lunes, 23 de mayo de 2011

El asfalto

Así, como quién no quiere la cosa, he vuelto a ver "El asfalto". Cuarenta años son nada para las obras de arte. En aquel momento me asfixió y ahora, profundamente conmovido, he podido observar entre sus grises y oscuros algo como un ventanuco al mundo, al mundo de nuestros días, al pulso de esta torpe y sinvergüenza modernidad que nos sacuden los ricos a las espaldas y legitiman los políticos como el nuevo maná que dará alimento a todas sus artimañas.



"El asfalto" trascendió en su día los límites imaginativos de la miseria humana y sus alcances. Su progenitor, aquel Chicho Ibañez Serrador que osaba salirse del tiesto de tanta puesta en escena rimbombante y aburrida, retorció su mente una y otra vez para ofrecernos aquellas historias sin parangón por muchos años que fueron viniendo después. Escogió a su padre, como en tantas ocasiones, para interpretar un drama que nadie en la historia del cine o del teatro hubiese podido hacerlo mejor. Narciso Ibáñez Menta era un animal de la escena, un ogro que devoraba sin esfuerzo alguno los inquietantes papeles que la otra fiera, su hijo, solía adjudicarle. Y a su voz, ese estertor de ultratumba que nos estremecía a todos en el sillón, le sobraba cualquier paisaje por tenebroso que fuera. "El asfalto" debió sentar en su día toda una jurisprudencia teatral, un modelo a seguir. Nada le sobra y nada le falta, ni un gesto, ni una palabra, ni un decorado...El mensaje es aplastante, concluyente y sobretodo rabiosamente actual, sin vuelta atrás, como la muerte, irreversible y atroz. Finalmente también resulta liberador, como cualquier desastre, el alivio último con que se nos premia, cual míseras migajas, al final de todos los sufrimientos. Chicho Ibáñez sabía tocar esa entraña y su padre nos la vomitaba encima, sin compasión, sin esperanza, a tripas fuera sin importar a donde irían a parar las naúseas.



La condición humana se ha ido envileciendo con el paso de los siglos. Tan solo hay que leer a los clásicos para darse cuenta de ello. No era tanto la sabiduría de éstos como el sentido metafísico de la solidaridad y el respeto hacia unos semejantes que apenas tenían algo para comer. Los siglos han ido haciendo su agosto y cobrando su tributo: ahora las barrigas están más llenas, los cerebros más vacíos, y la ambición amenaza con destruir esa bola que vaga por el espacio ajena a todos los males que lleva dentro.



Para asomarse a "El asfalto" solo hay que abrir las ventanas y mirar a lo cerca y a lo lejos. Cada uno va a lo suyo y le molesta el de al lado, no como las hormigas -sociedad más avanzada que la nuestra- que aunque también parezcan ir a lo suyo trabajan incansablemente para la colectividad. El asfalto, esa materia negruzca sobre las calles que llegó con el progreso, se está reblandeciendo bajo nuestros pies y amenaza con ahogarnos como al padre de Chicho Ibáñez. En aquella ocasión la indiferencia y la burocracia perpetraron aquel crimen paradigma de lo absurdo. "¡Ayudadme, por favor!" suplicó incesantemente el "atascado" antes de ser engullido mientras sudaba y sudaba desesperado por la incomprensión. Ahora de aquellos polvos vienen estos lodos. A parecidas burocracias e indiferencias se han sumado las partitocracias, el canibalismo político, los metasistemas económicos y las luchas intestinas en cada grupo o grupúsculo por ejercer el poder. Y así estamos, clavados en el asfalto mientras se pavonean airosos los que pasan de puntillas sobre él.



Gracias Chicho por advertirnos de ello. Gracias Narciso Ibañez Menta por interpretarlo y sufrirlo con tan alta dignidad. Dos genios de un mismo tronco.

lunes, 4 de abril de 2011

A J.L.R. Zapatero

Lejano y cercano Jose Luis: La lejanía de La Moncloa desde mi moncloílla en términos geográficos y ascéticos, y esa cercanía de los muchos días e inacabables noches en las que he sentido tu aliento dulzón junto a mi hocico, no me han bastado para conformar el sano juicio que todo fiel vasallo debería tener de su señor, es decir, casi me vuelves loco ante tu inclasificable paso por las alfombras rojas de los que reconducen los designios de los hombres. Desde ese punto de partida, cualquier juicio que se pueda hacer de ti goza del grave riesgo de estar equivocado, pues tal ha sido, en términos de gloria histórica y de temperatura ambiental, tu paso por el castillo. Ni frío ni calor, los cero grados Kelvin del jaimito aventajado a su maestro son los aires en que te has movido tú, una atmósfera de ingravidez en la cual los daños colaterales han sabido mantener idemnes tus cojones -bravo vocablo para tus méritos- e impoluta tu eterna sonrisa de gringo estúpido de unas praderas que siempre fueron más siberianas que de Arizona.

No creas que te hablo desde la insignificancia, algo que tú jamás obviarías por el soberbio sentido del consenso social que casi siempre has intentado enarbolar. Lo hago desde el convencimiento y, sobretodo, desde la frustración por el tiempo perdido, el tuyo y algo más el nuestro, que entre acto y acto han ido dejando en la sala ruído de llantos y rechinar de dientes, y algunos dóciles aplausos.

Dicen algunos que eres tonto e irresponsable, otros que eres irresponsable y tonto. Yo no lo creo. Primero porque tú no eres así o viceversa, y segundo porque no se puede ser ambas cosas a la vez todo el tiempo. Algunos dicen también que eres el nuevo mesías. Debieron de leerlo en tus ojos en una noche de lunática luna. Y otros dicen que eres el gran precursor de la filosofía del Nuevo Progresismo Integrado, es decir, esa nueva corriente en cuyo envoltorio de santa tolerancia caben todos los parias, los desvíados, los antisistema, los abertzales, los juanes sin tierra, las marujas, los adolescentes rebeldes y las putas de carretera y chocho al aire, siempre y cuando, todos ellos, se mantengan a moderada distancia del que imparte la lección en los estrados o en los desiertos. La verdad es que dicen tantas cosas de tí...

El pueblo siempre habla y habla al tiempo que agacha y agacha la cabeza. Estos españoles del siglo XXI en nada nos parecemos a aquellos moros que enseñaban primeramente el capullo y los alfanges y luego, sin apenas palabras, nos dieron por allí mismo durante un puñado de siglos. Un terreno perfectamente abonado que tú, cercano y lejano Jose Luis, has sabido cultivar para tus propios adentros en pro de una extraña cosecha que casi nadie sabe ahora valorar. Ocho años te han bastado para grabar a fuego y odio tu jurisprudencia ante un incierto futuro que te llevará, manque le pese, a sus espaldas durante unos cuantos años o un porrón, ¡quién sabe! Habría que calificarte por ello como el Gran Conseguidor. Qué biensonante aparecerías en los libros de Historia futuros tratando de esta nueva Edad Media: ¡Jose Luis I el Conseguidor! El que movió y removió lo bueno y lo malo dejándolo todo como la postura premonitoria de las cucarachas, o sea, patas arriba. Más valdría, pienso yo, que te hubiesen recordado en esos libros como el Gran Masturbador, ya que a buen seguro muchos ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, miembros y miembras, y demás etc. de ambos géneros de este país, habrán recurrido a tan manual y manido entretenimiento para olvidar los largos pesares de tu periplo con el desenfreno de un momento de gloria.

No te equivoques pensando que soy de esos que enarbolan la banderita de España al paso de los señores fudales que tienes enfrente. No. Esos también tienen pan y con qué comérselo. Es como lo del huevo y la gallina: para que haya personajes como tú es necesaria la función de esos de enfrente. Así que a tus méritos habrá que sumar los de ellos que son los que, a la postre, te han llevado en volandas sin quererlo. Si se descuidan, vuelven a perder las elecciones y entonces sí que habría que volver a esa hoguera que a falta de herejes, asase a los tontos. Que no te apuren, pues, mis instintos porque están escasamente untados de cualquier ideología, al menos de esas cuyas siglas van encabezando las papeletas en las listas. Procuraré, por tanto, que no aparezcan arengas ni ofensas al signo y a la matriz de tu cultura política o su contraria para no parecer un necio como esos que escupen o aplauden al paso de las carrozas sin apenas darse cuenta de que entre el dia y la noche hay mil y un estados de luz.

