lunes, 22 de febrero de 2010

The road ( La carretera)


La literatura, una vez más, vuelve a conceder oportunos préstamos al cine. La novela homónima de Cormac McCarthy, que obtuvo el Premio Pulitzer en 2007, ha cedido con inusual fidelidad sus cimientos narrativos a una cinta que, inusualmente también en estos tiempos que corren, ha logrado conmoverme. Un cataclismo deja a la humanidad superviviente en un estado de absoluta desolación donde la vegetación, las fuentes de energía y los alimentos han desaparecido. A partir de aquí, la degradación del género humano irrumpe con todo su desenmascarado esplendor situando a un padre -Viggo Mortensen- y a su hijo, en medio de una vorágine que tiñe el fondo de todos sus escenarios de un tétrico color gris.

La Carretera es una historia de familia, la lucha desmedida de un padre que se mueve entre dos mundos antagónicos sabiendo que el horror y la falta de esperanza no son suficientes para doblegar las fuerzas de quien ya solo persigue que su hijo pueda morir unos instantes después que él.

La Carretera es una sospechosa e inquietante pesadilla en la que uno penetra con el primer fotograma y ya no abandonará casi nunca del todo. Tan es así, que cuando se sale del cine y saltan a la vista todos los refulgentes colores de los neones de los anuncios y la gente habla y ríe a tu alrededor, piensas si acaso no será ese el escenario supremo de una ficción: la gran mentira que supone tenerlo todo aún a mano. Tomar conciencia de esta película requiere, tras escapar del ahogo existencial en el que uno se ve envuelto, volver a respirar una vez finalizada, mirar en derredor, observar a los tuyos y a los otros saciados y hastiados de tantas y tantas cosas, y preguntarnos cuánto nos queda para llegar hasta ese momento en que nuestros hijos serán devorados por otros humanos que no tienen otra cosa para comer. Confieso que, en algún momento, la recreación y hasta la frase precisa, lograron traerme a la memoria algunos amargos y emotivos pasajes de aquellos tiempos en los que yo, aún siendo un hijo bien arropado entre las caricias y los juguetes, sentí que algo también moría dentro de mí.

La Carretera es una película que hay que ver, un mal trago que pasar como la ingesta de algunos nauseabundos medicamentos. Curiosamente fui a verla con uno de mis hijos. Cuando llegué después a mi casa y me meti en la cama, caí en la cuenta de que 3300 noches durmiendo solo, no deben producir el más minimo terror o desaliento cuando se tienen otras razones para luchar o se disfruta conversando cada día con quienes te miran a los ojos sin preguntarse si eres o no de los buenos, tal y como hacía el chico de La Carretera cada vez que miraba a los ojos desgastados de su padre.

martes, 9 de febrero de 2010

Integreitor y Termineitor.

Dentro de 20 o 30 años, en los corrillos tertulianos de los pueblos y en las hordas pandilleras de los campus universitarios, se hablará de la nefandad de los dos personajes más payasos de la política de aquella cercana España al filo de su desmembramiento. Aznar y Zapatero, Santiago y cierra España, el bigotes y el cejas, integreitor y termineitor, los salvapatrias de sus propias y respectivas patrias. Dará escalofrío recordarlos. Al uno y al otro. A cada cual por lo suyo, que no es poco. Al final de cada tertulia, y a pesar de sus diferentes componentes de estatura e ideológicos, serán devueltos a un mismo saco, el que les corresponde a los deshechos que no cumplieron con su momento mágico y acabaron en meros despojos de un naufragio que cada uno de ellos diseñó por mor de sus desatinos y sus obscenas obsesiones. Aznar y Zapatero. Uno el hijo tonto de Atila, el que mandó a todas sus huestes y sus deseos en ordenada sumisión a congratular al Atila americano, procurando que no creciese la hierba ni en la mesa donde tributariamente aposentaba sus cortos pies delante del jefe. El otro, un advenedizo con cara de rosa incipiente, o sea de capullo, e instintos mesiánicos de absoluto convencimiento, que nos condujo a la absoluta ruína por el sendero de su estúpida sonrisa y el vientecillo favorable del beneplácito de la imbecilidad nacional. Ambos, líderes de su trasnochada y sosa idiosincrasia, perfectos estudiosos de los beneficios vitalicios del voto, descafeinados apologistas encubiertos del fascismo y el comunismo de los tiempos modernos y sendos sheriff de unas legislaturas que dejaron al pueblo sin credibilidad y sin pan, pero con muchos chorizos campando a sus anchas.
Y se recordarán entre risas y rechinar, no obstante, de dientes, con la memoria de la mala leche aguantada. Y se guardará un minuto de silencio por cada uno de ellos a mitad del discurso para cerciorarse, desde la quietud, de que están en los infiernos, cada uno en el suyo como ha de ser, cada uno a contentar a sus brasas como a sus jefes de antaño: el Atila americano, los señores feudales, los bancos, las putas, los chorizos, los maricas, los corruptos, las adolescentes, Manolo Chávez, y toda la jerarquía planetaria de todos los espacios siderales con todos sus agujeros negros incluídos. Y alguién llorará en silencio desde cualquier recóndito rincón recordando al que murió muy lejos en aquella cruzada ajena. Y otros, apretadas las mandíbulas, murmurarán palabras ininteligibles en honor de la satánica santidad que les dejó sin negocio, sin trabajo y sin razones para seguir adelante. Ambos también, el bigotes y el cejas digo, contribuyeron al paradigma de la dicotomía nacional de imposible vuelta atrás, el dibujo esperpéntico de los dos bandos ideológicos, los indios y los vaqueros, la España inculta y la España boba, arcaicas y obscenas reminiscencias de antiguas guerras civiles en cuya mierda ahondaron y ahondaron buscando razones para otra nueva.
Aznar, el gran fundador de la filosofía patética, que no peripatética, con su cansino tratado del "váyase señor González" y ese emperifollado pragmatismo que le imposibilitaba poderse reir como Dios manda, acojonó a toda la clase obrera del país. Zapatero, el capullo de la sonrisa tonta e inoportuna, algo más tarde, los remató. Sus respectivas legislaturas resultaron, no obstante, sinfónicas, acomodadas a diferentes principios, pero orientadas a parecidos desastres. Uno contra el pueblo, el otro para el pueblo, el pueblo progresivo y el pueblo corrosivo se entiende, la acción en cada caso del disparate exento de razonabilidad, el gobernar en aras exclusivas de la apología del voto sin importar en uno u otro caso los daños colaterales, los poseedores de la gran verdad que es esa gran mentira en cuyo espejo recreaban lascivamente cada noche sus tristes figuras y se metían en la cama santiguándose el uno y besando a su foto de carné el otro.
¿Qué hicimos nosotros Señor en aquellos tiempos para merecer a tan babancas dirigentes? Los españoles somos así, multiculturales, pralinés como el chocolate falso, estúpidos y orgullosos a un tiempo, de gatillo fácil e inexcrutables cuernos, de aborregadas costumbres y criptográficos dialectos capaces de sublimar expresiones como el "ven acá pacá" tan en boga entre los agentes secretos del CNI. Sí, ya sé que tuvimos lo que merecíamos, pero ¿tanto merecimos Señor? ¿Cómo pudistes ponerlos tan consecutivamente en nuestras vidas? El tonto, el feo y el malo. Sí, ya sé que son dos y no tres, pero se lo repartieron. Tú dijistes: "¿No queréis caldo? ¡Pues entonces tomad dos tazas!", y nos enviastes a tu nueva versión de los mesías, uno la metamorfosis de Charlot con cara de culo y sonrisa de gringo de las praderas, y el otro un alienado ser mitad de Mr. Bean y tres cuartas partes de un advenedizo idiota inculto aún por llegar al mundo.
Nos han jodido Señor, entre los dos y a partes iguales para que no se molesten ni ellos ni sus secuaces. El integreitor fundamentalista, talibán de las más altas consignas facistoides de la patria, y el termineitor conciliabulista, el angel exterminador del pan, de las pensiones, de los negocios, de la alegría, y de la familia tal y como ya la entendía Aristóteles en sus preclaros discursos del siglo IV antes de que Tú llegaras con aquellos indicios de esperanza.

