viernes, 30 de octubre de 2009

Sin pelos en la lengua.

Doscientos euros son exactamente 33.276 pesetas de aquellas que nos hacían algo más felices que estos euros de ahora. Son también exactamente las que entran en mis bolsillos después de dedicarles 16 horas completas a enseñarles matemáticas sobre una mesa de otros doscientos euros a dos chicos de 4º de ESO. La tarea lleva consigo otras 6 o 7 horas de preparación. La luz, el aire acondicionado y la hipoteca del recinto también se carga a mis espaldas. Entre las explicaciones, he de hacer también de padre, de amigo, de enemigo y hasta de inquisidor. A veces me dan repentinos dolores de cabeza y se me seca la boca. Otras sufro preocupantes ataques de descoordinación, stress, y una carga insufrible de responsabilidad. En otras ocasiones, sus preguntas me dejan en evidencia y comienzan a sudarme las manos y a faltarme el aire. El dia que me dicen que han suspendido el examen quincenal se me pone cara de gilipollas y no sé qué decir. Cuando alguno de los padres sé que va a venir a verme, estoy todo el día preparando el discurso, y tan solo soy feliz cuando me hacen tres ejercicios seguidos sin haberse equivocado. A pesar de todo ello, el dinero suelen traerlo diez o quince días después de haberles dado el recibo. Finalmente, cuando recala en mis bolsillos el preciado capital, la relación entre el esfuerzo y el fruto me parece tan ridícula que apenas si tardo dos o tres días en gastarlo. Y entonces a esperar al mes siguiente.
Pero doscientos euros, es decir 33.276 pesetas, son también los que se embolsa un traumatólogo del Paseo de Almería, de cuyo nombre sí quiero acordarme, tras recibir en su consulta a una paciente y su acompañante -también antigua paciente-, mirar a la luz una radiografía y recomendar que continúe con el tratamiento anterior. La acompañante aprovecha para hacerle un comentario sobre el estado en que se encuentra. El galeno se le acerca y mirándole una pierna le aconseja unos masajes. Tras doce minutos entre la vista y el consejo, ambas, la paciente y su acompañante, abandonan el despacho. La primera se dirije a la enfermera para pagarle el servicio y ésta, muy mona ella, manejando los tiempos y levantando la barbilla, contesta: "Son cien euros cada una porque el doctor ha visto a las dos". La paciente aguanta la risa y la mala leche y saca el billete, en tanto que la acompañante hurga en su bolso con mano temblorosa y bochorno ajeno, rebusca, y finalmente logra juntar los cien euros entre billetes de diez y de veinte. La enfermera coge unos y otros con urgencia y les da las buenas tardes y la espalda a un mismo tiempo.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Ahora resulta algo menos dificil comprender porqué hay gente que se muere de hambre y otros de risa. Mientras tanto, en ese escenario intermedio, el Gobierno lleva lustros lavándose las manos.
Cuando yo estudiaba en Granada, la Facultad de Ciencias se encontraba a menos de un kilómetro de la de Medicina. Nunca fui capaz de imaginar que una distancia tan corta llegase a hacerse tan larga por el efecto del tiempo y de la sinvergonzonería de estos individuos con bata blanca y cara de dólar.

jueves, 29 de octubre de 2009

La vida descomplicada.

"Nosotros hombres modernos, nos conocemos hasta la naúsea y somos incapaces de darnos una sorpresa". Félix de Azúa en "Diario de un hombre humillado".
Como anuncia en su primer día el protagonista de esa novela, yo también estoy muerto de banalidad. Lo trivial, lo común, lo insustancial, esas esencias carentes de perfume con que define el diccionario el término banalidad se han instalado poco a poco en nuestras vidas formando el regazo donde se recuesta orgullosa la modernidad. La vida desmoronada y descomplicada -como la Gramática de Grijelmo- se acomoda a una realidad que se refleja constantemente en el espejo del mundo y transcurre sin que nadie se atreva a dar un paso adelante para evitar el desastre y hacer que el trayecto se convierta en algo más que una muerte anunciada.
Vivimos en una era ideológica donde la trivialidad y el aburrimiento de la conciencia caminan de la mano de las ausencias, las ausencias de todo aquello que históricamente nos ha ayudado a mantenernos en pie: las emociones, la calma, el deseo y el uso desnudo de la palabra que vincula y no confunde o enmascara.
El tedio mata, la inacción destruye y la falta de espectativas nos devuelve a un primitivismo animal del que quizás no debieramos haber escapado nunca. ¿A qué ridículos códigos hemos supeditado nuestras jerarquías? ¿Al del tic-tac que solo computa el paso de las horas?Ahora parece que soliviantarse no resulta demasiado correcto, tal vez por estricto mandato de una corrección política que nos recuerda una y otra vez la condición de colectivo aborregado, esa "parvá" de atropellados humanos que intentan pasar sin daños por el aro de los autoproclamados salvadores de todo tipo de patrias.
Cuando yo era niño, las cosas andaban de otra manera. Se celebraban los santos a golpe de cajas de cruzcampo y tartas de hojaldre, los bares colgaban el cartel de "no hay espacio" a partir de las dos de la tarde y los domingos atestaban las collas familiares los restaurantes de los pueblos donde sabían hacer unas buenas gachas o un choto rejumbreante camuflado por un buen ajillo. La noche de los sábados enzarzaba a los amigos en un alternado turno de disputa gastronómica, cualquier motivo era bueno para compartir con los demás la cara gorda del jamón y darle un buen tiento a la arroba de vino, los Reyes Magos llegaban de verdad por la chimenea en esbeltos camellos que casi siempre se quedaban atrancados, y en la Navidad ninguna casa carecía de una botella de anís del mono.
Ahora, casi nada está en su sitio. Han crecido los televisores y ha menguado preocupantemente la ilusión. Es muy fácil comprobarlo. Llamad a un puñado de amigos o familiares y planteadles uno de aquellos viajes de antaño a la tasca de la esquina o al pueblo del choto en ajillo para el fin de semana siguiente. Todos declinarán. Unos en el acto, otros después. Unos con falsas excusas, otros con enrevesados y absurdos argumentos. Algunos ni siquiera sabrán qué decir. Finalmente, en casi todos los casos, ninguno de ellos sabrá explicar la razón de su negativa. Así que cuando llegue la hora del evento, cada uno seguirá en su triste mundo, contando ovejitas, leyendo el periódico o aguantando con cara de imbécil al contrario una vez más.
Como dice Félix de Azúa, ya no nos damos una sorpresa ni a nosotros mismos. ¿Cómo vamos a ser capaces de dársela a los demás? ¡A ese perro con ese hueso! Como sabemos de que pié cojeamos vamos a ver si nos jodemos también el otro. Por eso hurgamos en vez de restablecer, y por eso preguntamos cuando habríamos de callar. En esos cienos andamos, mirando con recelo al que está un paso más arriba y poniendo cara de pena ante los hundidos para salvar por los pelos lo que pueda quedar de dignidad. Mientras tanto, ¿qué es lo que nos importa realmente? ¿Acaso somos ahora más felices por estar localizables en todo momento? El progreso nos ha tendido una trampa: nos ha posicionado con precisión en el espacio y nos ha colmado al mismo tiempo de insatisfacción. Pero seguimos sin darnos una sorpresa porque el norte, nuestro norte, la polar si miramos al cielo, se ha difuminado en medio de una niebla que lleva ya algún tiempo proclamando el triunfo de lo común, lo insustancial, la vida insulsa que acaba ahogándonos en banalidad y haciéndonos viejos antes de lo merecido.
Pienso mucho en todo esto al ver en qué empleamos nuestro tiempo y a qué momentos le damos más importancia. La nostalgia reivindicativa viene a agravar el asunto. Es absurdo pensar aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero ahora estamos maniatados. ¡Cuánto nos cuesta decidir, o quedar para el domingo, o abrir una botella de vino y poner un plato de jamón sobre la mesa para aquellos que no son siempre los mismos! Y así nos va y nos vemos, como esperpentos velando las armas de lo cotidiano mientras transcurren los días cargados de ausencias, vacíos, sin repuntes en lo trascendente, sin ahondar en la conversación, sin sorpresas.
Cada vez somos más ficción y menos realidad. Los invitados a la mansión de los Nóbile en "El angel exterminador" de Buñuel, parecen habernos indicado el camino. Se reunieron con todas sus galas para cenar y charlar, y luego ninguno sabía salir de la casa. Su endiosamiento y la estupidez los condenó. Una catástrofe entre el revuelo de collares de perlas y pajaritas con el mismo resultado al del naufragio de "La balsa de la medusa" de Gericault en cuya tétrica imagen parece que se inspiró el cineasta.
La lucha contra un impedimento desconocido y azaroso se nos está haciendo más penosa que subir al Everest. Pero todo sigue estando ahí, al alcance de la mano. ¡Démonos una sorpresa, por favor!

