lunes, 3 de octubre de 2011

A mi perro



Muchas veces, en el monte, me dejastes sin tus vientos. Al primer estruendo de pólvora, allá en la morra de enfrente, corrías como las liebres para llegar el primero, y ni mis voces ni los balates te detuvieron jamás. Luego, ya casi al final, aparecías con la lengua fuera flanqueando a los amigos, y mientras te acercabas, gachas las orejas y el lomo aplastado contra el suelo en señal de temerosa y dolorosa reprimenda, me mirabas con gesto de compasión para que yo entendiese que tus instintos cinegéticos no tenían remedio alguno. Y a mi no me quedaba otra que aceptarlo porque tú eras mi perro y eras así, y ya no había más que hablar o que ladrar. Y mira que echamos tiempo los dos en los cerros de Aguadulce, cuando aún eras un niño, haciéndote buscar aquel señuelo de trapo que tu nariz siempre encontraba por hondo que resultase el barranco. Después, volvíamos a casa, tú jadeante y feliz, y yo levantando la barbilla en señal de perruna admiración. ¡Qué tiempos tan lejanos! ¿Recuerdas?



¿Recuerdas también cuando llegaste por Seur en aquella caja de tomates después de un día y medio de viaje? Tus escasos dos meses y endebles patas, apenas si te sostenían de pie cuando te sacamos de aquella cárcel. Fue aquel el lejanísimo momento en que comenzó a forjarse el inocente sustrato de estas lágrimas de hoy.



Querido y amado compañero, fidelísimo Sultán, mi perro soñado y deseado desde mucho antes de saber de tí, te hiciste realidad hace ahora 13 años y nueve meses. Podría escribir diez libros sobre tus andanzas, a pesar de que no fuistes más que un perro -de otra clase de"perros" se han escrito enciclopedias completas-, pero hoy solo quiero hablar de un sentimiento. Y casi que tampoco puedo porque aún se me nubla la vista y se me atascan los dedos entre las teclas.



Así me has dejado: como a un tonto que se tambalea entre tus ausencias y que echa de menos tu olor, tus pisadas y tu mirada vieja y agradecida por todos y cada uno de los rincones de la casa. Porque tú y yo -y eso lo saben muy pocos- vivíamos un completo idilio de amor, de ternura, de compañía y de complicidad, con sus molestias y sus cabreos incluídos, inconvenientes de los que siempre logré eximirte porque tu naciste perro y yo hombre, y por tanto, tu responsabilidad estaba fuera de todo tipo de planos o entendederas. En tus últimos tiempos, ya bien jodidas tus ansias -no las de comerte todo lo que se ponía por delante, que esas jamás aminoraron- y las fuerzas para trotar, recuerda cuando te decía la yaya en esos momentos que te recostabas en mitad de su camino: "¡Pero qué falta haces tú ya en el mundo, madre mía!", y a mi me jodía la frase porque yo sí que sabía la falta que me hacías a mí.



Cuando llegó tu tiempo de invalidez, cuando te cansabas de andar a los cien metros, cuando te negabas a subir los diez o doce escalones, o cuando había que ayudarte tantas veces para ponerte de pie, fue cuando realmente sentí que tenía un amigo, un hermano que me necesitaba más que a su propio alimento, tu razón de ser para poder aguantar la exigüa vida que te quedaba, la obligada dignidad, en la más excelsa concepción del término, de la relación de un hombre con su perro y de un perro con su hombre. Y esa percepción, esa voz del alma que resuena desde más allá de las creencias y el deseo, ese duro pero firme sentimiento, viajará conmigo por el resto de los días.



Desde donde estés, querido sultanico, David y yo especialmente, y después todos los que te quisieron, disfrutaron y también se molestaron cuando pedías incansablemente cualquier chusco de pan duro, deseamos que disfrutes del paraíso de los perros, de los perros valientes y nobles, de los perros con casta y con cojones, de los perros con ojitos de miel como te dijo un día la pequeñita Laura, de los perros, en definitiva, que como tú lograron rescatar uno y otro dia y una y otra noche con tu presencia y tus ronquidos a la gente que como yo hemos sentido tantas veces que nos arrastraba hacia el abismo el sinsentido de la vida.



Quiero que sepas que te he querido más que a mucha gente que ha pasado por mi vida, incluídos los amores fatuos y los amigos convenidos de los últimos tiempos, aunque esto a ti, al fin y al cabo, te resulte ciertamente indiferente. Adiós mi amigo, adiós mi dulce y tierno compañero, adiós mi sultanico, mi Sultán.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Por qué escribí "Entre la oscuridad y el cielo"

"Si Dios existe, Dios es música", ha dicho alguién por ahí. Y yo lo comparto, música y, tal vez, algunas cosas más. No hay nada que logre despertar tanto mis sentimientos, los buenos y los malos, los infecciosos y los puros, como esa música que se encaja a tu propio momento como anillo al dedo y que te saca todo eso que se niega a asomar al exterior porque el panorama no resulta demasiado interesante. Llevo toda la vida sintiéndolo sin que el paso implacable de los años haya logrado aminorar alguna parte de esa conciencia.


La otra tarde estuve escuchando a Manu Chao, que con ese estilo inclasificable entre el reggae, la rumba y el llanto, no deja títere con cabeza cuando le canta a lo individual o a lo colectivo, o sea, al compadrito o a quién le manda. Con cada una de sus canciones fui sucesivamente recordando y dedicando: "Si me das a elegir" al amor sin más, a esa mujer por pasar o pasada con quién se sueña o se han vivido momentos de plenitud y de éxtasis, ajenos al compromiso y a los tributos; "Mala vida" a esas etapas de locura que se presentaron sin esperarlas y que confunden siempre el recuerdo por su poso amalgamado entre lo dulce y lo amargo; "El contragolpe" a los amores follaos -que nadie lo malinterprete-, los amores follaos son como los petardos follaos, los petardos rateros, esos que al prenderles la mecha solo expelen una estela de maloliente humo y nada de zambombazo, hablo, claro está, de los amores fallidos, de las casas de colores levantadas sin cimientos; "Por el suelo" a la Tierra que pisamos y que nos da el alimento, a la pachamama que llora delante de sus desgarros y que apenas la dejamos respirar aplastada por sus hijos; "5 razones" a mí mismo y a nadie más; "Rainin in paradize" al movimiento, a la energía, a la pasión, y al tomar por culo la bicicleta; y por último "Próxima estación: esperanza" a eso mismo, a la esperanza, la misma que andaremos buscando dentro de otros mil años.


Pero no, no me he desviado del tema, porque ese libro "Entre la oscuridad y el cielo" es una música, la música de una vida, un canto a la diversidad individual y un grito a la tragedia del destino desconocido del hombre. Dice Javier Marías en una de sus obras que jamás debiéramos contar nada. Pero yo no le he hecho caso y por eso, llegado el momento, me he quedado encueros, ante mí mismo y ante toda la humanidad, y he contado y contado, lo uno y lo otro, lo deseado, lo vivido, lo imaginado, lo temido, lo prohibido, lo aprendido y lo alcanzado. ¿Qué va a ser de nosotros si no dejamos alguna estela del paso efímero por la vida, si no extendemos ese salvoconducto que pueda hacerle sonreir a alguién o inducirle a semejantes ocurrencias en un futuro próximo o lejano? Lo que permanece oculto, lo secreto, lo insondable, todo aquello que no logra salir a la luz es, al fin y al cabo, algo inservible, inexistente y por lo tanto , ineficaz para el aprendizaje o para, en último caso, la reflexión, el espanto o el goce. Así que presentada la ocasión, me pertreché de todos los recuerdos y las experiencias recientes y me puse manos a la tarea, olvidado de indiscreciones y de daños colaterales, y sin siquiera pararme a pensar si un paria como yo, atiborrado de anonimato, tendría derecho a agredir a un establishment literario que tan solo reconoce a los suyos. Y sí, me importó una mierda ni más ni menos grande que todas las que se hacinan amontonadas a cientos en los estantes de cualquier tienda de libros. Y lo hice en honor a la verdad, porque "Entre la oscuridad y el cielo" es una obra que habla de la verdad, la verdad ínfima e individual, la que cabe en la palma de la mano como la eternidad o una manzana, lo inabarcable y lo limitado, lo incomprensible y la tremenda realidad de la existencia de cada uno, unidos para formar ese todo inalienable: nuestra propia conciencia. Cuando uno mira hacia sus adentros y cuenta exactamente lo que ve, está hablando de esa verdad. A partir de esa percepción, todo el mundo puede escribir un libro, inventado o no, con más o menos ficción, pero siempre habrá de hacerlo con arreglo a su conciencia para que aflore su verdad. Lo contrario sería un acto fraudulento que no eximiría de las culpas al autor por mucho que hubiese saturado sus escritos de elegancia literaria. No estoy pretendiendo sublimar el acto de la escritura. Un poema, un cuento, la simple narración de un hecho no tienen porqué estar exentos de esa condición de fidelidad a sí mismo del propio autor. A partir de ahí, la escritura, mejor o peor llevada a efecto, es un acto trascendente, si no para nadie más, al menos para uno mismo. Y así, con esos convencimientos, comenzó a gestarse la criatura.


