lunes, 25 de julio de 2011

A deshoras con mi maestro

- Ya sé que las disculpas son para usted un refrendo más de la estupidez humana, pero perdone, maestro, por importunarle a estas horas...como sé que cuando se desvela se cobija en el laboratorio, he probado a ver si había suerte.
- Querido Juan, los pelos se me ponen de punta cuando te veo asomar a estas horas, aunque sea a través de esta vieja pantalla de ordenador. No voy a perder segundos preguntándote como te van las cosas porque ya las huelo desde este rincón podrido por la penumbra y la humedad, ¡Ah! ¡qué contraste con tu paisaje luminoso y aireado!



- Perdone la frase maestro, pero estoy hasta los cojones de luz y de viento, mucho escaparate y poca esencia, necesito algo de esa luminosa oscuridad suya.



- ¡Ja! ¡mi luminosa oscuridad!...tu preciso lenguaje otra vez. No se puede respirar el aire del otro. El sufrimiento es el único y auténtico patrimonio de cada uno, y hay que procurar decantarlo de nuestro lado para no volvernos locos. ¿Es que andas otra vez con esa cojonera impaciencia tuya?



- No maestro, ya no ando en esas prisas de siempre, finalmente me he dado cuenta de que el tiempo huye, solo busco momentos para estrujarlos al máximo, en ellos se consigue esa conciencia transgresora que nos hace sentirnos rabiosamente útiles a nosotros mismos porque todo lo demás no existe.



- Ya estamos nuevamente, como dos tontos, filosofando para llegar al mismo sitio, ese ínfimo lugar que se nos ha adjudicado en medio de lo inabarcable. ¿Crees que el Universo existiría sin la existencia de la mente observable del hombre? Rotundamente no. Para saber lo que es la nada solo hay que pensar en la no existencia de uno mismo.



- Ahora que lo dice, la otra noche me asomé a la terraza antes de acostarme y allí, encima de millares de luces y debajo de millones de estrellas, pensé en mi padre y en su extrema grandeza y llegué a la conclusión de que la única diferencia entre los vivos y los muertos está en la memoria de los unos hacia los otros. No hay nada más que nos diferencie, nada.



- Desde luego, a partir de ese pensamiento, todos los horizontes resultan alcanzados. Todo en la vida es una cuestión de perspectiva... y de ubicuación, por supuesto. Pero bueno, no creo que sea una noche propicia para rebatir viejas...viejísimas teorías sobre la trascendencia o intrascendencia de los hombres. ¿Qué te pasa? ¿Por qué has osado soliviatarme a tan altas horas de la noche? ¿No te afliges de un viejo torpe y cansado como yo?



- Usted, maestro, no es un viejo, su única torpeza fue permitir que yo llegase a conocerle y no creo que se encuentre cansado cuando en plena madrugada se encuentra urgando en su particular alquimia de las cosas.



- Pues he de decirte que acabas de interrumpir todo un proceso. Estoy a punto de alcanzar el resultado final. ¿Recuerdas que hace un año hube de salir con urgencia hacia Israel porque "un gallo había cantado"? Pues bien, llevo todo ese tiempo descifrando un códice que, por cierto, no tiene nada que ver con ese que han robado en tu país, en Santiago de Compostela, merced a la imbecilidad de esos curas que lo custodiaban; y los resultados alcanzados puedo decirte, sin ningún pudor, que van a suponer la hecatombe de algunos principios fundamentales del Conocimiento. Y hasta aquí es lo que puedo decirte ahora.



- Pues he de decirle yo también que me tranquiliza, no lo del códice ese en el que está trabajando, sino que no haya tenido nada que ver en el robo del otro.



- ¡Por todos mis libros prohibidos y las ansiadas curvas de mi mujer! No está en mi biblioteca porque no he llegado a conocer a los ladinos que han sido capaces de llevárselo, que si no...



- ¿Puedo decirle que es usted un depredador de conocimientos sin ningún tipo de escrúpulos?
- Puedes.



- Pues eso. Le he tocado a la puerta para ver si aún le quedan algunas de aquellas luces que puso en mi camino cuando me permitió visitarlo. Porque se lo dije entonces y se lo digo ahora: usted, maestro, no es de este mundo.



- ¡Ja! Si no lo fuera, mucho habrías de guardarte de mi. En aquel momento solo nos intercambiamos información. Nadie es más que nadie aunque algunos se anulen a sí mismos. De esos son de los que hay que huir. Toda esa basura de los políticos, los dirigentes sectarios del poder y del dinero, los banqueros, los altos clérigos, toda esa nulidad empeñada en ahogar en sus discursos todas nuestras emociones son la verdadera cara del enemigo. Si sabes huir de ellos y encender tus propias luces, te sobrará el mundo entero. ¿Qué puedo yo hacer por alguién que no es menos que yo?
- Bueno, yo solo quería preguntarle qué debo hacer.



- Ya te lo dije: brincar, saltar, moverte, soltar lastres para poder cargar otros nuevos, cualquier cosa menos agitarse. No es bueno para la conciencia cotidiana. ¿Acaso no tienes tu propia autonomía para hacerlo? Nadie puede ponerse en tu lugar ni va a intentarlo. Todo tu mundo es tuyo y solo tuyo y cuando cambia de color no hay que soliviantarse, estrújalo, jódelo tú a el y no al revés, sácale el jugo, moldeálo, mastícalo y aprende con cada paso que el sufrimiento es necesario porque es el refrendo de tu existencia única e inalienable.
- Pero es que es muy fácil decirlo...



- No, no, es mucho más dificil expresarlo, decir lo que te estoy diciendo que llevarlo a cabo. Esto último es la parte esencial del significado de la aparicion de cada uno en el mundo. ¿A cuántos has escuchado decirte lo que te estoy diciendo? No sé lo que te pasa o sí lo sé, pero es igual, mientras no se pierda definitivamente la lucidez se tienen a mano todas las armas para voltear las situaciones y hasta los paisajes. Solo existe aquello que tenemos verdadera intención de sentir o de observar. Por tanto cada uno de nosotros es el Gran Diseñador de su propia entelequia, del propio sentido de su vida a lo largo de su paso por la Tierra. Pero dejémonos de historias...sé que me has llamado para decirme lo que yo ya sé.



- ¡Exacto, maestro! No hay quien pueda con usted. ¿Donde o cómo ha aprendido todo lo que sabe?



- ¡Ja! en esa fuente donde beben los burros todos los días. ¿Quién no puede hacerlo? Pero hay que tener valor y...pocos escrúpulos. Creo que finalmente es una cuestión de saciarse hasta el paroxismo mientras se intuyen los instantes previos a la asepsia obligada de la autodestrucción.
- ¡Joder, maestro! A veces me cuesta trabajo entenderle...



- ¡Y una góndola cargada de excrementos! Tú siempre me entiendes, aunque afortunadamente aún te faltan esos rayos X con los que me deja encueros mi mujer al mirarme. Por cierto, ¿cuántas veces te la has cascado contemplándola desnuda en ese cuadro que tan ladinamente te llevaste para Almería?
- ¿Debo contestarle maestro?



- No hace falta. Solo debes seguir haciéndolo, si no me decepcionarías en lo más profundo de mi carcelaria existencia.



- No tiene usted remedio, me pone usted colorado a pesar de los 2000 kilómetros que nos separan.



- Fue un momento glorioso...o dos. El primero cuando tomó la decisión de pintarse, y el segundo cuando te dio la oportunidad de que la contemplases mientras lo hacía. Me confesó que sintió un orgasmo mientras te veía allí, impávido, con los ojos como platos y temblando como un niño.



- Maestro, ¿cómo puede decirme esas cosas a estas horas?, me está usted poniendo nervioso.



- Bueno, es una deuda que tenía contigo: decírtelo para nuestro propio disfrute, el tuyo y el mío, aunque sea ya un asunto retrospectivo. Tú sabes que te dije una vez que cuando un hombre ama enloquecidamente a una mujer quisiera que la humanidad entera la contemplase y poseyese siempre y cuando estuviese seguro de que uno es y será siempre su único y verdadero amor. Pero como dicha seguridad es utópica en sí misma se da lugar entonces a la aparición de esa mosca cojonera y rabiosamente humana que llamamos celos.



- Pues dejémoslo ahí, maestro, pero un cuadro da para poco al lado de tener a semejante mujer en casa.



- Siempre terminamos hablando de lo mismo, mujeres, el fiel testigo de la derrota integral del hombre. ¿Aún no te has vuelto andrógino?



- No, maestro, pero estoy a punto de hacerlo. Fíjese que anoche tuve un sueño, el colmo ya de mi creciente irracionalidad, en el que intimé con un personaje político femenino de mi país, algo verdaderamente inaudito porque ni por su condición ni por su físico hubiese podido imaginarlo ni de largo. Se trataba de Soraya Saenz de Santamaría, la actual portavoz del Partido Popular principal opositor al gobierno, una chica bajita con un par de buenas paletas y, en mi sueño, con un par también de hermosas tetas a las que estuve aferrado durante todo el sueño cimbreando incansablemente sus abultados pezones mientras ella no paraba de darme besos y enseñar nuestro carnal idilio por todos los pub de la ciudad. ¿Usted, maestro podría descifrar esto, habida cuenta de que ni me gusta, ni soy del partido popular, ni me la ponen los políticos por mucho que algunos de ellos luzcan enhiestas tetas y sugerentes palmitos?



- ¡Claro que puedo! Te estás volviendo un andrógino, vamos un maricón reconducido por los fracasos encadenados.



- Joder, maestro, es lo último que me esperaba escuchar esta noche. Pero si no pasa un día en el que no le eche un buen polvo mental a unas cuantas cuando las veo cabalgando por la calle.
- Bueno, a alguna de esas se le podían echar hasta dos.
- Ja, ja, ja, si nos estuvieran oyendo.



- Pero ellas saben que es así, que pensamos así, y cuando observan lo contrario se decepcionan profundamente. saben muy bien en que posición geográfica de su cuerpo radica la tontuna inacabable de los hombres.



- Espero que sí maestro. Estoy jodido maestro. Y lo peor es que no sé de donde arranca este contratiempo, vamos, sus verdaderas raíces. No sé si soy yo, o las mujeres, o la jodida rutina, o la lengua proboscídea de algunas mariposas, qué se yo, el caso es que su querido amigo Uróboros ha vuelto a aparecer inciando esta vez el ciclo tonto de la vida. Ya sé que está pensando que soy un estúpido por no aprender lo esencial de las cosas sencillas, pero por eso soy yo y usted es mi maestro. Sin embargo tengo que apelar a su compasión por robarle estos minutos en tan mágicas horas suyas.



- Pero, vamos,vamos, ¿cual es el problema? Porque tienes la jodida habilidad de crearlos cuando nada resulta favorable a ello. ¿Por qué le das tantas vueltas a las cosas que solo gozan de una única perspectiva? Es tu mente retorcida y enrevesada la que te castiga siempre por inventar escenarios poco alentadores. ¿Por qué no utilizas esa imaginación portentosa para voltear las situaciones. Las cosas son como son y las personas no pueden ofrecer más ingredientes que aquellos que llevan dentro. Y punto. Uno es lo esencial, el centro mismo del Universo. Si no te gusta un paisaje míralo desde otro lado, o cambia de lugar. Si te decepciona una mujer, date gracias a tí mismo por ser mejor que ella y vomita cerca de ella para que no se acerque más. Y si te sientes triste sin saber por qué date con un martillo en la rodilla y enseguida trasmutarás la tristeza por un berrido que se escuchará cuatro pisos más arriba. Al final vamos a llegar al mismo sitio, pero el camino es una decisión tuya. Riéte del mundo, riéte de ti mismo, disfruta de un buen helado, siéntete un triunfador con todos los buenos polvos que has echado y disfruta con los tuyos hasta la extenuación. Y cuando te sientas derrotado, escribe, escribe y escribe, es un ejercicio que casi nadie se atreve a llevar a cabo y que reconcilia y te hace sentir vencedor sobre los otros. Yo tengo mis métodos, tú lo sabes, pero llego a los mismos resultados. Bastante jodidos estamos con nuestra hijadeputa levedad. ¿Vamos a darle ventajas?