jueves, 22 de octubre de 2009

Clones del siglo XXI



La responsable del centro escolar busca en sus archivos un número de teléfono y efectúa la llamada.
- ¡Diga! -contesta con brusquedad una voz masculina.
- Buenas tardes, ¿es usted el padre de Iván Rubiños López?
- Sí, soy yo. ¿Qué es lo que pasa?
- Verá, soy la directora del Instituto. Le llamo para decirle que hemos cogido a su hijo fumando a escondidas en un rincón del patio y...
- ¡Joder! Me creía que le había pasado algo...
- No, no, pero ya sabe usted que está terminantemente prohibido fumar en el colegio y por eso he querido comunicárselo porque...
- Pero vamos a ver, ¿ha matao a alguién?
- Perdone, pero no sé si está teniendo en cuenta que su hijo tiene diez años.
- ¡Cómo no lo voy a saber que soy su padre! Cosas de chiquillos...
- Sí, tiene usted razón, cosas de chiquillos...Buenas tardes caballero.


No, no es una de aquellas inolvidables historias de Zipi y Zape, y ni siquiera forma parte del guión de la última película de Pepe Viñuela. Tampoco es un texto ilustrativo orientado a los alumnos universitarios de análisis del comportamiento emocional. Es la historia real de un padre, de un hijo, y de la educadora del colegio, en una tarde de Octubre del año de Nuestro Señor de 2009, en la muy noble, leal y marinera ciudad de Adra, la antiquísima Abdera fundada por los cartagineses y en cuyas primeras monedas aparecía la cabeza del dios Hércules en el anverso y un atún en el reverso, o viceversa.

Mucho ha llovido desde entonces a juzgar por las escatológicas inundaciones de algunas mentes, pero el paisaje apenas ha cambiado. El tiempo cronológico, ese vientecillo mareante del este y del oeste que nos hace aparecer y desaparecer como hojas muertas que van de aquí para allá, nos juega malas pasadas y, a veces, llega a ser irreverente con el cómputo. Tanto es así, que volviendo a la escatología, en el siglo X a.C. en la ciudad de Mojensho Daro, a orillas del Indo, todas las casas estaban provistas de retrete. Veintisiete siglos más tarde, en todo el Palacio de Versalles no había ni uno. Hoy, con la educación de padres a hijos y sus derivadas jerarquías, el tiempo parece haber avanzado a golpe de volteretas y no de años. Y claro está, algunos, entre las cabriolas, no saben si están para arriba o para abajo en una era en la que esa posición no parece tener demasiada importancia mientras queden fuerzas para gritarle al vecino y propinarle patadas en los cojones al resto de la humanidad.

Imagino, no obstante, que el padre de Iván "el terrible", el abderitano que jamás oyó hablar de atunes y de Hércules pasando de mano en mano a la vera de su casa, estaba pensando, cuando lo llamó la profesora, en esa frase de Khalil Gibran: "Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños". Grande, muy grande, ha de ser para ese padre un niño de diez años que se fuma las clases fumándose un cigarro, mientras piensa en las historias del mañana. Un héroe de humo cuyas volutas circunscriben ya horizontes de vehemencia y desacato alrededor de su cabeza, alentado, como el caballo de Atila, para trotar sobre los sesos de todo el que se ponga por delante.

Progenitores somos todos. Unos de hijos, otros de cuentos, y otros de soledad. Pero el de Adra no está solo. Su fiel vástago, acurrucado bajo la ventana inútil de la clase, se pertrecha de una ristra de explosivos amarrada a la cintura, al tiempo que la sombra alargada de su padre le indica el camino a seguir. Y en esos regazos también se escribe el futuro, un futuro con serios e inquietantes tintes de presente.

Entre tantos locos, habrá que hacerse el loco, o regresar a las selvas, o matar al mensajero...nuevamente. Y es que los monos, como decía Nietszche, son demasiado buenos para que nosotros descendamos de ellos.

