jueves, 30 de abril de 2009

¡Válgame Dios!


- Amigo, ¿sabe usted lo que pasó con aquella negra?
- ¿La que servía en la casa del fabricante de perfumes?
- No, esa no. La que confundió los orines del burro con el mejor vino del palacio y se lo dio a beber a Cleopatra.
- ¡Reostias! Después de tantos años lo había echado en el olvido.
- ¡Claro! ¿Y lo del pozo y el péndulo?
- Pero, ¿qué tiene que ver eso con la negra? ¡Ah, ya! lo dice por la negrura de Poe...
-¿Cómo?
- ¿No recuerda lo que dicen los alquimistas venecianos?
- ¡Bah! ¿Esos putos ladrones de inventos?
- Sí, esos mismos...que todo está relacionado en una parte o en el todo de todas las partes.
- ¿Y por eso le ha venido Poe a la cabeza?
- Por eso y por lo del pozo. En cambio no creo que debamos hablar de péndulo alguno.
- ¡Ya! A veces olvido que hay cosas innombrables.
- ¿Usted es un innombrable?
- ¡Claro! yo también. Por eso no debemos hablar de nosotros mismos. Solo debemos tener conciencia, pero una conciencia carente de afectación alguna.
- Pero usted siempre fue alguien infectado de afectaciones y sentimientos.
- ¡Calle! ¡Calle inmediatamente! Resulta peligroso traer a colación esas miserias.
- ¿De qué tiene miedo?
- De la ausencia de miedo y de eso mismo, del terrible recordatorio de las debilidades.
- ¿Acaso no fué aquella negra otra debilidad?
- ¡Ja! Tomaba todas las mañanas un baño de brea con miel y luego se paseaba desnuda por el jardín hablándole a los pájaros y aleteando con los brazos. Su coño fue el más hermoso de ese siglo. El soldado aquel medio hermafrodita la confundió un dia con una fiera salvaje y salió despavorido dando gritos calle abajo.
- ¿Está permitido reirse?
- Por esta vez sí.
- Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja ja...
- ¡Ya basta! Debemos ser respetuosos con esa negra.
- ¡Claro! Con la negra y con Cleopatra y con Napoleón, y con Poe, y hasta con Vasily el fabricante de perfumes.
- ¡No! ¡Con ese infame no! Yo mismo le cortaría la cabeza después de hacerle tragar sus venenos como hizo él con todas las mujeres que le rechazaron.
- Dicen que se reencarnó después en Versace...
- ¿Quién, el fabricante de perfumes? No. Fue un hijo de Marco Bruto para intentar redimir el justísimo crimen de su padre.
- ¿Y por eso Versace murió de esa forma?
- Murió muriéndose y punto. No debes ir más allá de los idus de Marzo. La gran tragedia del hombre ha sido siempre querer llegar más allá. Nunca hemos comprendido lo suficientemente lejos que siempre hemos estado.
- ¿Cómo cuánto de lejos?
- ¡Qúe preguntas más estúpidas! Pitágoras respondería que una cuadratura circular del arco imaginario de la bóveda celeste, pero me dan ganas de contestarle como lo hizo aquella mujer de los Filabres cuando respondió que a su cornudo marido le habían tocado en la lotería 200.000 reales y el doble más.
- Bueno, le preguntaré a Leonardo da Vinci.
- Eso, eso, vaya y pregúntele a él y de paso que le cuente también lo que es la incertidumbre. Le liará un pañuelo a la cabeza tapándole los ojos y le hará dar varias vueltas sobre sí mismo. Después le dirá que se vaya a su casa o a donde le salga de las esencias inútiles. Y usted le dirá: "Pero Leonardo, si no puedo ver y además estoy desorientado". Y él le responderá: "Pues eso mismo es la incertidumbre". Y si no corre lo suficiente le arrojará a las pestosas aguas del Arno.
- ¿Por uno de sus puentes?
- No. Por idiota.
- ¿Me está tomando por tonto?
- Yo no. Él.
- ¿Quién? ¿Leonardo?
- No. Leonardo no se detendría en esas disquisiciones tan evidentes. Me refiero a Casto Wilson de Balboa.
- ¿El navegante?
- No. El que mató a Jhon Fitgerald Kennedy y luego se refugió en un pueblo blanco gaditano. Fue durante muchos años el único negro en un pueblo blanco.
- ¿Y no le preocupó tanta sobresalencia de color?
- Pues claro. Por eso le ocurrió lo que al comendador. Fue ajusticiado una luminosa mañana por una multitud al ser la única mancha oscura en todo el pueblo.
- Es que yo me hubiese refugiado en un pueblo de negros.
- Pero eso hubiese resultado demasiado elemental para un tipo que mató nada menos que a Kennedy.
- Creo que tiene razón.
- ¡No! ¡De creo nada. Yo siempre tengo razón.
- Habla usted como un Dios. ¿Acaso es uno de ellos?
- ¿Qué me impide serlo?
- Tal vez su aspecto. Su aspecto le delata a pesar de esas riquísimas telas que lleva encima. ¿Quién es usted? ¿Quién es usted realmente?
- Si se lo digo se volverá completamente loco.
- No le temo a la locura, solo al regreso.
- Pues dispóngase a viajar. Yo soy usted antes de que llegara hasta aquí, y aunque nunca he sido nada, yo soy el que siempre ha sido.
- ¡Válgame Dios!
- ¿Por qué válgame Dios?
- Por haberle preguntado. Debería haber estado en silencio como hice en el juicio contra el nazareno y más tarde con el de Giordano Bruno y Saddam Hussein. Al italiano le condenaron a la hoguera por decir que los intelectuales no debieran tener patria. Y yo guardé silencio. Ahora me siento un correligionario de todos ellos, una dicotómica situación que arrastro desde que las primeras luces comenzaron a iluminar los fragmentos absurdos de esta vida mía. O tal vez los de la suya, que ya no sé bien...
- ¡Válgame Dios!

domingo, 26 de abril de 2009

Juan Sin Tierra y el librero, un cuento robado a la realidad.




