lunes, 9 de agosto de 2010

Sin rémoras

- Mira, necesito...sí, necesito hablar contigo. Tengo muchas cosas claras y tengo también un buen lío en mi cabeza.
- Ya. Los líos se deshacen pronto. Solo hay que preguntarle a las emociones. Ellas los deshacen enseguida.
- ¿Enseguida? ¿Así es como tú entiendes las cosas?
- Así es como me ha enseñado la vida y los traspiés, y así es como lo hace mi maestro.
- Siempre estás hablando de tu maestro. Estoy loca por conocerlo. Debe ser como una bola de cristal con barba blanca y bien recortada.
- Sí, es más o menos así, pero también es un proscrito que te roba el alma y la voluntad cuando a él le place. Y esto último es lo que más me fascina de él.
- ¡Vaya hombre...o lo que sea! Pero estamos desviándonos. Quiero que me mires fijamente a los ojos y me hables. Necesito que me hables, escucharte, saber que es lo que te inquieta, saber por qué has dado este paso. Saber por qué me has soliviantado cuando menos lo esperaba, cuando no sabía nada de tí, cuando pensaba que los hombres eran como un páramo de árboles caídos que esconden sobre la tierra sus vergüenzas. Saber por qué has logrado desestructurarme los sentimientos y tambalear mi condición de mujer aferrada a unas circunstancias y un orgullo. No soy capaz de averiguar si escondes un bien o un mal bajo tu sonrisa y esa mirada cargada de deseos. No pensaba que debería enfrentarme a este momento...y, en cambio, lo deseaba, había soñado con él un número incontable de madrugadas. Y ahora, ¡ja! llegas y no sé qué hacer contigo.
- Es muy fácil. Solo tienes que hacer una de dos cosas: dejar que te cuente y sucumbir, o dejar que me marche sin escuchar siquiera un adiós.
- ¿Crees que es fácil elegir? ¿Ahora que me has inundado de horizontes al alcance de la mano? ¿Ahora que has logrado descifrar los trasfondos de mi vida y acertar con precisión los colores insondables de mis ojos? Nadie ha sabido hacerlo nunca y tú me has biseccionado como a una libélula en una noche de radiante luna. Pero yo no soy capaz de saber lo que te hurga por dentro y por eso necesito palabras y señales, esas luces diferentes que encienden tantas cosas apagadas durante casi toda una vida. Así que cuéntame que llevas dentro y por qué has elegido a una pagana entre tantas diosas.
- Yo no te he elegido. Hubiese querido pasar de largo y conformarme con un instante de perfume y un lejano deseo inconcreto. Hubiese sido la forma de que el corazón se mantuviese indemne y la vida vacía, como siempre. Pero no. Al presentirte, al tenerte muy cerca y traspasar con indecente violencia ese mar amarillo de tus ojos ribeteados de un verde imposible, he proclamado a todos los vientos del mundo: ¡¡Fuera rémoras!! Y todos los obstáculos, los temores, los recuerdos, las nostalgias, y las sombras, se han echado para un lado. Y no necesito hablarte, ni contarte cuentos de dulces hadas y enamorados príncipes. Solo tienes que mirarme y observar en qué me he convertido. ¿No ves que ya no soy yo? ¿No ves que soy ya una parte de tí? ¿Acaso sabíamos el uno del otro? Pero el Universo ha logrado expulsarnos de nuestras respectivas órbitas y conducirnos, en sentidos contrapuestos, hacia una inminente e inevitable colisión cuando supo que las fuerzas adecuadas del uno y del otro eran las estrictamente necesarias.
Es el nacimiento de esa precisa energía que los humanos llamamos amor, el carro de fuego que pasa, como el cometa Halley, cada tropecientos años por delante de tu puerta ofreciéndote un instante de futuro y trascendencia, la razón de ser esencial de todas las cosas, la vida justificada, el sentido de la vida, la inmortalidad plena mientras dure esa inabarcable percepción. Lo siento. Siento haberte robado esa parte que fue siempre tuya, pero ahora soy algo más de mi mismo, el hombre sin amor que, sin embargo, ha logrado el milagro de transgredirlo.
- Vamos, dame tu mano y caminemos hacia aquel árbol. Y no hables, no digas nada, solo apriétame de vez en cuando la mano para que sepa que sigues ahí. ¿Sabes? Ese árbol lo planté yo misma hace mucho tiempo y ahora, agradecido, nos va a dar la sombra y el cobijo con el que siempre soñé.
- Vamos.