viernes, 16 de octubre de 2009

La felicidad del tonto

¡Recojones! No puedo salir de mi asombro. Debe ser el espejismo tardío de los eternos aspirantes a las mieles del prójimo, sobretodo si éste pertenece a la saga de los untados por la fama mediática que otorga el poder político. Por primera vez en mi vida ¡soy rico! Sí, rico por la gracia oportuna de un referente que se ha cruzado prodigiosamente en el camino, por el arrebato de un ataque repentino de exhibicionismo y honestidad, y por el digno atrevimiento de unos seres encapsulados en una burbuja de colorista y aparente transparencia que atina a llamarse Gobierno de la nación. Sus miembros se han desnudado enseñando sus púdicos y ridículos atributos, y yo, al ver la foto, no he podido dejar de exclamar ¡pero si la tengo mucho más grande que ellos!
Confieso que esa confesión me ha sacado del letargo y, correlativamente, también de la pesadumbre. Ahora resulta que de la noche a la mañana soy rico sin haberlo sabido antes, a pesar de que la única primitiva acertada de mi vida fue un desembarco muy lejos de las playas de Normandía.
Haciendo recuento en medio de esa nocturnidad que tanto aman los avaros, me he dado cuenta de que mi patrimonio es superior, en bastante, al de personajes tan emblemáticos y decisorios como el Presidente de la nación o el de su vicepresidente III Conde Duque Chávez de casi todos los andaluces. Y también de algunos más. Resulta, cuando menos, razonablemente increíble porque en España casi todo es posible, incluso hasta este tipo de representaciones de "cristobicas" enseñando sus paupérrimos fardos. Es lo que nos faltaba para morir con una sonrisa en los labios a pesar de la inanición.
Sí, que todo el mundo se entere: yo, un paria atiforrado de anonimato y vagabundo burgués venido a menos, resulta que tengo mucho más patrimonio, entre bienes inmuebles y bienes a secas, que Zapatero y, no digamos ya, que Manolo Chávez. Pero es que hasta en el pasivo -ese término incómodo que dicen ser sinónimo de gandulería- también los dejo a la altura del betún. Y yo sin saberlo como aquella chacha con los rulos que al abrir la puerta se encontró a Rock Hudson. Confieso nuevamente que la noticia me ha hecho feliz, no sé por cuanto tiempo pero feliz al fin y al cabo. Ahora ya me siento alguien y supongo que lograré dormir sin sobresaltos, y los amaneceres serán rosados cantos de sirena, y el paso de las horas transcurrirá de feliz en feliz augurio, y cada vez que llegue a la gasolinera llenaré el tanque hasta la boca, y en el restaurante, en vez de atiborrarme de tapas lo haré de sabrosas gambas vuelta y vuelta, y a mis hijos en vez de darle el regalo un mes después de cada cumpleaños les adelantaré los de los tres siguientes, y a mi madre, en vez de rapiñarle las vueltas de la compra, le meteré un billete en medio de sus botes de medicinas, y en el supermercado, en vez de fijarme en los artículos de una cifra y una coma, lo haré tan solo en los que están encerrados en una urna de cristal, y cuando suene el teléfono, en vez de temblar pensando en el asesor o en el banco o en el cobrador del ayuntamiento, contestaré ufano levantando orgullosamente la barbilla, y, finalmente, cuando apague la luz rezaré para que Dios me conserve el único patrimonio de los cuatro pelos que me quedan en la cabeza y no otros como venía siendo habitual en todas mis súplicas.
¡Gracias, queridos miembros del Gobierno! Por vuestra generosidad, por vuestra inequívoca muestra de honestidad, por vuestra confesión de sufridos humanos que velan de día y de noche las armas y las almas del pueblo sin que en ningún momento se os haya pasado por la cabeza la más mínima intención de enriquecimiento, por mostrar vuestra malpagado e ingrato oficio, y a ti especialmente, querido Chávez, por ser el más honesto de todos ellos y lastimosamente también el más pobre. Se me ocurre ahora preguntarte ¿qué has estado haciendo durante los casi 20 años como altísimo mandatario de la nación cortijera andaluza? Permíteme, sin embargo, que te diga que debes ser el más gilipollas de todos: con lo cerca que está Marruecos para haber llevado a cabo insospechadas siembras anuales, y con el montón de familiares, allegados y ahijados en quienes podías haberte apoyado para crear pequeños y anónimos reinos de taifas. Pero bueno, tú te lo has perdido, y el resto de tus compañeros de batalla también. Al menos siéntete feliz con la felicidad que yo y una gran mayoría de españoles sentimos ahora, aunque sea una felicidad entroncada con nuestra propia idiosincrasia, la idiosincrasia génica de nuestra ingenua raza ibérica por excelencia, ¡la felicidad del tonto!
¡Qué bien habéis quedado!

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ágora


Amenábar da un paso más adelante... ¿o tal vez hacia uno de sus lados? Ágora llega con estrépito, enfundada en la piel de un director que debe andar preguntándose cómo ha llegado hasta aquí, y sostenida sobre unos personajes cuyas tallas en la Historia y en la representación muestran -como muchos sistemas planetarios- un cierto desacoplamiento. La película no me ha dejado ni frío ni caliente por decirlo en términos relativos a la temperatura emocional. Mis sentimientos tras el pase de la cinta discurren sobre la línea planal a la que ella misma se acoge con el paso de los minutos. Parece ser que esa carencia de repuntes emocionales y de ritmo es una de las características de las películas de Amenábar y que, además, su propia y reconocida maestría parece pasar conscientemente por alto. Su condición de genio cinematográfico en ciernes no la voy a discutir, pero para llegar hasta la lámpara maravillosa hay que salvar algunos escollos. En Ágora, su hijo más querido y pretencioso, han saltado irreverentes, como piedras puntiagudas, los escollos en medio de un camino que compadrea con la Historia buscando esos artificios que los hombres de ayer y de hoy sabemos que conducen hasta el triunfo por el sendero más corto. Amenábar ha caído en su propia trampa, la de los genios en ciernes, la de las prisas por impresionar hoy mejor que mañana y adelantarse, en definitiva, a conseguir determinados abanderamientos al exhibir machacona y obsesivamente en la pantalla la denuncia del fundamentalismo cristiano del siglo IV. Una vez hecha la foto, se superpone sobre la realidad del fanatismo del siglo XXI, y así, como en un prodigio, se consigue resaltar la condición ridícula del tiempo a nuestros ojos.
Son muchos los mensajes que podemos extraer de la historia de Hypatia y su tumultuosa Alejandría cuando ésta se bastaba a sí misma para iluminar al resto del mundo, pero quién desee conocerla a fondo ha de acudir a una biblioteca antes que al cine. Amenábar ha abusado de un enfoque doctrinal que sacrifica nada menos que la emoción, aunque el personaje conciliador y bondadoso de Hipatia acabe salvando los muebles y el desastre de aquellos otros que se mueven junto a ella. La película es esencialmente ideológica a pesar de sus artificios cinematográficos y de una puesta en escena que deja fuera de toda sospecha a la rancia y tradicional mediocridad de la cinematografía española. Desde ese punto de vista, su director "promete", pero los galardones habrá de recogerlos en próximas entregas.
Sin embargo, no le han temblado los pies al meterlos en esas charcas, unos lodos con escasas fuentes de documentación que él ha manejado a su antojo siguiendo, presumiblemente, las directrices legítimas de su propia ideología, pero olvidando, como ya hemos dicho, la pasión de unos personajes y de su tiempo capaces de abocar al espectador a una creciente e irresistible conmoción como suelen conseguir las grandes obras del cine. En esa línea, Ágora carece de estructura narrativa, los diálogos parecen quedarse a medio camino, y a los jóvenes actores que rodean a Hipatia les pesan demasiado las túnicas. Es una película de ideas donde la voluntad germinadora de su director acaba produciendo una desestructuración. La escena del barco navegando plácidamente por unas aguas mansas con Hipatia y su enamorado Orestes tan solo a bordo corrobora tal desengranaje. Ni viene a cuento ni en aquellos tiempos se salía a dar una vuelta de marinero placer como pueden hacer hoy cualquier pareja de amantes. El abuso de la música, presente durante toda la cinta es algo, cuando menos, peculiar, que acaba robando emoción a esos otros momentos en los que aquella ha de sublimar la escena.
En resumen, Amenábar ha apuntado alto pero el tiro se ha quedado algo corto. La ejemplarizante y conmovedora historia de Hipatia, la magnificencia arquitectónica y cultural de Alejandría en el siglo IV, la convivencia de culturas y religiones entre sus muros a pesar de parabolanos, sospechosos obispos y decadentes prefectos romanos, y la presencia en sus calles de matemáticos, filósofos y astrónomos paseando junto a la biblioteca más importante de la humanidad, podrían haber dado para mucho más. Alejandro Amenábar ha perdido una oportunidad, una excelente oportunidad. Su talento, no obstante, cuando logre escapar de ciertos adoctrinamientos y agarrarse a la emoción de las cosas cotidianas, logrará erigirle en el genio que sin duda lleva dentro.

