miércoles, 26 de enero de 2011

Desgarros y zurcidos.

Cuando uno se queda en pelotas y se mira de arriba a abajo, o al revés, casi nunca aparecen los desgarros y los zurcidos amontonados a lo largo de la vida. Si tales prebendas hubiesen gozado de la impertinencia de dejar algunas señales sobre la piel, nuestro cuerpo parecería un mapa de carreteras carente de cualquier destino, un sinuoso galimatías de rayas e indescifrables símbolos salpicado por algunos puntos de parada, referencia y fonda.
Pero el agua corre impetuosa desde la cabeza hasta los pies dejándonos limpios cada mañana de los altercados del día anterior. Y es en esa acuosa regeneración donde nos conjuramos con nosotros mismos o con cualquiera de esos "yo" que llevamos siempre a mano en el bolsillo para arremeter con ciertas garantías contra los asuntos de la nueva jornada. No deja nunca de resultar sorprendente la fastuosa facilidad con que le damos mil vueltas a la tortilla, según convenga, nos susurre al oído el diablo cojuelo interior o, en último caso, simplemente apetezca. La coherencia, la independencia, la corrección, el sentido común y toda esa retahila de exabruptos ordenados por la jurisprudencia humana vienen a joder la calma confrontándonos con nuestra propia subjetivación de seres parciales y oportunistas, y aplastando el último y lícito instinto de seres salvajes del que también fuimos poseídos en nuestro primer estertor.
Y a esa condición apelo. A llamar a la insurrección de las normas impuestas por hombres partidistas y sectarios, a reclamar la parte alícuota de pura naturaleza de la que también fuimos hechos, a desviarnos continuamente del camino trazado por otros que no son más dignos que los demás y a beber a sorbos lentos, dulces o amargos, la única conciencia que hemos logrado alcanzar con el paso de los siglos: nuestra propia individualidad. Nadie es más grande que uno mismo y, sin embargo, cuantos son los que se esconden aterrados por su pequeñez. Es ésta una conciencia que cuesta muy poco hacerse con ella. Tan solo hay que observar a los encumbrados en lo más alto, dirigir la vista hasta los méritos oficiales y oficiosos que cuelgan por debajo de sus altivas cabezas y caer en la inequívoca cuenta de que entre sus miserias flanea la misma carne y la misma mierda que envuelve a toda la humanidad.
Desde el Papa Benedicto hasta el profeta Mahoma, desde J.F. Kennedy hasta Barak Obama, desde Shakespeare hasta Gabriel García Márquez, desde Bill Gates hasta el Sultán de Brunei, y ya en un terreno algo más cercano y escatológico, desde Jose María Aznar hasta Jose Luis Rodriguez Zapatero. Según lo trascendente, ninguno de esos seres mencionados es más que el más olvidado ser sobre la Tierra. Ni menos. Sin embargo, las religiones, todas, las teológicas y las mediáticas han logrado el objetivo de la santificación de todos esos y algunos más por orden de una oportuna gracia en un conveniente momento, la bisección garantista entre los dioses y el pueblo, el necesario y obligado "Principio de la Doblegación" a través del cual los poderosos, en todos los órdenes del ejercicio social, son autoproclamados como tales y se disponen a hacer sus respectivos agostos. Observarlos, como ya digo, hurgar en sus gestos y en sus vidas y descubrir bajo sus alfombras parecida porquería a la que se esconde bajo las nuestras, nos ha de devolver la autenticidad dejada con cada batacazo en el camino.
La individualidad hace parejas a todas las alegrías y la pena no entiende de ricos, de santos o de santones. El placer que puede experimentar el ser más rico del mundo a la hora de comer no es más grande que el de unos beduínos sentados en el suelo mientras rebañan con su mano izquierda una pasta de agua, moscas y harina. Ni la Monroe o la Lewinski le dieron más gusto a J.F.K y a Clinton que Paca la de los cañamones a aquel adolescente al que se tiró bajo el puente de la rambla acuciada por el aburrimiento y animada por la exaltación irresistible de la carne tierna y fresca.
Es una argucia del hombre que los derechos se hayan de repartir con arreglo a los derechos de cada uno, es decir, el viejo lema de "reparte Martín y deja pa tí", por eso hay ricos más ricos y pobres más pobres, pero la esencia, el núcleo de todos los sentimientos perceptibles, pertenece en idéntica cantidad y calidad a todos los humanos de la Tierra. Y ese es el patrimonio que podemos y debemos disfrutar y repartir. Las emociones nos enrasan a todos como esa línea del horizonte que jamás se pliega por mucho que volteemos la perspectiva para mirarla. En el epicentro de esa pulsión, los ricos, los pobres, los sabios, los tontos y los medianos igualamos nuestros méritos y hacemos insignificantes a todos los patrimonios. No hay más debate que el de la vida que se presenta delante de cada cual y, en medio de ese panorama, todos los tesoros ajenos y sus dueños dejan de existir.
La individualidad, por tanto, es nuestro más preciado tesoro y, a la vez, nuestra más cercana tragedia. La risa, el gusto y el llanto son incompartibles por mucho que ofrezcamos gentilmente de esa tarta un buen trozo a los demás. Es verdad que la asociación entre los humanos exige transparencia, transferencia y complicidad, y es en esos tránsitos donde los más pertrechados diseñan las castas, los órdenes jerárquicos que hacen que unos hombres devoren a otros hombres, pero que no se nos olvide que nada hay más grande que uno mismo y cuando se es consciente de ello todas las guerras están ganadas, al menos las comprensibles, las terrenales.
La vida hay que intentar vivirla, darle bocados antes de que ella te devore a tí y ese acto esencial lo mismo lo puede llevar a cabo un pastor de las estepas de Mongolia, mientras piensa en lo que piensa su rebaño, que un caminante solitario divagando sobre el crimen del Cortijo del Fraile al pasar junto a sus ruínas. Se trata pues de que cada cual se sienta ubicado donde exactamente le corresponde por derecho, por trascendencia y por confabulación: en el mismo centro de todo el Universo. Pero algunos, muchos quizá, estarán siempre en las esquinas, escapados con desprecio de sus órbitas, condenados a describir el movimiento de los que permanecen en las suyas mientras les cuentan sus dineros y sus orgasmos, al tiempo que lloran en silencio su tragedia interior.
No vale de mucho llenarnos de compasión por los zurcidos y los desgarros a lo largo del camino. Todo el mundo los tiene. El vidriero Bramante me lo dijo en la vieja Venecia: "La vida es un zurcido de días dispersos en los que la flexibilidad se erige en el mayor salvoconducto para la supervivencia". Se refería a esa condición del movimiento individual que ya recomendó una vez Cartier-Bresson a su joven discípulo Robert Capa "...y sobretodo nunca te agites, ¡muévete!". Supongo que todos hablan del movimiento interior, el zarandeo esencial de las emociones en cuya sacudida se siente el pulso de la vida o de lo que realmente importa de ella. Aprendí mucho del sabio Bramante en las poco más de dos semanas que estuve cerca de él. Y su bella mujer completó las enseñanzas mostrándome con parsimonioso endiosamiento los entresijos de su cuerpo, uno por uno, febrilmente envuelta entre los claroscuros de la tarde veneciana y sabiéndose dueña por completo de una situación que me dejó con la miel en los labios y la mueca de un bobo durante mucho tiempo. Pero la emoción y el regocijo del momento vinieron conmigo bien arropadas en el equipaje de vuelta.
El movimiento, la creatividad, la pasión por algunas cosas, algunos paisajes o algunas personas es lo que nos hace sentirnos grandes, únicos, diferentes a los demás y, sobretodo, auténticos en cuanto nos apercibimos de que las lunas y las charcas prohibidas nos pertenecen tanto o más que a aquellos otros que las pusieron en el camino.
Así que llegado el día comencé a reiventar el tiempo: se me puso en el núcleo de la testud escribir un libro y así lo hice, regodeándome en cada página con las vergüenzas ajenas de los escritores de verdad; y se me puso también gastar sin demora alguna lo ganado -menos en putas- en cualquier cosa; y fui capaz de recoger algunos nuevos amigos por el camino y soltar algunos otros por las cunetas; y en el trasiego, jamás agaché la cabeza ante jefes, talibanes, banqueros y gobernantes; y respeté a las mujeres tanto como fui capaz de gozar con ellas; y no he sabido andar con leches ni medianías cuando me he topado con la definición "bramantina" del amor:"el engranaje sin más", y en ese engranaje he volcado lo que pueda quedar de pasión y de generosidad; y sufro y disfruto con los míos, una y otra vez incansablemente, como ya hicieron y hacen ellos conmigo; y me siento aún más padre que mi hijo cuando tomo en mis brazos a su hija y sopeso con inusitada emoción los cuatro kilos de cielo.
El mayor tesoro del mundo está ahí, al alcance de la mano del que quiera extenderla un poco más allá. Tan solo hay que saber moverse, ser flexible, estrujar las emociones y darle marro a los aburridos y puntapiés a los usurpadores de la condición más esencial: tu inalienable e insustituíble individualidad.
Los desgarros y los zurcidos, en cualquier caso, tan solo son heridas superficiales, meros tatuajes en la piel.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Ajuste de cuentas