viernes, 30 de julio de 2010

Ruído de latidos

Sin cadencia, apresurados y amontonados uno tras otro, se escuchan los latidos de un nuevo y diminuto corazón. Es la vida emergente que quiere abrirse paso en la vorágine de otras vidas, el sonido incipiente de una nueva melodía que hará llorar y reir cuando el obligado alimento de las emociones irrumpa una y otra vez en ese mundo hostil que, al principio, todos queremos dulcificar abriendo un telón con decorado de paraíso. Y late para él y para otros, los que lo escuchan de cerca, aquellos que se estremecen con el estruendo de una vida que apenas tiene forma y que ya hace llorar. Aquellos que se imaginan mundos de seda y de rosas, de cabriolas y caprichos, de pequeñas carcajadas y repentinos enojos. Aquellos que se verán reflejados en el iris de sus ojos y querrán hacer suyos casi todos los matices de la genealogía. Y ya sabemos que late con un toque femenino y, por tanto, poderoso, dejando entrever en la música los ecos de un matriarcado de oficio, como habría de haberles correspondido a todas las mujeres del mundo si la Historia hubiese tenido en cuenta las igualdades y hubiese dispuesto la eliminación de los necios.
Y late con murmullo de olas y un cierto tacto de espuma, sedoso corazón que se va aferrando a sus propios componentes, los de la coquetería y el pudor, la pasión disimulada y el deseo, la zalamería, el feliz diseño de curvas, colinas y hendiduras sobre una piel granulada y prohibida para casi toda la humanidad y, sobretodo, con una femineidad sin límites como arma consustancial a la conquista. Así son ellas, así es ya ella.
El mundo se aparta y prepara un diminuto regazo para recibirla, entre miradas y sonrisas, emociones contenidas y deseos de triunfo. La vida descomplicada, desatada y deseada durante un tiempo que pareció una eternidad, un soplo de energía en los aviejados desalientos y una nueva razón de ser para seguir adelante. En Diciembre, en esos días candorosos de dulces y de lumbres, nos hará a todos un poco más felices. Su llegada será como la irrupción del amor, algo sublime e inesperado que nadie ha podido jamás explicar con palabras.
Cuando alguien desea algo fervientemente, Dios, el Universo, y todos los Oráculos del mundo se confabulan para que eso llegue a suceder.
A May.

martes, 22 de junio de 2010

La poética de la insatisfacción.

Reconciliarse con el mundo, sí, eso es. Después de tantos años, las nieblas estériles se disipan y allá, a lo lejos, se ve uno a sí mismo. Es una lejanía de encadenadas cercanías que fueron pasando desapercibidas en su mayor parte. Me pregunto si no debiéramos descontarnos los años de aquellas etapas que no se han vivido. Si ello se nos permitiese, algunos volveríamos a ser niños. ¿Y para qué? Nadie quiere volver a la niñez, ese escenario de las risas y los llantos confundidos, de los juguetes amontonados y maltrechos víctimas de la codicia y del aburrimiento, el mundo de los sustos y de la insatisfacción. ¡Qué lejos queda ya todo eso!
Algunas noches, el laberinto de los sueños nos tortura con su incomprensible máquina del tiempo y nos vuelve a sentar en la escupidera. Cuando eso sucede nos despertamos sudorosos y estremecidos por un salto que la conciencia rechaza enseguida porque va contracorriente del paso testarudo de la vida. Un paso tan corto como pesado donde tan solo el sentimiento exige infinitud, ausencia de límites, la vida concebida como algo inacabable. Y al abrir de vez en cuando los ojos solo vemos el hiriente estigma de una confrontación: escenario e individuo, el cuerpo y el alma. ¿Cómo definir donde empieza el uno y acaba lo otro? Mientras tanto, vamos haciendo enemigos invisibles a uno y otro lado del camino, al tiempo que los optimistas, los clérigos y la consanguíneidad encienden antorchas a nuestro paso. Son en muchos casos las guías aparentes e inservibles de la vida porque nada alumbra más que el fuego propio. Y no es esa una llama que tienda a apagarse con los años como algunos nos han dicho.
Siempre supe que había comenzado de verdad a envejecer cuando me di cuenta de que en el fondo del saco se acurrucaba una última esperanza. Una esperanza incierta, sin forma ni historia, tal vez esa exigüa orden de mérito con que se nos premia al final de todos los trayectos para evitar la obligada asepsia de la autodestrucción. Se trata de la esperanza incompartible de cada uno, el legado de un millón de vidas anteriores, soñadas, deseadas o vividas, el poso amargo que ha ido quedando como único testigo del trasiego continuo de las vivencias y de las ideas. Debe ser ahí mismo donde se guarda el secreto, la respuesta a tantas preguntas, la verdadera materia de la que estamos hechos, y el destino de cada cual. Y a eso le llamamos esperanza, la última esperanza, un soplo de aire viejo que debemos mantener y conservar. Ella es la que, después de un largo tramo recorrido, deberá proveernos de las armas esenciales para luchar contra la insatisfacción, aquel estado que conocimos cuando niños y que ya nunca supo o quiso abandonarnos. Y ella es también la que llama ahora, tal vez tardíamente, a la reconciliación.
Reconciliarse con el mundo es una tarea que no por global resulta más dificultosa, pero reconciliarse con uno mismo es un penoso trabajo identitario que nos avisa de que estamos claudicando. Esta nuestra es una guerra que se disputa al revés. La gran batalla final es el principio, los primeros despuntes de la verdad, de esa única y gran verdad que cuando venimos a descubrirla en el último y sonoro estruendo de la batalla, resulta que ya estamos muertos.
Hay, no obstante, en toda esa hecatombe de la incomprensión, un cierto murmullo melodioso que nos transmite verdadera paz con cada punzada, con cada recuento de lo que no fuimos capaces de alcanzar o conseguir, con cada una de esas pérdidas que nos dejaron al desnudo el frío puñal de la soledad, con cada uno de los segundos siguientes al estado consciente y pleno del desánimo. Es algo así como una especie de poética de la insatisfacción, las migajas de pan que se escaparon desde la mesa de un Dios que andaba distraído en otras cosas.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ahora