domingo, 7 de febrero de 2010

El espejo mágico.


Hoy he vuelto a ver a Irina Shutova y, expectante, me ha preguntado si se me habían arreglado ya las cosas. Parecía estar segura de mi respuesta antes de que pudiese abrir la boca. Cuando le he contestado, ha sonreído a medias. Como la medida, más o menos, de la solución de mis problemas. Me sorprende tanto como me hace feliz que alguién, que he visto dos veces en mi vida, se interese por mis cosas mucho más que los que veo a diario. Aquella primera vez, me miró con fijeza a los ojos, se puso de pie y, acercándose, me dijo que yo era un hombre con una gran fuerza interior y que tuviera paciencia para esperar a que se resolviese lo que me estaba quitando el sueño. Y yo tan solo le había dicho mi nombre y comprado una de sus piedras. Después me regaló una de ellas con un árbol en el centro diciéndome que, cómo el árbol, la vida también ha de dar sus frutos, pero en la estación adecuada y no cuando a cada uno le interese. Hoy me ha regalado una postal de su cosecha con una diosa griega junto a una fuente rebosante de flores y frutas. Dice que significa la abundancia. La he puesto en mi casa junto a la piedra del árbol, como tributo a su sonrisa y sus deseos antes que a cualquier creencia mojigata en los conjuros. Irina mira a los ojos desde dentro, desde lo más hondo. Ella dice, no sin cierto pudor, que lee en el alma de la gente, que lo aprendió de niña al pie de las montañas del Altai y lo supo años después en su peregrinar por medio mundo. Yo creo que es su propia alma la que ella puede contemplar a capricho, y lo que ve, intenta entonces reflejarlo en el alma de los otros, si es que de verdad poseemos esa especie de apéndice interestelar. Mi maestro Bramante ya lo refiere en su particular teoría del espejo mágico: " Solo lo bueno y lo malo que hay dentro de nosotros mismos es lo que podemos ver proyectado en los demás, así que cuando mires a los otros intenta tomar conciencia de ellos con tus mejores deseos e intenciones". Por eso creo en lo que dice Irina, porque sus buenos augurios no son sino la propia felicidad que refleja su mirada, una inequívoca paz interior que ella pretende transmitir a los que, como yo, sabe que andamos a saltos entre el desasosiego, el movimiento caótico y la falta de horizontes.