Ya ves que te hablo a ti y no al partido, al fin y al cabo los desmanes y las victorias las propician las personas y no los estatutos. Creo que hace tiempo que te subistes a un arból huyendo del suelo para no enfangarte precisamente en él. Es lo que hizo aquel héroe de Italo Calvino, Cósimo Piovasco, para ver el mundo desde otra perspectiva y mantener incólume su rebeldía familiar. No ha sido esa tu causa querido ya, desde estas letras, Jose Luis. Te subiste al árbol para ser alcanzado por la luz de los que creen ser elegidos para la reconversión del mundo en cuanto que despertastes de aquel sueño en mitad de La Moncloa. Y desde ahí diseñastes tu propia entelequia: la consecución de un fin que todo el mundo ignora y cuya esencia se encuentra en tí mismo, porque es posible cuantificar pero imposible cualificar aquello que has promovido. Y ya he dicho que no eres tonto. Ningún necio aguanta dos legislaturas en el poder. Has logrado confundir y hasta desesperar a tus correligionarios más cercanos, has puesto la oreja, pero no el oído, has negado hasta la saciedad lo que era evidente, y te has rodeado a voluntad de un áurea de tonto que te ha servido de salvoconducto para evitar explicaciones. Y siempre, siempre, finalmente, has hecho lo que te han dictado los designios de tus santísimos cojones que deben ser la única parte de tu cuerpo y tu alma que acredita alguna santidad. ¿Y por qué, me pregunto, has olvidado el cuadro para irte a las alcayatas? El pueblo puro y llano siempre te importó una mierda y así andamos. Has gobernado para el enaltecimiento de unas pocas minorías y para mantener junto a la tuya la sonrisa de los bancos, los únicos maquiavelos de nuestra españoleta sociedad, los adalides sin escrúpulos de las tragedias domésticas y empresariales en pro de un beneficio que nunca peligró y que siempre les pareció poco. Y tú vas y los engordas para que nos saquen el dedo corazón cada vez que franqueamos cabizbajos los umbrales de sus puertas. Sí, tienes mucho que contarle a la almohada en cuanto vuelvas a casa, el dulce hogar que te propiciará largas siestas y amargas nostalgias, el descanso del guerrero que nunca lo fue porque siempre te costó entrar en batalla. Tú siempre viste al enemigo allá donde no estaba, en consecuencia, tu principal problema ha sido la ubicuación, y por eso, no creo defraudarte si te digo que jamás debiste llegar a un sitio que no te correspondía, por más que los sufragios se encarguen de mover al personal. Las democracias son tan buenas como tontas, necesarias para erradicar a los dictadores y promiscuas con su propia condición: el acontecimiento de un día puede hipotecar el futuro de cuatro años y la gente, el rebaño, le vota antes al castigo que a su propia convicción, y en esto, los españoles nos salimos del tiesto.

En fin, mi cercano y lejano Jose Luis, que acabo ya el discurso que nadie se va a molestar en leer y que cumple tan solo con el deseo, también democrático, de expresarte mi opinión acerca de los servicios prestados por vuesa majestad a lo largo de estos años, unos años en que me han menguado el trabajo, los ahorros, las perspectivas, las ganas de salir de juerga y hasta las de votar cuando llegue su momento, al tiempo que me han crecido las canas, la calvicie, la barriga, la indiferencia, el escepticismo y una mala leche que empieza a ser preocupante.

Un completo balance, como verás, que tu amigo Rubalcaba -el Gran Defenestrador- calificaría sin apenas levantar la ceja como " Bueno, es lo que toca, cuando toca, en el país que toca". Y entonces como contaba aquel gitano a su compadre al salir de misa: "pos ná compadre, que sa vuelto er cura un montón de veces diciendo que sa perdío el gorro, y ¿ká pasao?, pos ná, que entre tós hemos tenío que pagar el gorro". Pero el gorro, querido Zapatero, siempre lo pagamos los mismos, todos esos a los que, risiblemente, acogen las siglas de tu partido. Salud y suerte.

viernes, 18 de marzo de 2011

Entrelobos

Antón Chejov decía que solo había dos clases de obras de arte: las que lograban emocionarle y las que no. Sentado frente a Entrelobos he sentido lo primero. El film de Gerardo Olivares me ha resultado una rareza, algo inúsual en la particular filmografía española tan recurrente y tan a medio camino en el logro de los aspectos esenciales. Desde esa atalaya de sorpresa, me he recreado en sus ambientes casi lascivamente, adormecido a voluntad en su imponente regazo de fauna y naturaleza, y fascinado por una fotografía que en algunos planos me ha parecido sublime. El principal enemigo de la cinta y a todo lo largo de ella es su historia verídica, un contratiempo que lejos de resultar un referente se ha erigido en algo imposible de plasmar a lo largo de dos horas y a pesar de los esfuerzos. Y es que los doce años de miseria, soledad y supervivencia vividos por un niño pastor en plena Sierra Morena de finales de los 50 es algo imposible de describir. Marcos Rodríguez Pantoja se llamaba y aún se llama la criatura, el hombre que dice entender más a las bestias que a los hombres.
Por una vez he dejado a un lado los enjuiciamientos para dejarme llevar por la inquietante mirada del búho y el aroma intenso a musgo y a jaras que se percibe con solo entornar los ojos y respirar hondo, el viejo anhelo asilvestrado que esperaba su momento para despertar.
Entrelobos me ha conmovido profundamente dejando a un lado sus discutibles componentes tecnológicos y su falta de ortodoxia narrativa. Bien es verdad que una parte de los sueños de Félix Rodriguez están proyectados en esta película, y más aún conociendo las dotes de documentalista de su director, algo no necesariamente malo que vuelve a resaltar la belleza del lobo y la espectacularidad paisajística de la Sierra Morena cuarenta años más tarde, el vigoroso renacer de unas nieblas que sirvieron de cobijo a lobos y bandoleros en aquella España tan triste que Olivares ha sabido rescatar.
La película transcurre enseguida y por eso quizás la quieras ver de nuevo al dia siguiente. Una rareza como ya digo y a pesar de sus cimientos narrativos, algo trompiconados y con un serio derrumbe en cuanto que el niño magistral (Manolete Camacho) deja paso al muchacho (Juan Jose Ballesta). Sancho Gracia, el pastor, apenas necesita hablar, se basta con su imponente presencia y la malafollá que le sirve de aparejo, un oportuno contrapunto a sus rudimentos y a su especial sabiduría.
La película no es un documental, pero lo parece, y las críticas siempre dicen que se podía haber hecho algo más. El que lo crea que lo intente, se eche las cámaras a las espaldas y recorra la Sierra Morena en busca de sentimientos. Toda novela se podía haber escrito de otra manera, como toda pintura podría mostrarse con diferentes colores. Esa Sierra, sus olores, sus misterios y su grandeza son tal y como la enseña Gerardo Olivares que para eso, además, es cordobés, y, muy, muy al final, deberá estar la trama -que habrá pensado él. Por eso los diálogos son justos y las peripecias escasas.
Como ha dicho alguién por ahí, en las manos de Clint Eastwood esta historia hubiese resultado algo grandioso, pero al yanqui, entre tanta maquinaria tecnológica, se le habría escapado lo esencial: la sutil captación de vientos que a ese cordobés pujante, como a un buen perro de caza, le ha permitido traernos la pieza a casa, un envoltorio de pura e hispánica naturaleza y un pedazo de nuestra Historia, en este caso tan mísera como cercana.
Fue en esos mismos parajes cuando hace ya algunos años, mi hijo David y yo, apostados en el puesto a la sombra de un chaparro, escuchamos, ya en las últimas, los gritos lastimeros del perrero llamando a la Pantoja y al Cadenas, dos canes que, al igual que aquel otro Pantoja, ya no quisieron volver a escuchar las monsergas de los hombres.