- Ya. Lo sé. Pero siempre reconforta oírselo decir nuevamente, sobretodo cuando uno está nuevamente jodido. Usted, maestro, es un milagro.
- ¡Anda ya! Buenas noches, Juan.



- Buenas noches, querido maestro. Espero que me tenga al corriente de sus avances en el códice ese, y si puede, que contribuya al esclarecimiento de ese otro tan magnífico que le han robado a esos curas gallegos tan imbéciles.
- O.K.





Nota del autor: Mi maestro es un artesano vidriero veneciano, políglota, alquimista y coleccionista de libros antiguos que, además, es uno de los personajes centrales del libro "Entre la oscuridad y el cielo" cuyo autor es este humilde servidor. Pero mi maestro, contrariamente a lo que todo el mundo piensa, no es un personaje de ficción, es uno de los más grandes eruditos actuales sobre el renacimiento italiano, un hombre centauro, mitad sabio y mitad bestia con quién he pactado que jamás ofrezca datos a nadie de su verdadera identidad. A cambio, me oriento con esas providenciales luces que va poniendo en mi camino.








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miércoles, 6 de julio de 2011

Donde yo vivo

Donde yo vivo amanece y anochece con esa apariencia que parece igualar al resto de los lugares del mundo. Pero a mí me da que no es así. Que donde yo vivo las noches son más intensas y las madrugadas difusas y cansinamente rebeldes, como si les costase trabajo despojarse del manto de la penumbra para abrazar la luz.


Donde yo vivo vive también otra gente, demasiada gente tal vez, una marabunta indefinible sin credenciales sectarios ni señas históricas de identidad, bultos a mis cada vez más torpes ojos que se mueven, estorban y roban el aire al aire con cada uno de sus errantes pasos, seres de dos patas que piensan también-supongo-, y que van a lo suyo, que no es lo mío ni cojón de pava me importa, y que contaminan los espacios y las ideas jodiendo al que, como yo, los contempla desde fuera de sus mundos aún con la certeza de que todos ellos pueden acceder a la conciencia de parecida perspectiva.


Donde yo vivo tambien lo hacen algunos seres inmundos, ratas paridas desde la matriz de ese infortunado anacronismo que debió transportarlos hasta esos tiempos pasados o futuros que nunca existieron ni llegarán. Seres que aúllan sin ser lobos y que andan haciendo ruído y dando puntapiés a todo aquello que aconseja prudencia, canívales de su primigenia dignidad, elementos asentados con orgullo en el propio disparate de escupir incansablemente sobre las normas, las leyes, la compasión y hasta la propia ignorancia.


Donde yo vivo hay ricos y pobres. Los primeros suelen enseñar sus patrimonios con la misma indecencia de las artimañas que usaron para conseguirlos. Los segundos se apuestan a la puerta de los supermercados cargados de piojos y de perros y tan solo saludan una y otra, y otra, y otra vez. Los primeros no dan propinas ni cambian jamás de séquito, suelen ir adornados de portentosos coches y repingados cuernos- los unos y las otras- y solo nombran a los que están más pertrechados que ellos. Los segundos se desvelan cada noche pensando si a la mañana siguiente quedará algo de aire para echarse a los pulmones y nunca caen en la cuenta de que con un buen cuchillo de cocina se pueden destripar un puñado de panzas llenas que atenúen la desigualdad. Pero logran, primeros y segundos, el milagro de convivir sin apenas denostación, estandarte y testigo formando el todo del cabo de las tormentas, el feliz diseño para algunos de esta puta humanidad.


Donde yo vivo hay gente que ama y gente que desea ser amada, gente que cree ser amada sin serlo y gente que solo se quiere a sí misma. Mujeres que quieren que se las quiera como no puede ser posible y hombres que solo pueden dar la parte alícuota que merecieron las otras. Y gente que dice estar enamorada sin saber lo que eso significa, y mansos que caminan con la cabeza agachada y los cuernos siempre a punto de salir. Y putas y putos de alta escuela que te la juegan en un plisplas por el mero regocijo de seguir engordando de trofeos sus vitrinas, y gente, mucha gente que lleva al otro enganchado a las espaldas buscando la cuneta apropiada para soltarlo hasta que sucumbe por el peso o por los años.


Donde yo vivo también hay políticos, ¡cómo no! Ellos son los salvadores de la patria, de esa patria rancia y maloliente a la que se acomodaban con orgullo y con coraje los dictadores y que ya apenas se lleva. Pero ellos, los políticos, la han reinventado para tener a nuestros ojos algo por lo que luchar.Donde yo vivo hay políticos tontos y políticos listos, los primeros son los que intentan inútilmente robar, los segundos son los que siempre lo consiguen. También los hay que no se ven "jartos" por muchos años de usura. Donde yo vivo hay políticos con cargos y políticos en libertad con cargos, de uno y otro sexo, de diferentes pelajes y cunas y semejante sonrisa triunfal. El poder los vuelve locos, esa llave que abre antes los cajones que las puertas de unas estancias donde guardan sus ahorros y sus esfuerzos los ciudadasnos de a pie, y así, en la codicia irrefrenable de su propia exaltación abarcan cargos incompatibles y ocupan, como podría hacerlo cualquier deidad, dos castillos al mismo tiempo. ¡Qué cojones!


Donde yo vivo hay poco trabajo, tan poco que ni la familia o los amigos reparan en la podredumbre que aniquila dia tras dia al buscador. Siempre es molesto urgar en la mierda aunque sea la de los otros. La familia y los amigos están hechos para las fiestas y los problemas absorben, como las nieblas, los parentescos. Cada uno va a lo suyo y sálvese quién pueda porque la clase empresarial hace tiempo que dio al traste con la casta de otros tiempos.


Donde yo vivo hay mujeres hermosas, algunas en su trotar esbelto por las aceras son imaginadas como salvajes máquinas de follar que rozan la perfección, a otras se les supondrán también mil y un valores más. Las hay feas, a veces, y ordinarias, a veces también, y chulescas, la mayoría de las veces, y malhabladas, aunque éstas resulten providencialmente silenciadas por el ruído callejero. Y vecinas buenas, muy buenas, y otras que simplemente lo están. Y mujeres inteligentes, más que la mayoría de sus contrincantes, los hombres, y mujeres que viven en sus burbujas y mujeres que viven de sus tragedias, es decir, que mueren un poquito cada día. Y mujeres que esperan incansablemente porque están hechas de hierro y de coraje, y mujeres que no están dispuestas a luchar y se derrumban porque están hechas de hojalata y cobardía.


Donde yo vivo tambien lo hace alguna gente que quiero mucho. De una u otra forma, pero mucho. Sin esperar pagar tributos o alcanzar prebendas. Mucho es mucho y nada más, no sé lo que es cuantitativo en esta condición emocional.


Donde yo vivo el paisaje es especial, no solo único como ocurre en todos los rincones de la Tierra. Hay luz a raudales, variedad de atardeceres, diversidad por un tubo, aguas azul turquesa y azul profundo, calidoscopios marinos en cualquier punto y olor a flores liliáceas y a palmitos apenas se sale del cascarón urbanita. Por eso hay que alejarse del hogar a la menor de cambio porque la luz y el viento de ese paisaje árido, cercano y desgarrador aleja la pesadumbre de los hombres.


Donde yo vivo...



"La patria, el honor, la libertad, ...¡de eso nada!: El Universo siempre gira alrededor de un par de nalgas, eso es todo..." Jean Paul Sartre

lunes, 13 de junio de 2011

La noche de la farfolla. Un cuento de primavera

Se espatarró en aquel sillín trasero medio oxidado de la bicicleta y dejó que su fiel amigo Juanico Blanes le diese a los pedales. El joven viajero no hacía más esfuerzo por llegar que el de las cabriolas de su pensamiento imaginando como sería la prima que su amigo había prometido presentarle esa misma tarde. Casi todo el trayecto era cuesta arriba, pero Juanico tenía las piernas como la barra de hierro con la que hacía los agujeros en la tierra para levantar los cañizos, y las manos callosas y enormes como dos alpargatas viejas. Así que la bicicleta avanzaba sin titubeos camino del Barranco Hondo donde vivía aquella princesa que su primo, el ciclista, había descrito tantas veces como un panal de miel en mitad de un desierto de amargura.


- ¿Y qué le digo cuando lleguemos?- preguntaba temeroso el viajero.


- Tú no digas ná. Primero la miras, y si no caes muerto cuando veas los ojos que tiene, entonces dices ¡hola! sin que se te note el susto. Después ya hablaré yo.- Sentenció Juanico.
-¡Ostias! ¿Tan guapa es?
- Sí, ella no es de este mundo.


-¿Y dices que es prima tuya?- inquirió el muchacho con serias dudas fijándose en los rasgos rudos de su amigo y sobretodo en el par de orejas abuzadas que debían estar frenando seriamente la marcha de la bicicleta.
- Pos claro. Su abuelo y mi padre son primos terceros...o cuartos. No sé...
- ¡Joder!


Por fin llegaron al borde del barranco y comenzó la cuesta abajo. Juanico y su amigo parecían ir ahora montados en una flecha que sorteaba densos cañares a un lado y otro de la estrecha carretera. Al muchacho comenzaron a sudarle las manos y entonces abrió las palmas hacia el viento esperando que éste las secara. Ya se iba viendo otra vez febrilmente enamorado como cuando en el verano anterior consiguió aquel beso de su amor imposible después de atiborrarla de cubatas en la fiesta de otra prima de Juanico.
Llegando al cortijo, el muchacho, ya bien nervioso, le preguntó al amigo:
-Oye, Juan, ¿cuántos años tiene tu prima?
- ¿Mi prima? Por lo menos tiene quince.
- ¿Y los aparenta?
- Pos claro. No es más alta que tú, pero tiene muchas más tetas, ja,ja,ja...
-¿Sí?


El muchacho acabó guardando silencio cuando se apercibió de la proximidad de la casa. Entonces pensó en qué podría decirle a aquel milagro que parecía regalarle tan desinteresadamente su amigo. Se obsesionaba con no caer en el ridículo que tan malas pasadas le había jugado su cojonera timidez. Finalmente pensó: "Que sea lo que Dios quiera".


Llegaron hasta la misma puerta del cortijo, apoyaron la bicicleta en el tronco de un enorme pimentel y Juanico se acercó a la puerta semiabierta de la casa gritando "¡Pepa, pepa!". Nadie contestó. El muchacho miraba a todos lados y si no fuese por el primo de la prima, hubiese salido de allí como las balas, a toda leche corriendo barranco abajo o arriba.
-¡Tío José!-vociferó de nuevo Juanico-. Es su padre, buena gente...¿estarán farfollando?
- ¿Qué?- preguntó confuso el muchacho.


- Sí, pelando los pelos de las panochas y quitándoles las hojas. Anda que no pica la pelusilla de esas hojas, sobretodo si se te mete en los huevos...