¿A qué se puede encomendar un hombre cuando no se siente satisfecho de sí mismo? En otros tiempos tal vez hubiese nombrado a todo lo que se mueve alrededor y no a uno mismo, pero es el propio tiempo el que se encarga de advertirte que estás solo en el mundo. Como los naúfragos en una isla desierta, los humanos somos capaces de fabricar un muñeco de paja para echarle siempre la culpa al otro y exasperarnos aún más ante su silencio. ¡Cuán tonta es a veces la inteligencia! Si fuésemos capaces de hacer un cómputo nos daríamos cuenta de que a cada jornada solo le corresponden unos cuantos instantes de verdadera lucidez, es decir, aquellos momentos en los que uno deja de ser un gilipollas propinándole, de paso, un puntapié a la vanidad y los intereses. Es cierto que somos algo grande, tan grande como todas nuestras congojas y alegrías desparramadas a lo largo de un desierto inacabable, tan grande como una música que inesperadamente te rescata del más sobrecogedor de los abismos, tan grande como un padre o una madre o ese hijo que lleva tu sangre y porta tus apellidos, tan grande y oscuro como el amor, y quizá también, tan inexistentes. La imaginación puede ser más grande que la realidad entera. ¿Qué parte de una y otra nos corresponde a nosotros? Al final, ¿qué habremos aprendido o qué habremos de contar?. No veo que los hombres se vuelvan más sabios con los años, aunque sí más resignados. Llegamos llorando al mundo -intuyendo ya lo que nos espera- y nos vamos en silencio, viejos, feos y arrugados. La vida es un proceso contradictorio e involutivo como nuestra forma de pensar. La naturaleza evoluciona y el hombre involuciona: nace sabio y muere parkinsoniano y confuso dejando una estela de deshechos tras su paso y algún que otro recordatorio de onomástica. Desde ese resultado, ¡cuán inútil y ridículo resulta hablar de destino o de proyectos a largo plazo! Y el nacimiento de cada cual es un fenómeno aleatorio, de completo azar, en el que nadie puede mandar a priori. Así que a poco que miremos hacia adentro habremos de concluir que la vida solo es el paso de cada día, la emoción de cada día, la ilusión momentánea, la carcajada sobrevenida, el beso imprevisto, el latido de otro corazón que se ha acercado inesperadamente, el vaso de vino que se apura sin esperar al siguiente, la pulsión instantanéa e injustificada a todas luces de la felicidad, el proyecto del minuto siguiente, o el cuerpo que jadea entre nuestro cuerpo esa misma noche. Lo demás, lo que se espera, lo que ha de venir, lo que se desea, lo que se ansía, es el preciso resultado de esa imperfección que nos va alejando de la trascendencia con el paso de los años. Un guiño burlesco a nuestra propia existencia. ¿Aún no nos hemos dado cuenta de que somos pequeños Dioses y que tal vez la suma de todos nosotros, los presentes, pasados y futuros, constituya la esencia de todas las esencias: el propio y verdadero Dios? ¿Cómo, si no, entender todo esto: la pasión, el deseo, la emoción, el llanto, la tristeza y la carcajada, encerradas en un espacio tan chiquito como un traquetreante corazón?

El ser humano es más feliz en tanto que es capaz de soltarse de todos sus lastres y no exigirle tributos al de enfrente o al momento inmediato anterior o posterior. Por eso procuro morder a la manzana que está aún en el árbol, o jugar al golf ahora mismo en la alfombra de mi casa antes que mañana en las verdísimas praderas de Valderrama, o decirle sin decirle a la mujer que ha decidido compartir conmigo un fugaz momento que es la mujer más importante de mi vida, o querer a los míos de un atracón y no a pequeños sorbos como los seres preventivos idiotizados por los apartijos y el racionamiento. Por todo eso nos llaman a los que somos así, hombres sin cabeza, araganes arrebatados por la catarsis del momento que no saben administrar la larga vida del falso rey, los impetuosos que como las putas nos vamos de bareta con la primera carantoña.

Nada me ha de cambiar. O al menos lo procuro. Irina también lo ha visto: esa fuerza interior no es más que ese atropellado ímpetu que otros no entienden, un deseo exacerbado de vivir el momento, en cuyo momento, también se recuesta y se acomoda la tristeza y, a veces, también la alegría.

lunes, 1 de febrero de 2010

Avatar.


El cine, como la música y la paella, es algo mágico. Suculento, embriagador, caústico, reconstituyente y oportuno. Así es algunas veces. Por eso me permito ir tan solo algunas veces al cine. Bastante tiempo pierdo ya mirando a las estrellas. Hacen falta muchos medios y una cantidad suficiente de talento para poner en escena una obra como Avatar. James Cameron llevaba mucho tiempo intentando parir algo diferente y acaba de estamparnos sobre las incómodas gafas 3D el augurio de que aún no está todo inventado. Como en la literatura o en la música y en el sexo. Que se lo pregunten si no en esto último a un paisano que en su febril deseo de contribuir a la eficiencia de los placeres terrenales, se enroscó un cojinete en estado de calma y se lo tuvo que sacar -ante la inoperancia de los médicos- el jefe de mantenimiento del hospital cuando se presentó la tormenta en todo su estrangulante esplendor. Pero Avatar no ha necesitado de esos mecanismos para producir ciertas dosis de ensoñación en las conciencias de los espectadores. A nosotros los humanos -alienígenas en la película- nos sobra robotización y nos falta sentimiento, conciencia de las cosas en un estado no necesariamente puro, y más aún conforme avanza la rueda demoledora del transcurso de los siglos que nos va acercando a lo salvaje antes que a la santidad.

En Avatar, fuera de su tridimensional concepto visual, se participa a un mismo tiempo de lo místico y de los salvaje, de la exuberancia abrumadora del paisaje y de los entresijos cansinamente egoístas del corazón de los humanos, el hombre y la naturaleza febrilmente enfrentados cuando deberían sostenerse a sí mismos como dos siameses que comparten un único corazón. El argumento no resulta especialmente novedoso, pero la puesta en escena y el mensaje, apenas si necesitan de estructura narrativa. El mundo se mueve en Avatar con los mismos impulsos que en la vida misma: el amor y la ambición tiran del carro, como casi siempre, en sentidos contrapuestos. Pero en medio de esa conocida vorágine desde la noche de los tiempos, surge el milagro: el alienígena de la cinta y el mortal espectador -alienígena de sí mismo- logran conectar asombrosamente con lo más esencial de la naturaleza que les rodea durante algunos cortísimos instantes de la historia. Cameron ha tocado una puerta ancestral: la de nuestros terrarios orígenes y a ella nos remite, prodigiosamente, en unos momentos cuya pulsión nos inunda , sobretodo, de una abrumadora quietud, el ensamblaje audiovisual de un origen y un destino -el nuestro- que está irremediablemente en perfecto equilibrio con una naturaleza que, en Avatar, es una gigantesca fábrica de sueños y de vida. La estruendosa batalla final rompe en parte ese equilibrio y nos recuerda, una vez más, nuestra jodida actualidad. Los grandes cineastas parece que no pueden escapar a ese recurso, aunque no sea precisamente eso lo que queda en la retina cuando uno, a regañadientes, se levanta de la butaca.