martes, 15 de marzo de 2011

Ora et labora

En Zaragoza, la capital, donde La Pilarica y el viento frío y aullador del Moncayo reparten a diestro y siniestro sus diferentes gracias, se encuentra el monasterio cisterciense de Santa Lucía. Lo puso en marcha Pedro II de Aragón, también llamado El Católico, a finales del siglo XII, y lo alegran hoy una veintena de monjas en un moderno edificio del barrio de Casablanca.
Se levantan muy temprano, comen poco, rezan mucho, saben guisar, zurcir, planchar, sembrar, restaurar, encuadernar y pintar. Y sus pequeños sobresaltos se ciñen tan solo al timbre de Vigilias, Laúdes, Misa, Sexta, Nona, Vísperas y Completas que viene a marcar el fin de la fervorosa jornada a las nueve muy en punto de la noche. Después, solo silencio y el ruído apagado de alguna cisterna, por los siglos de los siglos, durante todas las noches.
Pero la calma, que no el fervor, ha saltado por los aires. A maitines, o sea cuando todo el mundo duerme aún, llamaron la otra mañana a la policía. Unos ladrones habían violentado las puertas y descerrajado un armario de donde se habían llevado varias bolsas de plástico. Personados de inmediato en el convento, comprobó la policía que el asunto era tal cual y que toda la comunidad se encontraba sana y salva. Pero, ¿qué había en las bolsas? se aprestó a preguntar el comisario. Pues verá -contestó dubitativa la abadesa-, los ahorros, el esfuerzo y el trabajo de la comunidad. El comisario arguyó que le faltaban datos para llevar a buen puerto la investigación. Finalmente, la abadesa cedió a las súplicas: las bolsas contenían un millón y medio de euros en billetes de curso legal y sobretodo de una sola cuantía: 500 euros. El comisario tomó asiento enseguida y resopló mirando al otro lado del viento de la noticia. La abadesa, consciente del asombro, lo justificó: son los ahorros de toda la comunidad durante más de 40 años -volvió a decir, evitando esta vez el cruce de las miradas-.
Cuesta creerlo a pesar de los dogmas y de la Fe, pero al igual que Santo Tomás concretó las cinco vías para demostrar la existencia de Dios, observando detenidamente la web de las monjitas y sacando conclusiones, podemos poner sobre la mesa otras cinco vías, más versadas esta vez en el materialismo que en la trascendencia, a través de las cuales se demuestra que en un puñado de años, no necesariamente muchos, a base de rezar y trabajar se pueden llenar unas bolsas con un millón y medio de euros. A saber:
1.- Pequeñas ayudas recibidas desde otras colectividades y las propias enviadas desde el Clero.
2.- Donativos en metálico de una y otra índole efectuados por simpatizantes, cooperantes, altruístas y personas anónimas.
3.- Facturación de trabajos profesionales por restauración de libros, manuscritos, códices y otros documentos, así como por la encuadernación de los mismos en piel, pasta española, gualflex, telflex, oro, sepia, pergamino, etc,etc.
4.- Venta a galerías de arte, particulares, obispos, organismos oficiales y a través de portales de internet de las obras pictóricas de inquietante realismo llevadas a cabo por Sor Isabel Guerra conocida como "la monja pintora".
5.- Suma de todo ello a lo largo de los últimos quince o veinte años.
Pero, ¡ay!, que un millón y medio de euros parece mucha recolecta para un convento, excesivo premio a la virtuosidad y el fervor, un botín impropio de seguidores de Cristo con toca y hábito en pleno siglo XXI.
¿Pero como una congregación religiosa de clausura que ha hecho votos de obediencia, de castidad y de pobreza confunde la palabra de Dios con el negocio? Debió llegar un día en que postradas todas ellas ante los frutos incesantes de sus méritos, lograron caer en trance y, entonces, convinieron avenirse al sincretismo religioso que facultaría su nuevo status: armonizar, ¿por qué no?, el sacrificio y la riqueza dejando que la oración redimiese de las culpas. Así debió de ser en sus inicios hasta el mismísimo dia de autos en el que la virtud y la necedad se soltaron de la mano.
Juntar unos ahorrillos nunca ha sido algo dificil, pero entalegar 250 millones de aquellas pesetas por el trabajo de algunas monjas, parece un guiño eclesiástico a toda la clase empresarial. Un ejemplo a seguir que dirían los brokers si tal milagro llegase a cotizar en bolsa. Sin embargo en este caso no habrá peregrinaciones al uso porque el milagro del convento está desentrañado con solo asomarse a su web y a los cuadros de su monja más insigne. La maquinaria que aparece en las fotos para encuadernar y restaurar cuesta más que un cáliz de oro y brillantes y la maestría y especialización de los diversos trabajos que ofertan no deja muchas dudas a los Organismos, bibliotecas y particulares cuyas joyas literarias deseen vestirlas de gala. Algunos de estos trabajos no tienen precio, imaginémonos el trabajo de restauración de un viejo códice o un incunable. Estas monjas identifican, desinfectan, desmontan, limpian, eliminan, fijan, blanquean, desacidifican, neutralizan, secan, reintegran, montan y finalmente...cobran, como Dios manda.
Pero un convento no es solo, como ellas dicen, un lugar de espera y encuentro, también puede ser una fuente inagotable de inspiración, un nudo entrelazado de silencios y oración oportunamente alterado por la luminosa creatividad de uno de sus miembros: Sor Isabel Guerra, la monja pintora del cenobio. La excelencia de esta mujer ha sido capaz de llegar hasta los confines vaticanos de Benedicto XVI que posee uno de sus cuadros; los presidentes de la Conferencia Episcopal y otros altos prelados gozan también de sus obras pagadas a baremo de la santa voluntad. El resto de los clientes, en larga lista de espera, no va pagar menos de 15.000 euros, según la cotización actual, por un hiperrealismo inquietante que en el universo pictórico español han intentado minimizar calificándole de un cierto género "demodé". Y así lleva cotizando con su arte al santo armario desde hace más de cuarenta años.
Con estos burdos análisis podemos, no obstante, concluir que el origen del montante resulta justificado y hasta corto en su cuantía. Es un dinero ganado al tiempo y a la virtud, al trabajo bien hecho y a la maestría, a la humilde apariencia y a la graciosa gracia de toda exención de impuestos. Fue una noche aciaga aquella en que a deshoras decidieron conspirar contra el demonio de los números postradas esta vez frente a un armario. Sería la mejor manera de renunciar a las costumbres mundanas y a los exabruptos de Fiscos, Haciendas y obispados. Pero Dios cuida de las almas y no de los dineros y por eso el pájaro ha volado y ahora nadie sabe donde está.
Estar primorosamente dotado para la oración, el sacrificio, la vida insulsa y rutinaria, la creatividad, la meticulosidad, la iluminación, y el rechazo a los placeres de la plebe de extramuros, no exime de otras cosas, especialmente de la santa necedad de la que ahora habrán de dar cuentas, ante su Jefe Supremo, las altas esferas del Clero y esos inspectores con cara de culo que van a tomar a saco el convento cual si fuese un nuevo sitio como aquel de Zaragoza, tan heroicamente salvado por otra mujer, que con más arrojo y menos fervor que éstas, salvó, no obstante el honor y de paso también la vergüenza de las amargas derrotas en la casa de uno.
"Este lugar es una tierra de encuentro" es el lema que encabeza la portada de la web del monasterio cisterciense de Santa Lucía. Los ladrones han sabido interpretarlo con exquisita precisión.

