viernes, 11 de septiembre de 2009

Imaginario


Laoz es un pueblo imaginario que esconde su realidad tras un recodo, al final de todos los paisajes. Hasta allí he ido a parar. No sé cómo ni me importa en demasía. Se encuentra en medio de una inmensidad, una nada de puntos referentes o nostálgicos enclaves por parecidos a aquellos otros donde fueron enraizando mis años anteriores. Sus casas parecen haberse levantado a partes iguales entre el abandono y la precariedad. Algunas, sin embargo, están pintadas con fuertes colores como reivindicando, entre el resto, el derecho a una voluntaria anomalía. Esta excepción me preocupa más que la extraña gente que camina por sus calles. Todos andan cabizbajos y a lo suyo. Nadie mira al otro, andan deprisa y visten ropas andrajosas que parecen de otra época. Ninguna de esas sombras me ha mirado aún y por eso me he palpado ingenuamente. Es posible que mi presencia no les aliente nada, ellos, ya lo he dicho, van a lo suyo, o lo aparentan. Corre un vientecillo frío, desangelador como el paisaje, y la noche está a punto de caer. Algunos gatos -hay muchos deambulando por las calles- me han mirado regalándome un maullido. No hay coches. Solo me he cruzado con una moto sin matrícula que estaba apoyada sobre la fachada de una casa, y con dos mulas de las que tiraba de un ronzal un viejo con un sombrero de paja. Sigo caminando y, poco a poco, el pueblo se está quedando desierto. Lo más extraño de todo es que nadie ha pronunciado una palabra, solo escucho las puertas de las casas abriéndose o cerrándose, los maullidos de los gatos y la ladra lejana de un perro. ¿Se habrán conjurado para llevar a cabo una conspiración multitudinaria y silenciosa contra mí? Creo que he venido a romper el funesto equilibrio de un pueblo que anda más muerto que vivo. O a lo mejor he sido enviado para contribuir a su resurrección. Si se trata de esto ultimo, ellos aún no lo saben. Continúo caminando haciendo zigzagueos sobre una calzada de polvorientos adoquines y, casi sin darme cuenta, he llegado hasta el final, las casas se interrumpen de improviso y no hay nada más allá. Es inútil mirar a la lejanía, nada se intuye, ni gente, ni animales, ni montañas, todo parece haber quedado atrás, a mis espaldas. Tengo la sensación de haber llegado al fin del mundo. Este pueblo y su desolado envoltorio deben constituir el centro de algún universo que aún no ha sido descubierto por el hombre, por otros seres ajenos a los que viven dentro de él. Entre las dos opciones que tengo: marcharme por donde he venido, o tocar la puerta de alguna casa, he decidido hacer esto último. Voy mirando hacia uno y otro lado. Las dudas de siempre me están haciendo caminar como un imbécil, trastablillado entre las fachadas y esperando esa señal que nunca llega. Por fin me detengo ante una de esas casas de colores. El rojo intenso que presentaba a media tarde ahora se muestra como un sucio marrón. Debe ser ésta la que guarda el secreto, si no, ¿por qué me he detenido frente a ella? El secreto de una extraña e innecesaria razón de ser, de la existencia de un enclave que carece de indicaciones en el mapa, una siniestra parada en el camino que ha hecho de mi presencia el elemento transgresor, el perturbador de un oscuro y tenebroso mundo donde las gentes no hablan, o se ignoran, o murieron ya hace mucho tiempo y ahora tienen que deambular de aquí para allá como pequeños fantasmas que han de pagar sus culpas tributando silencio y procurando no alzar la vista más allá de las puntas de sus zapatos. Ninguna luz se intuye a través de las ventanas de la casa. Toco a la puerta y espero. ¿Que diré cuando me abran? ¿Lograré satisfacer mi curiosidad o acaso intentarán matarme por haber llegado hasta allí sin salvoconductos para robarles su secreto? Retrocedo, pienso en salir corriendo ahora que estoy a tiempo y nadie se va a jactar de mi cobardía. Pero, ¿y si el secreto soy yo mismo, la legítima razón de ser de toda esta gente y del carcelario y desalentador paisaje que los cobija? Me adelanto unos pasos y vuelvo a tocar. Nadie abre. Instintivamente palpo una llave en uno de mis bolsillos. No la reconozco, pero instintivamente también la introduzco en la cerradura y la hago girar. Asombrosamente la puerta de la casa se abre. Intuyo sombras irreconocibles en el interior. Los pelos se me ponen de punta, doy unos pasos hacia dentro y digo ¡hola! dos veces y en voz alta. Nadie responde. Me estarán concediendo los últimos minutos por compasión a mi osadía, o a mi estupidez, o a ¡quién sabe qué extraños designios o rechazadas herencias desde otras vidas! Milagrosamente, entre las sombras y los escalofríos, palpo una llave de la luz. Enciendo, y al instante, se despojan todos los fantasmas de sus máscaras: las sombras toman su verdadera forma, la resurreción imaginada del principio comienza a transmutar su condición, y el secreto y la memoria se miran avergonzados, descubiertos por esa repentina iluminaria donde las luces y las sombras se confunden, y los hombres carentes de referencias son engullidos por su incomprensible realidad. De nuevo estoy en casa.



martes, 8 de septiembre de 2009

Los antídotos.