De los dos ejemplares que le quedaban eligió el que no tuviese seña alguna de haber sido manoseado. Pasó de nuevo las páginas y se detuvo leyendo algunos párrafos buscando en ellos esa manida acreditación de la que tantas veces había dudado. Esta vez todo parecía estar en orden, hacía ya algún tiempo que su insidiosa vanidad le dejaba ver las cosas como mandaban los cánones, esos absurdos parámetros diseñados a menudo por los menos indicados. Confió en ello, cerró el libro y salió de la casa cargando a cuestas con el trabajo irrepetible de tres años y el peso ligero de las escasas ilusiones que aún era capaz de mantener en la reserva.
Por el camino fué pensando en la personalidad del librero y, sobretodo, en ese cambio de rumbo repentino que le llevó a dejar de ser un político afamado para convertirse en coleccionista de libros, en esa especie de juez de autores en que se transforma un editor. Sabía que el librero también había escrito algunos libros y precisamente la razón de su presencia en aquel centro educativo era la presentación del último de ellos. ¡Una ocasión propicia y providencial! se iba repitiendo una y otra vez por el camino intuyendo que aquel posible encuentro había surgido del cajón de los milagros olvidados en los que nunca dejó de creer.
A las diez en punto de la mañana los profesores y alumnos del centro comenzaron a llenar el salón de actos. En la mesa presidencial se sostenían varios ejemplares del libro objeto de la presentación y algunas flores colocadas sin mucho orden. El librero, con una inequívoca mueca de tensión en el rostro, ocupó su lugar en el centro de la mesa flanqueado por la directora del centro y la profesora de literatura. Tras la breve presentación, el juez de autores tomó la palabra. En primer lugar expuso una breve reseña de su biografía haciendo alardes del supuesto "asco" que en su día sintió al ocupar una posición política de privilegio, cosa que a Juan Sin Tierra le produjo un silencioso descojono al recordar que esa confesada incomodidad fue la causante de la obtención posterior de una pensión vitalicia bastante más alta que el sueldo de muchos ejecutivos. Después, alejado ya de las tensiones y con claro gesto de satisfacción, comenzó a hablar del libro. Se trataba de un tocho de más de quinientas páginas que Juan Sin Tierra miraba con ingobernable envidia desde la segunda fila de asientos. No pudo entonces evitar deslizar los dedos por el suyo que se conformaba con tan solo la mitad de las páginas. El librero fue subiendo descuidadamente el tono emocional al describir la historia narrada en la obra hasta llegar a decir, absorbido por esa espiral narcisista e iconoclástica que envuelve a los reverenciados, que la trama daría para más de una superproducción cinematográfica. Llegado a este punto, Juan Sin Tierra sintió los primeros síntomas de terror. Pero al poco, cuando el librero comenzó a exponer la labor humanitaria, de prospección de nuevos autores, y tan altruistamente entroncada con la cultura que llevan a cabo los editores como él, aparcó definitivamente los terrores infundados. Fué el momento álgido del discurso, el momento también en el que Juan Sin Tierra se vio señalado por el milagro que pretendía y que tan proverbialmente los había conducido a él y al librero hasta allí.
Cuando se abrió el ciclo de preguntas los alumnos iniciaron la sesión con todas las que llevaban anotadas en sus libretas. El editor las iba contestando con manifiesta suficiencia, sin titubeos, con el poder de la verdad y las circunstancias de su lado, henchido como los dioses, acicalado del conveniente narcisismo ganado a las ovaciones y el beneplácito e intentando vocear perifrásticamente a toda la sala que del nombre del autor que aparecía en la parte de arriba de la portada del libro él estaba profundamente enamorado.
La última pregunta se la hizo Juan Sin Tierra mientras le sudaban las manos que las había apartado del libro para no mancharlo con el sello del nerviosismo. Creyó que estaba obligado a hacerlo, por cortesía, y porque ésta sería la manera anónima de darse a conocer ante la inminente presentacion que ya estaba programada por el "influyente" de turno. La pregunta obligaba al autor-editor a definir en una sola frase el mensaje que encerraba su libro. "La vida es un camino..." es lo primero que atinó a contestar y luego se perdió con algunos balbuceos sobre lo mismo. Tras esto se levantó la sesión. Los alumnos fueron saliendo de la sala entre el rotundo murmullo que saben poner en el aire cuando finalizan las clases y los protocolos, y el librero fue rodeado por un puñado de profesores a los que les firmaba algunos libros en medio de los agasajos y las palmaditas en la espalda. Juan Sin Tierra aparcó su fusil, cogió su libro, se acercó un poco más a la mesa y esperó pacientemente su momento. Recordó aquello de que cuando alguien desea algo fervientemente todas las fuerzas del Universo se confabulan para que eso suceda, y entonces contempló al Universo entero dentro de aquella sala en un momento que pensó se había creado exclusivamente para él.
El arduo trabajo de tres años, las muchas noches de insomnio, los callejones sin salida cada 40 o 50 páginas, el trabajo impagable de investigación, los múltiples borradores, los momentos de desesperación, la traumática falta de ideas, las reflexiones, el encaje de bolillos, el hilo conductor del argumento, las confesiones inconfesables, la tremenda soledad del escritor, los tributos a pagar después, las recriminaciones familiares, la inacabable corrección ortográfica, la valentía puesta en juego por quien carece de esa condición, el descubrimiento inquietante de uno mismo, el mensaje final, y la sensación, en definitiva, de ser parido por unos padres desconocidos en un medio hostil, se iban a ver finalmente recompensados con aquel encuentro que una inesperada e inmerecida señal del cielo había puesto en el camino desolado de un hombre que acertaba a llamarse Juan Sin Tierra. El "influyente" se acercó al librero en un momento de desahogo y enseguida le hizo un gesto a Juan Sin Tierra para que se acercase. Los presentó y se perdió en medio de uno de los corrillos. El aspirante, portando su libro entre las manos y medio atenazado aún por la emoción y el nerviosismo, comenzó a hablar.
- Sr. librero, mire, su presencia aquí hoy es para mi como un milagro. Le explico: en primer lugar por la oportunidad extraordinaria de conocerle personalmente, y en segundo lugar por que hace unos dos meses envié a su editorial un ejemplar de mi libro del que he traído otro para usted. Quiero que sepa que es la primera y única editorial a la que ha sido enviado hasta el momento por ser primeramente una editorial de la Región, porque he analizado en profundidad todo su catálogo y porque conozco la atención que le dedica a autores noveles y a temas directamente entroncados de alguna forma con la cultura andaluza.
El librero había ido cambiando ostensiblemente la expresión del rostro conforme avanzaba Juan Sin Tierra en su discurso. El gesto de amabilidad, satisfacción y felicidad de toda la charla anterior habían desaparecido dejando paso a una mueca de confusión, molestia y desagrado. Este cambio no le había pasado desapercibido a Juan Sin Tierra que esperaba con cierta ansiedad la respuesta.
- ¿Es una novela histórica? -preguntó el librero con severidad deseando que fuese afirmativa la respuesta. Juan Sin Tierra le ofreció el libro y el editor lo tomó en sus manos como si fuera una mortaja.
- ¡No! No es una novela histórica. Es una obra de introspección en el pensamiento humano que a partir de una experiencia real mezcla el ensayo con el mundo del Arte y de la Historia en un contexto general autobiográfico-. Respondió Juan Sin Tierra con toda la calma de la que aún era capaz.
- Ya. Pero yo veo aquí un componente histórico muy importante- añadió dejando pasar muy rapidamente las páginas a través de su dedo pulgar- y no, no vamos a editar ninguna novela histórica- concluyó devolviéndole el libro a su autor.
- Perdone, pero no es en absoluto una novela histórica, comenzando porque narra una historia real y además ésta sucede en el pasado año de 2005...
- No, no...ya le digo que en estos momentos no vamos a editar nada que tenga que ver con la novela histórica - interrumpió con patente desagrado el librero que parecía comenzar a sentirse axfisiado con el encuentro. Juan SinTierra echó mano de la soga de los ahogados en un último intento de al menos conseguir razones para intentar escapar de la locura del instante.
- Bueno, no le voy a molestar más. Como he traído este libro para usted me gustaría que cuando pueda le eche un vistazo y así comprobará mejor de qué trata. La ilusión más grande de mi vida sería verlo editado y...
El librero no dejó acabar la frase.
- ¡No! ¡No le voy a echar ningún vistazo! Así que quedéselo usted. Pruebe con la Diputación Provincial que está editando algunas obras o también con...
Juan Sin Tierra tampoco le dejó acabar la frase.
- ¡No! No se preocupe. Ya conozco a los que editan libros por aquí. Perdone las molestias y encantado de conocerle.
El librero no contestó, chocó su mano con la del aspirante y pareció respirar de nuevo. Juan Sin Tierra salio en silencio con su libro bajo el brazo, fue acelerando el paso y, sin mirar atrás, llegó hasta el coche. De vuelta a casa miró hacia el libro y entonces comprendió que aquel parto, como muchos hijos, le daría muchos disgustos y una sola satisfacción. En este caso, la de haber tenido los sufridos y santísimos cojones de haber sido capaz de parirlo. Luego pensó en el librero y se sintió satisfecho por haber llegado a conocerle en toda su inmensidad. Después recordó aquello de Groucho Marx: "Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota". Lo de la educación ya es harina de otro costal.
Nota del narrador: El librero obedece a la identidad de Manuel Pimentel Siles, ex Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y actual Presidente de la editorial Almuzara de Córdoba. Se ha considerado más oportuno referirse a él como librero -el que vende libros- en la narración porque esa era su intención principal en el acto en cuestión. El libro que presentaba se titula El arquitecto de Tombuctú, una obra de 509 páginas referenciada en el lomo expresamente como novela histórica. La presentación mencionada se llevó a cabo en el Instituto de Educación Secundaria Abdera de Adra(Almería) un día cualquiera de pasado mes de Febrero de 2009. Juan Sin Tierra fue presentado al editor por una de las profesoras y secretaria del Centro educativo. La conversación llevada a cabo entre ambos obedece fiel y exactamente, palabra por palabra, a lo expresado arriba. Juan Sin Tierra es un escritor- como su apellido- aún también sin credenciales. Su libro sigue sin ser editado pero él espera pacientemente a que un día, como ya ha vaticinado Eduardo Galeano y algún otro, el mundo pueda estar patas arriba para que él y otros muchos vean sus trabajos editados o al menos reconocidos. Mientras tanto las gentes como Pimentel seguirán siendo inmensamente felices a excepción de esos momentos en que un libro se confunde con un cinturón de explosivos amarrado a la cintura. ¡Que Dios nos asista y Alá nos guíe!