Aclaración: El artículo que sigue fué escrito el 30 de Julio de 2010. Desde ese momento hasta ahora han pasado algunas cosas y ello se ve reflejado en los escritos posteriores. El que escribe vierte una gran parte de su ánimo en el trasfondo de lo que pretende comunicar. Hoy, tres meses más tarde, me sería imposible escribir una cosa así porque uno cambia según lo que lo mueve o lo remueve y, desde esa perspectiva, habrá que legitimarlo tan solo en el contexto del tiempo en el que fué escrito.
Hace muchos, muchos años, esperando en una enorme y fastuosa sala para formalizar el alta como nuevo miembro de una importante multinacional norteamericana, me llamó el jefe de personal para comunicarme que se había producido una novedad de última hora y que, sintiéndolo mucho, no podían contratarme en ese momento, que debería esperar un par de meses a la siguiente vacante. Tampoco sirvieron de mucho las pringosas explicaciones que desparramó el gerente esa misma tarde con sus continuas e inútiles carantoñas hacia la valía y entereza profesional que, según él, había demostrado con suficiencia en todo el proceso de selección. Aquella inesperada decisión me permitió disfrutar de muchas cosas posteriores, sobretodo las de poder seguir en mi casa- a casi mil kilómetros de aquellos proverbiales hijoputas-, con los míos, con mi sol, con los amigos y con las historias de legañas y de abuelos siempre alrededor. Y aquello también me hizo gozar del impagable beneplácito de poder seguir creciendo a la sombra luminosa del amparo de mi padre y de su sabiduría hasta el día en el que murió en los brazos de todos, incluídos los míos. Los llantos siempre resultan provechosos, pero el de aquella tarde tan lejana en la tremenda soledad de una habitación de hotel de la vía Augusta catalana, siempre me ha gustado recordarlo como un acto que no por retrospectivo resulta carente de satisfacción, el oportuno traspiés que desembocó de nuevo en el regazo que uno nunca quiso abandonar.
Después las cosas fueron y vinieron, de aquí para allá, de dentro hacia afuera, y de poco hacia mucho, como un vaivén de deseos y obligaciones que casi siempre fui capaz de poner en orden dentro del desorden cojonero de mi vida. Y logré trepar algunas paredes imposibles, y salvar escollos, y sortear obstáculos, y ganar dinero y prestigio, el prestigio asqueroso y fútil con que te premian los mismos envidiosos que siembran campos de minas a tu paso. Y ascendí de posición, y cambié de casa y de coches como el que lo hace de camisa, y a la vera de ese amparo los hijos fueron hijos del capricho y la mujer carne de boutique y carnaza de repingados fisioterapeutas. Y así, tan felices, fuimos comiéndonos las perdices sin reparar demasiado en las distancias de dialectos y de alcobas, en la creciente frialdad de las cosas que deberían importar de verdad.
Así fue hasta ayer mismo, pero ahora que me he detenido un instante para otear el horizonte, resulta que mi camino se esconde de mí. El acopiador de emociones, el buscador incansable de cuentos y de tesoros, el niño aviejado que casi nunca se hizo hombre, ahora se encuentra perdido en medio del laberinto que él mismo construyó a base de caprichos, azañas e insatisfacciones. ¿Y los méritos, qué fue de ellos? ¿Y los años, a qué cuenta se han sumado? Todo parece haberse alineado con el tiempo para mofarse desde la distancia, y uno, la víctima de tal improperio, agacha y agacha la cabeza avergonzado con la confusión, dejado a merced de un viento de recuerdos y de aullidos que siempre te pregunta dónde está la recolecta.
Debí huir hace tiempo, dejar de ser honesto y atrochar los caminos del través buscando la suerte de los delincuentes y los poderosos, y ser violento de verdad y no a fuerza de tímidos atisbos. Debí revolcarme con todas aquellas pieles que me lo sugirieron y robarle las espeteras a todos los que hicieron vergonzantes patrias a mi alrededor, no ponerme colorado como un tonto ante las chanzas ajenas y beber en las fuentes de los negocios fáciles. Debí llevar siempre la lisonja adecuada en el bolsillo y la correa floja para gusto y disfrute del que siempre estaba algo más arriba, y debí, en definitiva, haberme transmutado desde lo normal a la idiotez y no, tercamente, al revés. Los hombres normales no servimos para nada, resultamos carne de mediocridad que es devorada al instante por los otros: los tontos y los listos. Los primeros te ponen el culo, los segundos te dan por él ¡Vaya par de escenarios esenciales sin posibilidad de escapatorias intermedias!
Sí, ahora lo veo con jodida claridad: la lucidez a un lado y la vida desmoronada al otro cuán fieles testigos que siempre se pedirán cumplidas cuentas. De ambas lindezas gozo, de ambos escenarios estoy hecho. No hay nada que joda más que darse uno cuenta de su propia estupidez, aunque siempre reconforte que haya otros que se la ignoren. Sí, lo voceo y lo proclamo sin pudor, sin acritud y sin entusiasmo: ahora soy el hombre SIN. No hablo de síndromes de inmunodeficiencias notables, ni de contenidos sin graduación alcohólica alguna. Ahora soy el hombre sin trabajo, sin camino, sin amor, sin energía y sin credenciales, y por tanto y a los ojos de tantísimo vidente, también sin futuro. Ahora soy el hombre sospechoso, la sombra evanescente del héroe de antaño, el que se dejó engañar por sus propios cuentos y sus legítimos esfuerzos, el mártir indecente que no supo guardar debidamente los frutos de los méritos y se inmoló premeditadamente ante todos sus despilfarros. ¿Donde está esa inteligencia emocional que debió reconducirme hacia lo práctico? ¿Por qué no me previno ese otro yo debidamente? ¿A qué vino tanto romanticismo inútil y tanto mirar a las estrellas sabiendo que unos pies en el fango poco saben de destellos en el cielo?