Frente a la cotidiana franja de un tiempo atropellado que exige proporcional eficacia y público aprovechamiento, yo hago crugir la tapa de una lata de cerveza. Muy fría, por supuesto. Frente a las prisas por llegar a ningún sitio y quedar bien con la carrera, yo ahora cuento hasta tres antes de lanzar el primer paso. Frente al discurso que allana el camino políticamente correcto de los oyentes y espera paciente su correspondido aplauso o parabién, yo me meto las manos en la nariz hurgando en los volúmenes y en mis historias. Frente a los alardes, los exorbitantes patrimonios y los proyectos adornados de lujo y dispendio, me pellizco en el ombligo para ahuyentar posibles querencias y acto seguido le propino un soberano puntapié a la envidia de otros tiempos. Frente a los sueños de otros pensando en la rentabilidad de mañana, yo espero que corra la noche y, en su larga desvelada, solo intuyo del día siguiente su precariedad. Frente a los que son incapaces de emocionarse con algo que no sean números, claves bancarias, reverencias y deber cumplido, yo me inclino obscenamente ante la clave del último número deshonesto que he montado y me siento emocionado y con el deber bien jodido. Frente a los que son insensibles al ruído de una música o de todas las músicas, a mí muchas de ellas me hacen llorar. Frente a los que te miran con desprecio por no atisbar otros prometedores instersticios, yo les enseñaría sin dudar el redondo y orondo instersticio del culo. Frente a los que solo les interesa progresar, ascender, subir, escalar, alcanzar o conseguir, yo disgredo y transgredo como las cabras, a saltos entre las normas y a risas entre los saltos. La última vez que escalé, socialmente, fué el otro día que me engarranché a una higuera para coger una breva delante de los amigos. Frente a la crisis, un buen polvo y un buen libro. Los libros siempre están llenos de polvo. Frente a los años, más años y que lleguen muchos más. Frente a los tontos, yo miro para otro lado. Frente a mí mismo, también miro para otro lado. Frente al Gobierno, un buen casting pornográfico. Frente a la oposición, un buen Gobierno y más casting pornográfico. Frente a la soledad, una buena sartén de papas con huevos estrellados. Frente al amor, imaginación y la libido bien cubierta. Frente a las mujeres, deseos perversos en la mente y distancia para el olvido. Frente a los amigos, lo que dijo Pitágoras: "El hombre solo puede tener una mujer y un amigo. Las fuerzas del cuerpo y del alma no dan para más". Frente a la muerte, resignación y venganza desde el más allá. Frente a la vida, no hay antídotos. Frente a uno mismo, el Universo entero postrado e incomprensible. Frente a la desesperación, la poesía. Frente a la poesía y junto a ella, entre otros, Jose Manuel Caballero Bonald. Ésta es su espectacular visión de los antídotos:

Tiempo de los antídotos

La edad me ha ido dejando
sin venenos, malgasté en mala hora
esa fortuna,
¿qué más puedo perder?

Llega el tiempo ruín de los antídotos.
Materia devaluada, la aventura
disiente de ella misma y se aminora.

Ya solo quedan rastros de peligros,
una zona prohibida apenas frecuentada,
la pauta exigua de lo inconfesable,
cierto amago fugaz de furia y desacato.

La osadía de bordes delictivos,
los deseos gastados
en los bruscos dispendios de la infelicidad,
la virtud y su inercia depravada,
el amor consumiéndose
como un licor impuro, la excitante
trastienda de la noche,
¿qué se hicieron?

Los años, ay de mí, me han desmentido.

jueves, 3 de septiembre de 2009

El viaje.