"Entre la oscuridad y el cielo" es la historia de un pasaje de cincuenta y tantos años que comenzó a forjarse en la mente de su autor cuando éste leyó "El signo de Jonás" con apenas 14 años, el diario de Thomas Merton, un escritor y monje trapense norteamericano que narra sus vivencias a lo largo de cinco años en un monasterio de Kentucky cercano al lugar donde nació Abraham Lincoln. Casi 40 años después de esta lectura, el autor, es decir, yo, en una nueva noche de cumpleaños, decide escapar de sus propias órbitas y remover en las entrañas en busca de algo que resulte sustancioso. Y no se le ocurre otra cosa que pedir asilo y cobijo durante unos días en un monasterio benedictino perdido en las montañas del prepirineo de Navarra. Ninguna admonición religiosa ni redenciones recurrentes para aliviar antigüos o recientes pecados le impulsan a ello. Se trata de una de esas elecciones raras que los hombres corrientes ponen al uso alguna vez. Cuando conoce al padre hospedero del cenobio -toda una pieza en perfecta sintonía con su pasado de perversión y su presente de santidad- se desata el vendaval de una pléyade de acontecimientos que, aún hoy, ese autor no ha logrado digerir, una fantasmagoría al uso de un hombre vulgar del siglo XXI que, no obstante, se siente elegido por la varita mágica de un azar que le deparará momentos inquietantes e inolvidables y, sobretodo, conciencia de hombre triunfador por saberse tocado de un gran secreto. Desde su demarcación de toda la vida entre la Punta de Entinas y el Cabo de Gata, viajará a Venecia y a Florencia, y removerá en los archivos históricos de aquella Italia renacentista en busca de lo que su maestro -un vidriero veneciano con una extraña relación con el monje benedictino- le ha presentado como la Verdad de las verdades. Cuando finalmente la descubre se dará cuenta de que se trata de su propia verdad, esa que cabe en la palma de la mano como la eternidad o una manzana, como decíamos antes. En medio de todo ello, las pasiones y las miserias humanas se despliegan por aquí y por allá, dejando un paisaje que a nadie dejará indiferente y en el que muchos lograrán verse fielmente retratados.


"Entre la oscuridad y el cielo" es un viaje al abismo que discurre permanentemente entre esos límites de luces y de sombras, de alegría y de tristeza, de revelación y de incertidumbre. Un viaje, en cualquier caso, que narra la historia verídica y extraordinaria de un hombre corriente que, desde aquella noche de cumpleaños, asomado a la terraza y mirando a las estrellas, decidió embarcarse en busca de su propia trascendencia y cuando, finalmente, se dio de bruces con ella ya nunca más volvió a ser el mismo.



"Entre el sol y nosotros hay una oscuridad y por eso los cielos son de color azulado" Leonardo da Vinci

sábado, 3 de septiembre de 2011

Rumi

No sé quién es Rumi. Ni siquiera sé si es una mujer. Tan solo ha puesto ese nombre, o lo que sea, al final de su escueto comentario a uno de mis artículos del blog. Y dice ella, supongo, que los verdaderos amantes nunca llegan a conocerse, están entrelazados para siempre. Entre tanto vericueto literario sobre las cosas del amor, nunca había leído algo semejante. Y me he estremecido. Tal vez haya dado en el clavo de la mismísima clave, el auténtico secreto de los giros enrevesados, fuera de todo tipo de planos, donde se mueven las alternancias incomprensibles de esa cosa intangible que llamamos amor, esa extraña pulsión que nos vuelve más tontos que ninguna otra tontuna.



Pues resulta que el experimento no carece de tentativas porque todo el mundo busca lo que casi nadie logra encontrar. Así que la frase de mi escueta y desconocida amiga Rumi no carece en absoluto de sentido. Creo que el hombre es un ser inferior al no ser conocedor en modo alguno del sentido de su vida hasta que la gasta buscándolo.



Pero Rumi ha encendido una vela, la luz del faro del fin del mundo, la última frontera de los delirios de ese hombre o mujer cuya mayor tragedia es que no exista un más allá. Pues ahí lo tenemos, intocable pero ahí, frente a nosotros.El amor de toda la vida existe, existe y piensa continuamente en el otro, y sueña, y se apasiona, y se imagina mundos de rosas y de caricias, y de besos, y de sexos entrelazados fundiéndose en la más ardorosa plenitud de los goces esenciales, un divino e inacabable orgasmo que tan solo queda limitado por la imaginación de sus autores, los amantes inequívocos salvados por la distancia inconmensurable de dos órbitas que jamás se cruzarán.



Estoy seguro, ahora que ya lo sé, que hay alguna mujer por ahí pensando en un hombre exactamente como yo soy, así de desastre, así de vehemente, así de feo y de mal organizado, abúlico insoportable y dificil de entretener como a los niños traviesos, que se caga en los muertos del faraón cuando las cosas no le son propicias, y que desprecia con todas sus fuerzas a toda esa gentuza que habiendo ido a la escuela le niega los buenos dias al indigente que se los da en busca tan solo de unas palabras. Una mujer que mira continuamente a mis ojos sin tenerlos delante, y que ve desde la distancia como brillan y se encienden ante su sonrisa, ante su inconfesable insinuación. Una mujer que sabe lo que voy a decir antes de abrir la boca y que está deseando escucharlo porque es eso exactamente y no ninguna otra cosa la que quiere oír. Una mujer para quién yo soy el dios más grande de este mundo terrenal e incomprensible, que tiembla de pasión y de emoción al imaginarse frente a mí, que se aferra a mi mano intentando que semejante nudo no se suelte hasta que llegue ese dia lejano en que muramos los dos a un mismo tiempo.



Estoy hablando de algo muy humano, no del mundo feliz de Aldous Huxley. Denis Diderot en el siglo XVIII dijo que "el colmo de la locura es proponerse la ruina de las pasiones. No pasa de ser un hermoso sueño que un devoto se atormente furiosamente para no desear nada, para no amar nada, para no sentir nada, pues si lo consiguiera, acabaría convirtiéndose en un verdadero monstruo". Esto es lo que yo llamo, y ahora lo sé porque jamás antes lo supe, la gente sin alma. Un hombre o una mujer sin alma es un ser que no se sabe si está vivo o muerto, ni siquiera ellos mismos son conscientes de ello porque su estado es ambivalente y volteable, es decir, el diá será noche cuando sea dia y viceversa, con lo cual jamás podrán disfrutar con plenitud de lo uno o de lo otro. Creo que es de esta especie de la que hablaba Diderot.



Así que nadie de este mundo conocido se lamente de su errática búsqueda, de ese atisbo de desgracia en la que parece envolvernos la soledad a los que no nos hemos topado con el amor de nuestra vida, porque ese amor existe, y esta ahí, al otro lado tan solo, pensando en su otra mitad, la mitad inconquistable, tal vez la verdadera razón de ser de uno mismo, la salvaguarda del otro, el fiel testigo de una existencia que es tan efímera como indescriptibles sus fugaces momentos de pasión, de esa pasión que a falta del imposible salto a la órbita de tu fiel amada, hay que desplegar hacia uno u otro lado de la demarcación que a cada cual se nos ha asignado, un territorio comanche antesala de ese otro más allá donde nos espera con los brazos abiertos y las bragas de seda en la mano el amor de toda nuestra vida.



Decía Hippolyte Adolphe Taine en el siglo XIX que cuando se produce un naufragio, los tesoros se hunden en el fondo del mar, mientras que la basura se queda flotando en la superficie. Cuando yo me hunda, procuraré que el peso de todas las pasiones alcanzables me hundan de verdad, para que así ninguna de mis basuras aflore a la superficie. Gracias Rumi.




Nota, a posteriori, del autor: Ya sé quién es Rumi y, no, no es una mujer. La confusión ha sido debida a la inconcreción y el anonimato de quién me envió el comentario y, también, a mi ignorancia. Perdona Yalal ad-Din Muhammad Rumi por haberte despertado de tu larga siesta de ochocientos años en este humilde espacio. Ya me parecían a mi palabras muy sabias para haberlas pronunciado un corriente mortal, hombre o mujer, de esta cercanía y este tiempo, ¡oh, gran poeta místico musulman!

miércoles, 17 de agosto de 2011

A 225 km/h

Sí. A eso mismo. Montado a 225 km/h sobre la exigüa superficie de dos pedazos de goma, se disipan todas las nieblas y se alejan los contratiempos, los recientes y no digamos ya los dejados un largo puñado de lunas atrás. Así también se logra joder al tiempo porque lo ralentizas y lo insultas dejándolo en una momentánea porción parcelaria del olvido. Y hasta la memoria resulta hartamente insignificante porque se confunde con el silbido enloquecido del viento que te llega por todas las rendijas de tu propia conciencia de hombre volador.



Esas tres cifras, montadas sobre uno de los más famosos quebrados de la Física, adolecen del principio presocrático del yo, y conecta con la esencia de la locura vital y necesaria en un momento que es igualmente necesario y, sobretodo, consecuente. Como los aceleradores de partículas, el propio campo magnético del caos te impulsa a la velocidad de ese rayo simbiótico, hombre-máquina, que amenaza tanto como es capaz de liberar de la podredumbre de algunas circunstancias que se presentan así, sin ser invitadas. Fascina y enloquece ver tragarse el asfalto bajo tus pies como si fuese un dulce manto de chocolate negruzco: sin forma, sin textura, inacabable, una negra, esta vez, alfombra roja, extendida para los elegidos por la irracionalidad de un impulso cuyos ingredientes están milimétricamente encadenados al deseo. La visión lateral no existe, tan solo se percibe un punto de fuga convergente que se acerca y se aleja como el Tao, esa esfera sensorial jodidamente inalcanzable para todos los seres pensantes. Y entre el torbellino y la enajenación, una sensación dulzaina de triunfo te incita continuamente a mantenerte así, en inquietante equilibrio sobre el mismo filo de la navaja.



Debe ser en un principio porque cuando la vida no resulta demasiado satisfactoria puede sernos útil ese tipo de herramienta que acelerándola con suficiente indolencia se logre dejarla atrás, a la vida insulsa digo.