Ahora, a la una y cuarenta y cuatro de la madrugada, suena en la radio Jehtro Tull. Mi perro duerme como un perro viejo, junto a mi cama, a todo lo largo de su mantica. La mesa es un marasmo de pequeños desórdenes: cables por todas partes, libros, papeles en blanco y papeles escritos, periódicos de hace semanas, las dos cámaras de fotos, pilas gastadas, el trapo de limpiar las gafas, los libros que he escrito yo y los que han escrito gente que no conozco, polvo por aquí y por allá, una navaja de Victorinox y no sé cuantas cosas inservibles más. Esta noche no se ve la luna en la ventana, pero seguro que está siendo observada por otros muchos. He llegado jodido a casa sin ninguna razón que lo justifique, porque nada ha cambiado. Por eso he llegado jodido a casa. Durante esos primeros instantes he tenido que luchar con aviejado sacrificio y la cansina entereza de otras veces contra ese nauseabundo desaliento. Después, me he metido en la cocina, ese pequeño espacio que aleja el aburrimiento y despereza la conciencia. El chocolate, como casi siempre, ha puesto dulce final al refrigerio. Durante media hora he estado hurgando en el portátil en uno de esos escaparates de mujeres en busca del que les dé brillo y esplendor. ¡Cuán petardas son la mayoría! Y que me perdonen las pocas que no lo son. Hace rato que me he pasado a la vera de la madre, la del portátil digo, para ver las fotos que, a falta de una buena Cuccinotta, les he soplado al edificio Carrida que, con la luz sesgada de la tarde, se mostraba de un azul lascivo que encendía. Como siempre, dos o tres tomas adecuadas entre un ciento. Ayer no fué un mal día: fotos a un chalet de imposible venta, un arroz a mediodía con rape y gambas cuyos granos robaban de vez en cuando los gorriones, regado hasta verle el culo a la botella de Paco y Lola, un albariño sabroso de nuevo cuño. Y risas, conversación intrascendente, es decir, buena conversación, continuada con la ayuda de un buen vodka y un café con Tía María junto a la piscina de verdísimas aguas del club de golf Playa Macenas y la ruidosa melodía shakesperiana de cuarenta ingleses borrachos a nuestro alrededor. Quería escribir esta noche sobre algo trascendente, o sea, sobre la ruda belleza de una katana o acerca de la vida de un mosquito que lleva clavado en el techo desde que he llegado, pero no ha sido posible. La falta de inspiración y de estímulos para llevar hasta la pantalla algún texto con sentido, comienza a ser preocupante. Así que ahora, a las dos y treinta y tres, tal vez sea más provechoso hacer lo que hace el perro y soñar solidariamente con él. ¡Qué jodida linealidad sobresaltada por fastuosas pesadillas que nunca sé ni quiero interpretar! ¡Cuánto envidio a los que duermen plácidamente! ¿Será porque la tienen muy chica, la conciencia digo? Pet Shop Boys están cerrando el concierto radiofónico y hoy mi madre nos ha mandado a la mierda tantas veces como ha abierto la boca, pero ya estamos acostumbrados y ojalá que el entrenamiento dé para muchos años. Y ahí sigo, tambaleante, pero en pié todavía, rodeado de cosas inservibles, desordenándome a mí mismo en cada instante, persiguiendo luces utópicas y apagando cada noche las que andan al alcance de la mano. Pero en pié, al fin y al cabo. Y eso es lo trascendente, la convenida trampa para seguir adelante. Así que corto, cierro, meo y hasta mañana si Dios, como siempre, quiere.

sábado, 1 de mayo de 2010

Chac-mool el intermediario.