jueves, 1 de octubre de 2009

La herencia.


Un anciano reunió a sus cuatro hijos para repartirles sus bienes. Cuando estaban todos juntos, el anciano, sentado junto a un arca donde guardaba todas sus riquezas, se dirigió al mayor:
- Felipe, hijo mío, antes de proceder a repartiros la herencia he de hacerte una pregunta. ¿Si te lo diese todo a tí, cómo cuidarías de tu nuevo patrimonio?
- ¡Oh, padre! ¡Qué gran generosidad la tuya! Buscaría primero alguién en quién confiar, alguién de sobra conocido por mí en sus intenciones y en su fidelidad para que me ayudase en la salvaguarda de ese tesoro, me diese sabios consejos y se convirtiese en el guardián del arca en mis momentos de ausencia. A partir de ahí, crearía una gran empresa con empleados de nuestra propia ideología y los pondría a trabajar catorce horas al día para que tuviesen poco tiempo para pensar. Después les recordaría tres veces a la semana el peligro y la maldad de los otros, los de fuera, y les instaría a sembrar la desconfianza entre todos ellos y de paso a arrebatarles todo lo que fuera menester para que nuestra empresa fuese más grande cada día.
- ¿Y tú, Jose María, hijo mío, como cuidarías del arca si te la diese a tí?
- Padre, tu sabiduría y magnanimidad te honran. Nunca puse en duda tus sabias decisiones. Yo no haría nada de lo que ha dicho Felipe. En vez de buscar un amigo fiel, que esos siempre acaban traicionándote, buscaría al hombre más poderoso de la Tierra y le confiaría el secreto del arca. Él nunca tendría necesidad de esos bienes y siempre estaría dispuesto a protegerme a mí y a los míos. Después le ocultaría al pueblo la existencia del arca e invitaría a mi casa de vez en cuando a los ricos, e insinuándoles esa enorme riqueza, haría ventajosos negocios con ellos para ver crecer continuamente tu generosa herencia.
- Mariano, ¿cómo cuidarías tu del arca si te la diese a tí?
- Padre, estoy tan emocionado que no sé si voy a ser capaz de explicarme bien. Lo que tengo más claro es que no haría nada parecido a lo que han dicho Felipe y Jose María. Es decir, haría todo lo contrario. A ver si me explico, padre. Quiero decir que haría todo lo que fuese menester. O sea, no confiaría ni en el mejor amigo ni en el hombre más poderoso de la Tierra. Iría a Fresnedilla dos Ouros y allí le pediría consejo a la abuela. Tú sabes padre, lo bien que hace las migas con grelos y vieiras y los muchos años de batallas que arrastra a las espaldas. Después esperaría pacientemente a que cayeran por sí mismos todos los enemigos, como caen las brevas maduras de la higuera, y a continuación ya no tendría nada que temer, nuestro patrimonio seguiría intacto toda la vida.
- ¿Y tú Jose Luis, el menor de todos mis hijos, cómo cuidarías de esa riqueza si finalmente te la dejase a tí?
-Padre, ya veo que el sentido común, la transigencia y tu enorme honestidad, jamás te han abandonado. Correspondiendo a tu generosa propuesta, he de decirte que respetando a Felipe, en quién siempre me he fijado por ser mi hermano mayor, los tiempos cambian y eso me ha enseñado a ir con las nuevas aguas. Así que yo apartaría de mi lado a todos los viejos y nuevos amigos, confiaría tan solo en mí mismo, porque eso es lo que me dice el espejo y mi mujer cuando me desnudo ante ellos, y utilizaría los bienes del arca para comprar el resto de las riquezas del mundo y así conseguir que nadie pudiera ser más rico, poderoso, inteligente y mesiánico que yo. Para ello, utilizaré a todos los mendigos, los tontos, los artistas, las putas y los banqueros de la ciudad, porque teniéndolos como aliados, siempre me avisarán de los caminos por donde se acerca el peligro, y quitao a estos últimos, a los demás se les pueden pagar sus favores con unas pocas migajas.
- Bién, queridos hijos. Todos habéis hablado honestamente, sin traicionar en ningún caso vuestra humilde condición. Habéis sido fieles a lo que cada uno ha aprendido y eso os ha llevado a manifestaros, como era lógico, de forma diferente. Después de escucharos, creo que el arca está a buen recaudo. Como buen padre, no voy a esperar más para haceros partícipes de la herencia. Ninguna de vuestras opiniones merece más que las otras y vuestra justa ambición ha de ser premiada a partes iguales. Ahí tenéis el arca. No os será difícil que cojáis cada uno vuestra parte porque el aire no se puede medir y mucho menos meter en un saco. ¡Andad, acercaros y tomad posesión de vuestra herencia!
Los cuatro hijos se dirigieron recelosos hasta el arca y, al abrirla, vieron que estaba vacía.
-¡Padre! ¿Qué es esto? - Inquirieron los cuatro a la vez.
- Es lo que habéis dejado. ¿Creéis que alimentar y educar a cuatro hijos como vosotros no cuesta nada? Os habéis comido el sentido común, la honestidad, la humildad, el respeto entre vosotros, la unión de nuestras posesiones, la educación de los jóvenes, las emociones culturales, la salvaguarda de la familia, la identidad de nuestro nombre, el respeto de los vecinos, y hasta los últimos euros que guardaba en el fondo de ese arca para pagar las bodas de vuestros hijos, mis nietos. Pero no habréis de preocuparos, vuestra inteligencia y los muchos amigos que tenéis por ahí, os ayudarán a salir adelante. Yo ya necesito poco y ese poco lo tengo a buen recaudo. Ahora podéis marcharos.
Los cuatro hijos salieron cabizbajos de la casa, se dirigieron al bar más cercano y allí maldijeron a su padre. Después descorcharon una botella de vino, y entre los brindis, dejaron aparte sus diferencias y se conjuraron en una nueva empresa que vengase oportunamente la afrenta de ese día.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El acompañante