¿Y los otros? Sí, esos que te miden por la máscara, los que se alejan o se acercan según huelan a llanto o a risas y pan caliente. Siempre han estado ahí, pero a veces se distraen a voluntad para evitar ser alcanzados por cualquier tipo de daños. Hablo, claro está, de los amigos, ese vocablo tan cándido, tan manido y tan humano, el ser por excelencia que siempre hemos sobrepuesto a los parientes, los matrimonios, las queridas y los perros. Yo también los he tenido y aún los tengo, pero ninguno de ellos ha movido un solo dedo por el hombre sospechoso desde que fueron conscientes de esa jodidita condición. Ninguno de ellos ha querido perturbar sus cómodos status ni tocar a puertas donde puedan esconderse inciertas y diversas consecuencias. Y los comprendo porque, tal vez, yo en su lugar no habría sabido hacer una cosa diferente, pero ¡ay! la memoria es la memoria, una mosca cojonera que cada día y con cada nubarrón te lo recuerda. Ahora, a estos amigos de antes se han sumado algunos nuevos, pero a unos solo les sirves en la partida de golf y los otros acaban aburriéndote. Y es que cada cual tiene en su cabeza o en su casa las tabarras que merece o que pueda soportar. Mi maestro me hablaba de estos asuntos cuando decía que había que cambiar de amigos, de caminos, de escenarios, soltar lastres y recoger otros nuevos. Al final, la razón siempre encuentra su parada en los clásicos: Pitágoras dijo que solo se puede tener una mujer y un amigo porque las fuerzas del cuerpo y del alma no dan para más. Y eso, más o menos, es lo que tengo y he tenido siempre: un amigo y varios proyectos inútiles con aspecto de mujer.
Y mi camino, como ya dije, se esconde de mí. Comienzo a oler a piltrafa y ya no creo en las referencias. Los políticos, una vez más, nos han vuelto a engañar, esta vez con el puto beneplácito de todos y por eso siguen ahí, envilecidos, aprovechados, risueños y creyéndose inmortales ¡Qué lástima que no se hubiesen creído libertarias aves para verlos arrojarse a todos, los de uno y otro lado, desde lo más alto de sus obscenas azoteas!
¿Y el trabajo, donde se esconde? ¿Y los derechos del hombre, en qué nuevo código de Hammurabi están siendo escritos para orientarnos en el próximo milenio? No debemos permitir que los banqueros y las organizaciones mundialistas cercenen nuestros últimos derechos. Si mañana se abriese una lista de aspirantes a terroristas bancarios yo estaría, felizmente, en el grupo de cabeza. Sin embargo, nada habrá de preocuparnos, los millones de parados in crescendo acabarán por asaltar las reservas federales y hacer barquitos de papel con las normas de conducta.
¿Y la familia, siempre está ahí? A veces sí y a veces no tanto, a veces te empuja y otras se encarama a las espaldas jodiéndote un equilibrio que empieza a estar harto de tanta cabriola. Es la unidad social por antonomasia y, en cambio, ignora casi siempre las mierdas del que tiene al lado porque no es de educancia preguntar por los problemas.
¿Y el amor, esa mitad de tu otro yo, es algo que exista de verdad o es el mayor cuento jamás contado? Porque yo veo a todos esos que tanto alardean de enamorados que lo que en verdad están es jodidos en el anverso y amorosa y felizmente doblegados a un mandato en el reverso, tal y como "érase un hombre a una nariz pegado". Pero el amor es una vieja proclama de la que el hombre no puede escapar, o no debe, porque llegado ese momento, un insoportable nihilismo acabaría en un plis plas con la raza humana. Conmigo, desde luego, el cuento nunca fué pródigo, y ni las hadas, ni la complicidad, ni esa mitad trasvestida de tu propio yo, aparecieron ni siquiera fugazmente en alguno de mis sueños. Tal vez andemos todos en un error en estas cosas de comer y fornicar. Tal vez alguién, allá por la noche de los tiempos, sugirió que debíamos buscar tan solo lo adecuado, el engranaje sin más, pero no, ninguno pareció escucharle, y ahí andamos, tras el sórdido ruido de culos y de tetas, de orgasmos anónimos y narcisistas conquistas, por los siglos de los siglos. Ni siquiera a mi se me ha privado de ese fragor, el fragor de la carnaza fácil y el puntazo rápido, algo necesario para el momento, pero completamente inútil para el futuro y aún menos para la supervivencia, ya que ambas cosas no son la misma.
Un hombre sin destino es el jardin sin flores que las tuvo en otro tiempo, un páramo de viejas e inservibles vanidades para el que ya no sale el sol, y su única y miserable salvaguarda es que ya no forma parte del rebaño de los mansos que nunca habrá que temer. Las panzas llenas no suelen alentar a los malos pensamientos, pero algunos, muchos quizá, nos estamos saliendo del tiesto. El primer síntoma es llamar a las cosas por su nombre y medir al cornudo por sus cuernos, no tener pelos en la lengua ni dudar en escupirle al que merece tal insulto. La creatividad, el que la tenga, viene al rescate algunas veces, ella es siempre un acicate, algo que en España no da de comer, pero que te hace pensar por la noche haciéndote que olvides momentáneamente el atentado. La "vividad", al contrario, es lo que da aquí de comer. Los "vivos" con buenos padrinos, o con suculentas cajas de caudales que custodiar o administrar, son los que se pavonean ante la necia masa aplaudidora, y siempre, siempre, al final de la cadena están las putas, especie que en este país no se encuentra en las esquinas o los burdeles, sino en los más altos platós de la televisión, de la moda, del glamour, y de los directorios del móvil de ministros, secretarios, subsecretarios, banqueros, y empresarios billonarios.
Así que lo dicho, el hombre SIN está de moda. Yo que confieso que nunca pensé alcanzar tal honor, soy uno de ellos. ¿A quién echarle la culpa? ¿Al lucero del alba? ¿Al maestro armero? ¿Al primer y fallido amor? ¿O a la puta madre que nos parió? (No te preocupes mamá que no eres tú) Y ahora Stephen Hawking viene a arreglarlo diciendo que puede demostrar cientificamente que el Universo no fue creado por Dios, pero se ha guardado escrupulosamente de no nombrar al demonio. ¿Por qué será? ¡Vaya notición querido Stephen!