martes, 15 de febrero de 2011

El hundimiento

A-7...tocado. A-8...tocado. A-9...tocado. A-10...tocado. A-11...tocado y hundido. Fué más o menos así, con esa secuencia, como logré ganar mi última partida al juego de los barquitos. Después, vencedor y vencido nos fuimos a tomar unas cervezas.
De aquella simpleza alguién ha sacado partido y los números, esa secuencia mágica de razones y consecuencias encadenadas, han logrado el milagro, demoníaco esta vez, de volver a repetirse. Desde el año 2007 hasta el año 2010, los españoles -patriotas o apátridas- hemos sido dolientemente tocados, y en éste del 2011, estamos siendo miserablemente hundidos. ¿Quién es el bello durmiente que aún no lo ve? Los tontos, los corruptos, los sindicalistas, los asesinos, los de las pensiones vitalicias y los ensimismados monjes benedicitinos de San Salvador de Leyre -en el otro extremo del apartheid del callejerismo humano- serán algunos de esos que siguen durmiendo, por unas u otras razones, el sueño soporífero de los justos. La conveniencia humana -porque los animales no convienen sino que se atienen a lo que da la naturaleza- es un factor multiplicador de pequeños y sucesivos desastres que conducen al gran expolio final: la vida destruída por falta de alimentos o de razones para seguir adelante. No se trata de ver el mundo desde su perspectiva bipolar: los buenos y los malos, el optimismo o el pesimismo como única alternancia entre los mil y un estadios de la condición cognitiva del ser humano. No, no estamos hechos de tan vulgares simplezas como para situarnos dóciles y aborregados a uno u otro lado del muro. ¡O no deberíamos! gritaré para hacerme notar aún. Se trata de ponerle un marco a la realidad y colgarla junto a la ventana, y una vez allí, que la mire quien quiera de frente o de soslayo, o entrecruzando los dedos por delante de los ojos para entreverar sus más abyectas vergüenzas.
La identidad de un país no radica en los colores de su bandera sino en el modo en que son capaces de convivir sus habitantes. Es ésta una consideración facultada, al menos, por el paso del tiempo, por haber alcanzado la era de esa modernidad cuya principal característica es el derrumbe de las fronteras y la alienación de las razas. Pero es ahí también, en esa prueba fehaciente de los nuevos escenarios, donde la codicia y el canibalismo se muestran al descubierto con todo su impune y españoleto esplendor.
La vieja Hispania, aquel marasmo de tribus con los cojones bien puestos y ninguna otra seña de identidad, ha revertido en esta cosa nostra hispaniae con el paso de los siglos. Hay que ser un tonto muy tonto para no sentir el aliento del desastre en el pescuezo. Muchos ya preparan las maletas para evitar el hedor, la impostura vergonzante de unas normas -subliminales acercamientos del ascua a las sardinas de algunos- en cuyo acato se sostendrán los cimientos de las nuevas fortunas o se disipará la niebla histórica de aquellas sectas que siempre estuvieron bajo sospecha. Porque aquí, hacia los adentros geográficos de la piel del toro, cualquier raíz del problema es posible, dado el cariz que están tomando las cosas.
Nos han jodido, Señor, como tantas otras veces a lo largo de la Historia, pero ahora sin despellejamientos ni ruídos de navajas y arcabuces, sino en silencio, en ordenado silencio y educadísimas composturas para no alterar el sueño del dios de la sumisión. Esta vez nos han bajado los pantalones con sutileza y nos han puesto frente a un espejo para que nunca se olvide la identidad del desvirgador. Y dentro de otros cien años los nostálgicos de aquellos embites podrán echarle la culpa al maestro armero del Conde-duque de Olivares, como fue siempre costumbre.
¿Por qué este silencio? ¿A qué viene tanta doblegación? ¿A donde han ido a parar la casta y el orgullo que siempre supimos llevar en las entrañas o en los bolsillos? ¿Qué extraño aire está entrando en el pensamiento anulando nuestra terca voluntad? Algunos países se ven obligados a cambiar sus fronteras y nosotros, los españoles, estamos cambiando nuestra condición, la dignidad identitaria de otros tiempos a pesar de la sangre y de los muertos de entonces.
¿Hay algo, Señor, que no nos esté jodiendo y hundiendo ahora mismo en el onceavo año del siglo luminoso XXI, que no aquel otro XVIII de las luces en cuya Ilustración se procuró disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón? Hace algún tiempo todo lo poseíamos y nada poseíamos, pero ahora, el tiempo de las hadas madrinas ha tocado a su fin. España es un maratón sin trazados ni puntos de llegada o salida donde todos corren en busca de algún maná que les saque del apuro. Y vale todo o casi todo, lo importante es la polar, es decir, el brillo propio que da lustre y esplendor a tus propias conveniencias. En cabeza, no obstante, y ex aequo de los unos y los otros, cabalga la clase política aplastando, como el caballo de Atila, todo aquello que se pone por delante. Jamás he visto un PSOE tan sinvergüenza y un PP tan gilipollas como estos nuestros de ahora. Los adalides de la salvación imposible, los redentores de las culpas de sus anteriores correligionarios, nos están volviendo locos con tamaña humillación.
¿Tanto merecemos, Señor? ¿Merecemos ser odiados por los bancos y resultar escupidos en la frente al cruzar el umbral de sus refulgentes despachos? ¿Merecemos ser robados una y otra y otra vez por las mafias eléctricas e hidroeléctricas que nos traen la luz a casa? ¿Merecemos el chantaje de las Cías telefónicas que no nos dejan respirar ni a la hora de la siesta? ¿Merecemos que haya gente que nos ponga un "hijoputa" como tercer apellido por no ser catalán o vasco? ¿Merecemos que la lengua castellana se prohíba y ya no limpie, o fije o dé esplendor, como dice el viejo lema? ¿Merecemos a tantos corruptos en el Gobierno, la oposición, las Juntas, las Autonomías, los ayuntamientos y todas las Delegaciones oficiales del país? ¿Merecemos la mala educación de nuestros hijos en las escuelas y la falta de civismo y solidaridad de los mismos cuando salen de ellas? ¿Merecemos ser los últimos de Europa en eso que llamamos Cultura con mayúscula o minúscula? ¿Merecemos la tragedia inminente de 5 millones de parados y los que habrán de venir? ¿Merecemos el asco televisivo que se cuela en nuestras casas tarde tras tarde y noche tras noche? ¿Pagamos, acaso, el precio justo de algo? ¿Llegarán nuestros hijos a cobrar sus pensiones o habrán de inmolarse como en las sectas, llegado el tiempo, para cobrar en el más allá? Al final solo quedarán los vértices, Cabo de Gata incluído, los símbolos taumatúrgicos del Reino que siempre lo fué hasta que llegaron éstos espadas de hoy manejando los recursos y el capote como los malos toreros: con la paga en el bolsillo, bien protejidita la cojonancia y una buena distancia hasta la cornamenta.
Todo hombre se parece a su dolor, decía André Malraux. Pero España se hunde y con ella sus millones de dolores. Los de fuera nos señalan con el dedo y buscan, entre los suyos, dirigentes que se parezcan a estos nuestros para echarlos a la hoguera. ¿Cómo hemos permitido que nos hagan tanto en tan poco tiempo? No hay trabajo, no hay Cultura, no hay vergüenza...¿Qué hay en esta puta España de ahora?
Entre todos la prostituímos y ella sola se murió.Todos esos proxenetas de las Cortes habrán de rendir cuentas algún día, pero nosotros, los hombres de a pié, los contribuyentes de pro a los patrimonios de aquellos, seguimos en silencio, el silencio frío e inútil de los muertos en vida.

miércoles, 26 de enero de 2011

Desgarros y zurcidos.