Alejo Cienfuegos se recostó sobre la hamaca y volvió a mirar a las estrellas. Fijó la vista en aquella que parpadeaba sobre la vertical de su cabeza y comenzó a imaginar. Primero pensó en la distancia inconmensurable que los separaba y después fue dibujando extraños paisajes sobre su faz. ¿Por qué algo que está ahí todas las noches se nos antoja tan inacanzable? ¿ De qué pretenden las estrellas ser testigos con su inagotable parpadeo? se preguntaba Alejo con nulas esperanzas de obtener respuesta como tantas noches a lo largo de su vida. Absorto en la contemplación, se sintió la parte más ínfima de todo el Universo y, sin embargo, tuvo la conciencia plena de que todos los mundos confluían en él. ¿Qué sería de todo lo existente sin la conciencia de una mente inteligente observadora? Tal vez había llegado el momento de entender la realidad, la realidad que se desplegaba a los ojos de Alejo, y que por tanto, legitimada por la propia observación, quedaba vinculada a su existencia dotando a ambos, el observador y lo observado, de un sentido cosmogónico, una indescifrable fuerza de correspondencia entre los dos, Alejo y la estrella.
Entonces, quiso llegar más allá. Centró toda su visión en el débil parpadeo, se enajenó del mundo cotidiano que le rodeaba, despreció todas sus misiones en la Tierra, olvidó por un instante a la familia y los amigos, y gritó en lo más profundo del deseo y las entrañas: "¡Llévame hasta alli! ¡Elévame en esa línea vertical hasta desaparecer en lo insondable y alcanzar aquella luz! ¡Demuéstrame tu poder, seas quién seas, y complace definitivamente mi curiosidad! ¡Hazlo siquiera una vez! ¡Por esta vez!". Alejo aguardó unos instantes y después sintió un escalofrío. Sin apartar la vista de la estrella comenzó a notar que su cuerpo se vaciaba, se despojaba de toda la materia haciéndose intangible. No sentía nada en su interior salvo el peso ingrávido de la mente. De repente, observó que se despegaba de la hamaca, muy lentamente, en total silencio y en medio de un repentino e insoportable terror. Segundos después ya volaba unas decenas de metros sobre su casa. Intentó moverse, pero fué inútil, tan solo su cabeza podía girar hacia los lados y hacia abajo como otorgándole el postrero beneplácito de la despedida. Su ascensión fue cogiendo velocidad a pasos agigantados. Apenas había transcurrido un minuto y ya no distinguía las luces de la ciudad. Sumido en el más extraño de los trances, Alejo pensó que había muerto repentinamente y esa era la primera escena del viaje sin retorno. Miró hacia arriba y allí permanecía su estrella en la misma vertical. De repente, se hizo la oscuridad total a su alrededor y un zumbido intensísimo comenzó a estallarle en los oídos. Al poco, observó esferas de cegadora luz que pasaban vertiginosas a su lado. Primero unas pocas, y después incontables, casi infinitas. De vez en cuando, alguna de esas fuentes de luz presentaba un tamaño muy superior al resto. Resignado con su nuevo estado de muerte o vida, y aún preso de un cósmico terror, hizo un último esfuerzo por despertar, por alejar de su mente tan terrible pesadilla, pero el tremendo espectáculo a su alrededor de vertiginosas luces e inquietante oscuridad continuaba incesante. Miró hacia su cuerpo y, entre los resplandores de las bolas de fuego y luz que cruzaban como el rayo, vio que lo tenía intacto. Llegó a tomar conciencia de la increíble velocidad a la que viajaba cuando, alzando de nuevo la vista, observó a su estrella como una pelota de tenis con toda su redondez. Instantes después, todo el espacio se iluminó cegándole por completo. El zumbido dejó de oírse y comenzó a sentir que la materia volvía a su cuerpo por todos los instersticios. Cuando la luz se disipó, alzó de nuevo la vista y contempló algo inaudito: una esfera gigantesca se mostraba en el cielo suspendida sobre la misma vertical de su cabeza. La velocidad del tránsito pareció aminorar y el planeta o lo que fuese se encontraba casi al alcance de su mano. Por primera vez comenzó a sentir un calor intenso. Instantes después el calor le quemaba las entrañas. El zumbido volvió a sus oídos y Alejo rodeado ahora por un denso manto de vaporosas nubes comenzó a perder la conciencia. Tuvo entonces la certeza de que había llegado el momento final. Después pareció recobrar vida y abrió los ojos. Miró hacia arriba y contempló el cielo azul y luminoso que ya conocía de otras veces. Miró entonces hacia abajo y observó un prado verde flanqueado por pequeñas manchas boscosas a las que se acercaba cayendo lentamente desde unas centenas de metros más arriba.
Suavemente, sin ninguna brusquedad, Alejo cayó sobre la hierba al tiempo que sentía todo su cuerpo y podía mover brazos y piernas. El viaje había concluído.
Trastornado y confuso, hizo un esfuerzo por regresar a la razón. Durante un tiempo estuvo observando el paisaje que le rodeaba hasta caer en la cuenta de que le resultaba un tanto familiar. Recordó que tan solo unos minutos antes se encontraba en el patio de su casa, contemplando las estrellas sobre una hamaca a las doce de la noche, y ahora, en cambio, un sol radiante brillaba sobre un prado y un bosque cuyo silencio solo alteraban los cantos de los pájaros. ¿Adonde habría ido a parar en medio de su locura? ¿Había alcanzado su estrella, o tal vez se hallaba de nuevo en casa perdido en medio de un bosque al que le habría conducido un repentino ataque de enajenación mental? Alejo se puso de pié, y armándose de valor, decidió averiguarlo. Atravesó el prado y el bosque colindante y, a lo lejos, descubrió lo que parecía una carretera. Comenzó a correr hacia allí y en el horizonte se perfilaron unas montañas que él conocía muy bién. Entonces se detuvo y se puso a llorar como un niño. Aliviado, supo entonces que estaba de nuevo en casa. ¿Pero cómo había llegado hasta allí, a unos 40 km. de su ciudad y pasando de la noche al día como se pasa del dos al tres? En cualquier caso se avino a considerar que mejor sería haber perdido el juicio o la memoria que haber muerto o aún algo peor como encontrarse en una estrella a millones de años luz de distancia y sin posibilidad de volver.

Cuando llegó a la carretera un camionero lo llevó hasta su ciudad. Alejo, todavía tremendamente confundido, se dirigió a su casa con rapidez. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde su ensoñación en la hamaca? Todos los miembros de su familia deberían andar buscándole como locos. ¿Qué podría decirles ahora cuando le viesen aparecer?

Llegó jadeante hasta la puerta y comprobó que no llevaba encima las llaves, así que tocó el timbre y esperó sudoroso con una montaña de preguntas y respuestas amontonadas en su cabeza. Al cabo de unos segundos la puerta se abrió y Alejo sintió que se le helaba la sangre en las venas. El mayor rictus de terror de toda su existencia lo envolvió por completo: la persona al otro lado de la puerta era él mismo. Ambos se quedaron impávidos, mirándose con unos ojos que parecían querer escapar de sus órbitas. El Alejo de la casa se desplomó quedando sentado sobre el suelo mientras se golpeaba la cabeza. El otro Alejo, aún en pie, preguntó:
-¿Pero quién eres tú?

-¿Qué es esto?-. Atinó a decir por fin el Alejo sentado.-¿Qué locura es ésta? ¡Oh Dios mío, me he vuelto loco!