Avatar es un gran parque temático colmado de Alicias en el País de las Maravillas, edenes que lamentan su particular cuenta atrás desde el momento en que los humanos se suben a la vagoneta. Un día antes de ver la película, curiosamente, estuve leyendo a Henry David Thoreau en Walden, la vida en los bosques, la ruptura del hombre con el hombre para indagar en las esencias de la naturaleza que son también las suyas. La épica de Avatar y sus facciones de alienígenas humanos no se apoya en el fragor catártico de la gran batalla final, sino en el milagro de la abstracción que muchos espectadores van a sentir en esos contados instantes de la cinta en los que uno quisiera ser bosque, lluvia o savia antes que mortales humanos alienados de egoísmo e insatisfacción. Algo desde luego inusual dentro y fuera de una sala de cine.

Thoreau, en el siglo XIX, también sintió algo parecido: "Una vez que el hombre es calentado ¿qué más puede desear?".

martes, 26 de enero de 2010

Noticias de humanos.

La diversidad no pertenece a la naturaleza. Es una propiedad de los humanos, un acicate a la vez que un estúpido recurso para escapar de todo tipo de amenazas inciertas. Se ve reflejada a diario en los periódicos y uno la mastica cada día con solo echar la vista hacia los lados. Un día cualquiera como hoy, podemos leer en noticias de última hora asuntos tales como que 2000 turistas han quedado aislados en Macchu Picchu, o que una menor recibe 100 latigazos en Bangladesh al quedarse embarazada tras una violación, o que la ministra Salgado contradice al FMI mostrándose optimista ante el futuro económico inmediato de España, o que Ferrán Adriá va a cerrar dos años el Bulli para regenerarse debidamente, o que, finalmente, Imanol Arias se ríe de sus cuernos comentándole a Carmen Alborch que no caben ni en la Plaza de las Ventas. ¡Con dos cojones! como diría el caústico Pérez Reverte. Como en la vida misma o en los partidos de fútbol, leyendo las noticias, hay un tiempo para cada cosa, para reír y para llorar, para echarse a dormir o para salir corriendo y no echar nunca más la vista atrás. Que el mundo está patas arriba, ya lo dijeron Sócrates y, ayer mismo, Eduardo Galeano, lo cual da idea de que el mucho tiempo no ha sido capaz de darle la vuelta, y así nos movemos, con la torpeza de las tortugas, y la postura premonitoria de las cucarachas.
En cada sitio un letrero y en cada mente una intención, el calidoscopio humano por antonomasia, el mundo divergente que hace que unos cuenten los escasos días que les quedan para morir y otros planeen entre bambalinas el divino derecho a tomarse dos años sabáticos. En la selva unos mueren para que otros puedan seguir viviendo. En la jungla humana unos se arrojan por las ventanas y otros abren los paraguas para que no les alcancen las salpicaduras rechinando los dientes por la molestia.
2000 turistas atrapados en Macchu Picchu parece rendir tributo a la maldición de Pachacútec, el primer emperador inca. La fascinación paisajística e histórica de tal enclave se ha transmutado en un infierno para todos los que llevan durmiendo dos días bajo las estrellas en la plaza principal del poblado pidiéndole explicaciones a la Piedra Hintihuatana (donde se amarra el sol), símbolo taumatúrgico de aquel reino.
Y en Bangladesh perdonan al violador y condenan a la víctima, una menor que había quedado embarazada, a recibir 100 latigazos, y a sus padres a pagar una multa para no ser expulsados del pueblo. Siempre sospeché de las raíces tercomachistas islámicas de alguien que me dijo una vez que él cuando veía a una mujer caminando solo veía un chocho andante. La justicia de ese país debe haber visto lo mismo y algo más: la pecaminosa consecuencia de que tal objeto pueda campar a sus anchas.
Y la ministra Salgado, una vez más, vuelve a intentar meter la burra de culo en el pajar de hojalata de esta triste España, contradiciendo y contraviniendo a los que saben mucho más que ella y a todos los preceptos de la ética y el sentido común. ¿Será por exigencias de su jefe o porque desde sus ojos lánguidos y su rostro bonancible ve lo incultos y gilipollas que son la mitad más uno de todos los españoles?
Y Ferrán Adriá, el gurú de las cazuelas y las espumas criogénicas, anuncia a bombo y platillo que cierra su santuario ¡Pero amenaza con volver dos años después! Dos años de nada donde la panza no mermará ni un ápice y algunos de sus contertulios pensarán momentáneamente en el suicidio. ¿Qué puede inventar ya Ferrán a estas alturas más allá de lo que se mueve a modo de impulsos espirales en la gastronomía del universo conocido? Los genios autoproclamados y, no obstante, consensuados como él, necesitan estar llamando continuamente la atención. Será que debe estar aburrido. La fama guarda también en el armario su disfraz de mosca cojonera. Si cuando vuelva, en el 2014, fuese capaz de sorprender con una buena pipirrana y unos huevos fritos estrellados con chorizo, nos haría a todos un poco más felices.
Y ya, finalmente, en ese mismo marasmo panfletario de noticias, Imanol Arias se palpa unos soberbios cuernos en la cabeza -dónde si no-, y en vez de arrojarse por la ventana, estalla en una sonora carcajada. Hombres como él es dificil encontrarlos. Su Pastora nos ha engañado a todos porque no lo parecía, que es una mujer normal digo, y además siempre he pensado que tenía un no se qué, eso que nos resulta a los hombres tan importante en una mujer y que no sabemos bien qué es.
Pero así son las cosas y así nos las cuentan las noticias de última hora: entreveradas, frescas, de rotundo contraste, emocionantes a dos bandas entre lo dulce y lo amargo, secretas en sus verdaderos ingredientes y sobretodo, sobretodo, milimétricamente estudiadas en sus contenidos proteicos para que disfruten los que verdaderamente tienen que disfrutar. Algo así como cualquier plato del gran Ferrán Adriá.