225 km/h es un desplazamiento obligadamente lineal que nos permite recorrer 62 metros en un solo segundo, y algo más de 300 en lo que dura un bostezo. Pero no es esa la cuestión ni la conciencia por mucho triunfo que se sienta en ese atisbo de huída. El tiempo también huye. Y lo hace de nosotros, no de las piedras ni de las aguas.



Cuando se está extrujando ese puño que hace vibrar y rugir a todo el conjunto como si se fuese impulsado por la misma marabunta, se dejan atrás muchas cosas y si uno pudiera cagarse sobre ellas la estela de mierda sería inacabable, un señuelo para que lo pudiesen seguir los que andan en parecidas guerras o entretelas. Se dejan atrás los pesares, los amores fatuos, las conocidas y disfrutadas mujeres putas y virtuosas -en ese orden-, la soledad, las decepciones, los sinsabores, las pesadillas de la noche anterior, los genomas, las carcomas, melanomas, y demás "omas" de sospechoso aparejo, el vomitivo asco hacia los políticos y las fachadas de los bancos-porque ya casi no entro en ellos- y todo aquello que huele a rancio, a podrido o a infeccioso, y también, ¡cómo no! a todo lo aburrido.



A225 Km/h, jugándote el pellejo, apretada la mandíbula y con la vista puesta en el más allá, porque el más acá se vuelve confuso y bastante impropio de uno mismo, se siente un poder liberador, indescriptible, cuasi orgásmico, una larga corrida sobre los centenares de metros del asfalto en que dura la pulsión irrefrenable sobre el puño. Y finalmente, solo, solo se gira la muñeca con violencia cuando se encaraman de golpe en el cerebro todos los tuyos. Sí, esos que se cuentan siempre con la misma mano, con esa mano en la que algunas veces hasta sobran dedos. Solo por eso vuelve uno a la jodida normalidad. Por ellos.

lunes, 25 de julio de 2011

A deshoras con mi maestro

- Ya sé que las disculpas son para usted un refrendo más de la estupidez humana, pero perdone, maestro, por importunarle a estas horas...como sé que cuando se desvela se cobija en el laboratorio, he probado a ver si había suerte.
- Querido Juan, los pelos se me ponen de punta cuando te veo asomar a estas horas, aunque sea a través de esta vieja pantalla de ordenador. No voy a perder segundos preguntándote como te van las cosas porque ya las huelo desde este rincón podrido por la penumbra y la humedad, ¡Ah! ¡qué contraste con tu paisaje luminoso y aireado!



- Perdone la frase maestro, pero estoy hasta los cojones de luz y de viento, mucho escaparate y poca esencia, necesito algo de esa luminosa oscuridad suya.



- ¡Ja! ¡mi luminosa oscuridad!...tu preciso lenguaje otra vez. No se puede respirar el aire del otro. El sufrimiento es el único y auténtico patrimonio de cada uno, y hay que procurar decantarlo de nuestro lado para no volvernos locos. ¿Es que andas otra vez con esa cojonera impaciencia tuya?



- No maestro, ya no ando en esas prisas de siempre, finalmente me he dado cuenta de que el tiempo huye, solo busco momentos para estrujarlos al máximo, en ellos se consigue esa conciencia transgresora que nos hace sentirnos rabiosamente útiles a nosotros mismos porque todo lo demás no existe.



- Ya estamos nuevamente, como dos tontos, filosofando para llegar al mismo sitio, ese ínfimo lugar que se nos ha adjudicado en medio de lo inabarcable. ¿Crees que el Universo existiría sin la existencia de la mente observable del hombre? Rotundamente no. Para saber lo que es la nada solo hay que pensar en la no existencia de uno mismo.



- Ahora que lo dice, la otra noche me asomé a la terraza antes de acostarme y allí, encima de millares de luces y debajo de millones de estrellas, pensé en mi padre y en su extrema grandeza y llegué a la conclusión de que la única diferencia entre los vivos y los muertos está en la memoria de los unos hacia los otros. No hay nada más que nos diferencie, nada.



- Desde luego, a partir de ese pensamiento, todos los horizontes resultan alcanzados. Todo en la vida es una cuestión de perspectiva... y de ubicuación, por supuesto. Pero bueno, no creo que sea una noche propicia para rebatir viejas...viejísimas teorías sobre la trascendencia o intrascendencia de los hombres. ¿Qué te pasa? ¿Por qué has osado soliviatarme a tan altas horas de la noche? ¿No te afliges de un viejo torpe y cansado como yo?



- Usted, maestro, no es un viejo, su única torpeza fue permitir que yo llegase a conocerle y no creo que se encuentre cansado cuando en plena madrugada se encuentra urgando en su particular alquimia de las cosas.



- Pues he de decirte que acabas de interrumpir todo un proceso. Estoy a punto de alcanzar el resultado final. ¿Recuerdas que hace un año hube de salir con urgencia hacia Israel porque "un gallo había cantado"? Pues bien, llevo todo ese tiempo descifrando un códice que, por cierto, no tiene nada que ver con ese que han robado en tu país, en Santiago de Compostela, merced a la imbecilidad de esos curas que lo custodiaban; y los resultados alcanzados puedo decirte, sin ningún pudor, que van a suponer la hecatombe de algunos principios fundamentales del Conocimiento. Y hasta aquí es lo que puedo decirte ahora.



- Pues he de decirle yo también que me tranquiliza, no lo del códice ese en el que está trabajando, sino que no haya tenido nada que ver en el robo del otro.



- ¡Por todos mis libros prohibidos y las ansiadas curvas de mi mujer! No está en mi biblioteca porque no he llegado a conocer a los ladinos que han sido capaces de llevárselo, que si no...



- ¿Puedo decirle que es usted un depredador de conocimientos sin ningún tipo de escrúpulos?
- Puedes.



- Pues eso. Le he tocado a la puerta para ver si aún le quedan algunas de aquellas luces que puso en mi camino cuando me permitió visitarlo. Porque se lo dije entonces y se lo digo ahora: usted, maestro, no es de este mundo.



- ¡Ja! Si no lo fuera, mucho habrías de guardarte de mi. En aquel momento solo nos intercambiamos información. Nadie es más que nadie aunque algunos se anulen a sí mismos. De esos son de los que hay que huir. Toda esa basura de los políticos, los dirigentes sectarios del poder y del dinero, los banqueros, los altos clérigos, toda esa nulidad empeñada en ahogar en sus discursos todas nuestras emociones son la verdadera cara del enemigo. Si sabes huir de ellos y encender tus propias luces, te sobrará el mundo entero. ¿Qué puedo yo hacer por alguién que no es menos que yo?
- Bueno, yo solo quería preguntarle qué debo hacer.



- Ya te lo dije: brincar, saltar, moverte, soltar lastres para poder cargar otros nuevos, cualquier cosa menos agitarse. No es bueno para la conciencia cotidiana. ¿Acaso no tienes tu propia autonomía para hacerlo? Nadie puede ponerse en tu lugar ni va a intentarlo. Todo tu mundo es tuyo y solo tuyo y cuando cambia de color no hay que soliviantarse, estrújalo, jódelo tú a el y no al revés, sácale el jugo, moldeálo, mastícalo y aprende con cada paso que el sufrimiento es necesario porque es el refrendo de tu existencia única e inalienable.
- Pero es que es muy fácil decirlo...



- No, no, es mucho más dificil expresarlo, decir lo que te estoy diciendo que llevarlo a cabo. Esto último es la parte esencial del significado de la aparicion de cada uno en el mundo. ¿A cuántos has escuchado decirte lo que te estoy diciendo? No sé lo que te pasa o sí lo sé, pero es igual, mientras no se pierda definitivamente la lucidez se tienen a mano todas las armas para voltear las situaciones y hasta los paisajes. Solo existe aquello que tenemos verdadera intención de sentir o de observar. Por tanto cada uno de nosotros es el Gran Diseñador de su propia entelequia, del propio sentido de su vida a lo largo de su paso por la Tierra. Pero dejémonos de historias...sé que me has llamado para decirme lo que yo ya sé.



- ¡Exacto, maestro! No hay quien pueda con usted. ¿Donde o cómo ha aprendido todo lo que sabe?



- ¡Ja! en esa fuente donde beben los burros todos los días. ¿Quién no puede hacerlo? Pero hay que tener valor y...pocos escrúpulos. Creo que finalmente es una cuestión de saciarse hasta el paroxismo mientras se intuyen los instantes previos a la asepsia obligada de la autodestrucción.
- ¡Joder, maestro! A veces me cuesta trabajo entenderle...



- ¡Y una góndola cargada de excrementos! Tú siempre me entiendes, aunque afortunadamente aún te faltan esos rayos X con los que me deja encueros mi mujer al mirarme. Por cierto, ¿cuántas veces te la has cascado contemplándola desnuda en ese cuadro que tan ladinamente te llevaste para Almería?
- ¿Debo contestarle maestro?



- No hace falta. Solo debes seguir haciéndolo, si no me decepcionarías en lo más profundo de mi carcelaria existencia.



- No tiene usted remedio, me pone usted colorado a pesar de los 2000 kilómetros que nos separan.



- Fue un momento glorioso...o dos. El primero cuando tomó la decisión de pintarse, y el segundo cuando te dio la oportunidad de que la contemplases mientras lo hacía. Me confesó que sintió un orgasmo mientras te veía allí, impávido, con los ojos como platos y temblando como un niño.



- Maestro, ¿cómo puede decirme esas cosas a estas horas?, me está usted poniendo nervioso.