jueves, 2 de diciembre de 2010

To de moon and back.

No debe ser nada fácil llegar hasta la luna y aún menos volver. Pero la luna es algo nuestro, un misterioso talismán que aparece y desaparece cuando las nubes y la creciente oscuridad lo permiten. Un río de sueños que es capaz de fluir desde el lejano iris que contempla su invariable redondez, a veces con precario aspecto de media naranja. Es el viejo guardián de las pasiones y los desenfrenos, de los amores sin esperanza y los llantos de la medianoche, el testigo implacable de los genocidios y de los crímenes impunes, el recordatorio cotidiano de la perfecta inutilidad de todos nuestros sobresaltos y el único dios para muchos hombres que inclinaron suplicantes sus espaldas bajo su luz de plata y que ya no gozan de mención ni de memoria.
He deseado llegar hasta ella incontables veces, pasear por los caminos que aún no han sido creados y asomarme a su cara oculta en busca de los amores perdidos, los deseos insatisfechos y las cosas innombrables. Algunos seres queridos, muy queridos, es posible que puedan campar por allí, ajenos a las prisas y a las tormentas, entretenidos en fabricar desde la nada pequeñas estrellas para que no se nos apague la noche a los que aún seguimos abajo.
A la luna y vuelta, eso es, un vertiginoso y expectante viaje para poder hablar con los sabios, con el amor transparente y puro, con la trascendencia al desnudo y los enigmas hechos trizas como por arte de una lunática magia, un viaje para sentir la caricia envolvente de lo esencial y escuchar el susurro cercano que te dice: "¡abre los ojos y contémplate a ti mismo!". Un viaje para volver a tiempos remotos y sentir de nuevo muy cerca lo que fue tuyo en otros tiempos y que se perdio en los entresijos de la jodida incomprensión.
Pero no conozco a nadie que haya llegado hasta allí, porque esos emisarios con escafandras montados en la grupa soberbia de los petrodólares fueron a otra luna: la pelota inútil y esteparia donde solo ondea una bandera y un puñado de basura con aspecto de broma futurista.
Ir a la luna es otra cosa, es el mérito agazapado de los parias que esperan con paciencia les sea reconocida su autenticidad, el de los que saben sufrir en silencio y morir un poco cada día sin rechistar, el de los que saben mirar a las estrellas intuyendo en la diversidad de sus pináculos de luz someros destellos de esperanza, el plateado destino de los que guardan aún el encanto de las emociones en el saco roto de la vida como único equipaje.
Hay que haberse derrumbado varias veces para poder optar a esa lista de embarque, y haber sido capaces de levantarse después sin que el barro y las heridas inquieten tus próximos pasos. Hay que saber que el agua fresca lo limpia todo y que nuestra presencia aquí es tan irrisoria como indescifrable es su porqué, y tragarse sin atragantarse toda la puta rabia que le sobra a tu corazón. Y hay que creer, en el amor, en uno mismo, en la belleza de las cosas que no lo parecen, en la inminente calma de un mar encrespado, y en ese Dios incomprensible que cada uno ha de fabricar a su manera.Pero sobretodo hay que brincar, como las cabras, a risas entre los saltos y a saltos entre las normas, pasándote por el forro del saco de las esencias a todos los que intenten joderte la emoción y viviendo a bocados cada uno de los asuntos cotidianos que se te ponen por delante.
Para llegar a la luna hay que estar hecho de lo mejor y lo peor, los méritos y los deméritos zarandeados y enfrentados como un puñado de locas moléculas en el interior de una burbuja y que, sin embargo, saben coexistir sin denostación alguna.
Ir a la luna es la utopía de los tristes, el sueño de los apasionados y la tontería de los tontos. Ahora yo sé que he llegado hasta allí y que he podido regresar. Los méritos de los que siempre han estado muy cerca lo han hecho posible.