- ¡Juan!-gritó una voz femenina a espaldas de los dos amigos al tiempo que asomaba una muchacha entre las matas de panizo de un bancal cercano.
- ¡Esta es! - chismó socarronamente Juanico.- ¡Hola prima! venimos a invitarte.


La muchacha llegó por fin hasta ellos. Su primo se acercó, le dio dos besos y entonces le dijo: "Mira, éste es mi tocayo, el hijo del señorico del cortijo vecino, pero que es mi amigo, se llama Juan".


- Ya lo sé -respondió ella mirando a la vez al muchacho y al suelo.- ¡Ah! ¿Sabías que se llama Juan?
- Pues claro, ¿no has dicho que es tu tocayo?


- ¡Por mi Caoba! ¿Estaré tonto hoy?- se preguntó Juanico dándose un collejón en la cabeza que le crujió como un tambor.


El muchacho estaba sin habla y casi sin alma, y el tiempo, que tan furiosamente pasaba siempre a sus ojos, se había detenido por completo. La prima y él volvieron a mirarse sin atreverse a nada más. Jamás había contemplado algo parecido. Los ojos azules de la muchacha parecían no caber en su cara. De pelo corto y negro como un tizón, su rostro, con unas cejas altas y bien perfiladas, era como un foco de luz, y sus labios carnosos le recordaron enseguida el aspecto que tenían los higos divisos cuando, llenos de rocío, los partía por la mitad antes de comérselos en esas cacerías de gorriones al amanecer.


- Mira, venimos a invitarte a la farfolla en mi cortijo el sábado por la noche. Nos vamos a juntar mucha gente y habrá de tó pa comer. Luego, nosotros, podemos jugar a las prendas o al parchís o...a robar fresas en el cortijo La Torre que ahora están en tó lo suyo. Después te traemos nosotros pacá con mi hermana y más gente...¿qué te parece? - concluyó Juanico.
A la muchacha se le encendieron los ojos, y a medio sonrisa contestó:
- Bueno, se lo diré a mi padre a ver.
- Llámalo, que voy a ahorrarte el trato.- ordenó su primo.


- No, no está aquí, pero no te apures...iré. Me gusta la farfolla y ya que os habéis dado el viaje...- concluyó mirando con interés al muchacho.


Se despidieron y el encandilado, sentado otra vez atrás, volvió la mirada sin encontrar lo que buscaba cuando el cortijo ya no estaba a tiro de piedra.
- Bueno, ¿qué me dices ? -comentó Juanico Blanes sin dejar de darle a los pedales.
- Juan, que me ha gustao tu prima, ¡ostia!


- Ya lo sé, no ta gustao, ¡tas quedao tonto! Y encima estudia como tú en un colegio en la ciudad. Le llaman El Milagro.
- ¿A quién, a ella?
- ¡No seas tonto, cojones! ¡al colegio!
- ¡Ah, claro! El colegio del Milagro, sé donde está.
- Pos ya sabes...


Y llegó la noche de la farfolla y con ella, a media tarde, llegó también el milagro junto a su padre, que no tardó en cerciorarse de que Juanico Blanes y demás gente la llevase después a casa. El muchacho, desde el día en que la vio aparecer entre el panizo, no había logrado apartarla de su cabeza. Ansiaba verla de nuevo, pero el miedo a no saber qué decirle queriendo decirle tanto lo estaba volviendo loco. El trabajo de la farfolla era en aquellos cortijos como la fiesta del trabajo, una labor de pelos y pelusillas, picantes en la piel como un ungüento de broma y ruidosa la labor como una orquesta de locos. Entretanto, la gente propia y la de los cortijos vecinos, reía, cantaba, contaba chistes, y comía y bebía de lo que hubiese que casi nunca era poco. Con la complicidad de ambos, los dos amigos buscaron el sitio más apartado y se sentaron flanqueando a la princesa. Entre panocha y panocha Juanico Blanes fué rompiendo el hielo con su proverbial verborrea y cuando fue consciente de que la cosecha había dado sus frutos, abandonó a los tórtolos diciendo, como casi siempre, que iba a cambiarle el agua a las aceitunas, su castiza expresión para indicar que no iba a otro sitio sino a mear. El muchacho, aunque tímido, no tenía un pelo de tonto, así que aprovechó su momento. Fue cuando se presentó oficialmente a la princesa y le dijo que estudiaba 6º de bachiller en el Instituto masculino de la ciudad, a lo que ella respondió con lo que él ya sabía, añadiendo que vivía allí durante el curso en casa de una tía suya. Ayudado por la sonrisa constante de la muchacha y abrumado aún con su belleza, no tardó en proponerle que se viesen de tarde en tarde en la ciudad una vez pasase el verano que comenzaba a enseñar por entonces sus calurosos dientes. Ella le dijo que sí, que le gustaría, y que fuese a recogerla a las puertas del colegio cualquier tarde en cuanto comenzase el curso. El muchacho ya no escuchó nada más. Pensó que quizás debiese salir corriendo ya para allí y montar guardia a las puertas del colegio por si a éste lo cambiaban de sitio.


Aquel verano del 69 fue caluroso y largo, muy largo, inacabable para el muchacho que soñaba entre los insomnios con el encuentro con tan dulce flor, una morena esperanza de gigantescos ojos azules surgida entre los páramos de sus constantes y fracasados amores y el regocijo visual de algún que otro episodio de espiamiento nocturno a las muchachas del tomate cuando Juanico Blanes dejaba a conciencia una rendija abierta en la ventana del cuarto donde dormían.


Pero, por fin, llegó aquel día. Nervioso como nunca y acicalado como en las bodas, el muchacho esperaba pacientemente a las puertas del colegio del Milagro. ¡Bonito nombre! pensaba. Entre una muchedumbre de uniformes, divisó sus ojos inmensos, un rostro sobresaliente que no tardó en darse cuenta de su presencia. Ambos se dirigieron al encuentro. Sonrientes, se dieron dos torpes besos y ahí, sin más tonterías, comenzó una historia de amor.


La esperó muchas más tardes. Fueron al cine, a los bailes del Instituto femenino y de la Escuela de Comercio, a pasear por el Parque y por el Paseo, y a llevarla, como era menester, a las puertas de la casa de su tía. Habían pasado dos meses. Un día ella, en el cine, le cogió la mano a él. El muchacho se sintió morir, no podía caberle más gozo en tan somero contacto y así estuvieron durante toda la película, cogidos de la mano y sin estremecerse. El cielo ya podía esperar. El fin de semana siguiente, en el baile del patio de la Escuela de Comercio, mientras los Ciclones tocaban a su manera "Nunca te cases con un ferroviario", el muchacho le cogió la mano, la apartó con disimulo hacia una esquina y la besó, la muchacha le correspondió como si llevase cien vidas esperando el momento, y él deseó morirse en ese instante, sabedor de que sería imposible encontrar mayores momentos de felicidad en el futuro.


Pero ¡ay! que al diablo siempre le ha jodido que la buena gente -porque de la mala ya se encarga él- disfrute de las cosas esenciales. El fin de semana siguiente al beso quedaron en un lugar del Paseo. El muchacho llegó con antelación sintiendo aún la dulce humedad de los labios de su amada en los suyos. Al poco llegó ella, su cara estaba desencajada, se acercó y lo primero que salió de su boca era que todo había terminado. Así, sin más explicaciones. Cuando el muchacho, a punto de morirse de verdad, le preguntó una y un millón de veces el porqué, la muchacha de los ojos inmensos, le dijo que tenían que dejarlo y que no le preguntase más, que la dejase irse sola a casa. Él la siguió durante un rato sin conseguir que ella le dijese otra cosa diferente hasta que, finalmente, la dejó perderse en la lejanía.


Fueron días, noches, semanas, meses y años, los que anduvo preguntándose el porqué sin encontrar la respuesta. La niña de sus ojos, la niña de su vida, el amor de sus amores, la razón que había fulminado todos sus traumas y encendido su alocado corazón, se esfumaba como había llegado, inesperada e incomprensiblemente, dejándolo como a un tonto huérfano de razones para seguir adelante. Lloró la pérdida montones de veces durante montones de días, siempre a escondidas, tragándose las lágrimas y toda la puta rabia que genera la insufrible incomprensión. Un día de aquellos, uno de sus pocos y buenos amigos, el más viejo y el más sabio, le dijo al hilo del desencanto: "Juan: fuerza, valor, orgullo, casta y coraje. No lo olvides nunca". Después, el tiempo fue aminorando la tragedia y nunca, nunca más, logró darse de bruces con ella.


32 años más tarde de aquella noche de la farfolla, aquel muchacho de entonces, había vivido ya un puñado de amores, una mujer, unos hijos, una carrera universitaria, y un trabajo en su propio restaurante que le permitía la mitad más uno de todos sus caprichos importantes. Fue precisamente también una noche al final de la primavera, cuando entre la muchedumbre que atestaba su local sonó una voz a sus espaldas que le dijo: "¡Hola! ¿Te acuerdas de mí?". El hombre se volvió como un resorte y allí, a un palmo, como un nuevo milagro, apareció ella, la prima de su amigo, la Pepa, imponente, con los mismos ojos y un porte que quitaba el sentío.


- ¡Hola, qué sorpresa! Claro, claro que me acuerdo de tí -balbuceó el hombre sumido en un trance que pretendió disimular con poco éxito-. ¡Qué guapa estás! ¡Como siempre! ¿Has venido por casualidad?


- No. Sabía que esto es tuyo y he venido a saludarte. Mira, allí, en el extremo de la barra, está mi familia, mi marido y mis tres hijas. Ahora después te los presento.


- ¡Ah! ¡Qué guapas son tus hijas! La verdad es que no sé que decirte, se me ha parao el tiempo como ocurrió hace ya muchos años...
- Ya, fíjate, así son las cosas, así es la vida, pero me ha dado mucha alegría verte, de verdad.
- Sí, a mi también.


El hombre comenzó a dar vueltas por su casa gastronómica como un molino a merced del viento, desorientado, confuso, eufórico...¿A qué puto designio del destino se debía aquel encuentro? Su dulce y fracasado amor de 32 años atrás se presentaba ahora en su propia casa para rendirle las cuentas que no fue capaz de darle en su momento, adornadas, esta vez, con el lastre de un marido y de unas hijas. ¡Qué agridulce destino para su causa perdida en aquella aciaga noche de los tiempos! Volvió a mirarla entre la gente y le pareció aún más guapa que en aquella exuberante adolescencia, la fruta jugosa que jamás comienza a madurar. Llevaba un vestido de raso blanco y unos grandes aretes plateados que hacían aún más salvaje su exotismo. El hombre hizo un esfuerzo y logró poner algo de orden en el caos de su pensamiento. Finalmente, se acercó hasta ellos. La Pepa le fue presentando a todos sin advertir en ningún momento el parentesco o relación que le asignaba al presentado. De entre las tres hijas, sobresalía la mayor, una muchacha altísima de unos 20 años, con una elegancia y una belleza digna de cabalgar por esas pasarelas que controlan los ogros de la moda. Aún así, después de mirar furtivamente a madre e hija, para él no había color: la madre seguía sin ser de este mundo. Al poco, se despidieron. La Pepa se rezagó y tras darle dos besos al que fue su primer y fugaz amor, le susurró al oído el lugar donde trabajaba. El hombre la miró con cierta compasión, algo todavía de vieja rabia y una catarata de deseo, y entonces le dijo: "Algún día iré a verte". Ella le contestó: "Ves", y desapareció tras los suyos.