Ni miedo, ni pereza, ni vergüenza.


De repente, me han entrado unas andariegas ganas de hacer el Camino de Santiago. A mi manera. No conozco otra que sea altamente recomendable para un perezoso señalado con el dedo como yo. Va a ser, si el santo lo tiene a bien, en la próxima canícula. Ahí mismo, con las calores y el soponcio de la caminata. Ni antes ni después, para que uno se sienta bien jodido con las inclemencias y el viaje merezca alguna pena.

No busco necesariamente el itinerarium mentis in Deo, sino el itinerarium corporis in Terra. O sea que la gracia de ser iluminados por el Espíritu Santo solo les está reservada a unos pocos privilegiados. Los demás tan solo pretendemos andar, sufrir, respirar y, sobretodo, volver a las patrias respectivas. Andar y andar. Parada y fonda. Viaje, viaje en definitiva. Nada de redención, ni presunta, ni venial, ni conveniente. Andar y andar, eso es, como la vida diaria que compone su particular camino de miles de Santiagos para olvidar a golpetazos la pesadez. Andar haciendo camino que no siempre se hace camino al andar.

Y ya, mucho antes de dar el primer paso, me siento cansado. ¿Pero adonde voy yo con estas hechuras? Pienso arrancar en Villafranca y ya está bien. Siete u ocho días de camina o revienta si aguantan los pies o no lo impiden las brujas maléficas de los Ancares. Dicen que el símbolo más genuíno del Camino de Santiago es el ahorcado, un peregrino que fue ahorcado en la calzada de Santo Domingo por haber robado una copa a la mesonera. Sus padres, al volver desde Santiago camino de Colonia, lo encontraron medio muerto en la horca, es decir, no muerto del todo. Lo descolgaron y "revivió". Y ese es el milagro del Camino de Santiago: pasar de estar medio muerto a viviente pleno. Ahora se entiende por qué tanta gente emprende este calvario de cuestas, pedregales y albergues con un insoportable hedor a humano desgastado. Cualquier paisaje, cualquier ampolla ulcerosa en los pies, cualquier ataque de pánico y soledad, y todos los posibles desalientos del camino, son mejores que la situación tambaleante del ahorcado bailando sobre una soga y muriéndose medio muerto. ¡Gracias Santiago por extraerle a todos tus peregrinos tan jodida y contemporánea podredumbre!

Para emprender el camino tan solo hay que echar adelante un pié y darle una patada momentánea al miedo, a la pereza y a la vergüenza. Una proeza, esto último de la patada, que pienso llevar a cabo cuando el orto helíaco de la constelación Can Mayor coincida con el orto de la estrella Sirio, un fenómeno que ya se conocía hace 5300 años y que anunciaba la llegada inminente de los días más abrasadores del verano.

Ya lo he dicho: con la canícula a Santiago, el hermanísimo de Jesús, según afirmó Fray Luis de León en una lunática noche sin luna.

lunes, 18 de enero de 2010

A cuento de Almería.


Sí, es el título de un libro de relatos y no la historia de los últimos chismes sobre la antigua tierra de las legañas. Ha sido parido como casi todo en esta provincia: sin pensarlo mucho, huérfano de grandes padrinos e impulsado por un viento -de poniente en este caso- que nunca se sabe a donde va. En él se acurrucan, sin molestarse demasiado, dieciseis relatos de cosas que han pasado en la tierra del ronquío silencioso, de la luz cegadora y los viejos sabios de las cavernas que un día osaron coger el arco iris con sus manos. No hay muchos lugares para ubicar en la literatura, ni siquiera humildemente, a esta Almería nuestra que ahora es también de todos esos otros de fuera. Debe ser por nuestra jodida indiferencia, por esa pobreza enmarañada que hemos pretendido inútilmente ocultar tras los refulgentes contraluces de los días luminosos, reventados de viento y de aridez, días de susto y de espanto donde temerarios viajeros, desoyendo los cantos preventivos de las musas, decidieron hacer parada y fonda, uniendo sus huellas con las llagas de un paisaje que, por puro desolador, siempre les pareció de una belleza inaudita.