miércoles, 22 de abril de 2009

Colectivos, grupos y grupúsculos.



El marxismo genealógico que encontró el final de su cadena ribonucleica cuando se topó con los genes de Groucho Marx y que éste refrendó con aquella frase: "Nunca perteneceré a ningún club que esté dispuesto a admitirme como socio" merece un llanto o al menos un hondo suspiro como corresponde a toda teoría que desaparece sin efecto alguno de evolución o a todo recuerdo con forma de persona que vivió su tiempo encapsulada entre signos de admiración. ¡Cómo sabía tanto de ellos acabó comiéndoselos! Pierna, prepucio, oreja, coscusilla o cerebelo, más o menos, es lo que acabó merendándose Groucho un dia sí y otro también de toda la estúpida sociedad que le rodeaba y a la que él también se sentía lastimosamente engranado. Sus instintos canívales y las ansias de venganza por verse parido y no deseado en tan insípido escenario conformaron una obsesión que la mantuvo inútilmente vigente durante toda su vida: darse un bocado a sí mismo en la V cavernosa del trigémino. Como no lo consiguió, de tanto esfuerzo, acabó muriendo de cansancio y por eso escribió sobre su tumba: "Perdonen que no me levante".
A estas alturas de vuelo rasante sobre el discurso resulta evidente que a Groucho no le gustaban los colectivos. Si ya sospechaba de la cordura individual, imaginemos el espanto que debía producirle la colectividad, los asociados, ese amontonamiento de cuerpos y pretensiones, ese ruído infame de abrirse paso a codazos, escupitajos o carantoñas, según quién sea el contrincante de al lado o se intuya la dirección de la amenaza. Son solo cosas de la memez humana que oculta su condición bajo la máscara del grupo y saca de vez en cuando la cabeza como los pollos para que la sombra se proyecte sobre los pasmados , los aduladores o los tontos, buscando entre la confusión y el revuelo un lugar de privilegio.
Yo, que de Groucho no tengo ni siquiera el bigote, no puedo evitar sentirme como él en estas cosas de los clubes, los asociados, y el colectivismo, aunque con algo más de frustración y un mucho menos de pragmatismo. Mi angel de la guarda y exterminador dirá que hablo así porque cada vez que he metido las narices en esas aguas he salido escaldado. Sí, escaldado y con un pegote de mierda estampado certeramente sobre la frente como fiel recordatorio de lo que yo siempre he sabido: los colectivos son lugares de oportunidad con la cara lavada donde se refugian muchos pasmados que no aspiran a otra cosa, algunas personas decentes animadas aún por un sobrante de romanticismo, y finalmente los tribunos, es decir los que se asignan la facultad de poner el veto a todas las propuestas de la plebe y de proponer plebiscitos sin opción a consulta alguna. Son los manipuladores sin carné ni credenciales, los verdaderos artífices del clamor del colectivo, los vitoreados desde tiempo inmemorial por esa gran masa de los pasmados mencionados sin los cuales les sería imposible alcanzar esa sonrisa con mueca de orgasmo multitudinario. No es dificil detectarlos porque nada más traspasar la puerta ellos se presentan como tales, primero amablemente, ansiosos por saber si perteneces al rebaño, y luego pertrechados de toda beligerancia cuando descubren que no eres un plegado más a sus justísimas voluntades.
Querido Groucho, ya ves que yo también, siendo un don nadie y no como tú, me he dado cuenta de estas cosas, pero como no escarmiento sigo metiendo de vez en cuando la nariz en la ponzoña, la última en un grupo que dice llamarse de narrativa, ¡qué falacia! Estos tribunos de la gran mierda están por todas partes y no respetan ni a Dios. ¡Cuánto asco Señor hasta de uno mismo! He de confesarte una vez más querido Groucho que a mi también me han asaltado esos instintos del canivalismo y la venganza, pero al contrario que tú, en vez de en el trigémino, el otro día intenté darme un bocado en la punta de la polla, pero al ver tan lejos y tan utópico el alcance, he desistido de volver a intentarlo para no morir de la obsesión. Al menos en esto te he ganado en pragmatismo. Espero que no me lo tomes a mal.