Alejo de pié comenzó a comprender al mismo tiempo que su desesperación alcanzaba límites indescriptibles. Miró con cierta compasión al Alejo sentado y poniendo una mano sobre sus hombros le dijo en tono de aparente calma:

- No has de preocuparte. No estás loco. He sido yo el que ha usurpado tu espacio. Es algo difícil de explicar. He venido desde muy lejos para darme de bruces con mi otro yo. ¡Qué extraordinaria falacia! Lo pedí y se me concedió. Y aquí estoy. Es inútil que te lo explique a pesar de que debemos tener idénticas capacidades para entenderlo, pero yo he sido el invasor. Jamás podría imaginar una cosa así. No digas nada, no llores, no cuentes nada de esto a los tuyos que en cierta forma también son los míos. Algún día lo entenderás. Ahora debo marcharme. ¿Qué pensarían tus hijos -los míos- si nos vieran juntos ahora a los dos? Entiéndelo como un jodido y puto milagro del cielo. Ya lo dijo Aristóteles hace muchos años: "¡Qué asco, si más allá de las bellísimas formas de Alcibíades, viésemos sus vísceras!". Yo acabo de verlas, las vísceras del Universo entero y de la tragedia del hombre. Debes olvidarme a mí y a este momento. Ya sabes algo más que el resto de la humanidad. Confórmate con eso. Ahora debo marcharme. Aquí solo puede permanecer uno de nosotros, y ése eres tú. Vive la vida de la mejor forma posible. Ahora ya sabes que no estás solo. Antes de marcharme te daré un consejo: No mires jamás con fijación a las estrellas, son pequeños diablos que nos vigilan desde la distancia. Ahora levántate.

Alejo y Alejo se fundieron en un abrazo despidiéndose sin una palabra más. Uno de ellos, se dirigió presuroso hasta el acantilado más alto que conocía y desde allí se arrojó al mar. Jamás fué encontrado.


Si el Universo es infinito, existe la absoluta y certera probabilidad de que algunos de sus planetas estén habitados por seres humanos, y en un momento dado que podría ser ahora mismo, por una humanidad idéntica a la que puebla hoy la Tierra.

jueves, 27 de agosto de 2009

Anoche soñé


Anoche soñé que escondías tus dedos entre los míos. Fue algo inesperado. Rocé tus manos y se produjo el milagro. Es como si llevásemos los dos toda una eternidad aguardando la señal. Cogistes las mías, sin mirarme, casi ausente, y sin embargo, sentí que intentabas detener el tiempo. ¡Qué momento más maravilloso! Un ínfimo chasquido de dos deseos en medio del Universo. ¡Tan esperado e inesperado! ¡Tan al borde de la prescripción más irreversible! Después, recostastes tu cabeza sobre mi hombro, sin mirarme de nuevo, sin hablar, en perfecto silencio y armonía con lo que ambos ya sabíamos desde un segundo antes. Apenas otro después, ya me sobraban todos los mundos del mundo. Se hizo un silencio sobrecogedor. El silencio perfecto solo apto para escuchar los latidos del alma de quién deslizaba lentamente sus dedos entre los míos. Te miré dos o tres veces fugazmente para no romper el hechizo y temiendo verte desaparecer como una asustada utopía a punto de ser alcanzada. Fue entonces cuando observé tu serena belleza, tu rostro recostado sobre la propia felicidad que, agradecida, nos envolvía en la tela de todas sus esencias. Durante el profundo minuto que te tuve sobre mi hombro y entre mis dedos, apretastes mis manos con todo tipo de intensidades, sin parar, supongo también que recreando en ese levísimo contacto carnal el llanto silencioso que proclamaba desde lo más adentro, desde lo más intenso, la repentina felicidad tantas veces soñada e idénticas veces frustrada, como el Tao, esa esfera extrasensorial de placeres y conocimientos que se aleja en la medida en que te acercas a ella. Durante ese cortísimo e inolvidable minuto encontré toda la razón de mi existencia, comprendí al resto de la humanidad y se me hizo muy pequeño el Universo. Agradecí a todo tipo de providencias los ímprovos esfuerzos de los últimos tiempos para lograr seguir en pie, sin los cuales no hubiese sido capaz de dar contigo. Y la muerte se me antojó como un mero y secundario asunto. Durante ese valiosísimo minuto soñé que ya no tenía que soñar nunca más, y absorbido en la espiral de tu poderoso influjo, todas las fuerzas gravitatorias del planeta me parecieron ridículas. Volví a mirarte, a recrearme en la mirada baja y en tus labios temblorosos henchidos de carne rosa como los pétalos de una flor anhelantes de rocío. No dejabas de acariciar mis manos y tal vez también de agradecer con tu silencio el ruído apocalíptico de dos almas que por fin lograban entrecruzarse robándole al esquivo amor la única probabilidad que distraídamente había puesto en juego entre un millón de millones. Durante ese amadísimo minuto, si existe, dejó Dios de existir y tuve la certeza de que jugó a dejarnos que fuésemos Él para no volvernos locos de deseo y felicidad.

Después, al cabo de ese minuto, desperté. Dios volvió a su extraño y sospechoso sitio, tus manos dejaron de acariciarme, tu cabeza ya no reposaba sobre mi hombro, el amor regresó a su morada de inútiles esperas y profundos llantos, el Universo volvió a parecerme una caja de Pandora, me odié a mí mismo y al resto de la humanidad, desprecié todos los sentidos de mi existencia y me conjuré para no hacer ningún esfuerzo por seguir en pié.

Tao, Dios, amor, mujer callada, o lo que seas, ¿por qué me has abandonado?

martes, 25 de agosto de 2009

Un relatillo.