Fue en esos días en los que uno no está. Caminaba a media tarde por un sendero bordeado de palmitos y flores liliáceas sobre la cresta de un cerro, a cuyos pies, allá en lo hondo, se extendía el azul inmenso de la bahía de Los Genoveses. Y esa era mi única conciencia: la del paisaje. Una vista sobrecogedora que se abría paso a lomos del viento y de su silbido hasta acabar estrellándose contra la línea del horizonte. Era inútil llegar más allá. Todos los mundos del hombre se encuentran a poca distancia y gravitan hacia él, o eso es lo que creemos. La línea del horizonte no es si no el perpetuo testigo de nuestra propia inutilidad, el referente a la vista de unos seres alienados de fugacidad y de falta de entendimiento en un envoltorio que, sin embargo, intenta jactarse de la naturaleza y aprovecharse de ella. Así iba yo esa tarde: consciente tan solo del envoltorio y sin nada en el interior. Dejé de caminar y me senté en unas piedras. Nadie estaba allí, ni siquiera yo mismo. Entonces intenté ser piedra, o flor, o palmito, o mar azul o lejanía, cualquier cosa menos la línea del horizonte con su insondable perfil de incertidumbre. Por un instante, creí ser algo del paisaje. Tal vez por la gracia del silencio y de la inmovilidad, tal vez por no hacer preguntas o, finalmente, quizás también por pura compasión. Fue entonces cuando sentí una palmada en las espaldas que me devolvió soliviantado a la condición de todos mis momentos anteriores. Miré hacia atrás y no ví a nadie, pero alguién había llegado hasta allí y yo ahora lo sabía. Sin excesivo terror esperé a que se mostrase de nuevo. ¿Quién podría ser a estas alturas de la vida y a esas horas de la tarde?. No hubo más palmadas, pero el ser invisible, o acaso la propia conciencia de las piedras y las plantas parecía jadear a mi lado insuflándome de preguntas y deseos como si pretendiese rellenar de nuevo la conciencia perdida del momento. Al cabo de un rato y como no se adelantaba, lo hice yo:
- ¿Quién eres? -pregunté sin escuchar respuesta alguna.- ¿Porqué has venido si no te atreves a descubrir tu identidad? ¿Tienes alguna identidad o eres tan solo un espectro procedente de algún cuerpo indigno de otros tiempos?-. Repentinamente el viento aumentó su intensidad y el silbido se transmutó en un lamento. Al cabo de unos segundos dejó de soplar y una voz muy cercana rompió el silencio:
- ¿Es que no me conoces?. Llevo muchos años contigo.
- ¿Eres mi otro yo?
- ¿Tu otro yo? ¿Pero cuántos pretendéis ser? ¿No tenéis bastante los hombres con ser uno mismo? ¡No! No soy tu otro yo.
- Entonces, ¿quién eres? ¿Eres mi angel de la guarda?
- No. Soy mucho más que eso.
- ¿Eres acaso Dios?
- ¿Cómo puedes considerar esa posibilidad tú que precisamente has recelado continuamente de su existencia?
- Porque eres alguien y estás aquí, y además dices que no eres mi otro yo, y además aún no me has fulminado con uno de tus rayos de fuego, y encima me estás escuchando sin que sienta terror alguno.
- Ya veo que los años te siguen permitiendo pararte a pensar y ser consecuente con el momento.
- No sé realmente si eres Dios, pero ahora hablas como uno de ellos.
- ¿Como uno de ellos? ¿Cuántos crees que hay?
- ¡Ah, no sé! Siempre me dijeron que había uno solo, pero ya no sé qué pensar.
- Los hombres como tú siempre contestan con un "no sé" cuando se les deja en evidencia.
- ¿Crees que me has dejado en evidencia? Sería una acción impropia de Dios. Si verdaderamente eres Dios debes darme una prueba de ello, porque con la sola invisibilidad puedo imaginarme cualquier cosa.
- ¿Y si me niego?
- Entonces esa será la prueba inequívoca de que eres tan solo un usurpador.
- ¿Me estás insultando?
- Aún no. Además aunque lo hubiese hecho, no se puede insultar a los espíritus, solo a los humanos como yo.
- Bueno, esa consideración ya nos reconcilia en cierto modo...pero voy a darte la prueba. Hablaremos de tí. Aquí estamos los dos solos, bueno, yo a medias según tus ojos, y tu otro yo no existe, así que solo ese dudoso Dios puede saber cosas de tí. ¿Te vale la prueba?
- Veremos...depende. Dime algo de mi vida, pero no de ayer ni de antesdeayer, algo de cuando era niño.
- ¿Pero has dejado de serlo alguna vez?
- ¿Cómo?
- Bueno, vamos allá. ¿Recuerdas cuando descabalgastes al motorista aquel con un tirachinas?
- ¿Cómo puedes tú saber eso? ¿A ver si eres capaz de decirme con qué lo descabalgué?
- Con un grano de panizo.
- ¡Ostias! ¿Cómo puedes saberlo?
- Porque no soy como tú, soy infinitamente más. ¿Por qué lo hicistes? Ya sabes que de nada te serviría mentirme.
- Lo hice para reafirmar mi propia identidad, tenía que demostrarme a mí mismo y a los amigos esa cierta necesidad de liderazgo que ha viajado siempre conmigo porque al balón le dábamos todos la misma clase de patadas.
- ¿Y así es como tú pensabas conseguir el liderazgo? ¿No estás hablando de un simple ejercicio de vanidad o de una estúpida gamberrada?
- Bueno, tú me has preguntado y te he contestado como se le contesta a un Dios, diciendo la verdad, aunque ésta no te guste. Pero dejemos quieta a la niñez y vayamos un poco para adelante a ver si entonces, cuando tenía más o menos veinte años, seguías siendo un Dios. Anda, dime algo de aquella época.