lunes, 18 de octubre de 2010

La paciencia de las ostras cria perlas

Como somos tan conscientes de nuestro efímero tiempo, no sabemos esperar y, entonces, movidos por la inquietud, abortamos ese tipo de procesos que encierran la lenta formación de una ilusión. Los anhelos confrontan continuamente a los humanos con su propio devenir y las frustaciones fustigan una y otra vez a sus conciencias de seres imperfectos. Y muchas veces se abre la caja de Pandora porque ya no puede contener a tan inútiles deseos, a tan lunáticos e inmerecidos sueños sustentados sobre una base que no fue parida con nuestro propio carácter. Cuando eso sucede aparece el decaimiento del hombre en toda su dimensión, la dura constatación de un fracaso global que carece de cualquier resquicio por donde pueda colarse alguna esperanza. Cuando eso sucede, el ser involuciona hacia el trágico epicentro de sus propias entrañas y, como el avestruz, mete su cabeza y sus instintos en la nada.
Debiéramos de haber sido programados a base de milimétricos impulsos de tiempo y de emociones, encapsulando a estas últimas dentro de unos límites que impidieran alcanzar la exaltación. Pero, ¿qué sería entonces de nosotros? Desaparecería nuestra propia imbecilidad, la tontuna cotidiana que nos aprieta repentinamente las pelotas y nos hace llorar y reir a un tiempo. Le diríamos adiós a la impaciencia, a las pasiones, a los altercados y a las premeditadas alevosías de la noche anterior. Y dejaríamos de disfrutar montados en esa marcha que tanto nos va del dinero, del poder, o del ascenso a los montes de Venus de todas esas mujeres que ingenuamente creemos chorrean por sus entrepiernas porciones alícuotas de su condición.
Pero la paciencia de las ostras cría perlas y un día, ya tardío, nos damos cuenta de ello. La vida es un proceso, corto o largo, que goza en ambos casos de todas sus etapas. Si lo hubiésemos sabido, habríamos sabido también esperar, y nos habríamos evitado el embite de inesperados disgustos y la lacra de un buen puñado de arrugas.
De cualquier forma, no hay día más grande que aquel en el que abres esa ostra cuya perla ha estado toda una vida formándose para ti. Y aún más cuando se tiene la plena conciencia de haber aguantado cientos de vidas esperando el momento. Algunas veces sucede. Como el viejo mensaje en una botella que un día se pone a tu alcance en la soberbia soledad de una playa que carece de horizontes y, cuando lo lees, resulta que ha sido escrito para tí y viene al rescate de tu propio naufragio, origen y destino confundidos durante un montón de años en la caverna translúcida de un cristal que te ha permitido ver, pero no te dejado salir. Es entonces cuando alzas la vista al cielo y, soltando una sonora carcajada, tomas por primera vez conciencia de que existes.
Lo importante no es que las cosas trascendentes sucedan pronto o tarde, si no que lleguen a suceder.
A todos los que aún no han perdido la esperanza.

lunes, 9 de agosto de 2010

Sin rémoras

- Mira, necesito...sí, necesito hablar contigo. Tengo muchas cosas claras y tengo también un buen lío en mi cabeza.
- Ya. Los líos se deshacen pronto. Solo hay que preguntarle a las emociones. Ellas los deshacen enseguida.
- ¿Enseguida? ¿Así es como tú entiendes las cosas?
- Así es como me ha enseñado la vida y los traspiés, y así es como lo hace mi maestro.
- Siempre estás hablando de tu maestro. Estoy loca por conocerlo. Debe ser como una bola de cristal con barba blanca y bien recortada.
- Sí, es más o menos así, pero también es un proscrito que te roba el alma y la voluntad cuando a él le place. Y esto último es lo que más me fascina de él.
- ¡Vaya hombre...o lo que sea! Pero estamos desviándonos. Quiero que me mires fijamente a los ojos y me hables. Necesito que me hables, escucharte, saber que es lo que te inquieta, saber por qué has dado este paso. Saber por qué me has soliviantado cuando menos lo esperaba, cuando no sabía nada de tí, cuando pensaba que los hombres eran como un páramo de árboles caídos que esconden sobre la tierra sus vergüenzas. Saber por qué has logrado desestructurarme los sentimientos y tambalear mi condición de mujer aferrada a unas circunstancias y un orgullo. No soy capaz de averiguar si escondes un bien o un mal bajo tu sonrisa y esa mirada cargada de deseos. No pensaba que debería enfrentarme a este momento...y, en cambio, lo deseaba, había soñado con él un número incontable de madrugadas. Y ahora, ¡ja! llegas y no sé qué hacer contigo.
- Es muy fácil. Solo tienes que hacer una de dos cosas: dejar que te cuente y sucumbir, o dejar que me marche sin escuchar siquiera un adiós.
- ¿Crees que es fácil elegir? ¿Ahora que me has inundado de horizontes al alcance de la mano? ¿Ahora que has logrado descifrar los trasfondos de mi vida y acertar con precisión los colores insondables de mis ojos? Nadie ha sabido hacerlo nunca y tú me has biseccionado como a una libélula en una noche de radiante luna. Pero yo no soy capaz de saber lo que te hurga por dentro y por eso necesito palabras y señales, esas luces diferentes que encienden tantas cosas apagadas durante casi toda una vida. Así que cuéntame que llevas dentro y por qué has elegido a una pagana entre tantas diosas.
- Yo no te he elegido. Hubiese querido pasar de largo y conformarme con un instante de perfume y un lejano deseo inconcreto. Hubiese sido la forma de que el corazón se mantuviese indemne y la vida vacía, como siempre. Pero no. Al presentirte, al tenerte muy cerca y traspasar con indecente violencia ese mar amarillo de tus ojos ribeteados de un verde imposible, he proclamado a todos los vientos del mundo: ¡¡Fuera rémoras!! Y todos los obstáculos, los temores, los recuerdos, las nostalgias, y las sombras, se han echado para un lado. Y no necesito hablarte, ni contarte cuentos de dulces hadas y enamorados príncipes. Solo tienes que mirarme y observar en qué me he convertido. ¿No ves que ya no soy yo? ¿No ves que soy ya una parte de tí? ¿Acaso sabíamos el uno del otro? Pero el Universo ha logrado expulsarnos de nuestras respectivas órbitas y conducirnos, en sentidos contrapuestos, hacia una inminente e inevitable colisión cuando supo que las fuerzas adecuadas del uno y del otro eran las estrictamente necesarias.
Es el nacimiento de esa precisa energía que los humanos llamamos amor, el carro de fuego que pasa, como el cometa Halley, cada tropecientos años por delante de tu puerta ofreciéndote un instante de futuro y trascendencia, la razón de ser esencial de todas las cosas, la vida justificada, el sentido de la vida, la inmortalidad plena mientras dure esa inabarcable percepción. Lo siento. Siento haberte robado esa parte que fue siempre tuya, pero ahora soy algo más de mi mismo, el hombre sin amor que, sin embargo, ha logrado el milagro de transgredirlo.
- Vamos, dame tu mano y caminemos hacia aquel árbol. Y no hables, no digas nada, solo apriétame de vez en cuando la mano para que sepa que sigues ahí. ¿Sabes? Ese árbol lo planté yo misma hace mucho tiempo y ahora, agradecido, nos va a dar la sombra y el cobijo con el que siempre soñé.
- Vamos.