"Españoles, el Estado ha dejado de existir. Reconstruyámoslo". Lo dijo Ortega y Gasset en el justo y oportuno momento del propio deceso. Varias décadas después -quién lo diría- vuelve a repetirse la historia a pesar de las wii, los gps, las monedas comunitarias y los spas de agua de vino y rosas. Y es que la corteza de las cosas humanas ha cambiado el maquillaje, pero no ha podido con el interior.
La otra noche, trasnochando junto al teclado y el transistor, escuchaba a los Beatles su Eleanor Rigby y, envuelto en esa magia suave y trascendente de la música, me abducí a mí mismo hasta el principio de la década de los setenta. Una vez allí, intenté hacer un balance comparativo, como las dos fotos de una misma cara que se ponen juntas para atestiguar el drama del paso implacable del tiempo. Sí, ahora soy 40 años más viejo -más evolucionado que diría benévolamente Mr.Darwin-, debo ser también algo más experto y algo menos vehemente, pero sigo con las mismas obsesiones, no acaban de cumplirse los sueños esenciales, y encima he perdido muchas cosas y algunos seres queridos por el camino. La vida tiene poco de recolecta y un mucho de naufragio, pero Ortega y Gasset con su frase, nos invita, como al Estado, a la reconstrucción. Y en eso ando, a trompicones por el mal estado del camino y la permanente amenaza de inciertas tormentas sobre la línea del horizonte.
Esta noche ha hablado Mario Conde de su celebérrima caída, sin pelos en la lengua ni los necesarios adornos dialécticos de otros tiempos. Luis María Ansón, invitado especial a la tertulia, ha sido el convidado de carne y hueso que ha refrendado una gran parte del testimonio. Nunca fuí un admirador, ni del uno ni del otro. Pero el tiempo pone a todos en su sitio. Acojona la entereza y la humildad de Mario Conde, forjada como el acero a base de buenos golpes. Fue el enemigo de muchos, y tal vez lo siga siendo también ahora, pero la evidencia es la que es y a esa grandeza hay que rendirse por mucho que no nos gusten los terratenientes y los untados con gomina hasta las cejas. Es más, pienso que es la persona más lúcida, coherente e inteligente de toda la raza hispánica actual. Y jode, sí, decirlo de alguién que ha sido vilipendiado y encerrado durante varios años entre barrotes y asesinos. Esta noche ha hablado sin tapujos, sin acritud y sin recelos, como corresponde a quién acabo de definir, como corresponde a quién ha aprendido escrupulosamente unas lecciones que quizá no necesitaba ni merecía. Mario Conde no acusa, se limita a analizar y a narrar los hechos con precisión milimétrica de fechas, horas y personajes, y finalmente sonríe para ocultar su llanto interior. Los contertulios le tientan una y otra vez con lo de la conspiración política y él vuelve de nuevo a sonreir. No necesita hacer proclamas porque sabe que es poseedor de la verdad de los hechos y a eso se remite. En el camino, él también ha perdido muchas cosas, las que todos, más o menos, venimos a perder, pero el norte lo llevó siempre en el bolsillo, esa guía que ahora asoma alevosamente con cada uno de sus juicios. ¿Habríamos de pasar todos alguna vez por algún carcelario purgatorio para crecer como hombres, sabedores de nuestras culpas? Esta noche ha sido capaz de retratar la situación social y política de la España del 93 y compararla con la del 2010, la sobrevenida tras las dos legislaturas de los gobiernos socialista y pepeísta. Y se repite la historia del 93 con el agravante de que estamos peor en todos los campos. Así que si Ortega levantase la cabeza volvería a pronunciar su visionaria y triste frase.
¿A quién podemos echar mano? El otro día leyendo la historia de los mayas lo descubrí: a Chac-mool, el intermediario entre los dioses y los hombres, un alienígena mitad hombre y mitad dios que ponía paz entre ambos mundos porque los dioses y los hombres jamás se han entendido. Pero claro, ahora, los Chac-mool del siglo XXI, los que habrían de ponernos como aquellos otros en sintonía con la divinidad, han transmutado su papel, y la línea de comunicación hombre-dios se ha perdido indefectiblemente. ¡Ay, aquellos intermediarios de los mayas! ¡Ay si pudiéramos darle la vuelta a la piel de la Historia! Podríamos comunicarnos con los dioses y contarles nuestras cuitas, y escuchar emocionados su consejo, y seguir con razonable pasión el camino trazado por ellos, y preguntarles si debemos matar al mensajero o sentarlo a nuestra mesa. Pero no. Los Chac-mool de los mayas han desaparecido y nuestra españoleta sociedad anda perdida, sin guía, sin consenso y con muchos resentimientos.
El Estado ha dejado de existir porque los intermediarios entre los dioses y los hombres hace mucho tiempo que abandonaron la mitad de su condición. Mientras tanto, los modernos usurpadores de tan dignísima y ancestral tarea, andan al acecho pertrechados de todo tipo de infamias. Se mueven y remueven en las altísimas esferas del poder, reptan por todos los resquicios del dinero, se disfrazan de pontífices sectarios cuyas consignas religiosas garantizan la salvación del alma y vociferan desde sus refulgentes estrados teorías en las que nunca creyeron.
¡Pobre del que no sea capaz de fabricarse su propio Chac-mool, aunque esté hecho de esas mismas imperfecciones que todos llevamos dentro. ¿Cómo si no creéis que Mario Conde fué capaz de rescatarse de toda esa podredumbre que varias docenas de satanases prepararon con esmero y sutileza para él?

miércoles, 21 de abril de 2010

Privilegios inesperados.