viernes, 17 de abril de 2009

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí


"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Es el 2º microrrelato más corto de la historia de la literatura universal. Lo escribió el escritor hondureño Augusto Monterroso en un momento, supongo, de traspaso inesperado y repentino de poderes desde el más allá, y tal vez tan solo por eso le fue concedida la gloria en el más acá. Consiguió con esa historia al menos dos cosas: que no le reventaran las neuronas como a otros escritores cuando se ven inmersos en el callejón sin salida de la página 424, y que millones de críticos llevasen a cabo después millones de conjeturas. No fue si no con ese mal sueño cuando me di cuenta del poder onírico, que no oneroso, que tiene la literatura.
Pero ¿quién despertó? ¿Quién era el dinosaurio y a qué familia o especie pertenecía? ¿Donde estaban cuando despertó? ¿Donde estaban antes del sueño? ¿Qué sintió cuando vio que aún estaba allí? ¿Qué pensó el dinosaurio? Confieso que no he llegado a leer ni una sola conjetura de todos esos críticos y por eso mismo me siento virgen para vomitar yo también sobre la escena, una escena que se me antoja animosamente entroncada con la cotidianeidad antes que con lo fantástico. Después de ese texto de siete palabras cualquier historia es posible, pero el protagonista y el dinosaurio son insustituibles, y ese vínculo de los personajes a su cortísima historia es lo que la hace única y al mismo tiempo la unta de un inquietante carácter taumatúrgico. La cuestión es que si tuviéramos que vestirnos con la piel de ese texto, ¿a quién nos gustaría representar? ¿Al que duerme o al dinosaurio? suponiendo, claro está, que éste último anduviese despierto. Es sin duda un relato dramático que narra una tragedia anónima no tanto por la falta de identidad de los protagonistas sino más bien por la incertidumbre de lo que sucede antes y después del momento narrado. Son dos seres atrapados en un momento intemporal que carece de pasado y de futuro y por tanto están condenados a verse morir en un presente sin sentido fuera de todo alcance y ajeno a las viejas reminiscencias. En consecuencia deja de ser doloroso desde el punto de vista de lo ganado o perdido por ambos en ese momento ingrato de los balances cuando se está al borde del precipicio, y aún así, el lenguaje y la conciencia trágica alcanzada por cada uno ante la presencia del otro resulta literariamente demoledora. Es dificil imaginar los sentimientos del que despierta y aún más los del dinosaurio, pero esa no es la cuestión que ha perseguido el autor porque desde el mismo momento en que uno se pone a leer el relato ya forma parte de él, y esa es la trampa que nos ha tendido su autor que sin duda sintió también esa claustrofóbica sensación cuando acabó de escribirlo.
Ahora, yo también cuando despierto veo un dinosaurio a mi lado y en voz baja le pregunto -¿por qué sigues ahí?-, y él mira levemente hacia otro lado sin decir nada y entonces yo vuelvo a dormirme sabiendo que cuando despierte de nuevo él seguirá estando ahí, y cuando yo le vuelva a preguntar moverá levemente la cabeza, ésta vez hacia otro lado, y entonces me acercaré y le miraré a los ojos y él sin ningún gesto de compasión corresponderá con una sonrisa. Será el instante en el que recordaré aquel otro relato que tuvo la osadía de ser más corto que el de Monterroso: "¿Olvida usted algo?-¡Ojalá!". Y entonces sabré que ese ¡Ojalá! está referido a uno mismo. Es la historia invariable de la humanidad prodigiosamente contada y estructurada en ambos relatos con tan solo la nimia diferencia de tres palabras.