- Hijo, no me has hecho caso. ¿Por qué te empeñas en la marcha? ¿Qué sabes tú de esas tierras y esa gente? No son como nosotros. Te mirarán como se mira al enemigo, recelarán de tí, despreciarán tus obras y tus pasos y jamás sabrán lo que llevas dentro.
- Que más, madre...
- ¿Qué más? Ahora mi sufrimiento no tendrá fin hasta que logres volver. Tú aquí eres un hombre, alguien con nombre y con cara. Allí no serás nada, una sombra más y tú lo sabes. Yo no necesito nada y tú tampoco, pero ahora me voy a quedar sin lo que siempre he tenido. Lloraré cada uno de mis días y de mis noches pensando en ti. Imaginaré con dolor las peores desgracias y sufriré con tu sufrimiento desde la distancia. Aquello no es el paraíso y tú lo sabes. Tu fuerza y tu sabiduría no se verá crecida entre aquellas gentes y pan no nos falta, ni sol, ni aire, ni paz. Ya sé que los jóvenes sois así, impetuosos, rebosantes de sueños y de vida, pero siempre he dicho que tu camino está aquí entre nosotros, junto a tu madre que te adora y reza por tí. Ya sé que no te voy a convencer, pero recelo tanto de este viaje...
- No, madre, no voy allí en busca de paz ni de sueños, solo sé que he de ir. Es algo que está por encima de mi condición y de mi raza, una llamada desde mis propias entrañas y te juro que no son cantos de sirena. Necesito saber lo que hay al otro lado del horizonte por mí mismo y no por lo que me cuenten otros. Necesito probar otras suertes y respirar otros aires, sacar todo eso que tú dices que llevo dentro y luchar contra todos los imposibles. Solo así sabré de lo que soy capaz. Y luego regresaré, más hombre, más sabio, más hijo y con más dinero.Y cuando llegue seré de nuevo tu amado hijo, y tu serás mi amada madre, y seremos más felices, y ya nunca más regresaré a esa tierra. Permaneceré aquí junto a tí, en mi casa, con mis cosas, leyendo como tantas veces a la sombra del olivo centenario los cuentos de nuestros sabios ancestros, envejeciendo juntos y cuidando de los animales que tanto nos dan. Ya sé que poco te consuela, pero antes de partir ya estoy pensando en volver. ¿Cómo podría olvidar tus abrazos y tus caricias, los amigos, esta casa y todo lo que ha crecido conmigo? No madre, no voy a abandonarte, pero he de saltar al otro lado del horizonte aunque solo sea para contarte a ti lo que hay allí. Yo sé que lo entiendes madre y comparto tu dolor, pero es el sino de los hombres y la maldición de nuestro pueblo. Solo creceré llegando hasta el otro lado, y una vez allí, seré yo mismo más que nunca, me haré respetar y daré todo lo que llevo dentro, llegarán a quererme y a buscarme, haré amigos y compartiré con ellos el pan y las vivencias, aprenderé cosas nuevas, desterraré las malas, formaré parte de sus clanes como uno más, y muchos tendrán mi nombre siempre en la boca. Después volveré cargado de mundos y vacío de miedos para estar a tu lado hasta el final.
- Ve entonces hijo mío. Pero quiero que sepas que solo seré feliz el día de tu regreso.
- Gracias madre por tu paciencia y tu comprensión. Procuraré que la espera sea corta.
Madre e hijo se despidieron entre sollozos.

La espera se está haciendo interminable. En una aldea cercana a la ciudad de Jiffa, al sur de Mauritania, vive Shabanna Fouad, la mujer que despidió a su hijo hace ahora tres años y que nunca más volvió a saber nada de él. Desde aquel instante, su nombre que significa "mujer que pertenece a la noche", logró alcanzar su verdadero sentido.

sábado, 22 de agosto de 2009

...el rico, el pobre y hasta el obispo y el Papa.


El novelista japonés Natsume Soseki contaba a principios del siglo XX que uno de los grandes placeres de la existencia era el hecho de ir a obrar cada mañana en uno de esos retretes de estilo japonés desde donde se podía contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje. De jovenzuelo, yo disfruté muchas veces de parecido paisaje mientras llevaba a efecto la obra en cuestión. Después, me limpiaba con una piedra o con alguna hoja del naranjo que tenía encima y que casi siempre se me quedaba pequeña. Algunas veces también lo hice desde la copa del algorrobero más alto del cortijo familiar, ahora que lo pienso, creo que fué para cagarme sobre todos los de abajo y disfrutar haciendo cábalas sobre el fatídico punto de impacto de la carga. Ni siquiera estas cosas me pasaban entonces desapercibidas. Tanto es así que cuando a principios de los sesenta llegábamos a la casa de Albanchez por San Roque, lo primero que hacía era entrar en aquel cuarto diminuto y maloliente a comprobar si el agujero seguía en su sitio. Los abuelos, durante muchos años, no necesitaron de otro asiento. Luego, bajaba a los corrales y comprobaba la pila de estiércol y paja que acreditaba sin ningún género de dudas que el agujero seguía vigente. Tras esa comprobación, tomaba cumplida conciencia de que habíamos llegado al pueblo porque los abrazos y la ensalada de pimientos con orégano del Barranco del Orégano ya los daba por hechos desde muchas curvas antes de llegar. Algunos años después, el agujero fue sustituído por un flamante retrete y la pila de paja y estiercol desapareció para siempre. Desde entonces, la esencia de esa casa ya no volvió a ser la misma.

Parece mentira que a un hecho que nuestra refinada modernidad ha confinado hasta los límites del ocultismo social concediéndole la condición de un acto casi irreverente e innombrable, le neguemos su verdadero alcance al margen del fisiológico alivio que lleva implícito. Me refiero al verdadero placer que comporta. Cagar es como sentarse a una mesa con suculentos y variados manjares, pero en un sentido involucionista que no es capaz de restar ni un ápice la emoción de ambos encuentros. Los romanos y otros pueblos de la misma época lo tenían ya muy presente. Las conversaciones más trascendentes se llevaban a cabo sentados en grupo sobre el agujero, ajenos a los ruídos y a las pestilencias, confabulados con el acto y la posición, en cuya guisa se debían sentir más auténticos y despojados de cualquier mierda, nunca mejor dicho.