Almería siempre ha sido algo insustancial, carente de una esencia definida y sin fastuosos monumentos que la identifiquen desde la distancia. Una perla anónima surgida de un mar cristalino que nunca quiso reconocerla como a un hijo legítimo. Por eso es más perla que otras perlas y por eso reluce con un brillo genuíno que no debe vasallajes ni ha de pagar tributos salvo aquellos mismos de la fealdad asignada por otras colindantes y envidiosas tierras. Almería está ahora siempre al otro lado. No hay nada más allá. El que quiera comprobarlo que tome asiento cerca de un palmito en la punta más alta del Morrón de los Genoveses y se trague a sorbos lentos cualquier amanecer. Desde allí, entre el silencio y la atención, podrá escuchar en la lejanía vocear a Fernando Fernán Gómez: "Se ponen culos a las sartenes...Se ponen culos a las señoras", cuando viajaba aquel verano desde Las Negras hasta La Isleta cargando con su bicicleta y su flamante flauta de afilador. Menuda película "Los gallos de la madrugada", menudo retrato, y menudo preámbulo anunciador de la inminente invasión que nos inundó después de cientos de melenudos marijuaneros e imponentes chochos peludos rompiendo la calma y el orden de todas las playas inaccesibles. Casi todo llegó al mismo tiempo: los chochos, el cine, Henri Fonda, Claudia Cardinale, Lee Van Cleef y el Habichuela, por supuesto. ¡Qué gran tierra la de aquellos tiempos! ¡Y qué putos dirigentes los de entonces y los de ahora! Algunas cosas no cambiarán nunca.

A Cuento de Almería rememora algunos chispazos sobre su quebrada línea del horizonte. De aquellos tiempos, de otros mucho más lejanos, de la Guerra Civil, que esa -contrariamente al resto de la humanidad- no se molestó en olvidarnos, o de ayer mismo. Historias de amor y de guerra, de gatos y de familias, de viajes, de llegadas, de marineros desahuciados, de edificios y de la punta telúrica del Cabo de Gata. Escritos con el sentimiento y la leche mamada por cada cual, pero aferrados a la causa común de un regazo al que hoy miran desde fuera miles de ojos añorando no ser parte de un caldo de cultivo hecho a base de jirones de piel, de sol, de miseria, de ramblas, de bodas de sangre y de pistoleros de paja y cuento.

Los autores de esos relatos somos gente normal, demasiado normal para haber llegado hasta esas páginas y robarles las hechuras a los autores de verdad. Pero el sentimiento carece de ornamentos y de cartas credenciales, y ahí estamos, nacidos o llegados desde otros mundos, pero asentados firmemente en una tierra que nada pide y con nada obsequia. Hemos sido valientes al recordarla en insignificantes retazos mejor o peor escritos, procurando que la piel y las entrañas queden siempre al descubierto. La miseria de otros tiempos que enjuagaba en las mismas aguas la incultura y el hambre, ahora se ha dado la vuelta. Como el mundo, Almería está patas arriba, añora su identidad, recela de todos sus caminantes, llora desde la más puta rabia la desolación y el abandono de algunos de sus enclaves, pero mantiene enhiesta la silueta taumatúrgica del Cabo de Gata, ese falo amigo de las culebras y los pájaros que se adentra desvergonzado en el mar hasta rozar con sus labios la Punta de las Sirenas.

Los de aquí somos los hijos de aquel desorden narrado en las páginas de Campos de Níjar, y los que han llegado de fuera para quedarse sin más, son los padrinos que han venido a testificar el milagro. Algunos de los autores de A Cuento de Almería son de estos últimos. Llegaron dubitativos con la maleta presta para volver y cayeron en la trampa. Sorprende y acojona a un mismo tiempo ver con qué sentimiento escriben sobre una tierra que no es la suya. Miguel Naveros, el autor del prólogo, es uno de estos. Nació en Madrid pero piensa en almeriense y respira solo viento de levante. El Instituto de Estudios Almerienses, que él dirige, ha patrocinado el evento, y la recientísima editorial ejidense Lagartos Editores ha puesto el resto. Mónica Sánchez, la coordinadora del libro, logró ponerlos a todos en marcha. Miembro también de la Asociación Narrativa Ejido que integra a los dieciseis autores, Mónica -que tiene una mirada con trasfondo, muchos méritos y también un no se qué- ha sabido capear el temporal de una asociación que, más que un colectivo, ha resultado una catástrofe por mor del decreto ley de los que siempre están dispuestos a joderlo todo. Ni siquiera los intentos culturales están libres de esta clase de gilipollas, narcisos de su propia mierda, en cuyos continuos embites, acomodan su arrogancia los perdedores solitarios que intentan hacerse notar. Pero A Cuento de Almería ha logrado finalmente ver la luz, de una vez y para siempre, y sus contadores de historias caminan de nuevo entre el revienta y la esperanza de una tierra luminosa sin más que, muy pronto, les llenará la capaza con nuevas cosechas.