Cuando uno se queda en pelotas y se mira de arriba a abajo, o al revés, casi nunca aparecen los desgarros y los zurcidos amontonados a lo largo de la vida. Si tales prebendas hubiesen gozado de la impertinencia de dejar algunas señales sobre la piel, nuestro cuerpo parecería un mapa de carreteras carente de cualquier destino, un sinuoso galimatías de rayas e indescifrables símbolos salpicado por algunos puntos de parada, referencia y fonda.
Pero el agua corre impetuosa desde la cabeza hasta los pies dejándonos limpios cada mañana de los altercados del día anterior. Y es en esa acuosa regeneración donde nos conjuramos con nosotros mismos o con cualquiera de esos "yo" que llevamos siempre a mano en el bolsillo para arremeter con ciertas garantías contra los asuntos de la nueva jornada. No deja nunca de resultar sorprendente la fastuosa facilidad con que le damos mil vueltas a la tortilla, según convenga, nos susurre al oído el diablo cojuelo interior o, en último caso, simplemente apetezca. La coherencia, la independencia, la corrección, el sentido común y toda esa retahila de exabruptos ordenados por la jurisprudencia humana vienen a joder la calma confrontándonos con nuestra propia subjetivación de seres parciales y oportunistas, y aplastando el último y lícito instinto de seres salvajes del que también fuimos poseídos en nuestro primer estertor.
Y a esa condición apelo. A llamar a la insurrección de las normas impuestas por hombres partidistas y sectarios, a reclamar la parte alícuota de pura naturaleza de la que también fuimos hechos, a desviarnos continuamente del camino trazado por otros que no son más dignos que los demás y a beber a sorbos lentos, dulces o amargos, la única conciencia que hemos logrado alcanzar con el paso de los siglos: nuestra propia individualidad. Nadie es más grande que uno mismo y, sin embargo, cuantos son los que se esconden aterrados por su pequeñez. Es ésta una conciencia que cuesta muy poco hacerse con ella. Tan solo hay que observar a los encumbrados en lo más alto, dirigir la vista hasta los méritos oficiales y oficiosos que cuelgan por debajo de sus altivas cabezas y caer en la inequívoca cuenta de que entre sus miserias flanea la misma carne y la misma mierda que envuelve a toda la humanidad.
Desde el Papa Benedicto hasta el profeta Mahoma, desde J.F. Kennedy hasta Barak Obama, desde Shakespeare hasta Gabriel García Márquez, desde Bill Gates hasta el Sultán de Brunei, y ya en un terreno algo más cercano y escatológico, desde Jose María Aznar hasta Jose Luis Rodriguez Zapatero. Según lo trascendente, ninguno de esos seres mencionados es más que el más olvidado ser sobre la Tierra. Ni menos. Sin embargo, las religiones, todas, las teológicas y las mediáticas han logrado el objetivo de la santificación de todos esos y algunos más por orden de una oportuna gracia en un conveniente momento, la bisección garantista entre los dioses y el pueblo, el necesario y obligado "Principio de la Doblegación" a través del cual los poderosos, en todos los órdenes del ejercicio social, son autoproclamados como tales y se disponen a hacer sus respectivos agostos. Observarlos, como ya digo, hurgar en sus gestos y en sus vidas y descubrir bajo sus alfombras parecida porquería a la que se esconde bajo las nuestras, nos ha de devolver la autenticidad dejada con cada batacazo en el camino.
La individualidad hace parejas a todas las alegrías y la pena no entiende de ricos, de santos o de santones. El placer que puede experimentar el ser más rico del mundo a la hora de comer no es más grande que el de unos beduínos sentados en el suelo mientras rebañan con su mano izquierda una pasta de agua, moscas y harina. Ni la Monroe o la Lewinski le dieron más gusto a J.F.K y a Clinton que Paca la de los cañamones a aquel adolescente al que se tiró bajo el puente de la rambla acuciada por el aburrimiento y animada por la exaltación irresistible de la carne tierna y fresca.
Es una argucia del hombre que los derechos se hayan de repartir con arreglo a los derechos de cada uno, es decir, el viejo lema de "reparte Martín y deja pa tí", por eso hay ricos más ricos y pobres más pobres, pero la esencia, el núcleo de todos los sentimientos perceptibles, pertenece en idéntica cantidad y calidad a todos los humanos de la Tierra. Y ese es el patrimonio que podemos y debemos disfrutar y repartir. Las emociones nos enrasan a todos como esa línea del horizonte que jamás se pliega por mucho que volteemos la perspectiva para mirarla. En el epicentro de esa pulsión, los ricos, los pobres, los sabios, los tontos y los medianos igualamos nuestros méritos y hacemos insignificantes a todos los patrimonios. No hay más debate que el de la vida que se presenta delante de cada cual y, en medio de ese panorama, todos los tesoros ajenos y sus dueños dejan de existir.
La individualidad, por tanto, es nuestro más preciado tesoro y, a la vez, nuestra más cercana tragedia. La risa, el gusto y el llanto son incompartibles por mucho que ofrezcamos gentilmente de esa tarta un buen trozo a los demás. Es verdad que la asociación entre los humanos exige transparencia, transferencia y complicidad, y es en esos tránsitos donde los más pertrechados diseñan las castas, los órdenes jerárquicos que hacen que unos hombres devoren a otros hombres, pero que no se nos olvide que nada hay más grande que uno mismo y cuando se es consciente de ello todas las guerras están ganadas, al menos las comprensibles, las terrenales.
La vida hay que intentar vivirla, darle bocados antes de que ella te devore a tí y ese acto esencial lo mismo lo puede llevar a cabo un pastor de las estepas de Mongolia, mientras piensa en lo que piensa su rebaño, que un caminante solitario divagando sobre el crimen del Cortijo del Fraile al pasar junto a sus ruínas. Se trata pues de que cada cual se sienta ubicado donde exactamente le corresponde por derecho, por trascendencia y por confabulación: en el mismo centro de todo el Universo. Pero algunos, muchos quizá, estarán siempre en las esquinas, escapados con desprecio de sus órbitas, condenados a describir el movimiento de los que permanecen en las suyas mientras les cuentan sus dineros y sus orgasmos, al tiempo que lloran en silencio su tragedia interior.
No vale de mucho llenarnos de compasión por los zurcidos y los desgarros a lo largo del camino. Todo el mundo los tiene. El vidriero Bramante me lo dijo en la vieja Venecia: "La vida es un zurcido de días dispersos en los que la flexibilidad se erige en el mayor salvoconducto para la supervivencia". Se refería a esa condición del movimiento individual que ya recomendó una vez Cartier-Bresson a su joven discípulo Robert Capa "...y sobretodo nunca te agites, ¡muévete!". Supongo que todos hablan del movimiento interior, el zarandeo esencial de las emociones en cuya sacudida se siente el pulso de la vida o de lo que realmente importa de ella. Aprendí mucho del sabio Bramante en las poco más de dos semanas que estuve cerca de él. Y su bella mujer completó las enseñanzas mostrándome con parsimonioso endiosamiento los entresijos de su cuerpo, uno por uno, febrilmente envuelta entre los claroscuros de la tarde veneciana y sabiéndose dueña por completo de una situación que me dejó con la miel en los labios y la mueca de un bobo durante mucho tiempo. Pero la emoción y el regocijo del momento vinieron conmigo bien arropadas en el equipaje de vuelta.
El movimiento, la creatividad, la pasión por algunas cosas, algunos paisajes o algunas personas es lo que nos hace sentirnos grandes, únicos, diferentes a los demás y, sobretodo, auténticos en cuanto nos apercibimos de que las lunas y las charcas prohibidas nos pertenecen tanto o más que a aquellos otros que las pusieron en el camino.
Así que llegado el día comencé a reiventar el tiempo: se me puso en el núcleo de la testud escribir un libro y así lo hice, regodeándome en cada página con las vergüenzas ajenas de los escritores de verdad; y se me puso también gastar sin demora alguna lo ganado -menos en putas- en cualquier cosa; y fui capaz de recoger algunos nuevos amigos por el camino y soltar algunos otros por las cunetas; y en el trasiego, jamás agaché la cabeza ante jefes, talibanes, banqueros y gobernantes; y respeté a las mujeres tanto como fui capaz de gozar con ellas; y no he sabido andar con leches ni medianías cuando me he topado con la definición "bramantina" del amor:"el engranaje sin más", y en ese engranaje he volcado lo que pueda quedar de pasión y de generosidad; y sufro y disfruto con los míos, una y otra vez incansablemente, como ya hicieron y hacen ellos conmigo; y me siento aún más padre que mi hijo cuando tomo en mis brazos a su hija y sopeso con inusitada emoción los cuatro kilos de cielo.
El mayor tesoro del mundo está ahí, al alcance de la mano del que quiera extenderla un poco más allá. Tan solo hay que saber moverse, ser flexible, estrujar las emociones y darle marro a los aburridos y puntapiés a los usurpadores de la condición más esencial: tu inalienable e insustituíble individualidad.
Los desgarros y los zurcidos, en cualquier caso, tan solo son heridas superficiales, meros tatuajes en la piel.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Ajuste de cuentas