Ir al retrete es un acto, no obstante, que refrenda hoy en día la individualidad. Cada uno de nosotros lo hace a una hora, de ésta u otra forma, con lectura o sin lectura, con lavatorio o sin él, con poco o con mucho papel higiénico, rápidos como el rayo o embobados y anestesiados hasta que otro echa la puerta abajo, pero en cualquier caso, plenamente conscientes de un momento cuyo repunte de inequívoca felicidad poco ha de envidiar al de otros menos escatológicos y más absurdamente agradecidos, con la ventaja añadida de que mañana lo volveremos a disfrutar. O pasado mañana en el peor de los casos.

La Historia del hombre se ha forjado desde la propia metafísica de sus deseos, pero tan importante es amar como cagar, el viejo principio de acción y reacción, el cerebro acciona y el culo reacciona. Es la vital y periódica consecuencia de un reciclaje consciente y a su vez correspondidamente placentero. Y jodidamente inevitable también. Si no que se lo pregunten a mi primo Paco cuando le acució tan repentina necesidad en plena Plaza de San Pedro de Roma con miles de personas a su alrededor. Aguantó, resopló, bufó, suspiró, corrió de aquí para allá, y finalmente llegó de mierda hasta los tobillos cuando alcanzó los retretes. Después se limpió con su propia camiseta y no se le ocurrió otra cosa que guardarla en el bolso que su mujer le había dado un rato antes. Supongo que lo hizo -lo de la camiseta digo- en pro de perpetuar, luego ya en casa, la dignidad de un momento que el hombre jamás debería olvidar como uno de los más sublimes y a la vez sencillos de su existencia.

viernes, 7 de agosto de 2009

La chica de los bolsos y las bragas de lunares.


De repente, entre las luces, ha aparecido una chica en medio de la visión circular del objetivo. Me detengo, acerco el ojo al ocular y enfoco con precisión. Debe estar a algo menos de un kilómetro, pero observo con detalle el nº 5 que lleva grabado en el bolso blanco que acaba de colgarse mientras se contornea coquetamente mirándose al espejo. Lo pasa de uno a otro hombro y adopta la postura adecuada para mirarse desde ese lado. Sacude la cabeza y bambolea sus caderas. Deja el bolso sobre la cama y se desprende con decisión del vestido azul oscuro arrancándoselo por encima de la cabeza. Sus pechos, algo pequeños, quedan al descubierto exhibiendo la turgencia que otorga casi siempre la juventud. Luce unas braguitas blancas con lunares oscuros que en un repentino giro de su cuerpo revelan que, sorprendentemente, no son un tanga. Se disfruta durante unos instantes mirándose al espejo desde los cuatro puntos cardinales que le permiten sus giros. Abandona con rapidez la última pose, e inclinándose sobre la cama, coge otro vestido y se lo engancha por arriba. Éste, tiene más vuelo que el anterior y muestra unos colores estampados de rojo y blanco con motivos florales. Vuelve a girarse hacia todos los lados posibles, se lo arremanga con precipitación hasta la cintura y se mira por detrás y por delante. Agarra el bolso del número cinco y se lo cuelga dejando caer el vestido. Lo cambia de hombro, le acorta y alarga sucesivamente la correa mirándose de nuevo. Lo deja sobre la cama. Coge otro, ahora es un bolso negro o azul oscuro, y vuelve a posar repitiendo los gestos anteriores. Se mira por aquí y por allá y vuelve a dejarlo sobre la cama al tiempo que se engancha un nuevo bolso de lunares. Antes de que llegue a colgárselo del todo, se lo arranca con violencia y lo arroja hacia el suelo. Se quita el vestido, otra vez por encima de la cabeza. Vuelve a mirarse y a contonearse, observándose sobretodo por detrás. Se encasqueta un nuevo vestido color beige, y sin pérdida de tiempo, se cuelga el bolso oscuro. Se mira de un lado, del otro, da como unos pasos hacia atrás y hacia adelante, gira las caderas e inicia una especie de baile. Repite los mismos movimientos con los dos bolsos anteriores y, finalmente, se cuelga ambos a la vez. Ahora se observa de este lado, ahora del otro, se pone en jarras y bascula hacia ambos lados y de atrás hacia adelante. Parece reir. Se siente feliz, se ve guapa sin duda e intenta, confabulada con el espejo, sacarle el mayor partido a su atractivo. Parece que adivina mis cábalas a través de la mirada indiscreta del objetivo y se despoja de los bolsos y el vestido. Se ha quedado quieta ante el espejo, lo mira fijamente e inicia un leve giro de la cabeza acompasado hacia ambos lados. Piensa lo que piensa y se baja las bragas con decisión. Ahora más que mirarse parece recrearse, se vuelve a poner en jarras y bascula las caderas como un péndulo haciéndole un coqueto guiño a la linealidad. En uno de eso giros se queda quieta seguramente refrendando todo el universo que ella quería ver. Solo la puedo ver de perfil. La forma de sus pechos se dibuja con deseada precisión en el visor. Lleva así un largo rato. De repente, vuelve a girarse dándome ahora espalda. La visión de su culo me conduce hasta el punto más excitante de toda la muestra, bien redondeado, prominente e imagino que primorosamente apretado y terso. Ahora se da media vuelta y se pone frente a mí. ¡Qué espectáculo más completo desde el punto de vista de las perspectivas y desde el sorprendente de un pubis azabache con el vello bien triangulado y abundante! En ese momento se contornea, gira, baila, mueve lascivamente las caderas y me emborracha de visión y hasta de cuentos de las mil y una noches. Coge el bolso del cinco y lo coloca sobre el pubis, se lo quita y se lo pone con la alternancia que, supongo, le sugiere en lo más profundo de su encanto el deseo y la excitación. Coge cada uno de los vestidos y se los pone simplemente por delante, se gira mirándose por detrás, y parece estallar en una carcajada, imagino que viéndose así con el culo al aire caminando por las calles. Se embute en sus braguitas de lunares, echa una última mirada hacia el espejo, esta vez sin contorneos, y apaga la luz de su habitación y, con ella, también las de un dulce momento en la soledad de una noche más, del largo, cálido e insípido verano.