viernes, 30 de julio de 2010

Ruído de latidos

Sin cadencia, apresurados y amontonados uno tras otro, se escuchan los latidos de un nuevo y diminuto corazón. Es la vida emergente que quiere abrirse paso en la vorágine de otras vidas, el sonido incipiente de una nueva melodía que hará llorar y reir cuando el obligado alimento de las emociones irrumpa una y otra vez en ese mundo hostil que, al principio, todos queremos dulcificar abriendo un telón con decorado de paraíso. Y late para él y para otros, los que lo escuchan de cerca, aquellos que se estremecen con el estruendo de una vida que apenas tiene forma y que ya hace llorar. Aquellos que se imaginan mundos de seda y de rosas, de cabriolas y caprichos, de pequeñas carcajadas y repentinos enojos. Aquellos que se verán reflejados en el iris de sus ojos y querrán hacer suyos casi todos los matices de la genealogía. Y ya sabemos que late con un toque femenino y, por tanto, poderoso, dejando entrever en la música los ecos de un matriarcado de oficio, como habría de haberles correspondido a todas las mujeres del mundo si la Historia hubiese tenido en cuenta las igualdades y hubiese dispuesto la eliminación de los necios.
Y late con murmullo de olas y un cierto tacto de espuma, sedoso corazón que se va aferrando a sus propios componentes, los de la coquetería y el pudor, la pasión disimulada y el deseo, la zalamería, el feliz diseño de curvas, colinas y hendiduras sobre una piel granulada y prohibida para casi toda la humanidad y, sobretodo, con una femineidad sin límites como arma consustancial a la conquista. Así son ellas, así es ya ella.
El mundo se aparta y prepara un diminuto regazo para recibirla, entre miradas y sonrisas, emociones contenidas y deseos de triunfo. La vida descomplicada, desatada y deseada durante un tiempo que pareció una eternidad, un soplo de energía en los aviejados desalientos y una nueva razón de ser para seguir adelante. En Diciembre, en esos días candorosos de dulces y de lumbres, nos hará a todos un poco más felices. Su llegada será como la irrupción del amor, algo sublime e inesperado que nadie ha podido jamás explicar con palabras.
Cuando alguien desea algo fervientemente, Dios, el Universo, y todos los Oráculos del mundo se confabulan para que eso llegue a suceder.
A May.

martes, 22 de junio de 2010

La poética de la insatisfacción.

Reconciliarse con el mundo, sí, eso es. Después de tantos años, las nieblas estériles se disipan y allá, a lo lejos, se ve uno a sí mismo. Es una lejanía de encadenadas cercanías que fueron pasando desapercibidas en su mayor parte. Me pregunto si no debiéramos descontarnos los años de aquellas etapas que no se han vivido. Si ello se nos permitiese, algunos volveríamos a ser niños. ¿Y para qué? Nadie quiere volver a la niñez, ese escenario de las risas y los llantos confundidos, de los juguetes amontonados y maltrechos víctimas de la codicia y del aburrimiento, el mundo de los sustos y de la insatisfacción. ¡Qué lejos queda ya todo eso!
Algunas noches, el laberinto de los sueños nos tortura con su incomprensible máquina del tiempo y nos vuelve a sentar en la escupidera. Cuando eso sucede nos despertamos sudorosos y estremecidos por un salto que la conciencia rechaza enseguida porque va contracorriente del paso testarudo de la vida. Un paso tan corto como pesado donde tan solo el sentimiento exige infinitud, ausencia de límites, la vida concebida como algo inacabable. Y al abrir de vez en cuando los ojos solo vemos el hiriente estigma de una confrontación: escenario e individuo, el cuerpo y el alma. ¿Cómo definir donde empieza el uno y acaba lo otro? Mientras tanto, vamos haciendo enemigos invisibles a uno y otro lado del camino, al tiempo que los optimistas, los clérigos y la consanguíneidad encienden antorchas a nuestro paso. Son en muchos casos las guías aparentes e inservibles de la vida porque nada alumbra más que el fuego propio. Y no es esa una llama que tienda a apagarse con los años como algunos nos han dicho.
Siempre supe que había comenzado de verdad a envejecer cuando me di cuenta de que en el fondo del saco se acurrucaba una última esperanza. Una esperanza incierta, sin forma ni historia, tal vez esa exigüa orden de mérito con que se nos premia al final de todos los trayectos para evitar la obligada asepsia de la autodestrucción. Se trata de la esperanza incompartible de cada uno, el legado de un millón de vidas anteriores, soñadas, deseadas o vividas, el poso amargo que ha ido quedando como único testigo del trasiego continuo de las vivencias y de las ideas. Debe ser ahí mismo donde se guarda el secreto, la respuesta a tantas preguntas, la verdadera materia de la que estamos hechos, y el destino de cada cual. Y a eso le llamamos esperanza, la última esperanza, un soplo de aire viejo que debemos mantener y conservar. Ella es la que, después de un largo tramo recorrido, deberá proveernos de las armas esenciales para luchar contra la insatisfacción, aquel estado que conocimos cuando niños y que ya nunca supo o quiso abandonarnos. Y ella es también la que llama ahora, tal vez tardíamente, a la reconciliación.
Reconciliarse con el mundo es una tarea que no por global resulta más dificultosa, pero reconciliarse con uno mismo es un penoso trabajo identitario que nos avisa de que estamos claudicando. Esta nuestra es una guerra que se disputa al revés. La gran batalla final es el principio, los primeros despuntes de la verdad, de esa única y gran verdad que cuando venimos a descubrirla en el último y sonoro estruendo de la batalla, resulta que ya estamos muertos.
Hay, no obstante, en toda esa hecatombe de la incomprensión, un cierto murmullo melodioso que nos transmite verdadera paz con cada punzada, con cada recuento de lo que no fuimos capaces de alcanzar o conseguir, con cada una de esas pérdidas que nos dejaron al desnudo el frío puñal de la soledad, con cada uno de los segundos siguientes al estado consciente y pleno del desánimo. Es algo así como una especie de poética de la insatisfacción, las migajas de pan que se escaparon desde la mesa de un Dios que andaba distraído en otras cosas.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ahora