Aclaración: El artículo que sigue fué escrito el 30 de Julio de 2010. Desde ese momento hasta ahora han pasado algunas cosas y ello se ve reflejado en los escritos posteriores. El que escribe vierte una gran parte de su ánimo en el trasfondo de lo que pretende comunicar. Hoy, tres meses más tarde, me sería imposible escribir una cosa así porque uno cambia según lo que lo mueve o lo remueve y, desde esa perspectiva, habrá que legitimarlo tan solo en el contexto del tiempo en el que fué escrito.
Hace muchos, muchos años, esperando en una enorme y fastuosa sala para formalizar el alta como nuevo miembro de una importante multinacional norteamericana, me llamó el jefe de personal para comunicarme que se había producido una novedad de última hora y que, sintiéndolo mucho, no podían contratarme en ese momento, que debería esperar un par de meses a la siguiente vacante. Tampoco sirvieron de mucho las pringosas explicaciones que desparramó el gerente esa misma tarde con sus continuas e inútiles carantoñas hacia la valía y entereza profesional que, según él, había demostrado con suficiencia en todo el proceso de selección. Aquella inesperada decisión me permitió disfrutar de muchas cosas posteriores, sobretodo las de poder seguir en mi casa- a casi mil kilómetros de aquellos proverbiales hijoputas-, con los míos, con mi sol, con los amigos y con las historias de legañas y de abuelos siempre alrededor. Y aquello también me hizo gozar del impagable beneplácito de poder seguir creciendo a la sombra luminosa del amparo de mi padre y de su sabiduría hasta el día en el que murió en los brazos de todos, incluídos los míos. Los llantos siempre resultan provechosos, pero el de aquella tarde tan lejana en la tremenda soledad de una habitación de hotel de la vía Augusta catalana, siempre me ha gustado recordarlo como un acto que no por retrospectivo resulta carente de satisfacción, el oportuno traspiés que desembocó de nuevo en el regazo que uno nunca quiso abandonar.
Después las cosas fueron y vinieron, de aquí para allá, de dentro hacia afuera, y de poco hacia mucho, como un vaivén de deseos y obligaciones que casi siempre fui capaz de poner en orden dentro del desorden cojonero de mi vida. Y logré trepar algunas paredes imposibles, y salvar escollos, y sortear obstáculos, y ganar dinero y prestigio, el prestigio asqueroso y fútil con que te premian los mismos envidiosos que siembran campos de minas a tu paso. Y ascendí de posición, y cambié de casa y de coches como el que lo hace de camisa, y a la vera de ese amparo los hijos fueron hijos del capricho y la mujer carne de boutique y carnaza de repingados fisioterapeutas. Y así, tan felices, fuimos comiéndonos las perdices sin reparar demasiado en las distancias de dialectos y de alcobas, en la creciente frialdad de las cosas que deberían importar de verdad.
Así fue hasta ayer mismo, pero ahora que me he detenido un instante para otear el horizonte, resulta que mi camino se esconde de mí. El acopiador de emociones, el buscador incansable de cuentos y de tesoros, el niño aviejado que casi nunca se hizo hombre, ahora se encuentra perdido en medio del laberinto que él mismo construyó a base de caprichos, azañas e insatisfacciones. ¿Y los méritos, qué fue de ellos? ¿Y los años, a qué cuenta se han sumado? Todo parece haberse alineado con el tiempo para mofarse desde la distancia, y uno, la víctima de tal improperio, agacha y agacha la cabeza avergonzado con la confusión, dejado a merced de un viento de recuerdos y de aullidos que siempre te pregunta dónde está la recolecta.
Debí huir hace tiempo, dejar de ser honesto y atrochar los caminos del través buscando la suerte de los delincuentes y los poderosos, y ser violento de verdad y no a fuerza de tímidos atisbos. Debí revolcarme con todas aquellas pieles que me lo sugirieron y robarle las espeteras a todos los que hicieron vergonzantes patrias a mi alrededor, no ponerme colorado como un tonto ante las chanzas ajenas y beber en las fuentes de los negocios fáciles. Debí llevar siempre la lisonja adecuada en el bolsillo y la correa floja para gusto y disfrute del que siempre estaba algo más arriba, y debí, en definitiva, haberme transmutado desde lo normal a la idiotez y no, tercamente, al revés. Los hombres normales no servimos para nada, resultamos carne de mediocridad que es devorada al instante por los otros: los tontos y los listos. Los primeros te ponen el culo, los segundos te dan por él ¡Vaya par de escenarios esenciales sin posibilidad de escapatorias intermedias!
Sí, ahora lo veo con jodida claridad: la lucidez a un lado y la vida desmoronada al otro cuán fieles testigos que siempre se pedirán cumplidas cuentas. De ambas lindezas gozo, de ambos escenarios estoy hecho. No hay nada que joda más que darse uno cuenta de su propia estupidez, aunque siempre reconforte que haya otros que se la ignoren. Sí, lo voceo y lo proclamo sin pudor, sin acritud y sin entusiasmo: ahora soy el hombre SIN. No hablo de síndromes de inmunodeficiencias notables, ni de contenidos sin graduación alcohólica alguna. Ahora soy el hombre sin trabajo, sin camino, sin amor, sin energía y sin credenciales, y por tanto y a los ojos de tantísimo vidente, también sin futuro. Ahora soy el hombre sospechoso, la sombra evanescente del héroe de antaño, el que se dejó engañar por sus propios cuentos y sus legítimos esfuerzos, el mártir indecente que no supo guardar debidamente los frutos de los méritos y se inmoló premeditadamente ante todos sus despilfarros. ¿Donde está esa inteligencia emocional que debió reconducirme hacia lo práctico? ¿Por qué no me previno ese otro yo debidamente? ¿A qué vino tanto romanticismo inútil y tanto mirar a las estrellas sabiendo que unos pies en el fango poco saben de destellos en el cielo?
¿Y los otros? Sí, esos que te miden por la máscara, los que se alejan o se acercan según huelan a llanto o a risas y pan caliente. Siempre han estado ahí, pero a veces se distraen a voluntad para evitar ser alcanzados por cualquier tipo de daños. Hablo, claro está, de los amigos, ese vocablo tan cándido, tan manido y tan humano, el ser por excelencia que siempre hemos sobrepuesto a los parientes, los matrimonios, las queridas y los perros. Yo también los he tenido y aún los tengo, pero ninguno de ellos ha movido un solo dedo por el hombre sospechoso desde que fueron conscientes de esa jodidita condición. Ninguno de ellos ha querido perturbar sus cómodos status ni tocar a puertas donde puedan esconderse inciertas y diversas consecuencias. Y los comprendo porque, tal vez, yo en su lugar no habría sabido hacer una cosa diferente, pero ¡ay! la memoria es la memoria, una mosca cojonera que cada día y con cada nubarrón te lo recuerda. Ahora, a estos amigos de antes se han sumado algunos nuevos, pero a unos solo les sirves en la partida de golf y los otros acaban aburriéndote. Y es que cada cual tiene en su cabeza o en su casa las tabarras que merece o que pueda soportar. Mi maestro me hablaba de estos asuntos cuando decía que había que cambiar de amigos, de caminos, de escenarios, soltar lastres y recoger otros nuevos. Al final, la razón siempre encuentra su parada en los clásicos: Pitágoras dijo que solo se puede tener una mujer y un amigo porque las fuerzas del cuerpo y del alma no dan para más. Y eso, más o menos, es lo que tengo y he tenido siempre: un amigo y varios proyectos inútiles con aspecto de mujer.
Y mi camino, como ya dije, se esconde de mí. Comienzo a oler a piltrafa y ya no creo en las referencias. Los políticos, una vez más, nos han vuelto a engañar, esta vez con el puto beneplácito de todos y por eso siguen ahí, envilecidos, aprovechados, risueños y creyéndose inmortales ¡Qué lástima que no se hubiesen creído libertarias aves para verlos arrojarse a todos, los de uno y otro lado, desde lo más alto de sus obscenas azoteas!
¿Y el trabajo, donde se esconde? ¿Y los derechos del hombre, en qué nuevo código de Hammurabi están siendo escritos para orientarnos en el próximo milenio? No debemos permitir que los banqueros y las organizaciones mundialistas cercenen nuestros últimos derechos. Si mañana se abriese una lista de aspirantes a terroristas bancarios yo estaría, felizmente, en el grupo de cabeza. Sin embargo, nada habrá de preocuparnos, los millones de parados in crescendo acabarán por asaltar las reservas federales y hacer barquitos de papel con las normas de conducta.
¿Y la familia, siempre está ahí? A veces sí y a veces no tanto, a veces te empuja y otras se encarama a las espaldas jodiéndote un equilibrio que empieza a estar harto de tanta cabriola. Es la unidad social por antonomasia y, en cambio, ignora casi siempre las mierdas del que tiene al lado porque no es de educancia preguntar por los problemas.
¿Y el amor, esa mitad de tu otro yo, es algo que exista de verdad o es el mayor cuento jamás contado? Porque yo veo a todos esos que tanto alardean de enamorados que lo que en verdad están es jodidos en el anverso y amorosa y felizmente doblegados a un mandato en el reverso, tal y como "érase un hombre a una nariz pegado". Pero el amor es una vieja proclama de la que el hombre no puede escapar, o no debe, porque llegado ese momento, un insoportable nihilismo acabaría en un plis plas con la raza humana. Conmigo, desde luego, el cuento nunca fué pródigo, y ni las hadas, ni la complicidad, ni esa mitad trasvestida de tu propio yo, aparecieron ni siquiera fugazmente en alguno de mis sueños. Tal vez andemos todos en un error en estas cosas de comer y fornicar. Tal vez alguién, allá por la noche de los tiempos, sugirió que debíamos buscar tan solo lo adecuado, el engranaje sin más, pero no, ninguno pareció escucharle, y ahí andamos, tras el sórdido ruido de culos y de tetas, de orgasmos anónimos y narcisistas conquistas, por los siglos de los siglos. Ni siquiera a mi se me ha privado de ese fragor, el fragor de la carnaza fácil y el puntazo rápido, algo necesario para el momento, pero completamente inútil para el futuro y aún menos para la supervivencia, ya que ambas cosas no son la misma.
Un hombre sin destino es el jardin sin flores que las tuvo en otro tiempo, un páramo de viejas e inservibles vanidades para el que ya no sale el sol, y su única y miserable salvaguarda es que ya no forma parte del rebaño de los mansos que nunca habrá que temer. Las panzas llenas no suelen alentar a los malos pensamientos, pero algunos, muchos quizá, nos estamos saliendo del tiesto. El primer síntoma es llamar a las cosas por su nombre y medir al cornudo por sus cuernos, no tener pelos en la lengua ni dudar en escupirle al que merece tal insulto. La creatividad, el que la tenga, viene al rescate algunas veces, ella es siempre un acicate, algo que en España no da de comer, pero que te hace pensar por la noche haciéndote que olvides momentáneamente el atentado. La "vividad", al contrario, es lo que da aquí de comer. Los "vivos" con buenos padrinos, o con suculentas cajas de caudales que custodiar o administrar, son los que se pavonean ante la necia masa aplaudidora, y siempre, siempre, al final de la cadena están las putas, especie que en este país no se encuentra en las esquinas o los burdeles, sino en los más altos platós de la televisión, de la moda, del glamour, y de los directorios del móvil de ministros, secretarios, subsecretarios, banqueros, y empresarios billonarios.
Así que lo dicho, el hombre SIN está de moda. Yo que confieso que nunca pensé alcanzar tal honor, soy uno de ellos. ¿A quién echarle la culpa? ¿Al lucero del alba? ¿Al maestro armero? ¿Al primer y fallido amor? ¿O a la puta madre que nos parió? (No te preocupes mamá que no eres tú) Y ahora Stephen Hawking viene a arreglarlo diciendo que puede demostrar cientificamente que el Universo no fue creado por Dios, pero se ha guardado escrupulosamente de no nombrar al demonio. ¿Por qué será? ¡Vaya notición querido Stephen!