miércoles, 5 de agosto de 2009

La resurrección de los héroes.


Hola. Me llamo Casto Aurelio Wilson de Balboa y mi vida, hasta ayer, ha sido algo menos sonora que mi nombre. El hecho absurdamente extraordinario que acabo de vivir, me condujo de inmediato a una primera reflexión: si el Universo es infinito, existe la absoluta y certera probabilidad de que un número finito de planetas estén habitados por seres humanos, y en alguno de ellos y en un momento determinado que podría ser ahora mismo, por una humanidad cuidadosamente idéntica a la que puebla hoy la Tierra. Si el Universo, en cambio, es finito, esta última probabilidad carece de cualquier sentido, es decir, resulta aleatoriamente imposible. Pero entonces, ¿qué es lo que hay al otro lado? Algo o alguién ha pretendido darme la respuesta y ahora tengo vuelta del revés la piel de la conciencia. Pero voy a atreverme, todavía algo tembloroso, a contarlo mientras sea capaz de evitar salir huyendo del gran diablo de mí mismo del que ahora me siento tributariamente poseído.

La otra noche, anteanoche, creo, alguién que no soy capaz de describir, me llamó en medio del sueño, para invitarme a una reunión extraordinaria, "trascendente, universal y definitiva", según su sosegada y propia voz. Me habló del sitio y de la hora, al amanecer del día siguiente, y me dijo que una vez allí, aún siendo yo el personaje menos significativo, me convertiría en el oído de toda la humanidad, el fiel y único testigo del mayor debate en la historia del hombre y de su particular tragedia. Comenzó a nombrarme algunos de los asistentes y, cuando escuché los nombres de los primeros cuatro o cinco, salté como alma en pena de la cama. "¿Pero qué es esto?", pregunté entre la sorpresa y el terror. La voz continuó nombrando, y yo, con cada nombre, daba un paso más hacia el abismo de una convencida y repentina locura. Cuando acabó con la lista, dejando atrás el tono sosegado del mensaje, ordenó con voz severa: "Debes estar allí. Tú no eres menos importante que cualquiera de los nombrados. Descubrirás el origen del mundo, la materia de la mente humana, la verdadera historia de tu raza y la dimensión del Universo. Si no lo haces, morirás en el transcurso de ese día".

Con el manto más oscuro de la noche aún sobre mis espaldas, completamente fuera de mí e imbuído por una extraña mezcla de terror y de felicidad, me encaminé presuroso hasta el lugar de la cita, un lugar que se me ha prohibido nombrar y desde donde se divisa un vasto paisaje.



Así comienza la narración de un hecho que cambiará inevitablemente el curso de la historia del hombre y pondrá una luz en la comprensión del entorno que le ha rodeado desde el principio de su existencia. Todo ello quedará fielmente reflejado en un libro que la misteriosa voz de la medianoche aún no ha ordenado escribir.

viernes, 31 de julio de 2009

ETA versus IIM, inútil e imbécil matador.


Inútil e imbécil matador:

No es tu estúpida acción la que me anima a nombrarte, no. Ni siquiera me mueve la reivindicación solidaria con el enorme dolor que produces. Lo hago porque desde la infinita distancia que se interpone entre tú y yo, y desde el blanco y el negro que envuelve mi vida y la tuya, es a lo único que yo puedo optar ante la jodida imposibilidad de poder machacarte lentamente con mis manos cada una de las podridas porciones de esos sesos que te adornan tan tristemente la cabeza. Tu obsesión por destruir inútilmente lo más esencial de una familia que ni siquiera conoces, no es tan grande como la que yo tengo ahora porque los no pensantes, infectados de rabia y de mierda en la conciencia como tú, desaparezcais del mundo conocido, y en la obligada sinergia con el desconocido, tampoco seáis capaces de llegar a éste.
¿Cuántos años lleváis haciendo de esperpénticos hombres de Cromagnon desterrados de todo tipo de paraísos?

¿Qué sabes hacer tú aparte de poner bombas o disparar a quemarropa y luego salir alocadamente corriendo? ¿En qué piensas cuando llegas después a tu puta casa? ¿Con qué sueñas cuando te revuelves en tu mugriento colchón oliendo los pedos y el rancio sudor de tu puta novia? ¿Eres capaz de mirar por las mañanas al cielo con algún atisbo de alegría? ¿Eres capaz de disfrutar intensamente de algún momento con las ratas de tu casta? ¿Sabes acaso lo que es vivir tranquilo? ¿Qué pensarás de todo esto cuando ya de viejo te veas postrado como una rugosa basura en un sillón? Espero ferviente y anheladamente que no llegues hasta ese patético estado y te revienten mucho antes en cualquier esquina o te pudras de sida y de sífilis en la cárcel más asquerosa de todo este país que tanto odias y que ni siquiera sabes porqué.