El fotógrafo Robert Hupka solicitó ser encerrado junto a La Piedad de Miguel Angel durante toda una noche para poder fotografiarla desde todas las perspectivas posibles. Contra pronóstico, y muy extrañamente, accedieron a su petición. Realizó todas las fotos en blanco y negro buscando sin duda no soliviantar el claroscuro de la sala que albergaba tan extraordinaria obra. A lo largo de la noche se encaramó en diversos andamios, se contorneó una y otra vez bajo la escultura buscando el ángulo perfecto, reptó como las culebras junto a los pies de los personajes, sintió miedo y escalofríos, se abrazó por momentos a ellos buscando calor y sosiego y permaneció durante muchos minutos absorto en los volúmenes y las texturas de tan imposible grandeza escultórica. Él, como tantos otros, se preguntó una y otra vez el porqué de haber esculpido el rostro de la Virgen tan joven como el del Hijo yaciente en sus brazos. Miguel Angel ya lo explicó al decir que cuando alguién está enamorado de Dios jamás envejece. Hupka llegó a confesar que después de su experiencia ya no volvió a ser el mismo. ¿Qué le rondó en la cabeza? ¿Fué tal vez elegido para escuchar, entre toma y toma, algún inesperado susurro de revelación en el oído? ¿O alcanzó a sentirse tocado por la conciencia de una profanación que llegó a estremecer la merecida quietud de unas figuras marmóreas dormidas hasta entonces?
Los verdaderos privilegios se presentan así, sin avisar, pero su viejo deseo de multiplicar los puntos de mira y los mil y un detalles de una obra inconmensurable, se alienó con el Universo haciendo posible el encuentro de un hombre con la "belleza inaccesible". Viviría después toda su vida recordando aquella noche en la que fue capaz de escapar de lo cotidiano, de los rudimentos de un pensamiento que esa misma noche le permitieron hacer un guiño a los propios resortes de la mortalidad.
Esta mañana he contemplado la experiencia fotográfica de Hupka con razonable emoción. Tal vez por eso, a media tarde, he recibido una buena noticia.

lunes, 29 de marzo de 2010

Solución y disolución.