- Bueno, es una deuda que tenía contigo: decírtelo para nuestro propio disfrute, el tuyo y el mío, aunque sea ya un asunto retrospectivo. Tú sabes que te dije una vez que cuando un hombre ama enloquecidamente a una mujer quisiera que la humanidad entera la contemplase y poseyese siempre y cuando estuviese seguro de que uno es y será siempre su único y verdadero amor. Pero como dicha seguridad es utópica en sí misma se da lugar entonces a la aparición de esa mosca cojonera y rabiosamente humana que llamamos celos.



- Pues dejémoslo ahí, maestro, pero un cuadro da para poco al lado de tener a semejante mujer en casa.



- Siempre terminamos hablando de lo mismo, mujeres, el fiel testigo de la derrota integral del hombre. ¿Aún no te has vuelto andrógino?



- No, maestro, pero estoy a punto de hacerlo. Fíjese que anoche tuve un sueño, el colmo ya de mi creciente irracionalidad, en el que intimé con un personaje político femenino de mi país, algo verdaderamente inaudito porque ni por su condición ni por su físico hubiese podido imaginarlo ni de largo. Se trataba de Soraya Saenz de Santamaría, la actual portavoz del Partido Popular principal opositor al gobierno, una chica bajita con un par de buenas paletas y, en mi sueño, con un par también de hermosas tetas a las que estuve aferrado durante todo el sueño cimbreando incansablemente sus abultados pezones mientras ella no paraba de darme besos y enseñar nuestro carnal idilio por todos los pub de la ciudad. ¿Usted, maestro podría descifrar esto, habida cuenta de que ni me gusta, ni soy del partido popular, ni me la ponen los políticos por mucho que algunos de ellos luzcan enhiestas tetas y sugerentes palmitos?



- ¡Claro que puedo! Te estás volviendo un andrógino, vamos un maricón reconducido por los fracasos encadenados.



- Joder, maestro, es lo último que me esperaba escuchar esta noche. Pero si no pasa un día en el que no le eche un buen polvo mental a unas cuantas cuando las veo cabalgando por la calle.
- Bueno, a alguna de esas se le podían echar hasta dos.
- Ja, ja, ja, si nos estuvieran oyendo.



- Pero ellas saben que es así, que pensamos así, y cuando observan lo contrario se decepcionan profundamente. saben muy bien en que posición geográfica de su cuerpo radica la tontuna inacabable de los hombres.



- Espero que sí maestro. Estoy jodido maestro. Y lo peor es que no sé de donde arranca este contratiempo, vamos, sus verdaderas raíces. No sé si soy yo, o las mujeres, o la jodida rutina, o la lengua proboscídea de algunas mariposas, qué se yo, el caso es que su querido amigo Uróboros ha vuelto a aparecer inciando esta vez el ciclo tonto de la vida. Ya sé que está pensando que soy un estúpido por no aprender lo esencial de las cosas sencillas, pero por eso soy yo y usted es mi maestro. Sin embargo tengo que apelar a su compasión por robarle estos minutos en tan mágicas horas suyas.



- Pero, vamos,vamos, ¿cual es el problema? Porque tienes la jodida habilidad de crearlos cuando nada resulta favorable a ello. ¿Por qué le das tantas vueltas a las cosas que solo gozan de una única perspectiva? Es tu mente retorcida y enrevesada la que te castiga siempre por inventar escenarios poco alentadores. ¿Por qué no utilizas esa imaginación portentosa para voltear las situaciones. Las cosas son como son y las personas no pueden ofrecer más ingredientes que aquellos que llevan dentro. Y punto. Uno es lo esencial, el centro mismo del Universo. Si no te gusta un paisaje míralo desde otro lado, o cambia de lugar. Si te decepciona una mujer, date gracias a tí mismo por ser mejor que ella y vomita cerca de ella para que no se acerque más. Y si te sientes triste sin saber por qué date con un martillo en la rodilla y enseguida trasmutarás la tristeza por un berrido que se escuchará cuatro pisos más arriba. Al final vamos a llegar al mismo sitio, pero el camino es una decisión tuya. Riéte del mundo, riéte de ti mismo, disfruta de un buen helado, siéntete un triunfador con todos los buenos polvos que has echado y disfruta con los tuyos hasta la extenuación. Y cuando te sientas derrotado, escribe, escribe y escribe, es un ejercicio que casi nadie se atreve a llevar a cabo y que reconcilia y te hace sentir vencedor sobre los otros. Yo tengo mis métodos, tú lo sabes, pero llego a los mismos resultados. Bastante jodidos estamos con nuestra hijadeputa levedad. ¿Vamos a darle ventajas?



- Ya. Lo sé. Pero siempre reconforta oírselo decir nuevamente, sobretodo cuando uno está nuevamente jodido. Usted, maestro, es un milagro.
- ¡Anda ya! Buenas noches, Juan.



- Buenas noches, querido maestro. Espero que me tenga al corriente de sus avances en el códice ese, y si puede, que contribuya al esclarecimiento de ese otro tan magnífico que le han robado a esos curas gallegos tan imbéciles.
- O.K.





Nota del autor: Mi maestro es un artesano vidriero veneciano, políglota, alquimista y coleccionista de libros antiguos que, además, es uno de los personajes centrales del libro "Entre la oscuridad y el cielo" cuyo autor es este humilde servidor. Pero mi maestro, contrariamente a lo que todo el mundo piensa, no es un personaje de ficción, es uno de los más grandes eruditos actuales sobre el renacimiento italiano, un hombre centauro, mitad sabio y mitad bestia con quién he pactado que jamás ofrezca datos a nadie de su verdadera identidad. A cambio, me oriento con esas providenciales luces que va poniendo en mi camino.








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miércoles, 6 de julio de 2011

Donde yo vivo

Donde yo vivo amanece y anochece con esa apariencia que parece igualar al resto de los lugares del mundo. Pero a mí me da que no es así. Que donde yo vivo las noches son más intensas y las madrugadas difusas y cansinamente rebeldes, como si les costase trabajo despojarse del manto de la penumbra para abrazar la luz.


Donde yo vivo vive también otra gente, demasiada gente tal vez, una marabunta indefinible sin credenciales sectarios ni señas históricas de identidad, bultos a mis cada vez más torpes ojos que se mueven, estorban y roban el aire al aire con cada uno de sus errantes pasos, seres de dos patas que piensan también-supongo-, y que van a lo suyo, que no es lo mío ni cojón de pava me importa, y que contaminan los espacios y las ideas jodiendo al que, como yo, los contempla desde fuera de sus mundos aún con la certeza de que todos ellos pueden acceder a la conciencia de parecida perspectiva.


Donde yo vivo tambien lo hacen algunos seres inmundos, ratas paridas desde la matriz de ese infortunado anacronismo que debió transportarlos hasta esos tiempos pasados o futuros que nunca existieron ni llegarán. Seres que aúllan sin ser lobos y que andan haciendo ruído y dando puntapiés a todo aquello que aconseja prudencia, canívales de su primigenia dignidad, elementos asentados con orgullo en el propio disparate de escupir incansablemente sobre las normas, las leyes, la compasión y hasta la propia ignorancia.


Donde yo vivo hay ricos y pobres. Los primeros suelen enseñar sus patrimonios con la misma indecencia de las artimañas que usaron para conseguirlos. Los segundos se apuestan a la puerta de los supermercados cargados de piojos y de perros y tan solo saludan una y otra, y otra, y otra vez. Los primeros no dan propinas ni cambian jamás de séquito, suelen ir adornados de portentosos coches y repingados cuernos- los unos y las otras- y solo nombran a los que están más pertrechados que ellos. Los segundos se desvelan cada noche pensando si a la mañana siguiente quedará algo de aire para echarse a los pulmones y nunca caen en la cuenta de que con un buen cuchillo de cocina se pueden destripar un puñado de panzas llenas que atenúen la desigualdad. Pero logran, primeros y segundos, el milagro de convivir sin apenas denostación, estandarte y testigo formando el todo del cabo de las tormentas, el feliz diseño para algunos de esta puta humanidad.


Donde yo vivo hay gente que ama y gente que desea ser amada, gente que cree ser amada sin serlo y gente que solo se quiere a sí misma. Mujeres que quieren que se las quiera como no puede ser posible y hombres que solo pueden dar la parte alícuota que merecieron las otras. Y gente que dice estar enamorada sin saber lo que eso significa, y mansos que caminan con la cabeza agachada y los cuernos siempre a punto de salir. Y putas y putos de alta escuela que te la juegan en un plisplas por el mero regocijo de seguir engordando de trofeos sus vitrinas, y gente, mucha gente que lleva al otro enganchado a las espaldas buscando la cuneta apropiada para soltarlo hasta que sucumbe por el peso o por los años.


Donde yo vivo también hay políticos, ¡cómo no! Ellos son los salvadores de la patria, de esa patria rancia y maloliente a la que se acomodaban con orgullo y con coraje los dictadores y que ya apenas se lleva. Pero ellos, los políticos, la han reinventado para tener a nuestros ojos algo por lo que luchar.Donde yo vivo hay políticos tontos y políticos listos, los primeros son los que intentan inútilmente robar, los segundos son los que siempre lo consiguen. También los hay que no se ven "jartos" por muchos años de usura. Donde yo vivo hay políticos con cargos y políticos en libertad con cargos, de uno y otro sexo, de diferentes pelajes y cunas y semejante sonrisa triunfal. El poder los vuelve locos, esa llave que abre antes los cajones que las puertas de unas estancias donde guardan sus ahorros y sus esfuerzos los ciudadasnos de a pie, y así, en la codicia irrefrenable de su propia exaltación abarcan cargos incompatibles y ocupan, como podría hacerlo cualquier deidad, dos castillos al mismo tiempo. ¡Qué cojones!