viernes, 27 de marzo de 2009

La metamorfosis del paisaje


Muchas veces cuando paso por delante me resulta inadvertido. Otras, en cambio, vuelvo a sentir ese pellizco en el estómago que rescata del recuerdo placenteras tardes y oportunidades que no volverán. Fue durante cuatro años un Olimpo de 1400 m2 para un dios disfrazado con los hábitos de un paria y despojado de toda divinidad. Mientras duró la ocupación, solo fui consciente de dos mundos: el de muros hacia dentro y el de muros hacia fuera. Aquella línea perimetral casi cuadrada indicaba los límites legítimos de una demarcación, el espacio de culto para desenvolver en la clandestinidad los miedos, las pesadumbres, las pasiones y el aburrimiento. El paisaje multivegetal de cipreses, palmeras, cactus y pinos sexagenarios cohabitando en un espacio tan reducido acababa siempre incitándome a poner en armonía mis otros paisajes interiores. Debió ser el alma de aquellas plantas,verdeantes compañeras sin voz, la esencia invisible de un estado de ánimo que siempre logró mantenerse cercano a los efluvios de la felicidad. Fué a la sombra de aquellos árboles donde dibujé coloridos y alcanzables horizontes ajeno todavía a una vecindaria e inminente soledad. Mi perro debió augurarlo con ese instinto olfatorio que los condena a ser perros porque brincaba y corría como un animal -nunca pensé que lo fuese- cada vez que traspasábamos la verja. Una tarde nos echamos una apuesta. Nos situamos cada uno en una esquina del jardín a modo de diagonal y corrimos hacia el centro a ver quién llegaba antes. En el fatídico punto se unieron las dos carreras. Yo intenté saltar por encima y a él, olvidando nuestras viejas jerarquías, se le ocurrió hacer lo mismo. ¡Qué ostión, por todos los Señores de las bestias! Nunca he sentido un abrazo perruno con tanta intensidad. Caímos ambos desparramados y moribundos. El perro ni se movía ni rechistaba, se quedó como sumido en un trance, supongo que más aturdido por la incomprensión que por el hostiazo. Tras el incidente estuvo varios días mirándome con recelo al tiempo que iniciaba sus locas carreras tan solo cuando me veía recostado en el sillón o farfullando sobre el vuelo de las moscas.
Pero llegando el verano, con el bochorno, la flora dejaba paso a la fauna. Hasta ocho salamanquesas, esos diminutos y asquerosos dinosaurios, llegué a contar una noche en las paredes y en el techo del salón. Algunas veces el perro y yo salíamos de caza con la escopeta de plomos. A cada plomazo saltaba el bicho despanzurrado y Sultán se volvía loco por apresar la pieza. Una de ellas se le agarró al hocico y estuvo toda la noche estornudando y sacudiendo la cabeza. Supongo que fue por el asco. Tan noble animal -mi perro digo- estaba más acostumbrado a la seda del plumaje perdicero que a la textura escamosa de un lagarto verde.
Aún en verano dejaba cerrada la puerta de corredera que daba al inmenso porche para evitar los intrusos alados y algunos otros de cuatro patas; salvo en las fiestas, que pasaban inadvertidos por el deambular de la muchedumbre. Al final acabé acostumbrándome a la biodiversidad, a excepción de la última noche que pasé en la casa y que, como un maléfico y premonitorio tributo, cuando me levanté del sofá para irme a la cama, el suelo estaba inundado de cortapichas que corrían en todas direcciones. Nunca supe de donde habían salido ni porqué estaban allí, la venganza de los seres al filo del abandono, pensé.
Sin embargo, bichos aparte, mi relación con aquella casa estuvo siempre untada por una mutua irreverencia, la misma que me permitía subir hasta la locura los decibelios de la música a las cuatro de la mañana, bailar conmigo mismo como una marioneta abandonada a su suerte, o mirar con recelo a la desvencijada escalera de caracol que daba a los dormitorios de arriba esperando que alguna noche bajase por ella el mismísimo Frankestein. Más tarde me di cuenta de que tal personaje u otros de parecida calaña siempre habían estado abajo. Cuando uno anda entretenido con las cosas que emocionan los monstruos reprimen su condición.
Algunas visitas ciertamente merecieron también la pena, sobretodo en esos momentos que uno no espera tan alto grado de generosidad...o de comicidad. Qué decir si no de hacer el amor al ritmo atropellado de los ladridos del perro o de ser sorprendido por el jardinero en medio del frenesí.
En esos meses del largo verano, la piscina se convertía en el acuoso cobijo que aliviaba la calima de las tardes. En ella solía zambullirme como Dios me trajo al mundo y nadaba sin parar hasta que las fuerzas se rindiesen o alguna rata apareciera brincando entre las copas de los cipreses. Después del ejercicio me servía un ricard con mucho hielo, ponía un CD de Manolo García y me tumbaba en una de aquellas hamacas a rayas blancas y amarillas dejando correr la vista y el pensamiento a través de las frondosas copas de los pinos. Así, espatarrado, despreocupado y ajeno a los trajines al otro lado del muro, como Cósimo Piovasco, era capaz de construir momentos en cuyo fragmento temporal lograba sentir esa conciencia transgresora de la felicidad. Tal vez fuese también porque la vida que llevaba al otro lado de la verja transcurría con la conciencia del deber cumplido, las emociones precisas y sin grandes sobresaltos. Ahora que lo pienso debí agarrar aquel estado y no soltarlo nunca más. La nostalgia no es el mero recuerdo de las cosas pasadas o perdidas, es un conato de tragedia que reivindica y vuelve a traer a la existencia los frutos de un daño causado por nuestra propia estupidez, el cambio de rumbo cuando ningún otro rumbo se intuye mejorable. Los llantos y las nostalgias siempre han ido de la mano. Todo de aquella casa me incita a lo uno y a lo otro. Sobretodo cuando ahora paso delante y contemplo exánime la ruína: las plantas secas, los árboles semicaídos, los muros echados abajo, la casa inexistente, la piscina cubierta de escombros y salpicada de excrementos de perros callejeros, los genuínos ocupas que constatan una destrucción, el advenimiento de la catástrofe del abandono al que nos conduce la insatisfacción por el ansia de llegar más lejos. ¿Adónde habrán ido a parar las aguas azul turquesa de la piscina, el cuidado césped, las plantas enhiestas, el garaje, el enorme porche, las grandes fiestas, las tardes de fotos, alcohol y susurros, las salamanquesas, los proyectos desde la hamaca, las baladas a todo volumen de Bruce Springteen y Manolo García, los besos, las risas, la derrotada soledad, las ansias de amor, y aquel sentido tan dulce y profiláctico de la existencia?
No sé en qué estación aguarda la felicidad de otros tiempos, pero cuando paso delante de aquella casa y luego me miro a mí mismo me doy cuenta de que algunas veces los paisajes y las personas también vamos cogidos de la mano, de una férrea, misteriosa e inconmovible mano.

viernes, 20 de marzo de 2009

Sin referencias: sombras en el plano inclinado.