Parece ser, al menos un correo de internet así lo atestigua, que un alumno de química contestó en un examen lo siguiente acerca de la diferencia entre una solución y una disolución: "Una disolución es introducir a dos de nuestros políticos para que se disuelvan en una cuba llena de ácido. Y una solución sería meterlos a todos." Parece ser también que se convocó inmediatamente una especie de cónclave entre todos los profesores del centro para pensar en una inédita condecoración que fuese capaz de premiar en el futuro tan alto grado de coherencia, valentía, y contundencia dialéctica, algo que fomentase, si no el esfuerzo didáctico de la propia materia, sí el refrendo triunfante de la verdadera utilidad de la materia gris, que para eso también ha de estar.
Peligrosa incipiencia de conciencia social la de este alumno, se habrán adelantado a pensar algunos de sus profesores más carcas. Desde luego, éste se ha salvado del enorme saco en el que el filósofo Agapito Maestre metió el otro día a la clase juvenil española calificándola como una de las más primitivas y salvajes del continente europeo.
Cuesta trabajo pensar en lo que están pensando ahora mismo los jóvenes españoles, olvidados de sus padres y éstos de ellos, alentados por las consignas de unas tribus callejeras cuya máxima obsesión es ir mostrando los piercing y los tatuajes por las esquinas, y cuya última esperanza de sentido común resulta aniquilada a diario por los ecos mediáticos de la basura televisiva a cuya ponzoña se inclinan idolatrando la imagen totémica de un disparate continuo que nadie es capaz de frenar. ¿A dónde van nuestros jóvenes? ¿A donde vamos nosotros, los que dejamos de serlo hace tiempo, cuando agachamos la cabeza y levantamos la voz tan solo en la soledad de nuestras alcobas? ¡A la mismísima mierda! que diría mi madre en ese proverbial lenguaje que entienden hasta las ranas desde sus charcas. Los políticos, los padres, el sistema educativo, el sistema socio-económico, el metasistema en definitiva, esa palabra de las dos semánticas según convenga hablar de ideologías o de bolsillos, están volteando a la sociedad, y los jóvenes son las esponjas que absorben de inmediato las aguas residuales para darse en ellas un baño de heroicidad. Ser rebelde sin años y sin cultura es el contrasentido universal de los tiempos modernos, la merecida herencia de todos los que no hemos sido capaces de mover un solo dedo para impedirlo. Algunos dirán que las aguas fluyen y que hay que dejarlas correr. El partidismo político vive para sí mismo y los jóvenes son a menudo las carnazas oportunas cuando conviene el alboroto en casa del enemigo o el certero escupitajo en la frente del que propugna consignas para la reconducción. Los jóvenes se encuentran abducidos por la falta de horizontes, una carencia que ha justificado el puntapié a los principios fundamentales, tradicionales, religiosos, laicos, o de la propia comunidad del barrio de cada uno. Y en ese panorama de penosas certidumbres se ha instalado un aburrimiento que emborrona a diario cualquier atisbo de crecimiento personal.
Cuando yo tenía la edad de ellos, seguramente era bastante más gilipollas porque me ponía rojo cuando alguna de mis correligionarias me llamaba por mi nombre, y porque un condón me parecía un innombrable instrumento de tortura barriobajera, y porque pensaba continuamente en lo que quería ser de mayor para devolver el favor a mis padres. Pero jamás se instaló en mi mente la desidia o el aburrimiento. Jugaba al fútbol en el barrio dos o tres horas diarias, sí, pero también esperaba ansiosamente la llegada, cada fin de mes, de los libros escogidos del catálogo del Círculo de Lectores. Obras como Viento del Este y del Oeste, o Un Yanki en la Corte del rey Arturo, o Narraciones Extraordinarias, o Buenos días tristeza, entre otras muchas, fueron devoradas noche tras noche en la cama, recostado sobre la almohada, hasta que vencido dejaba caer la cabeza. Recuerdo la emoción con la que cada año, en Septiembre, hojeaba los nuevos libros del curso que luego forraba con aquel papel azul de rugosa textura, alguna de cuyas páginas sirvió también para dar cobijo a más de una carta de póker con tías en pelotas. Pero éramos entonces igual de gilipollas que de apasionados: con los libros de texto, con los atlas, con los cómics o con los naipes prohibidos. Sabíamos lo que queríamos y sobretodo sabíamos lo que nos emocionaba, respetábamos con temor a todos los que parecían tener algunos años más que nosotros y pensábamos continuamente en el futuro, en ser mayores como nuestros padres y ser padres de provecho para otros hijos. Y soñábamos y soñábamos, con alcanzar metas, con viajar en verano en el seiscientos atestado de chiquillos y tortillas hacia esa playa que estaba al otro lado del horizonte, y con verle el culo a la chacha en ese prodigioso y voluntario descuido que se daba una vez al año, y también, ¡cómo no! con que el jefe de la casa se plegase a nuestros deseos comprándonos la enciclopedia cuyos folletos había dejado en la casa aquel vendedor charlatanesco que comía a la par de cada una de sus precarias ventas. Y crecíamos más con los sueños que con los años. Y así hasta que nos hicimos mayores, mayores con no muchos años, pero cargadas las espaldas de referencias y bien ordenaditas las jerarquías: el profesor en su intocable estrado, los viejos en su arrugada coraza de experiencia y sabiduría, los sueños y los libros siempre a punto, y los padres en el centro de todos los posibles universos. Así, al menos, me ocurrió a mí, un jovenzuelo de mediocres notas que disfrutaba perpetrando refinadas gamberradas en el barrio tanto como hurgando en las proezas de Robin Hood o en los maltrechos escenarios de El Diablo Cojuelo. Un buscador empedernido de emociones y, a veces, atropellado, eso es lo que fui entonces y quisiera ser también ahora. Por eso me asola esta juventud que no lee, que no sabe y que no quiere saber.
En 4º de ESO, que no sé bién lo que es eso, con dieciséis años y la libido haciendo palmas, no saben cuál es la capital de Chile, ni quién pintó Las Meninas, ni qué es el Ganges, ni quién escribió Bodas de Sangre, ni qué es un géyser o una pinacoteca, ni quién fué María Antonieta, ni dónde se encuentra el uréter. Pero sí saben qué es el punto G aunque dudo que sepan hurgarlo como él merece. Y es que he tenido ocasión de preguntárselo a algunos de ellos para salir de inútiles dudas.
Nosotros, los mayores, los subsidiarios, los guías en quienes habrían de haberse fijado esos jóvenes, hemos fracasado ante el estrépito de su voluntaria y terca incultura. No saber es un problema, pero no querer saber es una tragedia. En esos trayectos la crueldad se reaviva, la tolerancia se aminora y las conciencias se adormecen. Y en esa calma estamos, resignados los unos, aburridos los otros, y envilecidos los demás.
Pero el alumno de química, al menos, ha sido capaz de dar una solución. ¿Quién da más?

miércoles, 24 de marzo de 2010

Un cuento.