jueves, 2 de diciembre de 2010

To de moon and back.

No debe ser nada fácil llegar hasta la luna y aún menos volver. Pero la luna es algo nuestro, un misterioso talismán que aparece y desaparece cuando las nubes y la creciente oscuridad lo permiten. Un río de sueños que es capaz de fluir desde el lejano iris que contempla su invariable redondez, a veces con precario aspecto de media naranja. Es el viejo guardián de las pasiones y los desenfrenos, de los amores sin esperanza y los llantos de la medianoche, el testigo implacable de los genocidios y de los crímenes impunes, el recordatorio cotidiano de la perfecta inutilidad de todos nuestros sobresaltos y el único dios para muchos hombres que inclinaron suplicantes sus espaldas bajo su luz de plata y que ya no gozan de mención ni de memoria.
He deseado llegar hasta ella incontables veces, pasear por los caminos que aún no han sido creados y asomarme a su cara oculta en busca de los amores perdidos, los deseos insatisfechos y las cosas innombrables. Algunos seres queridos, muy queridos, es posible que puedan campar por allí, ajenos a las prisas y a las tormentas, entretenidos en fabricar desde la nada pequeñas estrellas para que no se nos apague la noche a los que aún seguimos abajo.
A la luna y vuelta, eso es, un vertiginoso y expectante viaje para poder hablar con los sabios, con el amor transparente y puro, con la trascendencia al desnudo y los enigmas hechos trizas como por arte de una lunática magia, un viaje para sentir la caricia envolvente de lo esencial y escuchar el susurro cercano que te dice: "¡abre los ojos y contémplate a ti mismo!". Un viaje para volver a tiempos remotos y sentir de nuevo muy cerca lo que fue tuyo en otros tiempos y que se perdio en los entresijos de la jodida incomprensión.
Pero no conozco a nadie que haya llegado hasta allí, porque esos emisarios con escafandras montados en la grupa soberbia de los petrodólares fueron a otra luna: la pelota inútil y esteparia donde solo ondea una bandera y un puñado de basura con aspecto de broma futurista.
Ir a la luna es otra cosa, es el mérito agazapado de los parias que esperan con paciencia les sea reconocida su autenticidad, el de los que saben sufrir en silencio y morir un poco cada día sin rechistar, el de los que saben mirar a las estrellas intuyendo en la diversidad de sus pináculos de luz someros destellos de esperanza, el plateado destino de los que guardan aún el encanto de las emociones en el saco roto de la vida como único equipaje.
Hay que haberse derrumbado varias veces para poder optar a esa lista de embarque, y haber sido capaces de levantarse después sin que el barro y las heridas inquieten tus próximos pasos. Hay que saber que el agua fresca lo limpia todo y que nuestra presencia aquí es tan irrisoria como indescifrable es su porqué, y tragarse sin atragantarse toda la puta rabia que le sobra a tu corazón. Y hay que creer, en el amor, en uno mismo, en la belleza de las cosas que no lo parecen, en la inminente calma de un mar encrespado, y en ese Dios incomprensible que cada uno ha de fabricar a su manera.Pero sobretodo hay que brincar, como las cabras, a risas entre los saltos y a saltos entre las normas, pasándote por el forro del saco de las esencias a todos los que intenten joderte la emoción y viviendo a bocados cada uno de los asuntos cotidianos que se te ponen por delante.
Para llegar a la luna hay que estar hecho de lo mejor y lo peor, los méritos y los deméritos zarandeados y enfrentados como un puñado de locas moléculas en el interior de una burbuja y que, sin embargo, saben coexistir sin denostación alguna.
Ir a la luna es la utopía de los tristes, el sueño de los apasionados y la tontería de los tontos. Ahora yo sé que he llegado hasta allí y que he podido regresar. Los méritos de los que siempre han estado muy cerca lo han hecho posible.