Paul Krugman, reciente Premio Nobel de Economía, acaba de decir en España que lo peor de la crisis es que pueda eternizarse. El niñato que insultó, humilló y golpeó repetidamente a una chica en el metro de Barcelona ha sido multado con trescientos euros y no va a pasar ni un solo día en la cárcel. Los otros niñatos que abusaron, torturaron y asesinaron a Marta del Castillo están chuleando una y otra vez a todo el país y riyéndose sobre las lágrimas de su familia. Y los políticos y los banqueros no paran de comprarnos caramelos para hacer algo más dulce la penetración anal y virtual a la que nos tienen sometidos. ¡Cornudos, apaleados, y como fiel producto de nuestra asombrosa modernidad, también exquisitamente acojonados! Las palabras más atroces siempre han merecido los adjetivos más sublimes. Son tiempos para hacer gozar al léxico, porque las palabras y no las cucarachas serán los últimos supervivientes.
¿Hacia donde hemos de correr? Tal vez necesitaríamos mejor unas alas porque mientras tengamos los pies sobre la tierra nunca estaremos a salvo. ¿Ha fallecido el sentido común? ¿Donde habrán ido a parar nuestras viejas referencias? La inteligencia humana es un mal chiste, una pesadilla desarbolada por otra que irrumpe con más fuerza mientras nos esforzamos inútilmente en despertar. ¿Quién nos inculcó esa idea de seres superiores? El patrón de medida debía encontrarse desprogramado...y resentido. ¡Qué gran falacia! ¿Imagináis cuántos quedarian sobre el planeta si con un simple botón pudiéramos borrar a los que no nos gustan? Aquel otro holocausto sería como una celebración de cumpleaños sin tarta. Los primeros en desaparecer serían los más molestos, como las moscas en los convites, o los honestos en los Ayuntamientos. Los pobres, los sidosos, los que dicen la verdad, los que señalan con el dedo y con la boca, los que no se doblegan, los que no participan del festín, los marginados...me refiero a todos esos, los que molestan a los que se sienten ilícitamente molestados. ¿Sabéis de alguién que pueda estar aún contento? Salvo los tontos, los ilusos, los deshonestos y los delicuentes, el resto no estamos -perdón por incluirme yo también aquí- para tirar salvas y serpentinas de colores.
Los filósofos llevan más de dos mil años hablando del bien y del mal y los clérigos otros tantos recordando las bondades del cielo y los tormentos del infierno. El resto, nos hemos perdido en esa frágil línea que separa tan abyectos - por irreales- escenarios. Tal vez por eso, hayamos penetrado en el mundo de las posibilidades infinitas. Todo es posible, según donde, quién, o en qué momento o coyuntura. Y siempre aparece alguién con un código en la mano mientras esconde la otra que lo legitima. Aquella vieja frase que nunca se me fue de la cabeza de que en este mundo de mierda nada es verdad ni es mentira sino todo es del color del cristal con que se mira, ha alcanzado ahora su máximo parangón. Solo hay que prestar atención: el Gobierno dice blanco y la oposición negro, un juez ordena excarcelar y otro al mismo tiempo condenar, un país descarga cientos de bombas sobre el vecino mientras envía un cargamento humanitario a aquel otro que todos señalan con el dedo intentando abanderar la caridad.
La conciencia, esa sombra que nunca te puedes quitar de encima, comienza a cabalgar sin referencias convirtiendo la existencia en una simple casuística cuyo destino parece solo dar fé a una caótica y perversa individualidad. El ser humano necesita a otros a su lado para poder maltratarlos o aprovecharse de ellos. Si Dios lo hubiese sabido, habría dejado a un solo hombre sobre la Tierra, y hoy esto sería un vergel, el paraíso perdido y hallado por los que nunca oyeron nada acerca de la maldad. ¡Qué tremendo desatino el de los arquitectos sin escrúpulos del tiempo! Si el Fausto de Goethe levantara la cabeza y San juan de la Cruz hiciera lo mismo con la suya, me temo que ambos se irían de putas para legitimar, a través del gusto, sus respectivas derrotas.
Últimamente recibo muchos correos sobre la vie en rose y todas esas inmundicias de la bondad y felicidad humanas que caminan por una inmensa playa cogidas de la mano. ¿Qué lado oscuro pretendemos enmascarar? La realidad es inmascarable e indiscutible por mucho que acudamos a las palabras y a la benevolencia para hacernos creer que los tiranos son mesiánicos príncipes, y los aprovechados, coyunturales individuos que han de allanar el camino a los demás, como aquellos emisarios en las guerras que siempre volvían con la cabeza cortada. Los emisarios de ahora siempre vuelven con la cabeza en su sitio, los bolsillos prietos y la sonrisa amplia.
Sin noticias de Dios, la sugerente película de Agustín Díaz Yanes, bien podría haberse titulado también Sin referencias. Quizás las tuvimos algún día, lo mismo que algún Dios alguna vez osó poner los pies sobre la Tierra, pero hace tanto tiempo...
Un día de aquellos inolvidables que pasé junto a mi amigo y maestro Bramante, el vidriero veneciano, le pregunté si acaso la obsesiva preocupación de no parecer tonto ante los demás no sería sino la prueba fehaciente que confirma lo contrario. Me contestó con otra pregunta: "¿Crees que estoy loco? Solo lo justo para que no me alcance la verdadera locura". Entonces comprendí que no andábamos muy lejos en la percepción de lo que estaba y está cayendo. Tal vez también sea esa la razón de que tantos voceen ahora sobre la felicidad, el amor, la amistad, la belleza del amanecer y el sentido rosáceo de la vida. ¡Que les aproveche! Y no hablo de una cuestión de frustración -yo, como mi maestro, también sé disfrutar de algunos instantes de la vida-, es una cuestión de obligado y conculcado pragmatismo, de parcelaria conveniencia si se quiere ver así, y que, finalmente, le den por el culo a la bicicleta (Jaimito fue el más grande filósofo del colectivo universal de los hombres-niño al que yo me siento orgullosamente vinculado).

miércoles, 25 de febrero de 2009

La blanca Aurora
















Aurora y su pequeño hijo acaban de recorrer cinco mil quinientos kilómetros. A pie. La caminata les ha llevado cinco meses. Poco tiempo para tan larga distancia. Nunca supo ni sabrá por qué lo hizo, tan solo emprendió el viaje una mañana de intenso frío y viento aullador que golpeaba con pequeñas esquirlas en sus ojos tratando de borrar del horizonte el camino a seguir. Y desde ese día ya no echó la vista atrás. Borró de su memoria las geografías de otros tiempos y el pasado, las viejas reminiscencias, los fugaces amoríos, los grandes festines, los días de hambre, el espanto inmenso de una soledad sostenida por su propia condición, y se entregó expectante a los avatares de la nueva ruta, mirando al suelo y al cielo tras cada paso y sintiendo el cercano aliento de su hijo como una tenue y candorosa llama que ponía algo de luz en la existencia y el paisaje. Así, siempre pendientes el uno del otro y amontonando los cuerpos como si fuera uno solo en cada descanso, fueron pasando las noches y los días, días que parecían noches y noches con alma de día. Cruzaron ríos impetuosos, orillaron inmensos lagos, bordearon montañas, inventaron caminos, imaginaron gigantes en la lejanía, cambiaron, como los vientos, miles de veces de dirección, intuyeron el alimento a decenas de kilómetros, durmieron a la intemperie, soñaron en blanco y sin sobresaltos, contemplaron extrañas luces que encendían los cielos sin alterar el silencio, ignoraron los intensos rojos del amanecer o atardecer sin importarles quién era quién, jugaron sin venir a cuento en medio de la ventisca, evitaron cruzarse con otros viajeros, compartieron el alimento, asumieron desde el primer paso la misión de cada uno, hicieron suyas todos los paisajes y las tierras que pisaron, despreciaron la distancia recorrida, ignoraron la muerte, y jamás sintieron el más mínimo atisbo de melancolía.
En el último día del quinto mes, tras alcanzar la increíble cifra de cinco mil quinientos kilómetros recorridos, Aurora y su hijo decidieron no dar un paso más. Se recostaron el uno sobre el otro en uno de los huecos del camino imaginario y ya no se olió más a vida.
Veinte días después, alguién venido desde muy lejos, se acercó hasta ellos con el mal augurio rondándole en la cabeza. Al presentir la cercanía, Aurora y su hijo se levantaron como si nada y se fueron alejando poco a poco de tan osado visitante, iniciando, una vez más, otra de sus nuevas travesías. Mientras se desvanecía la figura de ambos en la distancia, el observador dejó caer dos lágrimas que se congelaron inmediatamente sobre sus mejillas.
Aurora es una osa polar provista de un collar de seguimiento. Su hijo, evidentemente, aún no tiene necesidad de llevarlo.

viernes, 20 de febrero de 2009

Amor electromagnético.