Ahora, a la una y cuarenta y cuatro de la madrugada, suena en la radio Jehtro Tull. Mi perro duerme como un perro viejo, junto a mi cama, a todo lo largo de su mantica. La mesa es un marasmo de pequeños desórdenes: cables por todas partes, libros, papeles en blanco y papeles escritos, periódicos de hace semanas, las dos cámaras de fotos, pilas gastadas, el trapo de limpiar las gafas, los libros que he escrito yo y los que han escrito gente que no conozco, polvo por aquí y por allá, una navaja de Victorinox y no sé cuantas cosas inservibles más. Esta noche no se ve la luna en la ventana, pero seguro que está siendo observada por otros muchos. He llegado jodido a casa sin ninguna razón que lo justifique, porque nada ha cambiado. Por eso he llegado jodido a casa. Durante esos primeros instantes he tenido que luchar con aviejado sacrificio y la cansina entereza de otras veces contra ese nauseabundo desaliento. Después, me he metido en la cocina, ese pequeño espacio que aleja el aburrimiento y despereza la conciencia. El chocolate, como casi siempre, ha puesto dulce final al refrigerio. Durante media hora he estado hurgando en el portátil en uno de esos escaparates de mujeres en busca del que les dé brillo y esplendor. ¡Cuán petardas son la mayoría! Y que me perdonen las pocas que no lo son. Hace rato que me he pasado a la vera de la madre, la del portátil digo, para ver las fotos que, a falta de una buena Cuccinotta, les he soplado al edificio Carrida que, con la luz sesgada de la tarde, se mostraba de un azul lascivo que encendía. Como siempre, dos o tres tomas adecuadas entre un ciento. Ayer no fué un mal día: fotos a un chalet de imposible venta, un arroz a mediodía con rape y gambas cuyos granos robaban de vez en cuando los gorriones, regado hasta verle el culo a la botella de Paco y Lola, un albariño sabroso de nuevo cuño. Y risas, conversación intrascendente, es decir, buena conversación, continuada con la ayuda de un buen vodka y un café con Tía María junto a la piscina de verdísimas aguas del club de golf Playa Macenas y la ruidosa melodía shakesperiana de cuarenta ingleses borrachos a nuestro alrededor. Quería escribir esta noche sobre algo trascendente, o sea, sobre la ruda belleza de una katana o acerca de la vida de un mosquito que lleva clavado en el techo desde que he llegado, pero no ha sido posible. La falta de inspiración y de estímulos para llevar hasta la pantalla algún texto con sentido, comienza a ser preocupante. Así que ahora, a las dos y treinta y tres, tal vez sea más provechoso hacer lo que hace el perro y soñar solidariamente con él. ¡Qué jodida linealidad sobresaltada por fastuosas pesadillas que nunca sé ni quiero interpretar! ¡Cuánto envidio a los que duermen plácidamente! ¿Será porque la tienen muy chica, la conciencia digo? Pet Shop Boys están cerrando el concierto radiofónico y hoy mi madre nos ha mandado a la mierda tantas veces como ha abierto la boca, pero ya estamos acostumbrados y ojalá que el entrenamiento dé para muchos años. Y ahí sigo, tambaleante, pero en pié todavía, rodeado de cosas inservibles, desordenándome a mí mismo en cada instante, persiguiendo luces utópicas y apagando cada noche las que andan al alcance de la mano. Pero en pié, al fin y al cabo. Y eso es lo trascendente, la convenida trampa para seguir adelante. Así que corto, cierro, meo y hasta mañana si Dios, como siempre, quiere.

sábado, 1 de mayo de 2010

Chac-mool el intermediario.