Donde yo vivo hay poco trabajo, tan poco que ni la familia o los amigos reparan en la podredumbre que aniquila dia tras dia al buscador. Siempre es molesto urgar en la mierda aunque sea la de los otros. La familia y los amigos están hechos para las fiestas y los problemas absorben, como las nieblas, los parentescos. Cada uno va a lo suyo y sálvese quién pueda porque la clase empresarial hace tiempo que dio al traste con la casta de otros tiempos.


Donde yo vivo hay mujeres hermosas, algunas en su trotar esbelto por las aceras son imaginadas como salvajes máquinas de follar que rozan la perfección, a otras se les supondrán también mil y un valores más. Las hay feas, a veces, y ordinarias, a veces también, y chulescas, la mayoría de las veces, y malhabladas, aunque éstas resulten providencialmente silenciadas por el ruído callejero. Y vecinas buenas, muy buenas, y otras que simplemente lo están. Y mujeres inteligentes, más que la mayoría de sus contrincantes, los hombres, y mujeres que viven en sus burbujas y mujeres que viven de sus tragedias, es decir, que mueren un poquito cada día. Y mujeres que esperan incansablemente porque están hechas de hierro y de coraje, y mujeres que no están dispuestas a luchar y se derrumban porque están hechas de hojalata y cobardía.


Donde yo vivo tambien lo hace alguna gente que quiero mucho. De una u otra forma, pero mucho. Sin esperar pagar tributos o alcanzar prebendas. Mucho es mucho y nada más, no sé lo que es cuantitativo en esta condición emocional.


Donde yo vivo el paisaje es especial, no solo único como ocurre en todos los rincones de la Tierra. Hay luz a raudales, variedad de atardeceres, diversidad por un tubo, aguas azul turquesa y azul profundo, calidoscopios marinos en cualquier punto y olor a flores liliáceas y a palmitos apenas se sale del cascarón urbanita. Por eso hay que alejarse del hogar a la menor de cambio porque la luz y el viento de ese paisaje árido, cercano y desgarrador aleja la pesadumbre de los hombres.


Donde yo vivo...



"La patria, el honor, la libertad, ...¡de eso nada!: El Universo siempre gira alrededor de un par de nalgas, eso es todo..." Jean Paul Sartre

lunes, 13 de junio de 2011

La noche de la farfolla. Un cuento de primavera

Se espatarró en aquel sillín trasero medio oxidado de la bicicleta y dejó que su fiel amigo Juanico Blanes le diese a los pedales. El joven viajero no hacía más esfuerzo por llegar que el de las cabriolas de su pensamiento imaginando como sería la prima que su amigo había prometido presentarle esa misma tarde. Casi todo el trayecto era cuesta arriba, pero Juanico tenía las piernas como la barra de hierro con la que hacía los agujeros en la tierra para levantar los cañizos, y las manos callosas y enormes como dos alpargatas viejas. Así que la bicicleta avanzaba sin titubeos camino del Barranco Hondo donde vivía aquella princesa que su primo, el ciclista, había descrito tantas veces como un panal de miel en mitad de un desierto de amargura.


- ¿Y qué le digo cuando lleguemos?- preguntaba temeroso el viajero.


- Tú no digas ná. Primero la miras, y si no caes muerto cuando veas los ojos que tiene, entonces dices ¡hola! sin que se te note el susto. Después ya hablaré yo.- Sentenció Juanico.
-¡Ostias! ¿Tan guapa es?
- Sí, ella no es de este mundo.


-¿Y dices que es prima tuya?- inquirió el muchacho con serias dudas fijándose en los rasgos rudos de su amigo y sobretodo en el par de orejas abuzadas que debían estar frenando seriamente la marcha de la bicicleta.
- Pos claro. Su abuelo y mi padre son primos terceros...o cuartos. No sé...
- ¡Joder!


Por fin llegaron al borde del barranco y comenzó la cuesta abajo. Juanico y su amigo parecían ir ahora montados en una flecha que sorteaba densos cañares a un lado y otro de la estrecha carretera. Al muchacho comenzaron a sudarle las manos y entonces abrió las palmas hacia el viento esperando que éste las secara. Ya se iba viendo otra vez febrilmente enamorado como cuando en el verano anterior consiguió aquel beso de su amor imposible después de atiborrarla de cubatas en la fiesta de otra prima de Juanico.
Llegando al cortijo, el muchacho, ya bien nervioso, le preguntó al amigo:
-Oye, Juan, ¿cuántos años tiene tu prima?
- ¿Mi prima? Por lo menos tiene quince.
- ¿Y los aparenta?
- Pos claro. No es más alta que tú, pero tiene muchas más tetas, ja,ja,ja...
-¿Sí?


El muchacho acabó guardando silencio cuando se apercibió de la proximidad de la casa. Entonces pensó en qué podría decirle a aquel milagro que parecía regalarle tan desinteresadamente su amigo. Se obsesionaba con no caer en el ridículo que tan malas pasadas le había jugado su cojonera timidez. Finalmente pensó: "Que sea lo que Dios quiera".


Llegaron hasta la misma puerta del cortijo, apoyaron la bicicleta en el tronco de un enorme pimentel y Juanico se acercó a la puerta semiabierta de la casa gritando "¡Pepa, pepa!". Nadie contestó. El muchacho miraba a todos lados y si no fuese por el primo de la prima, hubiese salido de allí como las balas, a toda leche corriendo barranco abajo o arriba.
-¡Tío José!-vociferó de nuevo Juanico-. Es su padre, buena gente...¿estarán farfollando?
- ¿Qué?- preguntó confuso el muchacho.


- Sí, pelando los pelos de las panochas y quitándoles las hojas. Anda que no pica la pelusilla de esas hojas, sobretodo si se te mete en los huevos...


- ¡Juan!-gritó una voz femenina a espaldas de los dos amigos al tiempo que asomaba una muchacha entre las matas de panizo de un bancal cercano.
- ¡Esta es! - chismó socarronamente Juanico.- ¡Hola prima! venimos a invitarte.


La muchacha llegó por fin hasta ellos. Su primo se acercó, le dio dos besos y entonces le dijo: "Mira, éste es mi tocayo, el hijo del señorico del cortijo vecino, pero que es mi amigo, se llama Juan".


- Ya lo sé -respondió ella mirando a la vez al muchacho y al suelo.- ¡Ah! ¿Sabías que se llama Juan?
- Pues claro, ¿no has dicho que es tu tocayo?


- ¡Por mi Caoba! ¿Estaré tonto hoy?- se preguntó Juanico dándose un collejón en la cabeza que le crujió como un tambor.


El muchacho estaba sin habla y casi sin alma, y el tiempo, que tan furiosamente pasaba siempre a sus ojos, se había detenido por completo. La prima y él volvieron a mirarse sin atreverse a nada más. Jamás había contemplado algo parecido. Los ojos azules de la muchacha parecían no caber en su cara. De pelo corto y negro como un tizón, su rostro, con unas cejas altas y bien perfiladas, era como un foco de luz, y sus labios carnosos le recordaron enseguida el aspecto que tenían los higos divisos cuando, llenos de rocío, los partía por la mitad antes de comérselos en esas cacerías de gorriones al amanecer.


- Mira, venimos a invitarte a la farfolla en mi cortijo el sábado por la noche. Nos vamos a juntar mucha gente y habrá de tó pa comer. Luego, nosotros, podemos jugar a las prendas o al parchís o...a robar fresas en el cortijo La Torre que ahora están en tó lo suyo. Después te traemos nosotros pacá con mi hermana y más gente...¿qué te parece? - concluyó Juanico.
A la muchacha se le encendieron los ojos, y a medio sonrisa contestó:
- Bueno, se lo diré a mi padre a ver.
- Llámalo, que voy a ahorrarte el trato.- ordenó su primo.


- No, no está aquí, pero no te apures...iré. Me gusta la farfolla y ya que os habéis dado el viaje...- concluyó mirando con interés al muchacho.


Se despidieron y el encandilado, sentado otra vez atrás, volvió la mirada sin encontrar lo que buscaba cuando el cortijo ya no estaba a tiro de piedra.
- Bueno, ¿qué me dices ? -comentó Juanico Blanes sin dejar de darle a los pedales.
- Juan, que me ha gustao tu prima, ¡ostia!


- Ya lo sé, no ta gustao, ¡tas quedao tonto! Y encima estudia como tú en un colegio en la ciudad. Le llaman El Milagro.
- ¿A quién, a ella?
- ¡No seas tonto, cojones! ¡al colegio!
- ¡Ah, claro! El colegio del Milagro, sé donde está.
- Pos ya sabes...


Y llegó la noche de la farfolla y con ella, a media tarde, llegó también el milagro junto a su padre, que no tardó en cerciorarse de que Juanico Blanes y demás gente la llevase después a casa. El muchacho, desde el día en que la vio aparecer entre el panizo, no había logrado apartarla de su cabeza. Ansiaba verla de nuevo, pero el miedo a no saber qué decirle queriendo decirle tanto lo estaba volviendo loco. El trabajo de la farfolla era en aquellos cortijos como la fiesta del trabajo, una labor de pelos y pelusillas, picantes en la piel como un ungüento de broma y ruidosa la labor como una orquesta de locos. Entretanto, la gente propia y la de los cortijos vecinos, reía, cantaba, contaba chistes, y comía y bebía de lo que hubiese que casi nunca era poco. Con la complicidad de ambos, los dos amigos buscaron el sitio más apartado y se sentaron flanqueando a la princesa. Entre panocha y panocha Juanico Blanes fué rompiendo el hielo con su proverbial verborrea y cuando fue consciente de que la cosecha había dado sus frutos, abandonó a los tórtolos diciendo, como casi siempre, que iba a cambiarle el agua a las aceitunas, su castiza expresión para indicar que no iba a otro sitio sino a mear. El muchacho, aunque tímido, no tenía un pelo de tonto, así que aprovechó su momento. Fue cuando se presentó oficialmente a la princesa y le dijo que estudiaba 6º de bachiller en el Instituto masculino de la ciudad, a lo que ella respondió con lo que él ya sabía, añadiendo que vivía allí durante el curso en casa de una tía suya. Ayudado por la sonrisa constante de la muchacha y abrumado aún con su belleza, no tardó en proponerle que se viesen de tarde en tarde en la ciudad una vez pasase el verano que comenzaba a enseñar por entonces sus calurosos dientes. Ella le dijo que sí, que le gustaría, y que fuese a recogerla a las puertas del colegio cualquier tarde en cuanto comenzase el curso. El muchacho ya no escuchó nada más. Pensó que quizás debiese salir corriendo ya para allí y montar guardia a las puertas del colegio por si a éste lo cambiaban de sitio.