Pero nunca fue a verla. Ni siquiera lo intentó. Todas las cosas tienen su tiempo y aquel tiempo había pasado por mucha que la belleza sobreponga sus resortes al naufragio. El corazón de un hombre es algo frágil, pero el tiempo y las heridas lo encallecen y entonces se vuelve tan ruidoso como testarudo, dificil de doblegar cuando los recuerdos avivan los malos momentos y la casta ha ido construyendo palo a palo y dia a dia su obligada coraza.


Cinco años más tarde de tan inesperada visita, o sea, 37 años después de la noche de la farfolla, el hombre, separado desde 6 años atrás, vendió su negocio y por esas cosas soberanas del destino, alguién, inesperadamente también, lo puso en contacto con uno de los hombres más sabios y eruditos de la Tierra, un centauro mitad dios y mitad bestia que se recluía y se recluye en una casa sombría y mohosa del barrio de Dorsoduro de Venecia. Pasó 20 días con él y con la bella mujer del sabio, visitándolos a diario con el fin de descifrar el juego que había propuesto el maestro, un juego de Arte, Historia, pasiones, desenfrenos y trascendencias, el momento mágico que ocurre a veces en la vida de las personas. Cuando finalmente, y con el triunfo del discípulo conseguido merced a la gratitud de su maestro, se despidieron, el sabio -que ya sabía toda la historia del hombre- le regaló un colgante de vidrio que él mismo había fabricado con sus propias manos, y le dijo: "Toma, guárdalo en un cajón hasta que creas que has encontrado a la mujer de tu vida. Cuando llegue ese momento, cuelgáselo tu mismo a su cuello y tu amor será correspondido de por vida. Se ha fabricado con esa intención y, por tanto, posee todas las propiedades químicas y alquímicas para que eso suceda".


El hombre regresó a su tierra con el colgante y lo guardó en un cajón. Cuatro años más tarde, o sea, 41 años después de la noche de la farfolla, conoció a una preciosa mujer cuando ya pensaba que se podriría el colgante en el fondo del cajón. Tras 9 intensos meses después del primer encuentro con ella, el 14 de Febrero, en plena noche de enamorados, él mismo se lo colgó al cuello de tan inesperada, pródiga y tardía mujer de su vida, la que le correspondía todas las noches desde la distancia diciéndole que él era su más preciado tesoro anhelando la llegada de cada fin de semana donde chasquearían las pieles y los sudores, como piedra y pedernal, entre millones de besos y de suspiros. Dos meses más tarde de aquella noche en que le colgó con tanto esmero el colgante, sin alternancias pasionales ni dilación alguna en la jugosa cotidianeidad de los "cariño", "tesoro" "tesorillo", "mi niño", "mi amor", y esos alientos entrecortados por los balbuceos ininteligibles en los momentos en que los humanos dejamos de serlo, el amor, así, tal como llega, se escurrió como agua de Mayo entre los dedos de ambos yendo a parar al pozo inmundo de los deseos insatisfechos, las emociones olvidadas, la gratitud aniquilada y las cosas innombrables. ¡Qué pernicioso destino y cuán amargo desatino! pensó una vez más el hombre.


Llamó entonces a su maestro, le contó lo sucedido y le dijo: "Maestro, sus leyes han fallado estrepitosamente". A lo que el maestro le contestó: "Querido y admirado Juan: No te equivoques, las leyes de lo trascendente nunca fallan. Somos los hombres los que fallamos. El colgante es infalible, asegura la felicidad y el amor de quién lo recibe de por vida, pero recuerda que te dije que cuando creyeras que habías encontrado a la mujer adecuada, tú mismo se lo colgaras a su cuello. Tan solo ha sucedido que te has equivocado de mujer y por eso has pagado las consecuencias. Haz que te lo devuelva enseguida porque no es digna ni de tí ni de llevarlo. Y si aún te sientes mal, solo puedo decirte una cosa: fuerza, valor, orgullo, casta y coraje. No todo el mundo los tiene. A tí, y a pesar del sufrimiento que acarrean los errores trascendentes de la vida, te sobran razones y méritos para aplicarte el antídoto . Un abrazo".


El hombre, esa noche, tan lejana y tan cercana a aquella otra de la farfolla, se repitió una y otra vez las palabras del maestro, respiró hondo, recordó la impagable herencia de su padre, miró a las estrellas y se prometió a sí mismo no volver a llorar por una mujer.


Dos semanas más tarde, apegado a su rabiosa terquedad, llamó de nuevo al veneciano y le preguntó:


- Maestro, ¿está seguro?


- Yo sí. ¿Acaso tú no lo estás?


- No, no lo estoy.


- Pues entonces debes volver a hacer el camino. Él te sacará de dudas, y si finalmente yo andaba equivocado, será la primera vez en toda mi vida en la que el fallo de una de mis teorías me produzca una justa felicidad.


Y hasta aquí fué lo que pudo saberse de La noche de la farfolla y todas las que vinieron después.





Nota del autor: Lo narrado aquí es un cuento. Cualquier parecido con la realidad obedece a una simple casualidad por mucho que algunos cineastas y escritores se empeñen en decir que la realidad supera casi siempre a la ficción. De todas formas, imaginando la belleza y la elegancia de la hija mayor de la Pepa cuando le fue presentada al hombre, me viene a la cabeza un inquietante parecido con la que fué un año más tarde Miss España, una chica de Almería llamada Vania, cuyos abuelos vivían y aún viven en un cortijo de los Llanos de La Cañada, en un paraje conocido como El Barranco Hondo, que por cierto tiene poco de hondo y aún menos de barranco, salvo cuando en otros tiempos se intentaba llegar hasta allí montado en una vieja bicicleta.

lunes, 23 de mayo de 2011

El asfalto

Así, como quién no quiere la cosa, he vuelto a ver "El asfalto". Cuarenta años son nada para las obras de arte. En aquel momento me asfixió y ahora, profundamente conmovido, he podido observar entre sus grises y oscuros algo como un ventanuco al mundo, al mundo de nuestros días, al pulso de esta torpe y sinvergüenza modernidad que nos sacuden los ricos a las espaldas y legitiman los políticos como el nuevo maná que dará alimento a todas sus artimañas.



"El asfalto" trascendió en su día los límites imaginativos de la miseria humana y sus alcances. Su progenitor, aquel Chicho Ibañez Serrador que osaba salirse del tiesto de tanta puesta en escena rimbombante y aburrida, retorció su mente una y otra vez para ofrecernos aquellas historias sin parangón por muchos años que fueron viniendo después. Escogió a su padre, como en tantas ocasiones, para interpretar un drama que nadie en la historia del cine o del teatro hubiese podido hacerlo mejor. Narciso Ibáñez Menta era un animal de la escena, un ogro que devoraba sin esfuerzo alguno los inquietantes papeles que la otra fiera, su hijo, solía adjudicarle. Y a su voz, ese estertor de ultratumba que nos estremecía a todos en el sillón, le sobraba cualquier paisaje por tenebroso que fuera. "El asfalto" debió sentar en su día toda una jurisprudencia teatral, un modelo a seguir. Nada le sobra y nada le falta, ni un gesto, ni una palabra, ni un decorado...El mensaje es aplastante, concluyente y sobretodo rabiosamente actual, sin vuelta atrás, como la muerte, irreversible y atroz. Finalmente también resulta liberador, como cualquier desastre, el alivio último con que se nos premia, cual míseras migajas, al final de todos los sufrimientos. Chicho Ibáñez sabía tocar esa entraña y su padre nos la vomitaba encima, sin compasión, sin esperanza, a tripas fuera sin importar a donde irían a parar las naúseas.



La condición humana se ha ido envileciendo con el paso de los siglos. Tan solo hay que leer a los clásicos para darse cuenta de ello. No era tanto la sabiduría de éstos como el sentido metafísico de la solidaridad y el respeto hacia unos semejantes que apenas tenían algo para comer. Los siglos han ido haciendo su agosto y cobrando su tributo: ahora las barrigas están más llenas, los cerebros más vacíos, y la ambición amenaza con destruir esa bola que vaga por el espacio ajena a todos los males que lleva dentro.



Para asomarse a "El asfalto" solo hay que abrir las ventanas y mirar a lo cerca y a lo lejos. Cada uno va a lo suyo y le molesta el de al lado, no como las hormigas -sociedad más avanzada que la nuestra- que aunque también parezcan ir a lo suyo trabajan incansablemente para la colectividad. El asfalto, esa materia negruzca sobre las calles que llegó con el progreso, se está reblandeciendo bajo nuestros pies y amenaza con ahogarnos como al padre de Chicho Ibáñez. En aquella ocasión la indiferencia y la burocracia perpetraron aquel crimen paradigma de lo absurdo. "¡Ayudadme, por favor!" suplicó incesantemente el "atascado" antes de ser engullido mientras sudaba y sudaba desesperado por la incomprensión. Ahora de aquellos polvos vienen estos lodos. A parecidas burocracias e indiferencias se han sumado las partitocracias, el canibalismo político, los metasistemas económicos y las luchas intestinas en cada grupo o grupúsculo por ejercer el poder. Y así estamos, clavados en el asfalto mientras se pavonean airosos los que pasan de puntillas sobre él.



Gracias Chicho por advertirnos de ello. Gracias Narciso Ibañez Menta por interpretarlo y sufrirlo con tan alta dignidad. Dos genios de un mismo tronco.

lunes, 4 de abril de 2011

A J.L.R. Zapatero

Lejano y cercano Jose Luis: La lejanía de La Moncloa desde mi moncloílla en términos geográficos y ascéticos, y esa cercanía de los muchos días e inacabables noches en las que he sentido tu aliento dulzón junto a mi hocico, no me han bastado para conformar el sano juicio que todo fiel vasallo debería tener de su señor, es decir, casi me vuelves loco ante tu inclasificable paso por las alfombras rojas de los que reconducen los designios de los hombres. Desde ese punto de partida, cualquier juicio que se pueda hacer de ti goza del grave riesgo de estar equivocado, pues tal ha sido, en términos de gloria histórica y de temperatura ambiental, tu paso por el castillo. Ni frío ni calor, los cero grados Kelvin del jaimito aventajado a su maestro son los aires en que te has movido tú, una atmósfera de ingravidez en la cual los daños colaterales han sabido mantener idemnes tus cojones -bravo vocablo para tus méritos- e impoluta tu eterna sonrisa de gringo estúpido de unas praderas que siempre fueron más siberianas que de Arizona.

No creas que te hablo desde la insignificancia, algo que tú jamás obviarías por el soberbio sentido del consenso social que casi siempre has intentado enarbolar. Lo hago desde el convencimiento y, sobretodo, desde la frustración por el tiempo perdido, el tuyo y algo más el nuestro, que entre acto y acto han ido dejando en la sala ruído de llantos y rechinar de dientes, y algunos dóciles aplausos.

Dicen algunos que eres tonto e irresponsable, otros que eres irresponsable y tonto. Yo no lo creo. Primero porque tú no eres así o viceversa, y segundo porque no se puede ser ambas cosas a la vez todo el tiempo. Algunos dicen también que eres el nuevo mesías. Debieron de leerlo en tus ojos en una noche de lunática luna. Y otros dicen que eres el gran precursor de la filosofía del Nuevo Progresismo Integrado, es decir, esa nueva corriente en cuyo envoltorio de santa tolerancia caben todos los parias, los desvíados, los antisistema, los abertzales, los juanes sin tierra, las marujas, los adolescentes rebeldes y las putas de carretera y chocho al aire, siempre y cuando, todos ellos, se mantengan a moderada distancia del que imparte la lección en los estrados o en los desiertos. La verdad es que dicen tantas cosas de tí...