lunes, 18 de octubre de 2010

La paciencia de las ostras cria perlas

Como somos tan conscientes de nuestro efímero tiempo, no sabemos esperar y, entonces, movidos por la inquietud, abortamos ese tipo de procesos que encierran la lenta formación de una ilusión. Los anhelos confrontan continuamente a los humanos con su propio devenir y las frustaciones fustigan una y otra vez a sus conciencias de seres imperfectos. Y muchas veces se abre la caja de Pandora porque ya no puede contener a tan inútiles deseos, a tan lunáticos e inmerecidos sueños sustentados sobre una base que no fue parida con nuestro propio carácter. Cuando eso sucede aparece el decaimiento del hombre en toda su dimensión, la dura constatación de un fracaso global que carece de cualquier resquicio por donde pueda colarse alguna esperanza. Cuando eso sucede, el ser involuciona hacia el trágico epicentro de sus propias entrañas y, como el avestruz, mete su cabeza y sus instintos en la nada.
Debiéramos de haber sido programados a base de milimétricos impulsos de tiempo y de emociones, encapsulando a estas últimas dentro de unos límites que impidieran alcanzar la exaltación. Pero, ¿qué sería entonces de nosotros? Desaparecería nuestra propia imbecilidad, la tontuna cotidiana que nos aprieta repentinamente las pelotas y nos hace llorar y reir a un tiempo. Le diríamos adiós a la impaciencia, a las pasiones, a los altercados y a las premeditadas alevosías de la noche anterior. Y dejaríamos de disfrutar montados en esa marcha que tanto nos va del dinero, del poder, o del ascenso a los montes de Venus de todas esas mujeres que ingenuamente creemos chorrean por sus entrepiernas porciones alícuotas de su condición.
Pero la paciencia de las ostras cría perlas y un día, ya tardío, nos damos cuenta de ello. La vida es un proceso, corto o largo, que goza en ambos casos de todas sus etapas. Si lo hubiésemos sabido, habríamos sabido también esperar, y nos habríamos evitado el embite de inesperados disgustos y la lacra de un buen puñado de arrugas.
De cualquier forma, no hay día más grande que aquel en el que abres esa ostra cuya perla ha estado toda una vida formándose para ti. Y aún más cuando se tiene la plena conciencia de haber aguantado cientos de vidas esperando el momento. Algunas veces sucede. Como el viejo mensaje en una botella que un día se pone a tu alcance en la soberbia soledad de una playa que carece de horizontes y, cuando lo lees, resulta que ha sido escrito para tí y viene al rescate de tu propio naufragio, origen y destino confundidos durante un montón de años en la caverna translúcida de un cristal que te ha permitido ver, pero no te dejado salir. Es entonces cuando alzas la vista al cielo y, soltando una sonora carcajada, tomas por primera vez conciencia de que existes.
Lo importante no es que las cosas trascendentes sucedan pronto o tarde, si no que lleguen a suceder.
A todos los que aún no han perdido la esperanza.

lunes, 9 de agosto de 2010

Sin rémoras

- Mira, necesito...sí, necesito hablar contigo. Tengo muchas cosas claras y tengo también un buen lío en mi cabeza.
- Ya. Los líos se deshacen pronto. Solo hay que preguntarle a las emociones. Ellas los deshacen enseguida.
- ¿Enseguida? ¿Así es como tú entiendes las cosas?
- Así es como me ha enseñado la vida y los traspiés, y así es como lo hace mi maestro.
- Siempre estás hablando de tu maestro. Estoy loca por conocerlo. Debe ser como una bola de cristal con barba blanca y bien recortada.
- Sí, es más o menos así, pero también es un proscrito que te roba el alma y la voluntad cuando a él le place. Y esto último es lo que más me fascina de él.
- ¡Vaya hombre...o lo que sea! Pero estamos desviándonos. Quiero que me mires fijamente a los ojos y me hables. Necesito que me hables, escucharte, saber que es lo que te inquieta, saber por qué has dado este paso. Saber por qué me has soliviantado cuando menos lo esperaba, cuando no sabía nada de tí, cuando pensaba que los hombres eran como un páramo de árboles caídos que esconden sobre la tierra sus vergüenzas. Saber por qué has logrado desestructurarme los sentimientos y tambalear mi condición de mujer aferrada a unas circunstancias y un orgullo. No soy capaz de averiguar si escondes un bien o un mal bajo tu sonrisa y esa mirada cargada de deseos. No pensaba que debería enfrentarme a este momento...y, en cambio, lo deseaba, había soñado con él un número incontable de madrugadas. Y ahora, ¡ja! llegas y no sé qué hacer contigo.
- Es muy fácil. Solo tienes que hacer una de dos cosas: dejar que te cuente y sucumbir, o dejar que me marche sin escuchar siquiera un adiós.
- ¿Crees que es fácil elegir? ¿Ahora que me has inundado de horizontes al alcance de la mano? ¿Ahora que has logrado descifrar los trasfondos de mi vida y acertar con precisión los colores insondables de mis ojos? Nadie ha sabido hacerlo nunca y tú me has biseccionado como a una libélula en una noche de radiante luna. Pero yo no soy capaz de saber lo que te hurga por dentro y por eso necesito palabras y señales, esas luces diferentes que encienden tantas cosas apagadas durante casi toda una vida. Así que cuéntame que llevas dentro y por qué has elegido a una pagana entre tantas diosas.
- Yo no te he elegido. Hubiese querido pasar de largo y conformarme con un instante de perfume y un lejano deseo inconcreto. Hubiese sido la forma de que el corazón se mantuviese indemne y la vida vacía, como siempre. Pero no. Al presentirte, al tenerte muy cerca y traspasar con indecente violencia ese mar amarillo de tus ojos ribeteados de un verde imposible, he proclamado a todos los vientos del mundo: ¡¡Fuera rémoras!! Y todos los obstáculos, los temores, los recuerdos, las nostalgias, y las sombras, se han echado para un lado. Y no necesito hablarte, ni contarte cuentos de dulces hadas y enamorados príncipes. Solo tienes que mirarme y observar en qué me he convertido. ¿No ves que ya no soy yo? ¿No ves que soy ya una parte de tí? ¿Acaso sabíamos el uno del otro? Pero el Universo ha logrado expulsarnos de nuestras respectivas órbitas y conducirnos, en sentidos contrapuestos, hacia una inminente e inevitable colisión cuando supo que las fuerzas adecuadas del uno y del otro eran las estrictamente necesarias.
Es el nacimiento de esa precisa energía que los humanos llamamos amor, el carro de fuego que pasa, como el cometa Halley, cada tropecientos años por delante de tu puerta ofreciéndote un instante de futuro y trascendencia, la razón de ser esencial de todas las cosas, la vida justificada, el sentido de la vida, la inmortalidad plena mientras dure esa inabarcable percepción. Lo siento. Siento haberte robado esa parte que fue siempre tuya, pero ahora soy algo más de mi mismo, el hombre sin amor que, sin embargo, ha logrado el milagro de transgredirlo.
- Vamos, dame tu mano y caminemos hacia aquel árbol. Y no hables, no digas nada, solo apriétame de vez en cuando la mano para que sepa que sigues ahí. ¿Sabes? Ese árbol lo planté yo misma hace mucho tiempo y ahora, agradecido, nos va a dar la sombra y el cobijo con el que siempre soñé.
- Vamos.