domingo, 10 de enero de 2010

La Torre de Babel

Siempre que hablo con mis hijos sobre algunos episodios de la Historia, me esfuerzo en indicarles la importancia de ésta, haciéndoles ver que, sin ir más lejos, nosotros somos su último resultado. Luego, cada uno la interpreta a su manera. Aunque decirlo parezca un desatino, la condición más relevante de la Historia es su atemporalidad. Dividida en periplos bien definidos del tiempo, su esencia, el hilo conductor que ha ido engranando hecho tras hecho a lo largo de los siglos, ha gozado siempre de una jodida e incómoda invariabilidad, es decir, el tiempo pasa y, sin embargo, la condición humana, en sus más abyectos componentes, prevalece. Por los siglos de los siglos.
Así somos nosotros y así se escribe la Historia. Da igual profundizar en los entresijos de una reunión de altos mandatarios del Banco Mundial que en el debate de los subyugados arquitectos de la Torre de Babel. Subyugados por el auto sometimiento a la fascinación de construir una edificación capaz de conectar física y metafísicamente con Yahvé. La palabra Babel proviene del verbo hebreo balál, que significa confundir. Dios castigó convenientemente -por eso es Dios-, la osadía de quienen intentaron llegar más lejos de lo permitido. Y lo hizo de la forma más sencilla y a la vez eficaz en cuanto a unos daños colaterales que parecen haber ido in crescendo con el paso de los siglos: confundió las lenguas de todos ellos y así no hubo forma alguna de entenderse. Esa merecida herencia, es ahora un caudal inagotable en el que sacian su sed los maquinadores de las clases políticas para que el resto hocemos en su mierda dialéctica nuestra parte alícuota de confusión, ese trapo que nos ponen en los ojos para que no podamos verlos a ellos crecer y saltar en medio de sus indecentes piruetas.
Los dirigentes de la inminentísima nación catalana no han sentido vergüenza alguna por hacer un uso prestatario y, sobretodo oportuno, de los atributos de aquel Yahvé legislador y justiciero, obligando a los otros dirigentes, los parias sarasas de la nación matriz, a doblegarse a los deseos de que se hable en el Parlamento con las lenguas que a cada uno les salga de sus henchidos cojones. Y encima, para molestia, aburrimiento, confusión y gasto de los oyentes y de todo el erario público. Un gasto cifrado en más de seis mil euros por cada sesión para pagar a la pléyade de traductores que acudirán en masa a recojer un maná que nunca esperaron. El mundo siempre ha estado lleno de lícitos y bienpensados intentos de erigir torres para acercar a los hombres al conocimiento o a una divinidad de la que se sienten, quieran o no, poseídos en parte, pero los otros dioses, los babelistas de la confusión, siempre han logrado echarlas abajo. Pero, ¿qué podemos hacer? Seguir con los pantalones bajados carece ya de emoción porque el gusto ya no es el mismo que el de aquellos primeros embites. Mantener la cabeza gacha tampoco es un síntoma de valentía y aún menos de elegancia. Salir corriendo también tiene el inconveniente de que el mundo es muy grande y nos perderíamos en la carrera. Matar al mensajero ya me gustaría, pero son tantos... Alzar la voz tan solo serviría para molestar a la parienta y a la vecina. Escribir un libro, sí, esa podría ser una buena manera de volverse loco y, acto seguido, pasar a formar parte del club de los pretenciosos anónimos. No sé. No sé qué podemos hacer.
El otro yo me dice que ande con cuidado de no confundirme yo a mí mismo y que deje en paz al resto del mundo. Y en esa guerra estoy. El pragmatismo no va conmigo y por eso me cuesta cada vez más respirar. Los otros, los que andan cerca, a veces me joden bien. Y uno, que es tonto, va y se deja y luego pide explicaciones al oráculo de la gran sordera. Esta última semana ha ido un poco en esa línea: continuos cabreos, retratos fatigosos de familia y más de una decepción. Pero a lo primero estoy bien acostumbrado y la familia es la familia, es decir, la tienes que llevar en el bolsillo. La decepción, en cambio, es otra cosa. Una punzada casi siempre inesperada que voltea de forma dolorosa los méritos que tú mismo habías asignado felizmente. Pero la gente somos así y las mujeres no saben leer los mapas, o eso dicen. Lo que nunca aprenderé es a entender que las personas, como las montañas, jamás cambian sus entrañas. Debe ser porque el niño que llevo dentro aún está lleno de ingenuidad. O porque soy gilipollas y no sé desprenderme de las piedras del zapato. En fin, que no estoy tan literariamente desquiciado como Arturo Pérez Reverte cuando maldice a la sangre y a todos los muertos de la clase política, pero casi, y además, alguna de esa otra gente de cercanías me están abocando a que tome asiento en el sentido contrario a la marcha, lo cual siempre me ha producido un desasosiego por la lógica pérdida de referencias y de calor humano.Procuraré, no obstante, que no me alcance la confusión babélica, la interior, la propia, no la de los demás, ni las parlamentarias o gubernamentales. Y solo hay un antídoto: seguir luchando, seguir sufriendo.
Un día, tres perdidos en un desierto caminaban exhaustos sin esperanza. Uno de ellos vió a otro que se santigüaba continuamente y le preguntó al tercero: "¿Para qué sirve eso?". Y éste le contestó: "Para nada, si no sabe luchar".
Y para otras cosas, como dice Sabina que suena en estos momentos, ya es demasiado tarde, princesa.

jueves, 7 de enero de 2010

La otra memoria.


- Maestro, ¿cómo se puede echar tanto de menos aquello que nunca se ha tenido?
- Eso es por la memoria.
- ¿De qué memoria me habla?
- ¿Crees que la memoria es el mero recuerdo de las cosas?
- Eso he pensado siempre.
- Pero acabas de hacerme una pregunta sobre algo que no pertenece al mundo de los recuerdos y, sin embargo, te está machacando y te corroe como un si un enemigo viviese dentro de tí sin que tú puedas hacer nada.
- Eso es, maestro. Pero ¿qué memoria es esa que pertenece a las cosas que no han ocurrido nunca?
- De todas las cosas de la vida, solo hay una que puede vivir dentro de uno sin vivir en uno.
- ¿Acaso aquello de Santa Teresa de "vivo sin vivir en mí...?
- ¡Claro! Cada uno a su manera es capaz de revivir lo que nunca ha vivido.
- ¿Me está hablando de la imaginación?
- No seas idiota. La imaginación es el recurso de los estúpidos que no son capaces de subir a la montaña y lo hacen con la imaginación.
-¿Pero no es lo mismo?
- ¡Ja! Confundes la existencia con la nada sin saber a cual de esos dos mundos perteneces.
- ¿Y a cual de ellos pertenezco, maestro?
- Si fueses capaz de pensar un poco lo hubieses sabido desde el justo momento en que comenzaste a echar de menos eso que dices que nunca has tenido. Solo hay una cosa en la vida que se pueda echar de menos sin haberla tocado con las propias manos, y mientras eso sucede, uno solo pertenece a la nada.
- ¿Y cuál es, querido y admirado maestro?
- ¿Es que no la imaginas?
- Bueno, usted dice que eso de imaginar es el recurso de los estúpidos.
- ¡Hazlo por un momento! Verás entonces que eres capaz de volar para escapar durante un instante de ese estado insulso donde las emociones no tienen cabida y el único horizonte posible es el del vacío que ahoga a tu propia identidad.
- Ya lo hago, maestro.
-¿Y qué ves?
- Una bola de fuego irradiando luz en todas direcciones, en cuyo centro late un núcleo del color de los azules más profundos de los mares, que se expande y se expande sin salirse de sus límites, mientras un suave zumbido parece salir de su interior, algo así como el murmullo lejano de millones de caballos trotando sobre una densa alfombra de hierba cuyo trotar levanta un aroma que parece estar formado por todas las flores de todos los edenes de todos los mundos posibles. Eso es lo que veo y siento, maestro.
-¡Exacto! Así es, pero no lo nombres.
- No, maestro. No lo nombraré, ahora que ya sé lo que es.