El pueblo siempre habla y habla al tiempo que agacha y agacha la cabeza. Estos españoles del siglo XXI en nada nos parecemos a aquellos moros que enseñaban primeramente el capullo y los alfanges y luego, sin apenas palabras, nos dieron por allí mismo durante un puñado de siglos. Un terreno perfectamente abonado que tú, cercano y lejano Jose Luis, has sabido cultivar para tus propios adentros en pro de una extraña cosecha que casi nadie sabe ahora valorar. Ocho años te han bastado para grabar a fuego y odio tu jurisprudencia ante un incierto futuro que te llevará, manque le pese, a sus espaldas durante unos cuantos años o un porrón, ¡quién sabe! Habría que calificarte por ello como el Gran Conseguidor. Qué biensonante aparecerías en los libros de Historia futuros tratando de esta nueva Edad Media: ¡Jose Luis I el Conseguidor! El que movió y removió lo bueno y lo malo dejándolo todo como la postura premonitoria de las cucarachas, o sea, patas arriba. Más valdría, pienso yo, que te hubiesen recordado en esos libros como el Gran Masturbador, ya que a buen seguro muchos ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, miembros y miembras, y demás etc. de ambos géneros de este país, habrán recurrido a tan manual y manido entretenimiento para olvidar los largos pesares de tu periplo con el desenfreno de un momento de gloria.

No te equivoques pensando que soy de esos que enarbolan la banderita de España al paso de los señores fudales que tienes enfrente. No. Esos también tienen pan y con qué comérselo. Es como lo del huevo y la gallina: para que haya personajes como tú es necesaria la función de esos de enfrente. Así que a tus méritos habrá que sumar los de ellos que son los que, a la postre, te han llevado en volandas sin quererlo. Si se descuidan, vuelven a perder las elecciones y entonces sí que habría que volver a esa hoguera que a falta de herejes, asase a los tontos. Que no te apuren, pues, mis instintos porque están escasamente untados de cualquier ideología, al menos de esas cuyas siglas van encabezando las papeletas en las listas. Procuraré, por tanto, que no aparezcan arengas ni ofensas al signo y a la matriz de tu cultura política o su contraria para no parecer un necio como esos que escupen o aplauden al paso de las carrozas sin apenas darse cuenta de que entre el dia y la noche hay mil y un estados de luz.

Ya ves que te hablo a ti y no al partido, al fin y al cabo los desmanes y las victorias las propician las personas y no los estatutos. Creo que hace tiempo que te subistes a un arból huyendo del suelo para no enfangarte precisamente en él. Es lo que hizo aquel héroe de Italo Calvino, Cósimo Piovasco, para ver el mundo desde otra perspectiva y mantener incólume su rebeldía familiar. No ha sido esa tu causa querido ya, desde estas letras, Jose Luis. Te subiste al árbol para ser alcanzado por la luz de los que creen ser elegidos para la reconversión del mundo en cuanto que despertastes de aquel sueño en mitad de La Moncloa. Y desde ahí diseñastes tu propia entelequia: la consecución de un fin que todo el mundo ignora y cuya esencia se encuentra en tí mismo, porque es posible cuantificar pero imposible cualificar aquello que has promovido. Y ya he dicho que no eres tonto. Ningún necio aguanta dos legislaturas en el poder. Has logrado confundir y hasta desesperar a tus correligionarios más cercanos, has puesto la oreja, pero no el oído, has negado hasta la saciedad lo que era evidente, y te has rodeado a voluntad de un áurea de tonto que te ha servido de salvoconducto para evitar explicaciones. Y siempre, siempre, finalmente, has hecho lo que te han dictado los designios de tus santísimos cojones que deben ser la única parte de tu cuerpo y tu alma que acredita alguna santidad. ¿Y por qué, me pregunto, has olvidado el cuadro para irte a las alcayatas? El pueblo puro y llano siempre te importó una mierda y así andamos. Has gobernado para el enaltecimiento de unas pocas minorías y para mantener junto a la tuya la sonrisa de los bancos, los únicos maquiavelos de nuestra españoleta sociedad, los adalides sin escrúpulos de las tragedias domésticas y empresariales en pro de un beneficio que nunca peligró y que siempre les pareció poco. Y tú vas y los engordas para que nos saquen el dedo corazón cada vez que franqueamos cabizbajos los umbrales de sus puertas. Sí, tienes mucho que contarle a la almohada en cuanto vuelvas a casa, el dulce hogar que te propiciará largas siestas y amargas nostalgias, el descanso del guerrero que nunca lo fue porque siempre te costó entrar en batalla. Tú siempre viste al enemigo allá donde no estaba, en consecuencia, tu principal problema ha sido la ubicuación, y por eso, no creo defraudarte si te digo que jamás debiste llegar a un sitio que no te correspondía, por más que los sufragios se encarguen de mover al personal. Las democracias son tan buenas como tontas, necesarias para erradicar a los dictadores y promiscuas con su propia condición: el acontecimiento de un día puede hipotecar el futuro de cuatro años y la gente, el rebaño, le vota antes al castigo que a su propia convicción, y en esto, los españoles nos salimos del tiesto.

En fin, mi cercano y lejano Jose Luis, que acabo ya el discurso que nadie se va a molestar en leer y que cumple tan solo con el deseo, también democrático, de expresarte mi opinión acerca de los servicios prestados por vuesa majestad a lo largo de estos años, unos años en que me han menguado el trabajo, los ahorros, las perspectivas, las ganas de salir de juerga y hasta las de votar cuando llegue su momento, al tiempo que me han crecido las canas, la calvicie, la barriga, la indiferencia, el escepticismo y una mala leche que empieza a ser preocupante.

Un completo balance, como verás, que tu amigo Rubalcaba -el Gran Defenestrador- calificaría sin apenas levantar la ceja como " Bueno, es lo que toca, cuando toca, en el país que toca". Y entonces como contaba aquel gitano a su compadre al salir de misa: "pos ná compadre, que sa vuelto er cura un montón de veces diciendo que sa perdío el gorro, y ¿ká pasao?, pos ná, que entre tós hemos tenío que pagar el gorro". Pero el gorro, querido Zapatero, siempre lo pagamos los mismos, todos esos a los que, risiblemente, acogen las siglas de tu partido. Salud y suerte.

viernes, 18 de marzo de 2011

Entrelobos

Antón Chejov decía que solo había dos clases de obras de arte: las que lograban emocionarle y las que no. Sentado frente a Entrelobos he sentido lo primero. El film de Gerardo Olivares me ha resultado una rareza, algo inúsual en la particular filmografía española tan recurrente y tan a medio camino en el logro de los aspectos esenciales. Desde esa atalaya de sorpresa, me he recreado en sus ambientes casi lascivamente, adormecido a voluntad en su imponente regazo de fauna y naturaleza, y fascinado por una fotografía que en algunos planos me ha parecido sublime. El principal enemigo de la cinta y a todo lo largo de ella es su historia verídica, un contratiempo que lejos de resultar un referente se ha erigido en algo imposible de plasmar a lo largo de dos horas y a pesar de los esfuerzos. Y es que los doce años de miseria, soledad y supervivencia vividos por un niño pastor en plena Sierra Morena de finales de los 50 es algo imposible de describir. Marcos Rodríguez Pantoja se llamaba y aún se llama la criatura, el hombre que dice entender más a las bestias que a los hombres.
Por una vez he dejado a un lado los enjuiciamientos para dejarme llevar por la inquietante mirada del búho y el aroma intenso a musgo y a jaras que se percibe con solo entornar los ojos y respirar hondo, el viejo anhelo asilvestrado que esperaba su momento para despertar.
Entrelobos me ha conmovido profundamente dejando a un lado sus discutibles componentes tecnológicos y su falta de ortodoxia narrativa. Bien es verdad que una parte de los sueños de Félix Rodriguez están proyectados en esta película, y más aún conociendo las dotes de documentalista de su director, algo no necesariamente malo que vuelve a resaltar la belleza del lobo y la espectacularidad paisajística de la Sierra Morena cuarenta años más tarde, el vigoroso renacer de unas nieblas que sirvieron de cobijo a lobos y bandoleros en aquella España tan triste que Olivares ha sabido rescatar.
La película transcurre enseguida y por eso quizás la quieras ver de nuevo al dia siguiente. Una rareza como ya digo y a pesar de sus cimientos narrativos, algo trompiconados y con un serio derrumbe en cuanto que el niño magistral (Manolete Camacho) deja paso al muchacho (Juan Jose Ballesta). Sancho Gracia, el pastor, apenas necesita hablar, se basta con su imponente presencia y la malafollá que le sirve de aparejo, un oportuno contrapunto a sus rudimentos y a su especial sabiduría.
La película no es un documental, pero lo parece, y las críticas siempre dicen que se podía haber hecho algo más. El que lo crea que lo intente, se eche las cámaras a las espaldas y recorra la Sierra Morena en busca de sentimientos. Toda novela se podía haber escrito de otra manera, como toda pintura podría mostrarse con diferentes colores. Esa Sierra, sus olores, sus misterios y su grandeza son tal y como la enseña Gerardo Olivares que para eso, además, es cordobés, y, muy, muy al final, deberá estar la trama -que habrá pensado él. Por eso los diálogos son justos y las peripecias escasas.
Como ha dicho alguién por ahí, en las manos de Clint Eastwood esta historia hubiese resultado algo grandioso, pero al yanqui, entre tanta maquinaria tecnológica, se le habría escapado lo esencial: la sutil captación de vientos que a ese cordobés pujante, como a un buen perro de caza, le ha permitido traernos la pieza a casa, un envoltorio de pura e hispánica naturaleza y un pedazo de nuestra Historia, en este caso tan mísera como cercana.
Fue en esos mismos parajes cuando hace ya algunos años, mi hijo David y yo, apostados en el puesto a la sombra de un chaparro, escuchamos, ya en las últimas, los gritos lastimeros del perrero llamando a la Pantoja y al Cadenas, dos canes que, al igual que aquel otro Pantoja, ya no quisieron volver a escuchar las monsergas de los hombres.