- ¿Recuerdas aquella tarde de verano en el cortijo cuando salistes de la casa y vistes debajo de uno de aquellos ficus a tu padre hablando con aquel hombre y aquella mujer que él no conocía, pero a los que tú conocías muy bién? ¿Recuerdas lo que sentistes?
- ¡Es increíble! ¿Cómo puedes saber eso? ¿Como puedes saber lo que sentí? ¿Cómo puedes ser tan cruel al recordármelo? Sí, cómo no voy a recordarlo por más que he pretendido borrarlo de la memoria intentando aminorar inútilmente el disgusto de mi padre. Volví sobre mis pasos y salí de la casa por la puerta de atrás, como los delincuentes, o como los desagradecidos, que ahora no sabría decir bién, avergonzado, queriendome morir, pensando una y otra vez en la entereza de mi padre y en la forma con que acababa de pagarle sus abrazos y sus sacrificios. No quiero hablar más de eso aunque seas Dios. Además tú ya lo sabes todo de aquel momento.
- Sí, tienes razón, yo lo sé todo, pero es necesario que te pronuncies sobre ello, y desde la ridícula perspectiva que tenéis los humanos del tiempo, es preciso que definas tu acción, y no me refiero al motivo de aquella visita, si no a como te enfrentastes en ese momento al hecho en cuestión. Y te diré más, alejarte de tu padre durante toda la tarde, deambulando como un zombie por los caminos de otras fincas, pretendiendo inútilmente que te tragase la tierra, solo fue un acto de asquerosa cobardía. Si crees que te estoy insultando yo ahora, dímelo.
- No ofende quién dice la verdad. Esa es la triste verdad y no otra.
- ¿Te vas convenciendo ya?
- ¿De qué?
- De que soy Dios.
- Bueno, al menos estás superando todas las pruebas, aunque no precisamente con esa infinita misericordia de la que nos han hablado siempre los curas.
- ¿Y quién dice que uno haya de ser exactamente como le ha retratado la Iglesia?
-¡Ah, bueno! Ahora al menos pareces un Dios independiente y universal.
- ¡Claro! Eso mismo es lo que soy el Dios universal, independiente, magnánimo, glorioso y omnipotente. ¿Acaso no te lo estoy demostrando con divina precisión?
- Eso parece...hasta ahora. Voy a hacerte una última pregunta: ¿Qué crees que soy yo ahora a mis cincuenta y tantos años? ¿En qué piensas que me he convertido? ¿Crees que me he ganado a tus ojos la salvación, o habré de pagar mis muchas faltas y desvaríos en alguno de esos infiernos que tú también has creado tan inoportunamente?
- Eso deberías contestarlo tú, pero voy a ser generoso y te voy a evitar el discurso. Así verás finalmente que soy un verdadero Dios, el único Dios de la Tierra y del cielo, de los paraísos y de los infiernos, el Dios de todas las cosas, tu Dios, tu sombra y tu yo. Contestándote, te diré que al hecho de cumplir cincuenta años no le concede créditos el cielo, ni a tu niñez atropellada y consentida le puede dar cobijo la inocencia, esa repetida recurrencia a la que tantas veces de mayor has echado mano alegando hipócritamente que nunca has dejado de ser un niño. Y ahora resulta que te sientes una víctima. ¿Por qué? ¿Por no recoger los frutos adecuados? ¿Cuántas veces te has puesto a sembrar la tierra con humildad y con sacrificio? No voy a pasar por alto tus escasos méritos. Algunos de ellos tan dignos como tus vicios, algunos de ellos tan extraños como tus obsesiones, pero nada de eso te ha hecho crecer. Tan solo ha servido para atormentarte. Es verdad que los hombres que se atormentan a sí mismos son algo más que los que no son capaces de hacerlo. Es verdad que a ti se te ha premiado con una capacidad de emoción de la que otros no gozan. Es verdad que has sido un perfecto gilipollas y no un tonto, como les ocurre a todos los que son capaces de averigüar que se van a escaldar antes de meter la mano en el agua hirviendo. Y es verdad que a mi me gustaría parecerme a tí en ese minuto del día en el que resultas brillante, casi un Dios, pero ¡es tan poco tiempo en una jornada! En resumen, tenías que haber sido algo menos de eso mismo y un mucho más de lo otro. Si hubiera de juzgarte ahora mismo, lo tendrías complicado, porque por tu propia capacidad, el juicio se vería salpicado de agravantes. Sin embargo, aún estás ahí. Si logras alejarte del amparo de la inocencia y apartar el victimismo, podrías alcanzar algo de la condición divina de un Dios. Todavía estás a tiempo, aunque algunas cosas habrás de cambiarlas, y conociéndote como yo te conozco, lo veo complicado. Pero amigo, no debes afligirte, si no lo consigues no habrás de preocuparte. De momento estás en mis manos, en buenas manos, ja, ja, ja.
- ¿A qué vienen esas risas? ¿No tienes bastante con todo lo que me has dicho? ¿Qué clase de Dios eres tú que lo sabes todo de mí y encima te regodeas con ese fracaso que acabas de estamparme sobre el alma y la frente? No, no creo que seas Dios. Dime, ¿quién eres tú?
- No. Es verdad. No soy Dios. Soy el diablo. ¿No has visto cómo he hurgado en todas tus miserias? Ahora ya estamos los dos en igualdad de condiciones. Bien pensado, y seguro que lo vas a hacer, después de lo que has visto y oído, deberías considerarme igual que a Dios, al fin y al cabo entre Él y Yo se mueve todo el pensamiento de los hombres, y tú, aunque te duela, no eres ninguna excepción.