lunes, 4 de enero de 2010

Tabú: el lenguaje de la socialdemocracia.

Si es verdad que la socialdemocracia actual se caracteriza por sus políticas reformistas ligadas a la participación ciudadana, a la protección del medio ambiente y a la integración de minorías sociales, entonces el PSOE está cumpliendo escrupulosamente su programa circense bajo una carpa donde solo aplauden los idiotas. La frase de Nietszche de que no hay hechos sino solo interpretaciones parece haberlos facultado, desde el engranaje siempre impoluto de la filosofía de prestigio, para legitimar unos planes enardecidos, a su vez, por una representación que interpreta e interpreta sin que el hecho en cuestión sea tenido en cuenta ni tan siquiera como hecho.
Nunca he llegado a entender la nomenclatura política. El ser humano se pasa por el forro de sus vergüenzas, siglas incluídas, todo lo que sea menester para alcanzar sus objetivos. Pero la farsa es menos farsa si está adornada con emperifollados y rimbombantes términos que aluden a ese progresismo que esos mismos actores se adjudican para autodistinguirse de las fieras o de los analfabetos. Aburre, si no asquea, observar a tanto dirigente político atiborrarse continuamente de identidad democrática en un ejercicio que, lejos de chorrearlos de obscenidad, les conduce a autoproclamarse los salvadores de los principios fundamentales y por ende de la propia patria.
Estos socialistas nuestros de ahora se afanan en defender y en que suene y suene eso de la economía del bienestar alegando que no tiene por qué existir un conflicto entre ésta y la economía capitalista de mercado. Y a mí me da la risa y, un instante después, la mala leche más inútil de todas las malas leches. Pero ¿qué se puede hacer contra la estupidez? Desde luego la moto se vende siempre muy bien cuando los compradores son los que son. Por eso se ha creado un Ministerio de Igualdad, y por eso se cierran las centrales nucleares, y por eso también se faculta a las niñas de dieciséis años para abortar y se considera la aceptación de la homosexualidad como un síntoma inequívoco de modernista progresismo. Ya lo decíamos al principio: la participación ciudadana, la protección del medio ambiente y la integración de minorías sociales. Así lo interpreta este PSOE que sabe cuidarse muy mucho del riesgo, por otra parte legitimado y lógico, de ser considerado como un partido ideológicamente marxista o comunista. No. Ellos son de la iglesia interpretativa de la socialdemocracia y por eso Rodriguez se pelea con Zapatero para hacer ver que uno de esos apellidos es más digno que el otro. Y por eso resulta tabú relacionar delincuencia con inmigración. Y también es tabú hablar objetivamente de la Historia pero no de la memoria histórica que desentierra muertos sin tierra para enfrentar de nuevo a las putas Españas de hace 70 años. Y también fué tabú durante más de un año hablar de crisis y ahora todos quieren hacer de Dios resucitando al muerto. Y es tabú llamar al orden a los bancos porque luego se vuelven las tornas. Y es tabú tocarle los cojones y las carteras a los ricos porque son los pobres los que han de pagar el pato y además hacen menos ruído porque tienen menos fuerza para gritar. Y es también tabú que un juez denuncie el uso fraudulento de la Ley Integral de Violencia de Género como ha ocurrido con el juez Francisco Serrano, porque la causa feminista siempre debe estar libre de sospecha en los conflictos y así se aseguran futuros favores de un suculento colectivo.
¿Pero a qué se debe todo esto, este consentido ritual de prohibiciones mentatorias, los mil y un tabúes que impiden llamar a las cosas por su nombre bajo riesgo de ser ajusticiado por esta nueva pestilencia de la bandera rosácea de una socialdemocracia que nos desgobierna de día y que volvemos a soñar de noche? El PSOE y Zapatero han sentado jurisprudencia mientras cae el mundo a nuestro alrededor porque las cosas significan exactamente lo contrario de lo que invocan. Es su particular manera de controlarnos y de llevar lo que resulta políticamente correcto hasta unos márgenes inverosímiles. Maldito buenismo que nos ha dejado sin suela en los zapatos ni defensas en el culo.
El otro día le dí la clave a una persona de la familia, licenciada universitaria. La situé frente a un mapa mundi que estaba colgado en la pared y le dije que señalase donde estaba Alaska. Desvió la vista del mapa mirándome y riyéndose torpemente y a continuación, pasando el dedo sobre Mongolia, dijo: "yo creo que está por aquí". Y se quedó tan pancha. Estas cosas y no otras son las que están dotando de una razonable salud a la actual socialdemocracia zapaterista de los mil y un tabúes y ningún resquicio de luz.