martes, 15 de marzo de 2011

Ora et labora

En Zaragoza, la capital, donde La Pilarica y el viento frío y aullador del Moncayo reparten a diestro y siniestro sus diferentes gracias, se encuentra el monasterio cisterciense de Santa Lucía. Lo puso en marcha Pedro II de Aragón, también llamado El Católico, a finales del siglo XII, y lo alegran hoy una veintena de monjas en un moderno edificio del barrio de Casablanca.
Se levantan muy temprano, comen poco, rezan mucho, saben guisar, zurcir, planchar, sembrar, restaurar, encuadernar y pintar. Y sus pequeños sobresaltos se ciñen tan solo al timbre de Vigilias, Laúdes, Misa, Sexta, Nona, Vísperas y Completas que viene a marcar el fin de la fervorosa jornada a las nueve muy en punto de la noche. Después, solo silencio y el ruído apagado de alguna cisterna, por los siglos de los siglos, durante todas las noches.
Pero la calma, que no el fervor, ha saltado por los aires. A maitines, o sea cuando todo el mundo duerme aún, llamaron la otra mañana a la policía. Unos ladrones habían violentado las puertas y descerrajado un armario de donde se habían llevado varias bolsas de plástico. Personados de inmediato en el convento, comprobó la policía que el asunto era tal cual y que toda la comunidad se encontraba sana y salva. Pero, ¿qué había en las bolsas? se aprestó a preguntar el comisario. Pues verá -contestó dubitativa la abadesa-, los ahorros, el esfuerzo y el trabajo de la comunidad. El comisario arguyó que le faltaban datos para llevar a buen puerto la investigación. Finalmente, la abadesa cedió a las súplicas: las bolsas contenían un millón y medio de euros en billetes de curso legal y sobretodo de una sola cuantía: 500 euros. El comisario tomó asiento enseguida y resopló mirando al otro lado del viento de la noticia. La abadesa, consciente del asombro, lo justificó: son los ahorros de toda la comunidad durante más de 40 años -volvió a decir, evitando esta vez el cruce de las miradas-.
Cuesta creerlo a pesar de los dogmas y de la Fe, pero al igual que Santo Tomás concretó las cinco vías para demostrar la existencia de Dios, observando detenidamente la web de las monjitas y sacando conclusiones, podemos poner sobre la mesa otras cinco vías, más versadas esta vez en el materialismo que en la trascendencia, a través de las cuales se demuestra que en un puñado de años, no necesariamente muchos, a base de rezar y trabajar se pueden llenar unas bolsas con un millón y medio de euros. A saber:
1.- Pequeñas ayudas recibidas desde otras colectividades y las propias enviadas desde el Clero.
2.- Donativos en metálico de una y otra índole efectuados por simpatizantes, cooperantes, altruístas y personas anónimas.
3.- Facturación de trabajos profesionales por restauración de libros, manuscritos, códices y otros documentos, así como por la encuadernación de los mismos en piel, pasta española, gualflex, telflex, oro, sepia, pergamino, etc,etc.
4.- Venta a galerías de arte, particulares, obispos, organismos oficiales y a través de portales de internet de las obras pictóricas de inquietante realismo llevadas a cabo por Sor Isabel Guerra conocida como "la monja pintora".
5.- Suma de todo ello a lo largo de los últimos quince o veinte años.
Pero, ¡ay!, que un millón y medio de euros parece mucha recolecta para un convento, excesivo premio a la virtuosidad y el fervor, un botín impropio de seguidores de Cristo con toca y hábito en pleno siglo XXI.
¿Pero como una congregación religiosa de clausura que ha hecho votos de obediencia, de castidad y de pobreza confunde la palabra de Dios con el negocio? Debió llegar un día en que postradas todas ellas ante los frutos incesantes de sus méritos, lograron caer en trance y, entonces, convinieron avenirse al sincretismo religioso que facultaría su nuevo status: armonizar, ¿por qué no?, el sacrificio y la riqueza dejando que la oración redimiese de las culpas. Así debió de ser en sus inicios hasta el mismísimo dia de autos en el que la virtud y la necedad se soltaron de la mano.
Juntar unos ahorrillos nunca ha sido algo dificil, pero entalegar 250 millones de aquellas pesetas por el trabajo de algunas monjas, parece un guiño eclesiástico a toda la clase empresarial. Un ejemplo a seguir que dirían los brokers si tal milagro llegase a cotizar en bolsa. Sin embargo en este caso no habrá peregrinaciones al uso porque el milagro del convento está desentrañado con solo asomarse a su web y a los cuadros de su monja más insigne. La maquinaria que aparece en las fotos para encuadernar y restaurar cuesta más que un cáliz de oro y brillantes y la maestría y especialización de los diversos trabajos que ofertan no deja muchas dudas a los Organismos, bibliotecas y particulares cuyas joyas literarias deseen vestirlas de gala. Algunos de estos trabajos no tienen precio, imaginémonos el trabajo de restauración de un viejo códice o un incunable. Estas monjas identifican, desinfectan, desmontan, limpian, eliminan, fijan, blanquean, desacidifican, neutralizan, secan, reintegran, montan y finalmente...cobran, como Dios manda.
Pero un convento no es solo, como ellas dicen, un lugar de espera y encuentro, también puede ser una fuente inagotable de inspiración, un nudo entrelazado de silencios y oración oportunamente alterado por la luminosa creatividad de uno de sus miembros: Sor Isabel Guerra, la monja pintora del cenobio. La excelencia de esta mujer ha sido capaz de llegar hasta los confines vaticanos de Benedicto XVI que posee uno de sus cuadros; los presidentes de la Conferencia Episcopal y otros altos prelados gozan también de sus obras pagadas a baremo de la santa voluntad. El resto de los clientes, en larga lista de espera, no va pagar menos de 15.000 euros, según la cotización actual, por un hiperrealismo inquietante que en el universo pictórico español han intentado minimizar calificándole de un cierto género "demodé". Y así lleva cotizando con su arte al santo armario desde hace más de cuarenta años.
Con estos burdos análisis podemos, no obstante, concluir que el origen del montante resulta justificado y hasta corto en su cuantía. Es un dinero ganado al tiempo y a la virtud, al trabajo bien hecho y a la maestría, a la humilde apariencia y a la graciosa gracia de toda exención de impuestos. Fue una noche aciaga aquella en que a deshoras decidieron conspirar contra el demonio de los números postradas esta vez frente a un armario. Sería la mejor manera de renunciar a las costumbres mundanas y a los exabruptos de Fiscos, Haciendas y obispados. Pero Dios cuida de las almas y no de los dineros y por eso el pájaro ha volado y ahora nadie sabe donde está.
Estar primorosamente dotado para la oración, el sacrificio, la vida insulsa y rutinaria, la creatividad, la meticulosidad, la iluminación, y el rechazo a los placeres de la plebe de extramuros, no exime de otras cosas, especialmente de la santa necedad de la que ahora habrán de dar cuentas, ante su Jefe Supremo, las altas esferas del Clero y esos inspectores con cara de culo que van a tomar a saco el convento cual si fuese un nuevo sitio como aquel de Zaragoza, tan heroicamente salvado por otra mujer, que con más arrojo y menos fervor que éstas, salvó, no obstante el honor y de paso también la vergüenza de las amargas derrotas en la casa de uno.
"Este lugar es una tierra de encuentro" es el lema que encabeza la portada de la web del monasterio cisterciense de Santa Lucía. Los ladrones han sabido interpretarlo con exquisita precisión.

martes, 15 de febrero de 2011

El hundimiento

A-7...tocado. A-8...tocado. A-9...tocado. A-10...tocado. A-11...tocado y hundido. Fué más o menos así, con esa secuencia, como logré ganar mi última partida al juego de los barquitos. Después, vencedor y vencido nos fuimos a tomar unas cervezas.
De aquella simpleza alguién ha sacado partido y los números, esa secuencia mágica de razones y consecuencias encadenadas, han logrado el milagro, demoníaco esta vez, de volver a repetirse. Desde el año 2007 hasta el año 2010, los españoles -patriotas o apátridas- hemos sido dolientemente tocados, y en éste del 2011, estamos siendo miserablemente hundidos. ¿Quién es el bello durmiente que aún no lo ve? Los tontos, los corruptos, los sindicalistas, los asesinos, los de las pensiones vitalicias y los ensimismados monjes benedicitinos de San Salvador de Leyre -en el otro extremo del apartheid del callejerismo humano- serán algunos de esos que siguen durmiendo, por unas u otras razones, el sueño soporífero de los justos. La conveniencia humana -porque los animales no convienen sino que se atienen a lo que da la naturaleza- es un factor multiplicador de pequeños y sucesivos desastres que conducen al gran expolio final: la vida destruída por falta de alimentos o de razones para seguir adelante. No se trata de ver el mundo desde su perspectiva bipolar: los buenos y los malos, el optimismo o el pesimismo como única alternancia entre los mil y un estadios de la condición cognitiva del ser humano. No, no estamos hechos de tan vulgares simplezas como para situarnos dóciles y aborregados a uno u otro lado del muro. ¡O no deberíamos! gritaré para hacerme notar aún. Se trata de ponerle un marco a la realidad y colgarla junto a la ventana, y una vez allí, que la mire quien quiera de frente o de soslayo, o entrecruzando los dedos por delante de los ojos para entreverar sus más abyectas vergüenzas.
La identidad de un país no radica en los colores de su bandera sino en el modo en que son capaces de convivir sus habitantes. Es ésta una consideración facultada, al menos, por el paso del tiempo, por haber alcanzado la era de esa modernidad cuya principal característica es el derrumbe de las fronteras y la alienación de las razas. Pero es ahí también, en esa prueba fehaciente de los nuevos escenarios, donde la codicia y el canibalismo se muestran al descubierto con todo su impune y españoleto esplendor.
La vieja Hispania, aquel marasmo de tribus con los cojones bien puestos y ninguna otra seña de identidad, ha revertido en esta cosa nostra hispaniae con el paso de los siglos. Hay que ser un tonto muy tonto para no sentir el aliento del desastre en el pescuezo. Muchos ya preparan las maletas para evitar el hedor, la impostura vergonzante de unas normas -subliminales acercamientos del ascua a las sardinas de algunos- en cuyo acato se sostendrán los cimientos de las nuevas fortunas o se disipará la niebla histórica de aquellas sectas que siempre estuvieron bajo sospecha. Porque aquí, hacia los adentros geográficos de la piel del toro, cualquier raíz del problema es posible, dado el cariz que están tomando las cosas.
Nos han jodido, Señor, como tantas otras veces a lo largo de la Historia, pero ahora sin despellejamientos ni ruídos de navajas y arcabuces, sino en silencio, en ordenado silencio y educadísimas composturas para no alterar el sueño del dios de la sumisión. Esta vez nos han bajado los pantalones con sutileza y nos han puesto frente a un espejo para que nunca se olvide la identidad del desvirgador. Y dentro de otros cien años los nostálgicos de aquellos embites podrán echarle la culpa al maestro armero del Conde-duque de Olivares, como fue siempre costumbre.
¿Por qué este silencio? ¿A qué viene tanta doblegación? ¿A donde han ido a parar la casta y el orgullo que siempre supimos llevar en las entrañas o en los bolsillos? ¿Qué extraño aire está entrando en el pensamiento anulando nuestra terca voluntad? Algunos países se ven obligados a cambiar sus fronteras y nosotros, los españoles, estamos cambiando nuestra condición, la dignidad identitaria de otros tiempos a pesar de la sangre y de los muertos de entonces.
¿Hay algo, Señor, que no nos esté jodiendo y hundiendo ahora mismo en el onceavo año del siglo luminoso XXI, que no aquel otro XVIII de las luces en cuya Ilustración se procuró disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón? Hace algún tiempo todo lo poseíamos y nada poseíamos, pero ahora, el tiempo de las hadas madrinas ha tocado a su fin. España es un maratón sin trazados ni puntos de llegada o salida donde todos corren en busca de algún maná que les saque del apuro. Y vale todo o casi todo, lo importante es la polar, es decir, el brillo propio que da lustre y esplendor a tus propias conveniencias. En cabeza, no obstante, y ex aequo de los unos y los otros, cabalga la clase política aplastando, como el caballo de Atila, todo aquello que se pone por delante. Jamás he visto un PSOE tan sinvergüenza y un PP tan gilipollas como estos nuestros de ahora. Los adalides de la salvación imposible, los redentores de las culpas de sus anteriores correligionarios, nos están volviendo locos con tamaña humillación.
¿Tanto merecemos, Señor? ¿Merecemos ser odiados por los bancos y resultar escupidos en la frente al cruzar el umbral de sus refulgentes despachos? ¿Merecemos ser robados una y otra y otra vez por las mafias eléctricas e hidroeléctricas que nos traen la luz a casa? ¿Merecemos el chantaje de las Cías telefónicas que no nos dejan respirar ni a la hora de la siesta? ¿Merecemos que haya gente que nos ponga un "hijoputa" como tercer apellido por no ser catalán o vasco? ¿Merecemos que la lengua castellana se prohíba y ya no limpie, o fije o dé esplendor, como dice el viejo lema? ¿Merecemos a tantos corruptos en el Gobierno, la oposición, las Juntas, las Autonomías, los ayuntamientos y todas las Delegaciones oficiales del país? ¿Merecemos la mala educación de nuestros hijos en las escuelas y la falta de civismo y solidaridad de los mismos cuando salen de ellas? ¿Merecemos ser los últimos de Europa en eso que llamamos Cultura con mayúscula o minúscula? ¿Merecemos la tragedia inminente de 5 millones de parados y los que habrán de venir? ¿Merecemos el asco televisivo que se cuela en nuestras casas tarde tras tarde y noche tras noche? ¿Pagamos, acaso, el precio justo de algo? ¿Llegarán nuestros hijos a cobrar sus pensiones o habrán de inmolarse como en las sectas, llegado el tiempo, para cobrar en el más allá? Al final solo quedarán los vértices, Cabo de Gata incluído, los símbolos taumatúrgicos del Reino que siempre lo fué hasta que llegaron éstos espadas de hoy manejando los recursos y el capote como los malos toreros: con la paga en el bolsillo, bien protejidita la cojonancia y una buena distancia hasta la cornamenta.
Todo hombre se parece a su dolor, decía André Malraux. Pero España se hunde y con ella sus millones de dolores. Los de fuera nos señalan con el dedo y buscan, entre los suyos, dirigentes que se parezcan a estos nuestros para echarlos a la hoguera. ¿Cómo hemos permitido que nos hagan tanto en tan poco tiempo? No hay trabajo, no hay Cultura, no hay vergüenza...¿Qué hay en esta puta España de ahora?
Entre todos la prostituímos y ella sola se murió.Todos esos proxenetas de las Cortes habrán de rendir cuentas algún día, pero nosotros, los hombres de a pié, los contribuyentes de pro a los patrimonios de aquellos, seguimos en silencio, el silencio frío e inútil de los muertos en vida.