"Españoles, el Estado ha dejado de existir. Reconstruyámoslo". Lo dijo Ortega y Gasset en el justo y oportuno momento del propio deceso. Varias décadas después -quién lo diría- vuelve a repetirse la historia a pesar de las wii, los gps, las monedas comunitarias y los spas de agua de vino y rosas. Y es que la corteza de las cosas humanas ha cambiado el maquillaje, pero no ha podido con el interior.
La otra noche, trasnochando junto al teclado y el transistor, escuchaba a los Beatles su Eleanor Rigby y, envuelto en esa magia suave y trascendente de la música, me abducí a mí mismo hasta el principio de la década de los setenta. Una vez allí, intenté hacer un balance comparativo, como las dos fotos de una misma cara que se ponen juntas para atestiguar el drama del paso implacable del tiempo. Sí, ahora soy 40 años más viejo -más evolucionado que diría benévolamente Mr.Darwin-, debo ser también algo más experto y algo menos vehemente, pero sigo con las mismas obsesiones, no acaban de cumplirse los sueños esenciales, y encima he perdido muchas cosas y algunos seres queridos por el camino. La vida tiene poco de recolecta y un mucho de naufragio, pero Ortega y Gasset con su frase, nos invita, como al Estado, a la reconstrucción. Y en eso ando, a trompicones por el mal estado del camino y la permanente amenaza de inciertas tormentas sobre la línea del horizonte.
Esta noche ha hablado Mario Conde de su celebérrima caída, sin pelos en la lengua ni los necesarios adornos dialécticos de otros tiempos. Luis María Ansón, invitado especial a la tertulia, ha sido el convidado de carne y hueso que ha refrendado una gran parte del testimonio. Nunca fuí un admirador, ni del uno ni del otro. Pero el tiempo pone a todos en su sitio. Acojona la entereza y la humildad de Mario Conde, forjada como el acero a base de buenos golpes. Fue el enemigo de muchos, y tal vez lo siga siendo también ahora, pero la evidencia es la que es y a esa grandeza hay que rendirse por mucho que no nos gusten los terratenientes y los untados con gomina hasta las cejas. Es más, pienso que es la persona más lúcida, coherente e inteligente de toda la raza hispánica actual. Y jode, sí, decirlo de alguién que ha sido vilipendiado y encerrado durante varios años entre barrotes y asesinos. Esta noche ha hablado sin tapujos, sin acritud y sin recelos, como corresponde a quién acabo de definir, como corresponde a quién ha aprendido escrupulosamente unas lecciones que quizá no necesitaba ni merecía. Mario Conde no acusa, se limita a analizar y a narrar los hechos con precisión milimétrica de fechas, horas y personajes, y finalmente sonríe para ocultar su llanto interior. Los contertulios le tientan una y otra vez con lo de la conspiración política y él vuelve de nuevo a sonreir. No necesita hacer proclamas porque sabe que es poseedor de la verdad de los hechos y a eso se remite. En el camino, él también ha perdido muchas cosas, las que todos, más o menos, venimos a perder, pero el norte lo llevó siempre en el bolsillo, esa guía que ahora asoma alevosamente con cada uno de sus juicios. ¿Habríamos de pasar todos alguna vez por algún carcelario purgatorio para crecer como hombres, sabedores de nuestras culpas? Esta noche ha sido capaz de retratar la situación social y política de la España del 93 y compararla con la del 2010, la sobrevenida tras las dos legislaturas de los gobiernos socialista y pepeísta. Y se repite la historia del 93 con el agravante de que estamos peor en todos los campos. Así que si Ortega levantase la cabeza volvería a pronunciar su visionaria y triste frase.
¿A quién podemos echar mano? El otro día leyendo la historia de los mayas lo descubrí: a Chac-mool, el intermediario entre los dioses y los hombres, un alienígena mitad hombre y mitad dios que ponía paz entre ambos mundos porque los dioses y los hombres jamás se han entendido. Pero claro, ahora, los Chac-mool del siglo XXI, los que habrían de ponernos como aquellos otros en sintonía con la divinidad, han transmutado su papel, y la línea de comunicación hombre-dios se ha perdido indefectiblemente. ¡Ay, aquellos intermediarios de los mayas! ¡Ay si pudiéramos darle la vuelta a la piel de la Historia! Podríamos comunicarnos con los dioses y contarles nuestras cuitas, y escuchar emocionados su consejo, y seguir con razonable pasión el camino trazado por ellos, y preguntarles si debemos matar al mensajero o sentarlo a nuestra mesa. Pero no. Los Chac-mool de los mayas han desaparecido y nuestra españoleta sociedad anda perdida, sin guía, sin consenso y con muchos resentimientos.
El Estado ha dejado de existir porque los intermediarios entre los dioses y los hombres hace mucho tiempo que abandonaron la mitad de su condición. Mientras tanto, los modernos usurpadores de tan dignísima y ancestral tarea, andan al acecho pertrechados de todo tipo de infamias. Se mueven y remueven en las altísimas esferas del poder, reptan por todos los resquicios del dinero, se disfrazan de pontífices sectarios cuyas consignas religiosas garantizan la salvación del alma y vociferan desde sus refulgentes estrados teorías en las que nunca creyeron.
¡Pobre del que no sea capaz de fabricarse su propio Chac-mool, aunque esté hecho de esas mismas imperfecciones que todos llevamos dentro. ¿Cómo si no creéis que Mario Conde fué capaz de rescatarse de toda esa podredumbre que varias docenas de satanases prepararon con esmero y sutileza para él?

miércoles, 21 de abril de 2010

Privilegios inesperados.


El fotógrafo Robert Hupka solicitó ser encerrado junto a La Piedad de Miguel Angel durante toda una noche para poder fotografiarla desde todas las perspectivas posibles. Contra pronóstico, y muy extrañamente, accedieron a su petición. Realizó todas las fotos en blanco y negro buscando sin duda no soliviantar el claroscuro de la sala que albergaba tan extraordinaria obra. A lo largo de la noche se encaramó en diversos andamios, se contorneó una y otra vez bajo la escultura buscando el ángulo perfecto, reptó como las culebras junto a los pies de los personajes, sintió miedo y escalofríos, se abrazó por momentos a ellos buscando calor y sosiego y permaneció durante muchos minutos absorto en los volúmenes y las texturas de tan imposible grandeza escultórica. Él, como tantos otros, se preguntó una y otra vez el porqué de haber esculpido el rostro de la Virgen tan joven como el del Hijo yaciente en sus brazos. Miguel Angel ya lo explicó al decir que cuando alguién está enamorado de Dios jamás envejece. Hupka llegó a confesar que después de su experiencia ya no volvió a ser el mismo. ¿Qué le rondó en la cabeza? ¿Fué tal vez elegido para escuchar, entre toma y toma, algún inesperado susurro de revelación en el oído? ¿O alcanzó a sentirse tocado por la conciencia de una profanación que llegó a estremecer la merecida quietud de unas figuras marmóreas dormidas hasta entonces?
Los verdaderos privilegios se presentan así, sin avisar, pero su viejo deseo de multiplicar los puntos de mira y los mil y un detalles de una obra inconmensurable, se alienó con el Universo haciendo posible el encuentro de un hombre con la "belleza inaccesible". Viviría después toda su vida recordando aquella noche en la que fue capaz de escapar de lo cotidiano, de los rudimentos de un pensamiento que esa misma noche le permitieron hacer un guiño a los propios resortes de la mortalidad.
Esta mañana he contemplado la experiencia fotográfica de Hupka con razonable emoción. Tal vez por eso, a media tarde, he recibido una buena noticia.