Esta es la mujer más guapa del mundo. Y probablemente la más sensual también. Lo digo yo, no las revistas ni los cánones estereotipados sobre la belleza. Tampoco aparece -me temo- en el último mamotreto que Umberto Eco ha vomitado sobre la esencia de las cosas bellas. Pude verla durante veinte minutos, un lapso más que suficiente para no errar en los cálculos ni entonces ni ahora que ya ha pasado más de un año. La observé desde todos los ángulos posibles con la complicidad juguetona del enfoque de las cámaras. Ellas y yo parecíamos confabulados en la recreación del juego geométrico de las perspectivas. Y todos los ángulos parecían el adecuado. Ni lado malo ni oscuro, solo la luz de la belleza tranquila, sosegada y plena, como un inmenso mar detenido entre los naranjas del atardecer. De sus enormes ojos, irritantemente negros, brotaba una mirada cargada de mirada, un rayo denso de luz oscura capaz de trastornar lo imperturbable. Su boca, bien delimitada y carnosa, me remitió enseguida a las ensoñaciones de Picasso cuando decía que la boca de una mujer guarda siempre una estrecha relación con la forma de su vulva. Y no era esta última forma la que, por obviamente innecesaria, merecía la pena imaginar ahora. Bastaba con su sonrisa, entre la inquietud y el sosiego, la timidez y el pudor, así, como Dios manda, una y otra vez, sin veleidades, ostentaciones o tapirujos, enamorando a diestro y siniestro sin ninguna voluntad puesta en juego, dejándose llevar tan solo por la corriente arrebatadora de tanto encanto interior y belleza que brotaba impetuosa desde sus propias entrañas. Cuando habló me pareció igual de bella: las palabras precisas, el timbre de voz dulce y firme, de persona con principios, el gesto siempre comedido y adecuado y una rotunda feminidad en cada pronunciamiento. ¡Una maravillosa calamitá! pensé al ver alli, a tanta distancia, todos los pedazos de ella unidos en un todo espléndido, glorioso e inalcanzable.
De vez en cuando la veo y siempre vuelvo a sentir esta loca fascinación. Yo sé que, como las brujas, haberlas haylas, y parecerá risible y gilipollesco, pero al cabo de cincuenta años, me he vuelto a enamorar. La primera vez fue al tocar la puerta de la vecina cuando yo tenía seis años, y ahora, la segunda, ha sido con el vodka en una mano, el chocolate en la otra, la mirada fija en el televisor y una extraña felicidad en lo más profundo de la conciencia.
Se llama Mari Gracie Cuccinotta. Ex modelo y actriz italiana.

martes, 17 de febrero de 2009

"How can you mend a broken heart"






La vida y discografía de Bee Gees, magníficamente resumida en un programa televisivo que pude ver no hace mucho, me fue remitiendo con cada canción desde sus primeros pasos, a esos otros de mi vida cuyos recuerdos cabalgan siempre a lomos de alguna música.
Fue en la cafetería del hotel Indálico, en aquellas tardes ventosas de invierno a principios de los 70, donde solíamos refugiarnos Luis L. y yo con las novietas del momento y el sonido tristón de "I´ve gotta get a message to you" o "Massachussetts". Luis había leído días antes La naúsea de Sartre, y había sufrido en sus entrañas el poderoso influjo del vacío existencialista. Llegó a confesarme, con emoción y una mirada extraña, que tal vez fuese el suicidio la única puerta a la liberación integral del individuo. Yo estaba aterrado. Días más tarde leí algunas partes del libro buscando argumentos para contrarrestar su opinión, pero entonces me sentí razonablemente solidario. Cerré el libro y no lo volví a coger nunca más. Dos años más tarde nos fuimos a la Universidad.
Aquella Granada del año 72 aún rezumaba misterio y aventura para un pasmado estudiante llegado desde el barrio de las cien casas de la calle Paco Aquino. Fue el año del desamparo y de la responsabilidad, el de las añoranzas y las nuevas melancolías, pero también el año de los nuevos horizontes y las primeras putas. Uno de mis años heroicos. Como en aquellas otras tardes del hotel Indálico de Almería, me refugiaba ahora, una y otra vez, en una cafetería de cuyo nombre quisiera acordarme que se encontraba enfrente de la Residencia Universitaria Carmelitana, y allí intentaba enjuagar la distancia y el recuerdo de maltrechos amoríos escuchando en la máquina de discos "How can you mend a broken heart". Aún hoy, me pone los pelos de punta. ¡Cuánto puede hacer la música por uno! Tras escucharla dos, tres, o cuatro veces, regresaba a mi celda en aquella Residencia de esbozo de carmelitas y, junto a la ventana, abria los libros y los apuntes aparentando estudiar. Y así, un día tras otro, entre los Bee Gees y el resto de las canciones que brotaban sin cesar del radiocasette Panasonic comprado a la sombra del Gurugú. Un arma providencial para la supervivencia de aquel año. Eran los tiempos agónicos de la dictadura y había que estar atentos. Los estudiantes siempre fuimos un foco de resistencia y por eso nos esperaban muchas veces, a la puerta de la Facultad, aquellas manadas de grises para pedirnos autógrafos. Siempre disfruté con las carreras. Aquellos payasos blandiendo las porras intentando golpear la sinrazón, me hacían reir a la par que corría más que ellos. Luego lo comentábamos en pequeño comité a las dos de la madrugada en una de las habitaciones. Era la hora de las tortas, las de comer, las que sacaban ardiendo en la panadería de la esquina y que comprábamos con la complicidad de algún transeúnte al que le echábamos el dinero y un cubo con una cuerda desde la terraza de un primero. Entre las grandes añoranzas de mi vida se encuentran el aroma y el sabor de aquellas tortas, el goloso contrapunto a cada jornada salpicada de miedos y desajustes.
Con los años, fui moderando las emociones. Al final de la carrera, bailaba en la discoteca Streissis al son de "Stayin alive" y "Saturday Nigth Fever", alejado de aquellas primeras pesadumbres y con la vista muy fija en algún culo que destacara sobre los demás. Pero sobretodo feliz por la inminente culminación de una etapa que, finalmente, rendía fiel tributo a un esfuerzo impagable: el de unos padres que fueron los verdaderos artífices de aquella travesía por el desierto, siempre al filo del abandono.
Más tarde, con el olor a azahar del Albaicin y los trasnochos sacromonteños del Camborio ya en la frontera del olvido, irrumpían de nuevo aquellos músicos incombustibles afanados, como siempre, en proveernos de emociones musicales: "Tragedy" y "Wish you were here" estuvieron sonando en los tiempos del acomodo al desacomodo familiar, los tiempos de la inopia y del caminante moleriano imaginario, el de las muchas vueltas sin abandonar el círculo por temor a lo que pudiese haber fuera. Los tiempos del soñador clandestino. O viceversa.
El programa sobre los Bee Gees finalizó con "I surrender", un precioso y oportuno tema, pensé, para entroncarlo con los tiempos actuales. Estamos en la era de la supervivencia, del desplome indiscriminado, ya sea de un rascacielos, o de las Bolsas, o de un puñado de corazones hambrientos o solitarios. ¡El milagro de la modernidad! Martin Luther King supo definirlo y augurarlo: "Nuestro poder científico ha sobrepasado nuestro poder espiritual. Hoy tenemos misiles dirigidos y hombres desviados". "I surrender" sonaba la otra noche y yo me refugiaba en sus acordes premonitorios curiosamente igual que lo hacía con "How can you mend a broken heart" treinta y tantos años antes. Entonces, sumido en esa intemporalidad, volví a pensar: ¿Para qué sirve el tiempo sino para hacer desaparecer a todos los que no formamos parte de él?
Ahora los Bee Gees ya no son tres sino dos. Maurice murió en 2003. Y es que los músicos, como sus guitarras, jamás envejecen. Tan solo llega un momento en que, de repente, nos abandonan dejando huérfanas una parte de nuestras emociones, esa parte que tantas veces nos ha ayudado a sobrevivir.




jueves, 5 de febrero de 2009

Dios, Chesterton y Educación para la Ciudadanía.