miércoles, 26 de enero de 2011

Desgarros y zurcidos.

Cuando uno se queda en pelotas y se mira de arriba a abajo, o al revés, casi nunca aparecen los desgarros y los zurcidos amontonados a lo largo de la vida. Si tales prebendas hubiesen gozado de la impertinencia de dejar algunas señales sobre la piel, nuestro cuerpo parecería un mapa de carreteras carente de cualquier destino, un sinuoso galimatías de rayas e indescifrables símbolos salpicado por algunos puntos de parada, referencia y fonda.
Pero el agua corre impetuosa desde la cabeza hasta los pies dejándonos limpios cada mañana de los altercados del día anterior. Y es en esa acuosa regeneración donde nos conjuramos con nosotros mismos o con cualquiera de esos "yo" que llevamos siempre a mano en el bolsillo para arremeter con ciertas garantías contra los asuntos de la nueva jornada. No deja nunca de resultar sorprendente la fastuosa facilidad con que le damos mil vueltas a la tortilla, según convenga, nos susurre al oído el diablo cojuelo interior o, en último caso, simplemente apetezca. La coherencia, la independencia, la corrección, el sentido común y toda esa retahila de exabruptos ordenados por la jurisprudencia humana vienen a joder la calma confrontándonos con nuestra propia subjetivación de seres parciales y oportunistas, y aplastando el último y lícito instinto de seres salvajes del que también fuimos poseídos en nuestro primer estertor.
Y a esa condición apelo. A llamar a la insurrección de las normas impuestas por hombres partidistas y sectarios, a reclamar la parte alícuota de pura naturaleza de la que también fuimos hechos, a desviarnos continuamente del camino trazado por otros que no son más dignos que los demás y a beber a sorbos lentos, dulces o amargos, la única conciencia que hemos logrado alcanzar con el paso de los siglos: nuestra propia individualidad. Nadie es más grande que uno mismo y, sin embargo, cuantos son los que se esconden aterrados por su pequeñez. Es ésta una conciencia que cuesta muy poco hacerse con ella. Tan solo hay que observar a los encumbrados en lo más alto, dirigir la vista hasta los méritos oficiales y oficiosos que cuelgan por debajo de sus altivas cabezas y caer en la inequívoca cuenta de que entre sus miserias flanea la misma carne y la misma mierda que envuelve a toda la humanidad.
Desde el Papa Benedicto hasta el profeta Mahoma, desde J.F. Kennedy hasta Barak Obama, desde Shakespeare hasta Gabriel García Márquez, desde Bill Gates hasta el Sultán de Brunei, y ya en un terreno algo más cercano y escatológico, desde Jose María Aznar hasta Jose Luis Rodriguez Zapatero. Según lo trascendente, ninguno de esos seres mencionados es más que el más olvidado ser sobre la Tierra. Ni menos. Sin embargo, las religiones, todas, las teológicas y las mediáticas han logrado el objetivo de la santificación de todos esos y algunos más por orden de una oportuna gracia en un conveniente momento, la bisección garantista entre los dioses y el pueblo, el necesario y obligado "Principio de la Doblegación" a través del cual los poderosos, en todos los órdenes del ejercicio social, son autoproclamados como tales y se disponen a hacer sus respectivos agostos. Observarlos, como ya digo, hurgar en sus gestos y en sus vidas y descubrir bajo sus alfombras parecida porquería a la que se esconde bajo las nuestras, nos ha de devolver la autenticidad dejada con cada batacazo en el camino.
La individualidad hace parejas a todas las alegrías y la pena no entiende de ricos, de santos o de santones. El placer que puede experimentar el ser más rico del mundo a la hora de comer no es más grande que el de unos beduínos sentados en el suelo mientras rebañan con su mano izquierda una pasta de agua, moscas y harina. Ni la Monroe o la Lewinski le dieron más gusto a J.F.K y a Clinton que Paca la de los cañamones a aquel adolescente al que se tiró bajo el puente de la rambla acuciada por el aburrimiento y animada por la exaltación irresistible de la carne tierna y fresca.
Es una argucia del hombre que los derechos se hayan de repartir con arreglo a los derechos de cada uno, es decir, el viejo lema de "reparte Martín y deja pa tí", por eso hay ricos más ricos y pobres más pobres, pero la esencia, el núcleo de todos los sentimientos perceptibles, pertenece en idéntica cantidad y calidad a todos los humanos de la Tierra. Y ese es el patrimonio que podemos y debemos disfrutar y repartir. Las emociones nos enrasan a todos como esa línea del horizonte que jamás se pliega por mucho que volteemos la perspectiva para mirarla. En el epicentro de esa pulsión, los ricos, los pobres, los sabios, los tontos y los medianos igualamos nuestros méritos y hacemos insignificantes a todos los patrimonios. No hay más debate que el de la vida que se presenta delante de cada cual y, en medio de ese panorama, todos los tesoros ajenos y sus dueños dejan de existir.
La individualidad, por tanto, es nuestro más preciado tesoro y, a la vez, nuestra más cercana tragedia. La risa, el gusto y el llanto son incompartibles por mucho que ofrezcamos gentilmente de esa tarta un buen trozo a los demás. Es verdad que la asociación entre los humanos exige transparencia, transferencia y complicidad, y es en esos tránsitos donde los más pertrechados diseñan las castas, los órdenes jerárquicos que hacen que unos hombres devoren a otros hombres, pero que no se nos olvide que nada hay más grande que uno mismo y cuando se es consciente de ello todas las guerras están ganadas, al menos las comprensibles, las terrenales.
La vida hay que intentar vivirla, darle bocados antes de que ella te devore a tí y ese acto esencial lo mismo lo puede llevar a cabo un pastor de las estepas de Mongolia, mientras piensa en lo que piensa su rebaño, que un caminante solitario divagando sobre el crimen del Cortijo del Fraile al pasar junto a sus ruínas. Se trata pues de que cada cual se sienta ubicado donde exactamente le corresponde por derecho, por trascendencia y por confabulación: en el mismo centro de todo el Universo. Pero algunos, muchos quizá, estarán siempre en las esquinas, escapados con desprecio de sus órbitas, condenados a describir el movimiento de los que permanecen en las suyas mientras les cuentan sus dineros y sus orgasmos, al tiempo que lloran en silencio su tragedia interior.
No vale de mucho llenarnos de compasión por los zurcidos y los desgarros a lo largo del camino. Todo el mundo los tiene. El vidriero Bramante me lo dijo en la vieja Venecia: "La vida es un zurcido de días dispersos en los que la flexibilidad se erige en el mayor salvoconducto para la supervivencia". Se refería a esa condición del movimiento individual que ya recomendó una vez Cartier-Bresson a su joven discípulo Robert Capa "...y sobretodo nunca te agites, ¡muévete!". Supongo que todos hablan del movimiento interior, el zarandeo esencial de las emociones en cuya sacudida se siente el pulso de la vida o de lo que realmente importa de ella. Aprendí mucho del sabio Bramante en las poco más de dos semanas que estuve cerca de él. Y su bella mujer completó las enseñanzas mostrándome con parsimonioso endiosamiento los entresijos de su cuerpo, uno por uno, febrilmente envuelta entre los claroscuros de la tarde veneciana y sabiéndose dueña por completo de una situación que me dejó con la miel en los labios y la mueca de un bobo durante mucho tiempo. Pero la emoción y el regocijo del momento vinieron conmigo bien arropadas en el equipaje de vuelta.
El movimiento, la creatividad, la pasión por algunas cosas, algunos paisajes o algunas personas es lo que nos hace sentirnos grandes, únicos, diferentes a los demás y, sobretodo, auténticos en cuanto nos apercibimos de que las lunas y las charcas prohibidas nos pertenecen tanto o más que a aquellos otros que las pusieron en el camino.
Así que llegado el día comencé a reiventar el tiempo: se me puso en el núcleo de la testud escribir un libro y así lo hice, regodeándome en cada página con las vergüenzas ajenas de los escritores de verdad; y se me puso también gastar sin demora alguna lo ganado -menos en putas- en cualquier cosa; y fui capaz de recoger algunos nuevos amigos por el camino y soltar algunos otros por las cunetas; y en el trasiego, jamás agaché la cabeza ante jefes, talibanes, banqueros y gobernantes; y respeté a las mujeres tanto como fui capaz de gozar con ellas; y no he sabido andar con leches ni medianías cuando me he topado con la definición "bramantina" del amor:"el engranaje sin más", y en ese engranaje he volcado lo que pueda quedar de pasión y de generosidad; y sufro y disfruto con los míos, una y otra vez incansablemente, como ya hicieron y hacen ellos conmigo; y me siento aún más padre que mi hijo cuando tomo en mis brazos a su hija y sopeso con inusitada emoción los cuatro kilos de cielo.
El mayor tesoro del mundo está ahí, al alcance de la mano del que quiera extenderla un poco más allá. Tan solo hay que saber moverse, ser flexible, estrujar las emociones y darle marro a los aburridos y puntapiés a los usurpadores de la condición más esencial: tu inalienable e insustituíble individualidad.
Los desgarros y los zurcidos, en cualquier caso, tan solo son heridas superficiales, meros tatuajes en la piel.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Ajuste de cuentas