¿Qué cosas se pueden defender cuando jamás se da la cara? ¿A qué te pareces tú cuando te miras al espejo? ¿Porqué no te tiras desde la torre más alta de Euzkadi envuelto en una ikurriña para que así, al reventarte contra el suelo, sus preciosos colores se solapen con los de tu sangre, tus sesos y tus vísceras? Sería un espéctaculo sonoro, colorista y sobretodo escatológico. ¿No lo has pensado nunca? ¡Claro, te faltan los cojones necesarios y te sobra toda la éstúpida carga con la que le llenan el cerebro a los mamones desquiciados como tú!

Dime seriamente qué esperáis alcanzar matando de vez en cuando a un político de segunda o de primera fila o a un guardia civil entre los miles que piensan en vosotros cada una de sus noches y sus días. ¿Pretendéis acaso tan solo llamar la atención? El circo es para los payasos y las fieras de verdad, y vosotros, tristemente, os habéis convertido en una burda antítesis del payaso. Sois los despayasos del mundo porque a todos los que les suenan vuestras siglas se rién por no llorar con esa, ahora más que nunca, trasnochada y utópica reivindicación. Hasta la mafia italiana os ha escupido el honor de tacharos como unos aprendices completamente imbéciles.

Tal vez solo sea esa vuestra aspiración: que se hable de vez en cuando de vosotros antes de que desaparezcáis oportunamente ahogados en esa mierda de nacionalismo de alpargata que os ampara ingenuamente, y por eso matáis de vez en cuando también. No está mal del todo. ¿Cuando toca que se hable otra vez de vuestra heroica y atropellada huída? Sabed que somos unos cuantos y que hay donde elegir, pero la condición perpetua de vuestro infierno interior no os dejará jamás tranquilos hasta que se extinga el último gen de ese esbozo de raza aria de la que os creéis estúpidamente poseídos. Podéis matar algunos más, todos los lloraremos intentando al menos apaciguar el terrible dolor de los que lloran de verdad, pero debeís saber que jamás tocareís esa risible gloria que habéis dibujado en la podredumbre de vuestros intereses, ni vivireis tranquilos un solo momento de vuestras vidas, ni disfrutaréis escuchando con plenitud ninguna música, ni alcanzareís ningún orgasmo con la trascendencia que lo hacen los que no son como vosotros, ni podréis reir a carcajadas sin que importe quién se encuentra a uno u otro lado, y ni siquiera podréis tener un nombre como yo y como otros muchos, porque vuestra cobardía y vuestra desgracia se han visto obligadas a borrarlo dejandoos como única identidad la de un puñado de sombras con forma de muertos vivientes.

¿En qué os habéis convertido? ¿En qué te has convertido tú inútil e imbécil matador? Sois tan solo una herramienta descabezada de los que aún son más cobardes que vosotros, y cada vez que golpeáis, se acerca vuestro último estertor. El estertor de una deseadísima y pronta muerte que habríais podido evitar si no hubiéseis llegado a salir, vosotros y los que os mandan, por el fatídico y maloliente agujero de vuestra inoportuna madre.

miércoles, 29 de julio de 2009

Momentos de triunfo.


- Hace un instante no sabía nada de ti y ahora me inundas de mí misma haciéndome sentir la primera y añorada realidad. No sabría describirlo por más que me premiaran con infinitas vidas. Es algo que fluye incluso fuera de todo lo espiritual, desde muy adentro, desde lo más intenso, una indescriptible magia aún siendo yo soñada como la reina de las hadas. Espero, no obstante, que lo entiendas, y si te es preciso, que también lo olvides. No puedo contenerme, no podría seguir viviendo sin decírtelo. ¿ Quién te ha traído? ¿De qué estás hecho tú para romper en mil pedazos mi memoria y hacerme toda entera nuevamente? Llorar ahora sería toda una falta de respeto a este espectáculo que roza lo inhumano. Y lo deseo más que a tí mismo. Recrearme en el acuoso contacto de las lágrimas, saber por qué se han desprendido, sorberlas como un néctar de alquímicos poderes... y estallar en toda la extensión de la palabra. ¿Por qué has llegado hasta mí con todo este ruido de deseos? Pareces el dios que siempre he ido buscando, entre los silencios, entre las palabras, entre los olvidos o entre la posible inexistencia. Quiero que lo sepas por más que te cunda el pánico de lo imprevisible y a pesar de tu incontenible excitación. ¡Disfrútala! ¡No dejes que aminore aunque yo calle! ¡Mírame a los ojos y dáme una respuesta! Pero hazlo sin dejar de ser el que eres ahora mismo. Sé por una vez tu propio y absoluto dueño y ríndele homenaje al Universo entero que se ha postrado ante tí, y ahora también ante mí. ¿Puedes decir algo que sea capaz de alienarnos con este instante? ¿O debemos tal vez callar sellando con un beso la eternidad que ahora mismo deseamos?

- Tu mano en mi mano ya hablan por sí mismas, no dejes ni un momento de mirarme y conjúrate con todo lo que has dicho. Entre tus dedos noto un tacto de almas, un dulce vértigo de ansias que se entrecruzan, y en esa legítima locura, tu enorme felicidad a mi se me queda pequeña. Ahora ya sé quién eres. Mantente así mientras ordeno que se detenga el tiempo. El tuyo y el mío.

Después, en el curso de nuestro propio tiempo, he dejado de mirar a las estrellas, me he levantado de la hamaca, he dejado a la madre durmiendo arriba, y he vuelto a casa agarrado al perro.