- Abuelo, háblame de tu tiempo.
- Ya... ¿Mi tiempo? ¿Cuál de ellos?
- No sé, ya sabes, ese tiempo que fué tuyo en otros tiempos.
- ¡Ah! ¡Mi tiempo! Debería haberlo guardado en un arcón con un buen candado y abandonar la llave después en cualquier recodo del camino.
-¿Para qué?
- Para no malgastarlo como hice siempre olvidándome de mantenerme alerta.
- ¿Alerta? ¿Y para qué querías estar alerta?
- Pues para ser aún joven cuando tu llegaras y explicarte las cosas desde poca distancia.
- Pero abuelo, si siempre hemos estado muy cerca.
- ¡Claro! Ahora mismo nos separan apenas las alas de una mariposa...La distancia no es eso, pequeño saltamontes.
- ¿Por qué me llamas pequeño saltamontes?
- ¿No te gusta? Bueno, entonces te llamaré rana gigante.
- ¿Qué dices abuelo? Ese me gusta aún menos.
-¿Ah, sí? Pues mira, eso es lo que tú eres: un pequeño saltamontes y una rana gigante.
- ¡Anda ya! Aunque lo fuese no podría ser las dos cosas a la vez.
- ¿Que no te lo crees? Pues eres esas dos cosas y muchas más.
- Me estás decepcionando, abuelo. Nunca pensé que me veías como a un bicho.
- Es que los saltamontes y las ranas no son bichos.
- ¿No? Entonces, ¿qué son?
- Son...gente, gente encantadora disfrazada con alas y traje de agua que juegan saltando de arbol en árbol los unos y croando por la noche cuentos de futuro a las estrellas las otras.
- No te entiendo, abuelo.
- Pero ellos a ti sí. Yo en mi tiempo hablaba de vez en cuando con ellos y aprendía cosas que no sabía enseñarme la otra gente, esa que va disfrazada de gente.
- ¿Y qué cosas aprendías?
- Pues mira, fueron ellos los que me dijeron que tú llegarías algún día. Y eso me hizo sentirme feliz, muy feliz, tanto que desde entonces pensé que yo en otro tiempo mucho más lejano del que tú me preguntas, había sido un saltamontes y algo más tarde una rana.
- Pues ahora que te miro, no te molestes abuelo, pero de cintura para arriba te pareces a un saltamontes y de cintura para abajo a una rana.
- ¿Serás desvergonzado? A ver, explícame las razones de esa partición corporal.
- Pero si tú estás orgulloso de ser dos bichos a la vez...Verás, esos ojillos, así, hundidillos, y tus brazos que casi siempre están encogidos me recuerdan al saltamontes. Y lo de la rana, es que cuando vas andando te mueves como las ranas: más hacia los lados que hacia adelante.
- ¿Ves como tengo razón? Eres un buen observador, aunque...un poco cabroncete.
- No, abuelo. Soy tu nieto. Por eso he visto lo que llegaste a ser en aquellos tiempos tan...tan raros. Pero yo te preguntaba al principio por tu tiempo de antes, cuando no eras ni una rana ni un saltamontes, cuando eras ya una persona como ahora y yo aún no había llegado.
- Ya lo sé que me preguntas por ese tiempo. No fué un buen tiempo y no lo digo porque lloviera o hiciese mucho frío. Los tiempos no son ni buenos ni malos, tan solo se viven o se desviven, y esto último sí que es una desgracia.
- ¿Y como se vive o se desvive un tiempo?.
- Pues mira, ahora mismo, escuchándote y teniéndote tan cerca, yo estoy viviendo el tiempo. Pero cuando no llegabas y ni siquiera se habían acercado hasta mi el saltamontes y la rana para hablarme de ti, entonces estuve un día tras otro desviviendo el tiempo. Y eso no es otra cosa que el tiempo se da la vuelta y se aleja de tí, y te deja huérfano de toda conciencia, de su transcurso, se hace irrisorio, se convierte en un enemigo, se te atraganta de día, te horroriza de noche, y aleja finalmente las ilusiones que se esconden detrás de los árboles o de las estrellas. Yo sé que te resulta dificil entender estas cosas, pero algún dia lo entenderás.
- No, abuelo. Creo que las entiendo, pero no llores, no me molesta ser un saltamontes y una rana.
- No estoy llorando.
- Sí, si lo estás. Me lo ha dicho la rana. Pero el saltamontes también me ha dicho que no me preocupe, que también se puede llorar de alegría. ¿Sabes una cosa? Que no me molesta ser esos dos bichos a la vez porque si tu también lo fuiste en otros tiempos, yo también, y además acaban de decirme donde está el arca en la que guardaste aquel tiempo malgastado para que te lleve hasta ella y lo puedas volver a utilizar.
- ¿Ah, sí? ¿Y donde está?
- Abuelo, no seas tonto. Dame la mano y cierra los ojos que yo te conduciré hasta ella. Me lo han dicho nuestros parientes, esos bichos que saben más que la gente. Tu arca del tiempo y la mía son la misma, abuelo. La abriremos y aquel tiempo perdido será de nuevo tuyo y, entonces, saltaremos de árbol en árbol y le contaremos cuentos a las estrellas desde las charcas. Y la gente...¡qué nos importa a nosotros la gente!

lunes, 22 de marzo de 2010

Tres miradas.