Aquel verano del 69 fue caluroso y largo, muy largo, inacabable para el muchacho que soñaba entre los insomnios con el encuentro con tan dulce flor, una morena esperanza de gigantescos ojos azules surgida entre los páramos de sus constantes y fracasados amores y el regocijo visual de algún que otro episodio de espiamiento nocturno a las muchachas del tomate cuando Juanico Blanes dejaba a conciencia una rendija abierta en la ventana del cuarto donde dormían.


Pero, por fin, llegó aquel día. Nervioso como nunca y acicalado como en las bodas, el muchacho esperaba pacientemente a las puertas del colegio del Milagro. ¡Bonito nombre! pensaba. Entre una muchedumbre de uniformes, divisó sus ojos inmensos, un rostro sobresaliente que no tardó en darse cuenta de su presencia. Ambos se dirigieron al encuentro. Sonrientes, se dieron dos torpes besos y ahí, sin más tonterías, comenzó una historia de amor.


La esperó muchas más tardes. Fueron al cine, a los bailes del Instituto femenino y de la Escuela de Comercio, a pasear por el Parque y por el Paseo, y a llevarla, como era menester, a las puertas de la casa de su tía. Habían pasado dos meses. Un día ella, en el cine, le cogió la mano a él. El muchacho se sintió morir, no podía caberle más gozo en tan somero contacto y así estuvieron durante toda la película, cogidos de la mano y sin estremecerse. El cielo ya podía esperar. El fin de semana siguiente, en el baile del patio de la Escuela de Comercio, mientras los Ciclones tocaban a su manera "Nunca te cases con un ferroviario", el muchacho le cogió la mano, la apartó con disimulo hacia una esquina y la besó, la muchacha le correspondió como si llevase cien vidas esperando el momento, y él deseó morirse en ese instante, sabedor de que sería imposible encontrar mayores momentos de felicidad en el futuro.


Pero ¡ay! que al diablo siempre le ha jodido que la buena gente -porque de la mala ya se encarga él- disfrute de las cosas esenciales. El fin de semana siguiente al beso quedaron en un lugar del Paseo. El muchacho llegó con antelación sintiendo aún la dulce humedad de los labios de su amada en los suyos. Al poco llegó ella, su cara estaba desencajada, se acercó y lo primero que salió de su boca era que todo había terminado. Así, sin más explicaciones. Cuando el muchacho, a punto de morirse de verdad, le preguntó una y un millón de veces el porqué, la muchacha de los ojos inmensos, le dijo que tenían que dejarlo y que no le preguntase más, que la dejase irse sola a casa. Él la siguió durante un rato sin conseguir que ella le dijese otra cosa diferente hasta que, finalmente, la dejó perderse en la lejanía.


Fueron días, noches, semanas, meses y años, los que anduvo preguntándose el porqué sin encontrar la respuesta. La niña de sus ojos, la niña de su vida, el amor de sus amores, la razón que había fulminado todos sus traumas y encendido su alocado corazón, se esfumaba como había llegado, inesperada e incomprensiblemente, dejándolo como a un tonto huérfano de razones para seguir adelante. Lloró la pérdida montones de veces durante montones de días, siempre a escondidas, tragándose las lágrimas y toda la puta rabia que genera la insufrible incomprensión. Un día de aquellos, uno de sus pocos y buenos amigos, el más viejo y el más sabio, le dijo al hilo del desencanto: "Juan: fuerza, valor, orgullo, casta y coraje. No lo olvides nunca". Después, el tiempo fue aminorando la tragedia y nunca, nunca más, logró darse de bruces con ella.


32 años más tarde de aquella noche de la farfolla, aquel muchacho de entonces, había vivido ya un puñado de amores, una mujer, unos hijos, una carrera universitaria, y un trabajo en su propio restaurante que le permitía la mitad más uno de todos sus caprichos importantes. Fue precisamente también una noche al final de la primavera, cuando entre la muchedumbre que atestaba su local sonó una voz a sus espaldas que le dijo: "¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?". El hombre se volvió como un resorte y allí, a un palmo, como un nuevo milagro, apareció ella, la prima de su amigo, la Pepa, imponente, con los mismos ojos y un porte que quitaba el sentío.


- ¡Hola, qué sorpresa! Claro, claro que me acuerdo de tí -balbuceó el hombre sumido en un trance que pretendió disimular con poco éxito-. ¡Qué guapa estás! ¡Como siempre! ¿Has venido por casualidad?


- No. Sabía que esto es tuyo y he venido a saludarte. Mira, allí, en el extremo de la barra, está mi familia, mi marido y mis tres hijas. Ahora después te los presento.


- ¡Ah! ¡Qué guapas son tus hijas! La verdad es que no sé que decirte, se me ha parao el tiempo como ocurrió hace ya muchos años...
- Ya, fíjate, así son las cosas, así es la vida, pero me ha dado mucha alegría verte, de verdad.
- Sí, a mi también.


El hombre comenzó a dar vueltas por su casa gastronómica como un molino a merced del viento, desorientado, confuso, eufórico...¿A qué puto designio del destino se debía aquel encuentro? Su dulce y fracasado amor de 32 años atrás se presentaba ahora en su propia casa para rendirle las cuentas que no fue capaz de darle en su momento, adornadas, esta vez, con el lastre de un marido y de unas hijas. ¡Qué agridulce destino para su causa perdida en aquella aciaga noche de los tiempos! Volvió a mirarla entre la gente y le pareció aún más guapa que en aquella exuberante adolescencia, la fruta jugosa que jamás comienza a madurar. Llevaba un vestido de raso blanco y unos grandes aretes plateados que hacían aún más salvaje su exotismo. El hombre hizo un esfuerzo y logró poner algo de orden en el caos de su pensamiento. Finalmente, se acercó hasta ellos. La Pepa le fue presentando a todos sin advertir en ningún momento el parentesco o relación que le asignaba al presentado. De entre las tres hijas, sobresalía la mayor, una muchacha altísima de unos 20 años, con una elegancia y una belleza digna de cabalgar por esas pasarelas que controlan los ogros de la moda. Aún así, después de mirar furtivamente a madre e hija, para él no había color: la madre seguía sin ser de este mundo. Al poco, se despidieron. La Pepa se rezagó y tras darle dos besos al que fue su primer y fugaz amor, le susurró al oído el lugar donde trabajaba. El hombre la miró con cierta compasión, algo todavía de vieja rabia y una catarata de deseo, y entonces le dijo: "Algún día iré a verte". Ella le contestó: "Ves", y desapareció tras los suyos.


Pero nunca fue a verla. Ni siquiera lo intentó. Todas las cosas tienen su tiempo y aquel tiempo había pasado por mucha que la belleza sobreponga sus resortes al naufragio. El corazón de un hombre es algo frágil, pero el tiempo y las heridas lo encallecen y entonces se vuelve tan ruidoso como testarudo, dificil de doblegar cuando los recuerdos avivan los malos momentos y la casta ha ido construyendo palo a palo y dia a dia su obligada coraza.


Cinco años más tarde de tan inesperada visita, o sea, 37 años después de la noche de la farfolla, el hombre, separado desde 6 años atrás, vendió su negocio y por esas cosas soberanas del destino, alguién, inesperadamente también, lo puso en contacto con uno de los hombres más sabios y eruditos de la Tierra, un centauro mitad dios y mitad bestia que se recluía y se recluye en una casa sombría y mohosa del barrio de Dorsoduro de Venecia. Pasó 20 días con él y con la bella mujer del sabio, visitándolos a diario con el fin de descifrar el juego que había propuesto el maestro, un juego de Arte, Historia, pasiones, desenfrenos y trascendencias, el momento mágico que ocurre a veces en la vida de las personas. Cuando finalmente, y con el triunfo del discípulo conseguido merced a la gratitud de su maestro, se despidieron, el sabio -que ya sabía toda la historia del hombre- le regaló un colgante de vidrio que él mismo había fabricado con sus propias manos, y le dijo: "Toma, guárdalo en un cajón hasta que creas que has encontrado a la mujer de tu vida. Cuando llegue ese momento, cuelgáselo tu mismo a su cuello y tu amor será correspondido de por vida. Se ha fabricado con esa intención y, por tanto, posee todas las propiedades químicas y alquímicas para que eso suceda".