Aclaración: El artículo que sigue fué escrito el 30 de Julio de 2010. Desde ese momento hasta ahora han pasado algunas cosas y ello se ve reflejado en los escritos posteriores. El que escribe vierte una gran parte de su ánimo en el trasfondo de lo que pretende comunicar. Hoy, tres meses más tarde, me sería imposible escribir una cosa así porque uno cambia según lo que lo mueve o lo remueve y, desde esa perspectiva, habrá que legitimarlo tan solo en el contexto del tiempo en el que fué escrito.
Hace muchos, muchos años, esperando en una enorme y fastuosa sala para formalizar el alta como nuevo miembro de una importante multinacional norteamericana, me llamó el jefe de personal para comunicarme que se había producido una novedad de última hora y que, sintiéndolo mucho, no podían contratarme en ese momento, que debería esperar un par de meses a la siguiente vacante. Tampoco sirvieron de mucho las pringosas explicaciones que desparramó el gerente esa misma tarde con sus continuas e inútiles carantoñas hacia la valía y entereza profesional que, según él, había demostrado con suficiencia en todo el proceso de selección. Aquella inesperada decisión me permitió disfrutar de muchas cosas posteriores, sobretodo las de poder seguir en mi casa- a casi mil kilómetros de aquellos proverbiales hijoputas-, con los míos, con mi sol, con los amigos y con las historias de legañas y de abuelos siempre alrededor. Y aquello también me hizo gozar del impagable beneplácito de poder seguir creciendo a la sombra luminosa del amparo de mi padre y de su sabiduría hasta el día en el que murió en los brazos de todos, incluídos los míos. Los llantos siempre resultan provechosos, pero el de aquella tarde tan lejana en la tremenda soledad de una habitación de hotel de la vía Augusta catalana, siempre me ha gustado recordarlo como un acto que no por retrospectivo resulta carente de satisfacción, el oportuno traspiés que desembocó de nuevo en el regazo que uno nunca quiso abandonar.
Después las cosas fueron y vinieron, de aquí para allá, de dentro hacia afuera, y de poco hacia mucho, como un vaivén de deseos y obligaciones que casi siempre fui capaz de poner en orden dentro del desorden cojonero de mi vida. Y logré trepar algunas paredes imposibles, y salvar escollos, y sortear obstáculos, y ganar dinero y prestigio, el prestigio asqueroso y fútil con que te premian los mismos envidiosos que siembran campos de minas a tu paso. Y ascendí de posición, y cambié de casa y de coches como el que lo hace de camisa, y a la vera de ese amparo los hijos fueron hijos del capricho y la mujer carne de boutique y carnaza de repingados fisioterapeutas. Y así, tan felices, fuimos comiéndonos las perdices sin reparar demasiado en las distancias de dialectos y de alcobas, en la creciente frialdad de las cosas que deberían importar de verdad.
Así fue hasta ayer mismo, pero ahora que me he detenido un instante para otear el horizonte, resulta que mi camino se esconde de mí. El acopiador de emociones, el buscador incansable de cuentos y de tesoros, el niño aviejado que casi nunca se hizo hombre, ahora se encuentra perdido en medio del laberinto que él mismo construyó a base de caprichos, azañas e insatisfacciones. ¿Y los méritos, qué fue de ellos? ¿Y los años, a qué cuenta se han sumado? Todo parece haberse alineado con el tiempo para mofarse desde la distancia, y uno, la víctima de tal improperio, agacha y agacha la cabeza avergonzado con la confusión, dejado a merced de un viento de recuerdos y de aullidos que siempre te pregunta dónde está la recolecta.
Debí huir hace tiempo, dejar de ser honesto y atrochar los caminos del través buscando la suerte de los delincuentes y los poderosos, y ser violento de verdad y no a fuerza de tímidos atisbos. Debí revolcarme con todas aquellas pieles que me lo sugirieron y robarle las espeteras a todos los que hicieron vergonzantes patrias a mi alrededor, no ponerme colorado como un tonto ante las chanzas ajenas y beber en las fuentes de los negocios fáciles. Debí llevar siempre la lisonja adecuada en el bolsillo y la correa floja para gusto y disfrute del que siempre estaba algo más arriba, y debí, en definitiva, haberme transmutado desde lo normal a la idiotez y no, tercamente, al revés. Los hombres normales no servimos para nada, resultamos carne de mediocridad que es devorada al instante por los otros: los tontos y los listos. Los primeros te ponen el culo, los segundos te dan por él ¡Vaya par de escenarios esenciales sin posibilidad de escapatorias intermedias!
Sí, ahora lo veo con jodida claridad: la lucidez a un lado y la vida desmoronada al otro cuán fieles testigos que siempre se pedirán cumplidas cuentas. De ambas lindezas gozo, de ambos escenarios estoy hecho. No hay nada que joda más que darse uno cuenta de su propia estupidez, aunque siempre reconforte que haya otros que se la ignoren. Sí, lo voceo y lo proclamo sin pudor, sin acritud y sin entusiasmo: ahora soy el hombre SIN. No hablo de síndromes de inmunodeficiencias notables, ni de contenidos sin graduación alcohólica alguna. Ahora soy el hombre sin trabajo, sin camino, sin amor, sin energía y sin credenciales, y por tanto y a los ojos de tantísimo vidente, también sin futuro. Ahora soy el hombre sospechoso, la sombra evanescente del héroe de antaño, el que se dejó engañar por sus propios cuentos y sus legítimos esfuerzos, el mártir indecente que no supo guardar debidamente los frutos de los méritos y se inmoló premeditadamente ante todos sus despilfarros. ¿Donde está esa inteligencia emocional que debió reconducirme hacia lo práctico? ¿Por qué no me previno ese otro yo debidamente? ¿A qué vino tanto romanticismo inútil y tanto mirar a las estrellas sabiendo que unos pies en el fango poco saben de destellos en el cielo?
¿Y los otros? Sí, esos que te miden por la máscara, los que se alejan o se acercan según huelan a llanto o a risas y pan caliente. Siempre han estado ahí, pero a veces se distraen a voluntad para evitar ser alcanzados por cualquier tipo de daños. Hablo, claro está, de los amigos, ese vocablo tan cándido, tan manido y tan humano, el ser por excelencia que siempre hemos sobrepuesto a los parientes, los matrimonios, las queridas y los perros. Yo también los he tenido y aún los tengo, pero ninguno de ellos ha movido un solo dedo por el hombre sospechoso desde que fueron conscientes de esa jodidita condición. Ninguno de ellos ha querido perturbar sus cómodos status ni tocar a puertas donde puedan esconderse inciertas y diversas consecuencias. Y los comprendo porque, tal vez, yo en su lugar no habría sabido hacer una cosa diferente, pero ¡ay! la memoria es la memoria, una mosca cojonera que cada día y con cada nubarrón te lo recuerda. Ahora, a estos amigos de antes se han sumado algunos nuevos, pero a unos solo les sirves en la partida de golf y los otros acaban aburriéndote. Y es que cada cual tiene en su cabeza o en su casa las tabarras que merece o que pueda soportar. Mi maestro me hablaba de estos asuntos cuando decía que había que cambiar de amigos, de caminos, de escenarios, soltar lastres y recoger otros nuevos. Al final, la razón siempre encuentra su parada en los clásicos: Pitágoras dijo que solo se puede tener una mujer y un amigo porque las fuerzas del cuerpo y del alma no dan para más. Y eso, más o menos, es lo que tengo y he tenido siempre: un amigo y varios proyectos inútiles con aspecto de mujer.
Y mi camino, como ya dije, se esconde de mí. Comienzo a oler a piltrafa y ya no creo en las referencias. Los políticos, una vez más, nos han vuelto a engañar, esta vez con el puto beneplácito de todos y por eso siguen ahí, envilecidos, aprovechados, risueños y creyéndose inmortales ¡Qué lástima que no se hubiesen creído libertarias aves para verlos arrojarse a todos, los de uno y otro lado, desde lo más alto de sus obscenas azoteas!
¿Y el trabajo, donde se esconde? ¿Y los derechos del hombre, en qué nuevo código de Hammurabi están siendo escritos para orientarnos en el próximo milenio? No debemos permitir que los banqueros y las organizaciones mundialistas cercenen nuestros últimos derechos. Si mañana se abriese una lista de aspirantes a terroristas bancarios yo estaría, felizmente, en el grupo de cabeza. Sin embargo, nada habrá de preocuparnos, los millones de parados in crescendo acabarán por asaltar las reservas federales y hacer barquitos de papel con las normas de conducta.
¿Y la familia, siempre está ahí? A veces sí y a veces no tanto, a veces te empuja y otras se encarama a las espaldas jodiéndote un equilibrio que empieza a estar harto de tanta cabriola. Es la unidad social por antonomasia y, en cambio, ignora casi siempre las mierdas del que tiene al lado porque no es de educancia preguntar por los problemas.
¿Y el amor, esa mitad de tu otro yo, es algo que exista de verdad o es el mayor cuento jamás contado? Porque yo veo a todos esos que tanto alardean de enamorados que lo que en verdad están es jodidos en el anverso y amorosa y felizmente doblegados a un mandato en el reverso, tal y como "érase un hombre a una nariz pegado". Pero el amor es una vieja proclama de la que el hombre no puede escapar, o no debe, porque llegado ese momento, un insoportable nihilismo acabaría en un plis plas con la raza humana. Conmigo, desde luego, el cuento nunca fué pródigo, y ni las hadas, ni la complicidad, ni esa mitad trasvestida de tu propio yo, aparecieron ni siquiera fugazmente en alguno de mis sueños. Tal vez andemos todos en un error en estas cosas de comer y fornicar. Tal vez alguién, allá por la noche de los tiempos, sugirió que debíamos buscar tan solo lo adecuado, el engranaje sin más, pero no, ninguno pareció escucharle, y ahí andamos, tras el sórdido ruido de culos y de tetas, de orgasmos anónimos y narcisistas conquistas, por los siglos de los siglos. Ni siquiera a mi se me ha privado de ese fragor, el fragor de la carnaza fácil y el puntazo rápido, algo necesario para el momento, pero completamente inútil para el futuro y aún menos para la supervivencia, ya que ambas cosas no son la misma.
Un hombre sin destino es el jardin sin flores que las tuvo en otro tiempo, un páramo de viejas e inservibles vanidades para el que ya no sale el sol, y su única y miserable salvaguarda es que ya no forma parte del rebaño de los mansos que nunca habrá que temer. Las panzas llenas no suelen alentar a los malos pensamientos, pero algunos, muchos quizá, nos estamos saliendo del tiesto. El primer síntoma es llamar a las cosas por su nombre y medir al cornudo por sus cuernos, no tener pelos en la lengua ni dudar en escupirle al que merece tal insulto. La creatividad, el que la tenga, viene al rescate algunas veces, ella es siempre un acicate, algo que en España no da de comer, pero que te hace pensar por la noche haciéndote que olvides momentáneamente el atentado. La "vividad", al contrario, es lo que da aquí de comer. Los "vivos" con buenos padrinos, o con suculentas cajas de caudales que custodiar o administrar, son los que se pavonean ante la necia masa aplaudidora, y siempre, siempre, al final de la cadena están las putas, especie que en este país no se encuentra en las esquinas o los burdeles, sino en los más altos platós de la televisión, de la moda, del glamour, y de los directorios del móvil de ministros, secretarios, subsecretarios, banqueros, y empresarios billonarios.
Así que lo dicho, el hombre SIN está de moda. Yo que confieso que nunca pensé alcanzar tal honor, soy uno de ellos. ¿A quién echarle la culpa? ¿Al lucero del alba? ¿Al maestro armero? ¿Al primer y fallido amor? ¿O a la puta madre que nos parió? (No te preocupes mamá que no eres tú) Y ahora Stephen Hawking viene a arreglarlo diciendo que puede demostrar cientificamente que el Universo no fue creado por Dios, pero se ha guardado escrupulosamente de no nombrar al demonio. ¿Por qué será? ¡Vaya notición querido Stephen!