"Llamo inocencia a esa enfermedad del individualismo que consiste en tratar de escapar de las consecuencias de los propios actos, a ese intento de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir ninguno de sus inconvenientes. Se expande en dos direcciones: el infantilismo y la victimización, dos maneras de huir de la dificultad de ser, dos estrategias de la irresponsabilidad feliz. En la primera, hay que comprender la inocencia como parodia de la despreocupación y de la juventud; culmina en la figura del inmaduro perpetuo. La segunda es sinónimo de angelismo, significa la supuesta falta de culpabilidad, la pretendida incapacidad para cometer el mal, del que siempre son culpables los otros; culmina en la figura del mártir autoproclamado".

P. BRUCKNER: La tentación de la inocencia.

jueves, 17 de septiembre de 2009

IVA


Iba y venía, va y viene, irá y vendrá, tres tiempos para describir el movimiento casi pendular de un viento desangelado que ha entrado en esta España carca y carcomida, a través de sus cuatro puntos cardinales. Los meteorólogos lo han definido como un siroco, es decir, gestado en lo más profundo del desierto del Sahara, en los crisoles de viejos brujos versados en la alquimia y en la farmacopea, y enviado hacia España a través del incesante soplido de centenares de salvapatrias, colocados en cadena, que esperan pacientemente su recompensa por el esfuerzo. El viento, como todos los sirocos, provoca sequedad e inesperadas tormentas allí por donde pasa, y las personas que se ven inmersas en medio de su torbellino huracanado, sufren repentinos cambios de humor y dolores intensos de cabeza. Sopla igual de noche que de día, y va y viene siguiendo una trayectoria impredecible, casi caótica, rebotando, ajeno a la geometría, por todas las esquinas del territorio nacional. El Gobierno de la nación ha decidido frenar la marabunta de esa masa de aire en movimiento que está volviendo loca a toda la población, y para ello ha recurrido a la forma verbal de su arranque en tiempo pasado, con la única convicción de que para lograr el efecto deseado habría que cambiar la letra central: IVA -Irremediable Vacíado de Alcancías-. Acto seguido, y como dicho efecto no parecía resultar suficiente, ha incrementado la dosis.
Para abreviar y hablando en términos económicos: nos han subido el IVA. No hace falta ser un pariente lejano de aquellos brujos del Sahara para predecir las consecuencias: los más pobres, los parados, los indigentes, los mileuristas, los autónomos, los pequeños empresarios, los que no llegan a fin de mes, los de las hipotecas, los de los inacabables insomnios, los inmigrantes, las putas y los 2.460.584 funcionarios, serán, desde ahora, algo más de la mísera parte de su condición, con cierta exención para estos últimos por su carácter vitalicio. Sin embargo, nadie debe rasgarse las vestiduras ni salir a la calle con guadañas o fusiles, porque la leche, el pan y los huevos han sido indultados con la caridad de un Gobierno que sabe muy bién señalar a los tontos y distinguir a los productos de primera necesidad. En resumen, el Gobierno acaba de perpetrar un atraco "a mano desgobernada" de 6.000 millones de Euros a la clase más pobre de este país. Es algo así como si yo mismo me doy cuenta mañana de que mi casa no tiene los muebles adecuados y para fascinar a mis vecinos de arriba cuando vengan a cenar, en vez de atracar un banco, o asaltar la casa de un ministro, o la de un presidente de Gobierno, o la sede central de la petrolera más grande del país, o la caja de caudales de cualquier laboratorio farmaceútico, o las oficinas del Real Madrid o las del F.C. Barcelona el día del pago de las nóminas, me voy derechito a casa de Paca la de los Cañamones, le atizo un estacazo en la cabeza y después le robo los arenques fritos en aceite rancio que tiene sobre la mesa para cenar. A continuación, perpetro el mismo acto con todas las "Pacas" de España hasta que la montaña de arenques, aunque algo maloliente, alcance valores significativos. Algo, más o menos, así.
Un día salió en la prensa británica la noticia de la muerte del escritor George Bernard Shaw. Cuando esa misma mañana se presentó en su casa un periodista para darle las condolencias a la viúda y abrió la puerta el propio Bernard Shaw, el periodista, perplejo, le enseñó el titular del periódico, a lo que el escritor contestó: "Caballero, me parece una noticia prematura y sobretodo exagerada". Pues bién, a esta nueva acción gubernamental para salvar a las patrias y los pellejos de todos sus mandatarios, lamentablemente, no le podemos asignar ninguno de esos dos adjetivos tan oportunamente mentados por Bernard Shaw, sino que habremos de hablar de una acción certera, precisa, puntual en el tiempo, es decir de ahora en adelante, y en el espacio, o sea en todos y cada uno de los hogares donde la noche se ha hecho eterna bajo el cielo sin estrellas de esta puta España. Y al amparo de la medida todos los pillos harán su Agosto, como suele suceder. El Gobierno acaba de dar un puñetazo sobre la mesa sabiendo que andamos todos debajo, pero los ciudadasnos -digo ciudadasnos y digo bién- continúan con las bocas abiertas esperando que, como el maná, les caigan dentro las migajas prometidas, con el llanto en los ojos, el voto agazapado en el fondo de un bolsillo, los pantalones bajados, y esa mirada inexpresiva que exhiben los idiotas cuando habla o se ventosea el gran patrón. Tanto les da lo uno o lo otro.
España, como la bella durmiente, está sumida en un profundo sueño: nos hallamos bien jodidos y escrupulosamente callados, la ciudadasnía ideal para cualquier gobierno pícaro y traidor.
Lo dijo hace algunos años Félix de Azúa: "Ha llegado la hora de tirar el televisor por el hueco de la escalera y ¡despertar!". Cuando abramos los ojos, veremos lo que queda.

Moscatel y Tordesillas



Moscatel es una variedad de uva blanca o morada de grano liso y sabor muy dulce. Tordesillas es un pueblo de Valladolid que hace ya algunos siglos se ganó la consideración de " muy ilustre, antigua, coronada, leal y nobilísima villa". Pero hoy no voy a hablar de lo uno o de lo otro. Moscatel era un toro de la ganadería de Victorino Martín con 540 Kg. que el pasado martes fue lanceado en todos los resquicios de su brava anatomía por una turba de "cristianos exaltados" hasta morir hecho un lacerico. Entrecomillo para hacer un símil legítimo con la misma turba de "cristianos exaltados " que en el siglo IV después de Cristo apresaron en las calles de Alejandría a la filósofa Hipatia por enseñar gratuítamente la filosofía de Aristóteles, y tras desnudarla, la arrastraron con un carro por toda la ciudad hasta darle muerte y descuartizarla después. Es en esto último donde radica la benévola diferencia a favor de la turba de "cristianos exaltados" del Tordesillas del siglo XXI. Permítaseme que en tal entronque de siglos, finados y espectáculos no distinga entre personas y animales. Y permítaseme igualmente el uso de la palabra "cristianos" porque los asesinos de Hipatia lo hicieron en el nombre de Dios, y los asesinos de Moscatel lo han hecho "como Dios y la tradición manda".
Los muchos años que uno ha cumplido ya, no dejan de ser pródigos con la perplejidad y, lastimosamente, también con el espanto. A base de darme calabonazos contra la pared, desde mis primeras y reconocibles lunas, he conseguido alejarme o ignorar cualquier tipo de detracción, desde los holocaustos y las hambrunas consentidas hasta los genocidios o los señalamientos con un dedo al hijoputa de turno. En unos casos por la distancia insalvable con el hecho pasado, y en otros, por la propia inutilidad de unos gritos -los tuyos- que siempre son ahogados en el clamor infecto y multitudinario que provocan los poderosos. Esta es la nuestra, nuestra España con todas sus zarabandas y las viejas tradiciones. Debiéramos haber perpetuado también a la Inquisición, tan restitutoria, tan ejemplarizante, tan tradicional y tan nuestra. Aquí le llamamos tradición a lo que divierte y conviene, y detractores a los que molestan, pero es que en la viña sospechosa del Señor, sobretodo en este fracturado país con forma de piel de toro, hay fiestas, espectáculos, payasadas, y actos nauseabundos parapetados tras la cortina de la regulación oficial. El escarnio sangriento de la fiesta del Toro de la Vega en Tordesillas es uno de éstos, sino el que más. San Sebastián, el que murió asaetado por decenas de flechas hace ya bastante tiempo, viendo esto, debe haber implorado a su Patrón para que eleve a la más justa santidad la condición de todos sus asesinos. La alcaldesa de Tordesillas, en cambio, anda en otros menesteres. Exaltada, llena de tradicional orgullo y sobretodo feliz por el anual acontecimiento, ha declarado que "se trata de un torneo limpio en el que el toro no sufre", añadiendo respecto a Moscatel que "el animal ha dado mucho juego". Yo, que ando con las referencias y las jerarquías a volteretas y espaldarazos, tomo debida nota, y si mañana me veo sorprendido por uno de esos ataques de exaltación y le pego un tiro en la sien a alguien, diré que ha sido limpiamente, sin mediar palabra alguna, y que el animal, en este caso la persona, obviamente no ha sufrido. Las consecuencias para mí, también obviamente serían distintas porque los toros, al menos en Tordesillas, no forman parte del reino de Dios ni de la justicia. El espectáculo está escrupulosamente regulado por el Ayuntamiento del pueblo y por el Reglamento Taurino de la Junta de Castilla y León, así que todas las manos resultan lavadas como Pilatos en un agua que después de veinte siglos aún sigue ponzoñosa. Es el pacto del diablo con la evolución: el tiempo pasa y la maldad permanece.
Miles de personas han vuelto a correr y a gritar enloquecidas en Tordesillas detrás de un toro que solo podía huir hacia su propia muerte entre espasmos y alaridos, cosido a lanzazos, vitoreado con cada bocanada de sangre y de vísceras, insultado, alabado, escupido, elevado a los tristes altares de una memoria vergonzante que viene a validar, una vez más, nuestra recordada condición de pueblo salvaje y aniquilador. Luego, el más salvaje de todos, el del lanzazo final, le corta los cojones, porque los toros tienen cojones y no testículos, y los enristra en su lanza como fiel recordatorio de la imagen de un héroe que, ay infelice, va a cabalgar todo el año con muchos atributos y vaciada cabeza.
Y hasta aquí llego porque el hedor a sangre fresca y desatino no me deja avanzar más. España mira para otro lado, los detractores han perdido el habla de tanto gritar inútilmente y los exaltados seguirán corriendo tras el astado mientras vocean "¡Viva el toro de la Vega!". Debieran gritar también "¡Viva mi padre y mi madre!" y luego correrlos, alancearlos y conducirlos en un remolque rodeados de una muchedumbre para que nadie pueda contemplar lo que ya nunca más podrá erigirse en un divertimento y ni siquiera campar a sus anchas.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Imaginario


