Universidad y héme ahí en la otra foto. El mismo niño con más pelo y más piernas y poco más. Ese fue el primer equipo de fútbol sala de la Universidad de Almería, con caras conocidas, ¡quién lo diría por aquellos entonces! el Chipy -el futuro rector-, Diego Cervantes, Emilio Molina, y el resto que no dejábamos de ser menos importantes que los nombrados, especialmente yo que metía más goles que ninguno de ellos con esa zurda palomera de escasos esfuerzos pero de precisa y oportuna ubicación. ¡Qué tiempos de viejas glorias! Quince años es nada entre ambas fotos y aún menos los cuarenta desde la primera. El tiempo solo ha podido pintar surcos en las caras y adornarnos la cabeza con un bonete alopécico en el lugar de la coronilla. Hablo por mí. ¡Qué sé yo de los otros ni me importa!.
En lo demás sigo siendo cómplice del niño tenso que no sonríe en el centro de los sentados. Es la tensión del expectante, del niño curioso que se pregunta miles de cosas y pretende averiguarlas, la tensión del que maquina sin siquiera saber lo que eso significa, la tensión del coleccionista de emociones, también la del que teme y duda de sí mismo, la del recolector de fiestas de Reyes Magos y abrazos paternales, la tensión del soñador, del que ya comienza a dibujar románticos amores que nunca llegarán, la tensión, en definitiva, del niño que intuye amargamente que nunca va a dejar de serlo por mucho que una multitud de juguetes intenten distraerle y allanarle los caminos.
O tal vez yo ahora ande equivocado y aquel gesto casi de disgusto, tensionado y falaz, tan solo se debiera a la impaciencia por llegar de nuevo hasta el pupitre y desliar aquellas tortas de manteca embadurnadas de azúcar que se diluyeron, como tantas cosas, en la estúpida vorágine de una existencia que ha ido perdiendo su sabor y su sentido precisamente con el paso de los años.
Nota del autor: Dedicado al centenario del colegio La Salle de Almería recientemente commemorado.