El hombre regresó a su tierra con el colgante y lo guardó en un cajón. Cuatro años más tarde, o sea, 41 años después de la noche de la farfolla, conoció a una preciosa mujer cuando ya pensaba que se podriría el colgante en el fondo del cajón. Tras 9 intensos meses después del primer encuentro con ella, el 14 de Febrero, en plena noche de enamorados, él mismo se lo colgó al cuello de tan inesperada, pródiga y tardía mujer de su vida, la que le correspondía todas las noches desde la distancia diciéndole que él era su más preciado tesoro anhelando la llegada de cada fin de semana donde chasquearían las pieles y los sudores, como piedra y pedernal, entre millones de besos y de suspiros. Dos meses más tarde de aquella noche en que le colgó con tanto esmero el colgante, sin alternancias pasionales ni dilación alguna en la jugosa cotidianeidad de los "cariño", "tesoro" "tesorillo", "mi niño", "mi amor", y esos alientos entrecortados por los balbuceos ininteligibles en los momentos en que los humanos dejamos de serlo, el amor, así, tal como llega, se escurrió como agua de Mayo entre los dedos de ambos yendo a parar al pozo inmundo de los deseos insatisfechos, las emociones olvidadas, la gratitud aniquilada y las cosas innombrables. ¡Qué pernicioso destino y cuán amargo desatino! pensó una vez más el hombre.


Llamó entonces a su maestro, le contó lo sucedido y le dijo: "Maestro, sus leyes han fallado estrepitosamente". A lo que el maestro le contestó: "Querido y admirado Juan: No te equivoques, las leyes de lo trascendente nunca fallan. Somos los hombres los que fallamos. El colgante es infalible, asegura la felicidad y el amor de quién lo recibe de por vida, pero recuerda que te dije que cuando creyeras que habías encontrado a la mujer adecuada, tú mismo se lo colgaras a su cuello. Tan solo ha sucedido que te has equivocado de mujer y por eso has pagado las consecuencias. Haz que te lo devuelva enseguida porque no es digna ni de tí ni de llevarlo. Y si aún te sientes mal, solo puedo decirte una cosa: fuerza, valor, orgullo, casta y coraje. No todo el mundo los tiene. A tí, y a pesar del sufrimiento que acarrean los errores trascendentes de la vida, te sobran razones y méritos para aplicarte el antídoto . Un abrazo".


El hombre, esa noche, tan lejana y tan cercana a aquella otra de la farfolla, se repitió una y otra vez las palabras del maestro, respiró hondo, recordó la impagable herencia de su padre, miró a las estrellas y se prometió a sí mismo no volver a llorar por una mujer.


Dos semanas más tarde, apegado a su rabiosa terquedad, llamó de nuevo al veneciano y le preguntó:


- Maestro, ¿está seguro?


- Yo sí. ¿Acaso tú no lo estás?


- No, no lo estoy.


- Pues entonces debes volver a hacer el camino. Él te sacará de dudas, y si finalmente yo andaba equivocado, será la primera vez en toda mi vida en la que el fallo de una de mis teorías me produzca una justa felicidad.


Y hasta aquí fué lo que pudo saberse de La noche de la farfolla y todas las que vinieron después.





Nota del autor: Lo narrado aquí es un cuento. Cualquier parecido con la realidad obedece a una simple casualidad por mucho que algunos cineastas y escritores se empeñen en decir que la realidad supera casi siempre a la ficción. De todas formas, imaginando la belleza y la elegancia de la hija mayor de la Pepa cuando le fue presentada al hombre, me viene a la cabeza un inquietante parecido con la que fué un año más tarde Miss España, una chica de Almería llamada Vania, cuyos abuelos vivían y aún viven en un cortijo de los Llanos de La Cañada, en un paraje conocido como El Barranco Hondo, que por cierto tiene poco de hondo y aún menos de barranco, salvo cuando en otros tiempos se intentaba llegar hasta allí montado en una vieja bicicleta.

lunes, 23 de mayo de 2011

El asfalto

Así, como quién no quiere la cosa, he vuelto a ver "El asfalto". Cuarenta años son nada para las obras de arte. En aquel momento me asfixió y ahora, profundamente conmovido, he podido observar entre sus grises y oscuros algo como un ventanuco al mundo, al mundo de nuestros días, al pulso de esta torpe y sinvergüenza modernidad que nos sacuden los ricos a las espaldas y legitiman los políticos como el nuevo maná que dará alimento a todas sus artimañas.



"El asfalto" trascendió en su día los límites imaginativos de la miseria humana y sus alcances. Su progenitor, aquel Chicho Ibañez Serrador que osaba salirse del tiesto de tanta puesta en escena rimbombante y aburrida, retorció su mente una y otra vez para ofrecernos aquellas historias sin parangón por muchos años que fueron viniendo después. Escogió a su padre, como en tantas ocasiones, para interpretar un drama que nadie en la historia del cine o del teatro hubiese podido hacerlo mejor. Narciso Ibáñez Menta era un animal de la escena, un ogro que devoraba sin esfuerzo alguno los inquietantes papeles que la otra fiera, su hijo, solía adjudicarle. Y a su voz, ese estertor de ultratumba que nos estremecía a todos en el sillón, le sobraba cualquier paisaje por tenebroso que fuera. "El asfalto" debió sentar en su día toda una jurisprudencia teatral, un modelo a seguir. Nada le sobra y nada le falta, ni un gesto, ni una palabra, ni un decorado...El mensaje es aplastante, concluyente y sobretodo rabiosamente actual, sin vuelta atrás, como la muerte, irreversible y atroz. Finalmente también resulta liberador, como cualquier desastre, el alivio último con que se nos premia, cual míseras migajas, al final de todos los sufrimientos. Chicho Ibáñez sabía tocar esa entraña y su padre nos la vomitaba encima, sin compasión, sin esperanza, a tripas fuera sin importar a donde irían a parar las naúseas.



La condición humana se ha ido envileciendo con el paso de los siglos. Tan solo hay que leer a los clásicos para darse cuenta de ello. No era tanto la sabiduría de éstos como el sentido metafísico de la solidaridad y el respeto hacia unos semejantes que apenas tenían algo para comer. Los siglos han ido haciendo su agosto y cobrando su tributo: ahora las barrigas están más llenas, los cerebros más vacíos, y la ambición amenaza con destruir esa bola que vaga por el espacio ajena a todos los males que lleva dentro.



Para asomarse a "El asfalto" solo hay que abrir las ventanas y mirar a lo cerca y a lo lejos. Cada uno va a lo suyo y le molesta el de al lado, no como las hormigas -sociedad más avanzada que la nuestra- que aunque también parezcan ir a lo suyo trabajan incansablemente para la colectividad. El asfalto, esa materia negruzca sobre las calles que llegó con el progreso, se está reblandeciendo bajo nuestros pies y amenaza con ahogarnos como al padre de Chicho Ibáñez. En aquella ocasión la indiferencia y la burocracia perpetraron aquel crimen paradigma de lo absurdo. "¡Ayudadme, por favor!" suplicó incesantemente el "atascado" antes de ser engullido mientras sudaba y sudaba desesperado por la incomprensión. Ahora de aquellos polvos vienen estos lodos. A parecidas burocracias e indiferencias se han sumado las partitocracias, el canibalismo político, los metasistemas económicos y las luchas intestinas en cada grupo o grupúsculo por ejercer el poder. Y así estamos, clavados en el asfalto mientras se pavonean airosos los que pasan de puntillas sobre él.



Gracias Chicho por advertirnos de ello. Gracias Narciso Ibañez Menta por interpretarlo y sufrirlo con tan alta dignidad. Dos genios de un mismo tronco.

lunes, 4 de abril de 2011

A J.L.R. Zapatero

Lejano y cercano Jose Luis: La lejanía de La Moncloa desde mi moncloílla en términos geográficos y ascéticos, y esa cercanía de los muchos días e inacabables noches en las que he sentido tu aliento dulzón junto a mi hocico, no me han bastado para conformar el sano juicio que todo fiel vasallo debería tener de su señor, es decir, casi me vuelves loco ante tu inclasificable paso por las alfombras rojas de los que reconducen los designios de los hombres. Desde ese punto de partida, cualquier juicio que se pueda hacer de ti goza del grave riesgo de estar equivocado, pues tal ha sido, en términos de gloria histórica y de temperatura ambiental, tu paso por el castillo. Ni frío ni calor, los cero grados Kelvin del jaimito aventajado a su maestro son los aires en que te has movido tú, una atmósfera de ingravidez en la cual los daños colaterales han sabido mantener idemnes tus cojones -bravo vocablo para tus méritos- e impoluta tu eterna sonrisa de gringo estúpido de unas praderas que siempre fueron más siberianas que de Arizona.

No creas que te hablo desde la insignificancia, algo que tú jamás obviarías por el soberbio sentido del consenso social que casi siempre has intentado enarbolar. Lo hago desde el convencimiento y, sobretodo, desde la frustración por el tiempo perdido, el tuyo y algo más el nuestro, que entre acto y acto han ido dejando en la sala ruído de llantos y rechinar de dientes, y algunos dóciles aplausos.

Dicen algunos que eres tonto e irresponsable, otros que eres irresponsable y tonto. Yo no lo creo. Primero porque tú no eres así o viceversa, y segundo porque no se puede ser ambas cosas a la vez todo el tiempo. Algunos dicen también que eres el nuevo mesías. Debieron de leerlo en tus ojos en una noche de lunática luna. Y otros dicen que eres el gran precursor de la filosofía del Nuevo Progresismo Integrado, es decir, esa nueva corriente en cuyo envoltorio de santa tolerancia caben todos los parias, los desvíados, los antisistema, los abertzales, los juanes sin tierra, las marujas, los adolescentes rebeldes y las putas de carretera y chocho al aire, siempre y cuando, todos ellos, se mantengan a moderada distancia del que imparte la lección en los estrados o en los desiertos. La verdad es que dicen tantas cosas de tí...