Umberto Eco comentó en uno de sus artículos en La Repubblica en 2003 que "la exhibición de símbolos sagrados en las escuelas no determina la evolución espiritual de los alumnos", y a uno que anda ya con la mosca tras la oreja por los años, los desencantos, y la estructura maniquea de nuestra nueva sociedad, le ha venido a la cabeza el folklore suscitado por la asignatura Educación para la Ciudadanía.
Desde luego este País nuestro es algo peculiar. España siempre ha sido diferente: tan beata y carca como transgresora, tan inculta como soleada, conspiradora y sumisa, llevando a la par el orgullo y la vergüenza a las espaldas tantas veces como guerras ha sufrido o ha buscado. Pero ahora, en plena y sospechosa Modernidad, se ha vuelto también maniquea, el bien y el mal enfrentados a lomos de una cuchilla, sin otros escenarios intermedios. Tal es el planteamiento que unos y otros propugnan ante la nueva puesta en escena de Educación para la Ciudadanía. Confieso que yo nunca lo habría sospechado. A mi me educaron mis padres y el colegio de La Salle en las proporciones y estamentos que a cada cual les correspondía, a pesar de los deslindes y las intromisiones que ambas escuelas -conniventes y adecuadamente entroncadas entonces a juzgar por los resultados actuales-pudieran establecer en momentos puntuales.
La palabra adoctrinar, cuyas dos acepciones más extendidas son enseñar una doctrina y aleccionar a alguién sobre la forma en la que ha de comportarse, está siendo convertida en un tendencioso y ya casi aburrido grito de guerra en los medios. Todos los que están en contra de la asignatura se la han adjudicado con usura convirtiendo a los que la han puesto en marcha en algo así como una secta, un poder maligno y tendencioso que pretende ignorar a los padres y "adoctrinar" sospechosamente a los hijos. En verdad que los muchos años transcurridos desde que dejé de ser niño pensaba que nos conducirían a despejar el horizonte en estas y otras cosas, pero al final voy a terminar creyendo en ese viejo Principio de la Tradición a través del cual con el transcurso de la Historia no nos acercamos más a la verdad sino todo lo contrario, y de ahí la fascinación de los grandes pensadores por los Clásicos. La culpa es del mensajero que pensarán los escépticos, y yo digo que la culpa es de las máscaras. Si nos despojáramos de ellas, las aguas vendrían a su cauce. Partiendo de esto, toda la lucha dialéctica suscitada es una simpleza inútil. Educación para la Ciudadanía es el enfrentamiento de la Iglesia con el laicismo, de la Oposición con el Gobierno, del PP contra el PSOE, de los conservadores contra los progresistas, de Saenz de Santamaría contra Fernández de la Vega, de los beatos contra los ateos, de los creyentes contra los no creyentes, en definitiva es la propia esencia de la cultura maniquea: el bien contra el mal sin otra posibilidad de lenguaje. O viceversa. Y mientras, los hijos siguen jugando a la Gamen Boy o como se llame y comiendo hamburguesas con patatas fritas al tiempo que se apertrechan de desprecio y rebeldía ante la Institución intentando emular una vez más la actitud chulesca de unos padres que aconsejan más el puntapié que la cordura. Son todos esos que van gritando por las calles que el Estado está intentando adoctrinar a sus hijos, y ellos, como padres responsables y fervientes defensores de los principios fundamentales de otros tiempos y colores, pretenden evitar el tremendo desatino. Es verdad que unos padres tienen derecho a educar a sus hijos, pero si no están de acuerdo con los Planes de Enseñanza, que no los lleven a la escuela. Es así de fácil por molesto que parezca. Los españoles sabemos mucho de derechos y algo menos de obligaciones. El derecho a objetar es como tantos otros uno más en las sociedades democráticas, pero poner algunos puntos sobre las íes o no estar de acuerdo con algunos planteamientos, no da derecho a interrumpir, a enardecer, a proferir insultos y acusaciones y finalmente a hacerle ver a nuestros hijos que Educación para la Ciudadanía y por extensión toda la Enseñanza -porque así es como esos hijos lo van a tentender- se encuentran bajo sospecha. ¿Qué tendran que ver nuestras viejas reminiscencias y nostalgias ideológicas con la Universidad y los Institutos de Enseñanza de estos tiempos? Me apunto a la idea de que la Enseñanza en este País arrastra desde hace tiempo una cadena de fracasos y que todos sabemos que andamos en el furgón de cola del continente, pero si en medio de esa marea nos asusta que se les hable de educación a los hijos, de normas de comportamiento, de solidaridad, de los riesgos en las relaciones sexuales, y de la aceptacion de una sociedad multiracial y multicultural, ¡apaga y vámonos!
El poder de unos padres jamás se podrá comparar al discurso de un profesor o al contenido de una asignatura, pero si a éstos los sentamos en el banquillo de los acusados, pobre futuro nos espera. La realidad es que todos los que están haciendo ruido llevan la máscara puesta para ocultar otras intenciones: el desmembramiento de la sociedad, los virtuosos a un lado y los miserables al otro, los nuevos cruzados contra lo imposible, el pataleo en definitiva para joder de alguna forma al que no nos gusta como piensa y como actúa. Y todo en nombre de Dios y de los niños, porque detrás de todo ello se esconde el resentimiento por ver a la religión descabalgada de su lugar de privilegio.
Yo soy católico, y por lo tanto, no me molesta ni la religión ni los símbolos cristianos en las escuelas o en las casas, pero algunos padres, alineados también con cierta ideología, están equivocando los papeles y, contra su propia acusación y medio cegados por la máscara, aún parecen no haberse dado cuenta de que los auténticos adoctrinadores son ellos mismos olvidando también que cuando se escupe hacia arriba te cae siempre en la cara. Tal vez, todo sea una cuestión de interpretación. Ya lo decía Nietszche, que no hay hechos sino solo interpretaciones, aunque en este caso, el momento no sea propicio, el escenario esté lleno de conflictos, y el sujeto, el actor, sea a la postre el que va a pagar los platos rotos. Y es que como decía también Chesterton, cuando la gente ya no cree en Dios, no es que ya no crea en nada, sino que cree en todo. Incluso en los medios de comunicación.