Toni Blair es un hombre que se dedica a ganar dinero hablándoles a la gente de cómo ganar dinero. Lucio es un anarquista español afincado en París que vivió con intensidad el Mayo del 68 y cuya premisa, de entonces y de ahora, es la de que robar a los bancos es un ejercicio de inequívoca altura moral. Yo, en cambio, soy un hombre vulgar, el hombre en busca de sentido sin más. No soy anarquista ni he sabido nunca ganar dinero dando conferencias o susurrándole trasnochadas consignas a los oídos de los que me parecieron más poderosos que yo. Sin embargo, en los sueños de los tres, esa especie de aúrea de amanecer que olvida sus paisajes de inmediato, trasciende un factor común, un elemento compartible que disiente y se aparta de lo material y de sus logros: la absurda necesidad de sentirse útil a uno mismo. Y cada cual utiliza los medios a su alcance y aprovecha las diferentes atmósferas a su alrededor, sean o no la mera consecuencia de su paso por el sitio, para conseguirlo.
Blair aprovecha una posición social de absoluto privilegio: la que permite haber sido Presidente de una de las naciones más poderosas de la Tierra, con el añadido incluído del ruído mediático que le propició su perfecta alineación y alienación con Mr. Bush, el Terminator de los hombres con cara de sospecha. Desde esa herencia y ese ruído permanente de aplauso en los oídos, piensa que goza de una nueva dimensión, la visión que facultan los avatares y las volteretas en la primera línea de fuego y que, además, es extensible a todos los ámbitos. No le afectan los errores ni las críticas y aún menos los muertos en su cuenta indirecta. Reúne momentos estelares en su pensamiento y amortiza y amortiza delante del espejo con una indudable mueca de triunfador. Entonces hace la maleta y se lanza al mundo encasquetado en su sonrisa, conecta con los aplausos y prepara las consignas que vomitará a los embelesados que en el fondo siempre pensaron como él. A continuación, otros se encargan de cobrarles a esos mismos entre 4 y cinco mil euros por asistir a la sala donde con muchas palabras y pocas ideas les indicará el camino para llegar hasta la diosa fortuna. De esta manera, el Sr. Blair se ha embolsado en los últimos tres años 22 millones de euros y los que D.m. te rondaré morena.
Lucio tiene ya un marasmo de arrugas en la cara pero no las muestra en su verborrea. Mira con ojillos de pícaro y se pavonea ante las preguntas. Se considera el centro neurálgico de lo políticamente incorrecto y ante esa desvergüenza se arrodilla. No le tiembla ni la voz ni el pulso, pero deja entrever de vez en cuando los repuntes de haber sido siempre un hombre apasionado. Los imaginables zarandeos no le han movido del sitio: nació atravesado y ahí sigue, sin dobleces, rebelado ante todo lo rebelable, llamando a las cosas por su nombre, volteando los términos para que queden las intenciones al descubierto, y sabiendo siempre en el lugar que se parapetan los malos. Lucio no parece odiar a nadie, pero se ríe de los delincuentes que la gran mayoría entiende como los salvadores del mundo: la Banca, los políticos y sus respectivos órdenes establecidos. Y sigue viviendo en París por estricto mandato del cumplido deber con la tierra que le rescató del aire enrarecido y carca de aquella otra de su antiguo origen, y además, dice también, por las carantoñas impagables de algunos de sus nietos.
Yo, ahora, quisiera ser como ellos: conferenciante y anarquista. O sea, recorrer el mundo visitando todo tipo de templos gastronómicos, soltando arengas y mentiras por mi boca, hipnotizando e idiotizando a las audiencias, lamiendo a domicilio por la noche pieles tersas de alto standing, y pasándome por el forro de las texturas y los escrotos las leyes establecidas, las promesas de los políticos y las carnazas de los bancos. Pero no. Soy el hombre en busca de sentido. Uno más. Como esos dos. A los tres, como a tantos otros, nos une ese sexuado deseo de ser útil a uno mismo. Por eso Mr. Blair es pródigo en conferencias de autoayuda y los 22 millones de euros le parecen irrisorios ante su enorme contribución al enriquecimiento virtual de los ignorantes. Y por eso también, Lucio luce ese sarcasmo de hombre sobreviviente y camina cansinamente por las calles del barrio de Belleville levantando, no obstante, la barbilla, en señal de respeto y admiración exclusivamente hacia sí mismo. Y por eso finalmente yo también, levanto y agacho la cabeza alternativamente conforme voy intuyendo la grandeza y la miseria que confluyen en ese buscado sentido, una jodida ambigüedad que me lleva amargada la mitad de la mitad de mi vida. Un porcentaje, en cualquier caso, ciertamente esperanzador.

miércoles, 10 de marzo de 2010

10 de Marzo.

Un beso desde las descarnadas raíces de la memoria inagotable que tú mismo sembrastes en este alocado corazón. Un abrazo desde la infinita distancia que se hace ridícula cada vez que me sobresaltas con ese aliento que no cesa. Una mirada desde tus ojos que ahora son los míos y que me indican el camino a seguir. Un inabarcable agradecimiento: el de haber podido disfrutarte en toda la plenitud de tu inconmensurable sabiduría, paciencia, sacrificio y generosidad. Una revelación: la que me permitió saber de la condición divina de algunos hombres. Un deseo: el que volviéramos a nacer para tenerte de nuevo en casa. Y un mensaje innecesario: te queremos.