El pueblo siempre habla y habla al tiempo que agacha y agacha la cabeza. Estos españoles del siglo XXI en nada nos parecemos a aquellos moros que enseñaban primeramente el capullo y los alfanges y luego, sin apenas palabras, nos dieron por allí mismo durante un puñado de siglos. Un terreno perfectamente abonado que tú, cercano y lejano Jose Luis, has sabido cultivar para tus propios adentros en pro de una extraña cosecha que casi nadie sabe ahora valorar. Ocho años te han bastado para grabar a fuego y odio tu jurisprudencia ante un incierto futuro que te llevará, manque le pese, a sus espaldas durante unos cuantos años o un porrón, ¡quién sabe! Habría que calificarte por ello como el Gran Conseguidor. Qué biensonante aparecerías en los libros de Historia futuros tratando de esta nueva Edad Media: ¡Jose Luis I el Conseguidor! El que movió y removió lo bueno y lo malo dejándolo todo como la postura premonitoria de las cucarachas, o sea, patas arriba. Más valdría, pienso yo, que te hubiesen recordado en esos libros como el Gran Masturbador, ya que a buen seguro muchos ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, miembros y miembras, y demás etc. de ambos géneros de este país, habrán recurrido a tan manual y manido entretenimiento para olvidar los largos pesares de tu periplo con el desenfreno de un momento de gloria.

No te equivoques pensando que soy de esos que enarbolan la banderita de España al paso de los señores fudales que tienes enfrente. No. Esos también tienen pan y con qué comérselo. Es como lo del huevo y la gallina: para que haya personajes como tú es necesaria la función de esos de enfrente. Así que a tus méritos habrá que sumar los de ellos que son los que, a la postre, te han llevado en volandas sin quererlo. Si se descuidan, vuelven a perder las elecciones y entonces sí que habría que volver a esa hoguera que a falta de herejes, asase a los tontos. Que no te apuren, pues, mis instintos porque están escasamente untados de cualquier ideología, al menos de esas cuyas siglas van encabezando las papeletas en las listas. Procuraré, por tanto, que no aparezcan arengas ni ofensas al signo y a la matriz de tu cultura política o su contraria para no parecer un necio como esos que escupen o aplauden al paso de las carrozas sin apenas darse cuenta de que entre el dia y la noche hay mil y un estados de luz.

Ya ves que te hablo a ti y no al partido, al fin y al cabo los desmanes y las victorias las propician las personas y no los estatutos. Creo que hace tiempo que te subistes a un arból huyendo del suelo para no enfangarte precisamente en él. Es lo que hizo aquel héroe de Italo Calvino, Cósimo Piovasco, para ver el mundo desde otra perspectiva y mantener incólume su rebeldía familiar. No ha sido esa tu causa querido ya, desde estas letras, Jose Luis. Te subiste al árbol para ser alcanzado por la luz de los que creen ser elegidos para la reconversión del mundo en cuanto que despertastes de aquel sueño en mitad de La Moncloa. Y desde ahí diseñastes tu propia entelequia: la consecución de un fin que todo el mundo ignora y cuya esencia se encuentra en tí mismo, porque es posible cuantificar pero imposible cualificar aquello que has promovido. Y ya he dicho que no eres tonto. Ningún necio aguanta dos legislaturas en el poder. Has logrado confundir y hasta desesperar a tus correligionarios más cercanos, has puesto la oreja, pero no el oído, has negado hasta la saciedad lo que era evidente, y te has rodeado a voluntad de un áurea de tonto que te ha servido de salvoconducto para evitar explicaciones. Y siempre, siempre, finalmente, has hecho lo que te han dictado los designios de tus santísimos cojones que deben ser la única parte de tu cuerpo y tu alma que acredita alguna santidad. ¿Y por qué, me pregunto, has olvidado el cuadro para irte a las alcayatas? El pueblo puro y llano siempre te importó una mierda y así andamos. Has gobernado para el enaltecimiento de unas pocas minorías y para mantener junto a la tuya la sonrisa de los bancos, los únicos maquiavelos de nuestra españoleta sociedad, los adalides sin escrúpulos de las tragedias domésticas y empresariales en pro de un beneficio que nunca peligró y que siempre les pareció poco. Y tú vas y los engordas para que nos saquen el dedo corazón cada vez que franqueamos cabizbajos los umbrales de sus puertas. Sí, tienes mucho que contarle a la almohada en cuanto vuelvas a casa, el dulce hogar que te propiciará largas siestas y amargas nostalgias, el descanso del guerrero que nunca lo fue porque siempre te costó entrar en batalla. Tú siempre viste al enemigo allá donde no estaba, en consecuencia, tu principal problema ha sido la ubicuación, y por eso, no creo defraudarte si te digo que jamás debiste llegar a un sitio que no te correspondía, por más que los sufragios se encarguen de mover al personal. Las democracias son tan buenas como tontas, necesarias para erradicar a los dictadores y promiscuas con su propia condición: el acontecimiento de un día puede hipotecar el futuro de cuatro años y la gente, el rebaño, le vota antes al castigo que a su propia convicción, y en esto, los españoles nos salimos del tiesto.

En fin, mi cercano y lejano Jose Luis, que acabo ya el discurso que nadie se va a molestar en leer y que cumple tan solo con el deseo, también democrático, de expresarte mi opinión acerca de los servicios prestados por vuesa majestad a lo largo de estos años, unos años en que me han menguado el trabajo, los ahorros, las perspectivas, las ganas de salir de juerga y hasta las de votar cuando llegue su momento, al tiempo que me han crecido las canas, la calvicie, la barriga, la indiferencia, el escepticismo y una mala leche que empieza a ser preocupante.

Un completo balance, como verás, que tu amigo Rubalcaba -el Gran Defenestrador- calificaría sin apenas levantar la ceja como " Bueno, es lo que toca, cuando toca, en el país que toca". Y entonces como contaba aquel gitano a su compadre al salir de misa: "pos ná compadre, que sa vuelto er cura un montón de veces diciendo que sa perdío el gorro, y ¿ká pasao?, pos ná, que entre tós hemos tenío que pagar el gorro". Pero el gorro, querido Zapatero, siempre lo pagamos los mismos, todos esos a los que, risiblemente, acogen las siglas de tu partido. Salud y suerte.

viernes, 18 de marzo de 2011

Entrelobos

Antón Chejov decía que solo había dos clases de obras de arte: las que lograban emocionarle y las que no. Sentado frente a Entrelobos he sentido lo primero. El film de Gerardo Olivares me ha resultado una rareza, algo inúsual en la particular filmografía española tan recurrente y tan a medio camino en el logro de los aspectos esenciales. Desde esa atalaya de sorpresa, me he recreado en sus ambientes casi lascivamente, adormecido a voluntad en su imponente regazo de fauna y naturaleza, y fascinado por una fotografía que en algunos planos me ha parecido sublime. El principal enemigo de la cinta y a todo lo largo de ella es su historia verídica, un contratiempo que lejos de resultar un referente se ha erigido en algo imposible de plasmar a lo largo de dos horas y a pesar de los esfuerzos. Y es que los doce años de miseria, soledad y supervivencia vividos por un niño pastor en plena Sierra Morena de finales de los 50 es algo imposible de describir. Marcos Rodríguez Pantoja se llamaba y aún se llama la criatura, el hombre que dice entender más a las bestias que a los hombres.
Por una vez he dejado a un lado los enjuiciamientos para dejarme llevar por la inquietante mirada del búho y el aroma intenso a musgo y a jaras que se percibe con solo entornar los ojos y respirar hondo, el viejo anhelo asilvestrado que esperaba su momento para despertar.
Entrelobos me ha conmovido profundamente dejando a un lado sus discutibles componentes tecnológicos y su falta de ortodoxia narrativa. Bien es verdad que una parte de los sueños de Félix Rodriguez están proyectados en esta película, y más aún conociendo las dotes de documentalista de su director, algo no necesariamente malo que vuelve a resaltar la belleza del lobo y la espectacularidad paisajística de la Sierra Morena cuarenta años más tarde, el vigoroso renacer de unas nieblas que sirvieron de cobijo a lobos y bandoleros en aquella España tan triste que Olivares ha sabido rescatar.
La película transcurre enseguida y por eso quizás la quieras ver de nuevo al dia siguiente. Una rareza como ya digo y a pesar de sus cimientos narrativos, algo trompiconados y con un serio derrumbe en cuanto que el niño magistral (Manolete Camacho) deja paso al muchacho (Juan Jose Ballesta). Sancho Gracia, el pastor, apenas necesita hablar, se basta con su imponente presencia y la malafollá que le sirve de aparejo, un oportuno contrapunto a sus rudimentos y a su especial sabiduría.
La película no es un documental, pero lo parece, y las críticas siempre dicen que se podía haber hecho algo más. El que lo crea que lo intente, se eche las cámaras a las espaldas y recorra la Sierra Morena en busca de sentimientos. Toda novela se podía haber escrito de otra manera, como toda pintura podría mostrarse con diferentes colores. Esa Sierra, sus olores, sus misterios y su grandeza son tal y como la enseña Gerardo Olivares que para eso, además, es cordobés, y, muy, muy al final, deberá estar la trama -que habrá pensado él. Por eso los diálogos son justos y las peripecias escasas.
Como ha dicho alguién por ahí, en las manos de Clint Eastwood esta historia hubiese resultado algo grandioso, pero al yanqui, entre tanta maquinaria tecnológica, se le habría escapado lo esencial: la sutil captación de vientos que a ese cordobés pujante, como a un buen perro de caza, le ha permitido traernos la pieza a casa, un envoltorio de pura e hispánica naturaleza y un pedazo de nuestra Historia, en este caso tan mísera como cercana.
Fue en esos mismos parajes cuando hace ya algunos años, mi hijo David y yo, apostados en el puesto a la sombra de un chaparro, escuchamos, ya en las últimas, los gritos lastimeros del perrero llamando a la Pantoja y al Cadenas, dos canes que, al igual que aquel otro Pantoja, ya no quisieron volver a escuchar las monsergas de los hombres.