Laoz es un pueblo imaginario que esconde su realidad tras un recodo, al final de todos los paisajes. Hasta allí he ido a parar. No sé cómo ni me importa en demasía. Se encuentra en medio de una inmensidad, una nada de puntos referentes o nostálgicos enclaves por parecidos a aquellos otros donde fueron enraizando mis años anteriores. Sus casas parecen haberse levantado a partes iguales entre el abandono y la precariedad. Algunas, sin embargo, están pintadas con fuertes colores como reivindicando, entre el resto, el derecho a una voluntaria anomalía. Esta excepción me preocupa más que la extraña gente que camina por sus calles. Todos andan cabizbajos y a lo suyo. Nadie mira al otro, andan deprisa y visten ropas andrajosas que parecen de otra época. Ninguna de esas sombras me ha mirado aún y por eso me he palpado ingenuamente. Es posible que mi presencia no les aliente nada, ellos, ya lo he dicho, van a lo suyo, o lo aparentan. Corre un vientecillo frío, desangelador como el paisaje, y la noche está a punto de caer. Algunos gatos -hay muchos deambulando por las calles- me han mirado regalándome un maullido. No hay coches. Solo me he cruzado con una moto sin matrícula que estaba apoyada sobre la fachada de una casa, y con dos mulas de las que tiraba de un ronzal un viejo con un sombrero de paja. Sigo caminando y, poco a poco, el pueblo se está quedando desierto. Lo más extraño de todo es que nadie ha pronunciado una palabra, solo escucho las puertas de las casas abriéndose o cerrándose, los maullidos de los gatos y la ladra lejana de un perro. ¿Se habrán conjurado para llevar a cabo una conspiración multitudinaria y silenciosa contra mí? Creo que he venido a romper el funesto equilibrio de un pueblo que anda más muerto que vivo. O a lo mejor he sido enviado para contribuir a su resurrección. Si se trata de esto ultimo, ellos aún no lo saben. Continúo caminando haciendo zigzagueos sobre una calzada de polvorientos adoquines y, casi sin darme cuenta, he llegado hasta el final, las casas se interrumpen de improviso y no hay nada más allá. Es inútil mirar a la lejanía, nada se intuye, ni gente, ni animales, ni montañas, todo parece haber quedado atrás, a mis espaldas. Tengo la sensación de haber llegado al fin del mundo. Este pueblo y su desolado envoltorio deben constituir el centro de algún universo que aún no ha sido descubierto por el hombre, por otros seres ajenos a los que viven dentro de él. Entre las dos opciones que tengo: marcharme por donde he venido, o tocar la puerta de alguna casa, he decidido hacer esto último. Voy mirando hacia uno y otro lado. Las dudas de siempre me están haciendo caminar como un imbécil, trastablillado entre las fachadas y esperando esa señal que nunca llega. Por fin me detengo ante una de esas casas de colores. El rojo intenso que presentaba a media tarde ahora se muestra como un sucio marrón. Debe ser ésta la que guarda el secreto, si no, ¿por qué me he detenido frente a ella? El secreto de una extraña e innecesaria razón de ser, de la existencia de un enclave que carece de indicaciones en el mapa, una siniestra parada en el camino que ha hecho de mi presencia el elemento transgresor, el perturbador de un oscuro y tenebroso mundo donde las gentes no hablan, o se ignoran, o murieron ya hace mucho tiempo y ahora tienen que deambular de aquí para allá como pequeños fantasmas que han de pagar sus culpas tributando silencio y procurando no alzar la vista más allá de las puntas de sus zapatos. Ninguna luz se intuye a través de las ventanas de la casa. Toco a la puerta y espero. ¿Que diré cuando me abran? ¿Lograré satisfacer mi curiosidad o acaso intentarán matarme por haber llegado hasta allí sin salvoconductos para robarles su secreto? Retrocedo, pienso en salir corriendo ahora que estoy a tiempo y nadie se va a jactar de mi cobardía. Pero, ¿y si el secreto soy yo mismo, la legítima razón de ser de toda esta gente y del carcelario y desalentador paisaje que los cobija? Me adelanto unos pasos y vuelvo a tocar. Nadie abre. Instintivamente palpo una llave en uno de mis bolsillos. No la reconozco, pero instintivamente también la introduzco en la cerradura y la hago girar. Asombrosamente la puerta de la casa se abre. Intuyo sombras irreconocibles en el interior. Los pelos se me ponen de punta, doy unos pasos hacia dentro y digo ¡hola! dos veces y en voz alta. Nadie responde. Me estarán concediendo los últimos minutos por compasión a mi osadía, o a mi estupidez, o a ¡quién sabe qué extraños designios o rechazadas herencias desde otras vidas! Milagrosamente, entre las sombras y los escalofríos, palpo una llave de la luz. Enciendo, y al instante, se despojan todos los fantasmas de sus máscaras: las sombras toman su verdadera forma, la resurreción imaginada del principio comienza a transmutar su condición, y el secreto y la memoria se miran avergonzados, descubiertos por esa repentina iluminaria donde las luces y las sombras se confunden, y los hombres carentes de referencias son engullidos por su incomprensible realidad. De nuevo estoy en casa.